Curioso lo que ocurre en Nueva York con la gente de mi edad. En general somos una generación a la que le gusta mucho hablar, pero que detesta escuchar. Eso es cierto. Sin embargo, Nueva York parece exacerbar ese lamentable defecto hasta que las conversaciones terminan convirtiéndose en soliloquios entrecortados por el soliloquio del de enfrente: casi, digamos, como dos curas dando su sermón en el mismo templo (pero sin audiencia). Será que hay tanto ruido –de todo tipo- que la ciudad nos obliga a gritar todo el tiempo qué somos, cómo somos y qué hemos hecho. Será, quizás, que aquí uno es lo que ha hecho y a quién conoce, mucho más que quién es. O será que, como en una entrevista de trabajo, nos vemos forzados a incluir la mayor información posible en la menor cantidad de tiempo.
Veamos estos muy verídicos ejemplos de recientes conversaciones con Neoyorkinos (esta vez, para no pochear (del verbo “yo pocheo”, “tú pocheas”, “él pochea”) lo haré en español):
1- Entro, borracho, a una pizzería. Son las cuatro de la mañana. Estoy escuchando música en mi Ipod. Estoy en mi burbuja. Escucho una canción de Oasis, algo de What´s the story… Un tipo me pregunta que qué oigo. Le pongo los audífonos. Y:
Yo: ¿Te gusta?
Él (aseverando): Oasis.
Yo: Viejo, pero bueno.
Él: Yo conozco a Guy Berryman, el bajista de Coldplay.
Yo: ¿Neta?
Él: Somos muy amigos.
Y, tras haberme dado ese inservible pedazo de información (que ni siquiera venía al caso), se va.
2- Generalmente le huyo a los escritores neoyorkinos. O lo que es lo mismo: le huyo al 60% de los neoyorkinos de mi edad. El 40% restante son actores. Por eso nunca digo que soy escritor. Me suena, además, a mamonería insufrible. ¿De cuándo acá hay que presentarse diciendo lo que uno hace (previo a dar nuestro nombre)? En este caso no me escapo. Estoy en un bar y un amigo le dice a un tipillo con el que platica que soy escritor. El tipillo-que dice también ser escritor- se me acerca. Y:
Yo: Así que eres escritor.
Él: Estoy escribiendo una pieza para New York magazine.
Yo: Mmm. Qué bien.
Él: Es sobre los hipsters en Nueva York y cómo están cambiando la ciudad, como los yuppies en los ochenta.
Yo (mintiendo): Qué interesante.
Él: Y estoy escribiendo una novela, que trata sobre la Roma antigua. Sobre Marco Antonio y Cleopatra.
Yo: ¿Cómo la serie de televisión, Roma?
Él (sin escucharme): Es una novela histórica, porque eso de las novelas históricas está vendiendo muy bien últimamente. Y sobre cómo el romance de Marco Antonio y Cleopatra es una analogía sobre la relación de Francia e Inglaterra y sobre el romance de George Bush y Condoleeza Rice. Y sobre… (aquí les ahorraré el resto de su trama).
Yo: Qué chistoso. Yo también escribí un libro.
Él (sin escucharme): Voy a conseguir un agente muy pronto. Dame tú teléfono. Tú y yo vamos a hacer grandes cosas juntos.
Y, tras haber perdido una hora de mi tiempo escuchando su aburridísima historia, el tipillo se va, jurando que me llamará.
3- Voy en el metro con una compañera de la escuela que ha producido una obra por cada año de su vida. Lleva un año en Nueva York y el resto de su tiempo lo ha pasado en Miami, así que tiene una visión interesantísima de la vida. Se me ocurre preguntarle cómo está.
Ella: Todo increíble. De verdad. No podría estar mejor. Me están produciendo en Wyoming una obra que escribí sobre un negro que se pelea con una señora blanca en un supermercado y me están produciendo en Texas una obra que escribí sobre dos chavos que se pelean para ver quién va a ser presidente de su salón en prepa y me están produciendo una obra en Miami sobre un veterano que regresa de la guerra de Iraq después de perder una pierna y una mano. En fin. Estoy recibiendo muchas comisiones. Haciendo dinero. Tengo un agente nuevo, en CAA y, bueno, todo increíble.
Yo: Pero, más allá de la chamba, tú ¿cómo estás?
Ella: (Inserten el primer diálogo aquí)
Yo (dándome por vencido): Pues qué bien.
Y así, tras veinte minutos de supuesta conversación, se baja en su estación y yo me quedo en el tren, hasta llegar a mi casa. En el camino pienso que esta obsesión con el éxito acaba, primero, con la habilidad de conversar. Después tira por la borda el arte de escuchar (carajo, ¿cómo diablos aprendes en la vida si no escuchas a las otras personas?) Y, por último, es probable que acabe con mi paciencia.
Daniel, yo conozco a muchos de esos tipos.
Beben en el Covadonga.
Pues debe haber vuelo directo del Lower East Side al Covadonga, carnal.
en el peru no hay gente asi…pura buena onda y muchos calcetines
Por eso quiero vivir en el Perú. ¿Quién dice “yo también”?
yo! pura gente bonita en el peru…..no se dejen llevar por laura (en america)
Jajajajaja. Jajajajajaja. Jajajajaja.
Lo del Covadonga es más o menos cierto. Pero no te libras de cumplir tu compromiso, ya quedamos. Si ves que nadie escucha, bebes y ya.
Abrazos y besos, suerte y paz.
Ah, ya tengo nuevo blog, no sé si te había dicho. http://fonema.wordpress.com
Daniel!
Totalmente de acuerdo, nuestra generación subvalúa el arte de saber escuchar – ¡Espero no entrar dentro de esa categoría de amigos-conocidos que tienes e NYC!- . Yo siempre pensé que la idea de tener música fuerte en los restaurantes y bares era para evitar que la gente platicara, al cabo nadie tiene algo interesante que decir y todos se concentran en consumir más.
Supongo que tu idea explica también porque en el NY Sports Club cada banda para correr tiene su propia televisión y la gente llega con su iPod y su revista. La comunicación se reduce al registro (electrónico) de entrada al lugar.
cheers!
Ariane