¿Por qué me parece tan, tan, tan triste lo que le pasa a la Selección Mexicana?, ¿por qué soy incapaz de verlo como un problema de índole futbolístico -un pinche deporte- y dejarlo ir? Trataré de explicarme.
A los doce años, mi vida era el futbol: vivía para jugarlo, verlo y seguirlo. En ese entonces, sólo un jugador mexicano jugaba afuera de la liga nacional: Luis García. Quitando al ariete del Atlético de Madrí, todos los demás jugadores, hasta el genio de Alberto García Aspe, jugaban en el Necaxa, en los Pumas, en el América y las Chivas. Era fácil atribuir nuestros fracasos a la falta de experiencia en el extranjero de la mayoría de los seleccionados.
“Claro”, decía mi papá. “¿Cómo le van a ganar a Bulgaria si ni uno juega en Europa?”.
Ese equipo, de jugadores sin experiencia internacional, sin defensas del Barcelona y el PSV Eindhoven, ese equipo hizo pedazos a domicilio a más de la mitad de los equipos de la Concacaf. Hicimos trizas a Honduras, Canadá y, si no mal recuerdo, eventualmente nos vengamos del El Salvador y les metimos una goliza (no jugamos contra Estados Unidos porque se clasificaron automáticamente por ser anfitriones). En el Azteca ganamos siempre por diferencias abultadas. Todavía recuerdo las escapadas de Ramón Ramírez, los goles de Luis Flores (¡Luis Flores!) y Nacho Ambriz. Luis García -nuestro única exportación- a veces ni siquiera jugaba (porque el Atlético no lo prestaba). Y aún así: pasamos al mundial… caminando. En ese entonces, no le perdonábamos ni una derrota a la selección. Recuerdo una vez que perdimos en El Salvador y fue una tragedia nacional.
Cómo han cambiado las cosas. Ahora tenemos jugadores de exportación pa echar para arriba. Guardado, Osorio, Márquez, Franco, Giovanni, Vela, etcétera. Y no hemos ganado ni un sólo partido de visitantes. Cada victoria en el Azteca se siente como un triunfo colosal.
“¿Cómo?”, se pregunta mi papá. “Si tenemos tantos jugadores en Europa”.
Lo tristísimo de nuestra situación es lo que parece decir de nosotros. De nuestra incapacidad para mantener los pies sobre la tierra cuando triunfamos en el extranjero. No tengo idea de cómo se den las cosas en los vestidores de la selección, pero presiento que algunos europeos son unos sobrados, que ven a la selección como una carga y no como un honor. Es triste, también, porque esta serie de fracasos arroja por la borda el mito de que necesitábamos ser exitosos en el extranjero para que nuestro futbol a nivel selección mejorara. Ahora, ¿a quién culpamos a la hora de perder en Octavos de Final? La lista de culpables adelgaza. Poco a poco comienza a quedar una sola explicación: no sabemos bien a bien como jugar en conjunto, nos hacemos chiquitos en competencias internacionales, seguimos sin ser buenos en el único deporte que nos importa. Y no: no se me ocurre una solución sencilla para estos problemas.
¿Qué hacemos?, ¿volvemos a juntar una selección como la de 1994, llena de jugadores del Necaxa y los Pumas, y prescindimos de los jugadores europeos?, ¿hasta cuándo vamos a depender del único 10 que ha tenido la selección en quince años: Cuauhtémoc Blanco?, ¿hasta que el tipo tenga cuarenta años?
En lo que resolvemos estas incógnitas, el que sale perdiendo es el fanático panbolero mexicano. Por lo pronto nos vamos a quedar sin ir al mundial.
En México tenemos la desafortunada costumbre de ponernos de acuerdo para cambiar las cosas sólo cuando tenemos las desgracias encima. Por eso, anhelo que no califiquemos al mundial, porque solo en esa situación, se harían los cambios que tanto necesita nuestro futbol, empezando con desaparecer la liguilla, que es el verdadero cáncer que fomenta la mediocridad. Si te interesa el futbol, exijamos la desaparición de la liguilla