Desde la primera semana en que nos mudamos, yo y mis room(m)ates nos dimos cuenta de las siguientes cosas:
A) Vivir al lado de Río Becerra no es una buena idea.
B) En La Nápoles venden los mejores licuados.
C) El Blockbuster más cercano es, también, el peor de la ciudad.
D) Nuestra vecina es una prostituta.
No. No una prostituta en sentido figurado y machista, como algunos se referirían a una chica de caderas inquietas. No. Una prostituta hecha y derecha, de turnos nocturnos, de cobranza post coito, de tetas siliconeadas, de rímel aplicado con brocha.
Verán, nuestro departamento está situado en el cuarto piso de un edificio dizque moderno de la ya mencionada –y acogedora- colonia Nápoles. En el centro del edificio hay un hueco cuadrado que hace las veces de tragaluz y que permite, con toda soltura, aplicar la técnica de vecindario de espiar a tus vecinos. Justo debajo de nosotros vive una familia modesta: no hacen ruido ni cuando cenan, ni cuando despiertan. Y debajo de ellos vive nuestra prostituta.
Nos dimos cuenta porque cuatro días a la semana, a las once en punto, escuchábamos, vía el sonar de información que es nuestro tragaluz, actividad en algún punto del edificio. Los ruidos delataban actividad inquieta: frenético lavado de trastes, pisadas presurosas, llamadas telefónicas. Queriendo ver cuál inquilino era culpable de tanto desmadre, me asomé por la ventana. Y ahí la vi:
Con una camiseta blanca y transparentosa que le llegaba al ombligo, limpiando su cocina afanosamente, agachándose para limpiar el piso y enseñándome su escuetísima tanga rosa. No deduje que era una prostituta. En ese momento, dándole gracias al cielo por mi insomnio, concluí, simple y sencillamente, que mi vecina era medio impúdica (y que no estaba de mal ver). Desperté a Nicolás, y juntos –como si nunca hubiéramos visto a una mujer desnuda- nos quedamos ahí, asomándonos por la ventana, viéndola.
En el transcurso de las siguientes semanas, tanto yo como Nicolás nos topamos a su padrote esperándola en la entrada. Lo vimos recargado sobre el cofre de su automóvil negro, estacionado ahí a partir de las doce de la noche, esperando a la señorita. Pasábamos con la cabeza agachada, como si, en vez de proxeneta, el tipo fuera un gangster. Jamás dio acuse de recibo: no levantó la mano para saludarnos, ni masculló un “buenas noches”. Nos dimos cuenta que la susodicha escapaba de su departamento, toda emperifollada, siempre con vestidos cortos, a las 12:30 en punto. Y la oíamos regresar a la misma hora: 6:30, justo cuando los pájaros que viven en el árbol del vecino empiezan a trinar (los odiamos con odio jarocho).
Finalmente, la semana pasada, Nicolás y su novia se la toparon en el elevador. Venía con una amiga, mucho más menuda que ella, pero con las tetas del mismo tamaño (¿será que los cirujanos plásticos tienen el mismo molde de silicón o que todas las putas piden tener la misma copa?). Se bajaron en el segundo piso, pero el aroma de su perfume se quedó en el elevador hasta nuestro piso. Y es que ese olorcillo es inconfundible: pertinaz, potente, tan dulce que es agrio.
Yo nunca la he visto de frente. Y, honestamente, prefiero no verla. Me gusta poder asignarle el rostro que quiera a ese cuerpecito compacto que lava los trastes a las doce y que sale por esa puerta media hora después, lista –como carta por correo- para ser enviada, vía el sobre de cuatro ruedas en el que vienen a recogerla, a la casa de algún caballero.



jajaja Este triste caso en el que, se nota sufres muuucho, me hizo recordar a mis vecinos que son enfermeros y que cuando llegan a su depa (Que por cierto está abajo del mio) a las 2 o 3 de la madrugada, se disponen a darse cariño de una manera gustosa, sintiéndose invisíbles. Con gritos, gemidos, risas, movimientos de cabecera y ese ruidito extraño q hace la chava. Los odio!!
Vecinos Golosos!!
Ja…. pero si hasta parece que mi roomate o yo lo escribimos. Mismito caso, misma colonia, mismo tipo de edificio y, hasta casi el mismo piso.
Ah, lo olvidaba. Se me hace que tú te mudaste a mi antiguo depa.
Buen relato…
Yo si tuve una veciina que era prostituta… de a devis… De hecho fué mi tía politica por 5 días… Todo el día andaba cargando un gato… se llamaba Lucy.. ogt mi tío quien sabe donde a recogió…
Esa suena como una historia mucho más interesante que la mía. ¿Por qué no la escribes?
Que elocuente! Casi pude verla y hasta olerla…
Tal parece que la muy distinguida Colonia Nápoles es cuna del amor mercantil.
Durante poco más de 3 años en el departamento donde viví en Dakota, fui testigo (así como ustedes) de los preparativos de mi vecina cada noche. Por el cubo interior del edificio la veía (y más que nada la escuchaba).
De sus actividades profesionales nunca tuve detalle. El problema llegó cuando se ennovió y su relación se convirtió en una desgracia para todo el edificio.
Si estaban bien, sus desorbitantes demostraciones de pasión rompían con el silencio a mitad de la noche. Gritos, jadeos, más gritos, más jadeos.
Si estaban mal, sus peleas eran una endiablada tormenta!! Golpes, gritos, más golpes, más gritos. Un día un vecino habló a la policía al escuchar los golpes que se daban. Mientras estos pobres trataban de llevarse al sujeto (que parecía como de “sólo para mujeres”) a la patrulla, ella no dejaba de golpearlos. Pobrecitos oficiales, no entendían nada.
En fin, luego de tanto ajetreo, decidí mudarme.
Pero obviamente, al interior de la Nápoles.
Después de leer tu comentario, lo único que deseo es que mi vecina jamás tenga novio.
Aunque su padrote entra perfecto en la descripción que haces del galán golpeador.
Un abrazo!
“Odio jarocho”, jeje hace mucho que no escuchaba eso, ( y eso que soy jarocho).
Buena la Historia
Me encanta como de pronto y sin tapujos la hacen “suya” ….”nuestra vecina” tierno…!
Me encanta como de pronto y sin tapujos la hacen “suya” ….”nuestra vecina” tierno…! Quisé decir “nuestra prostituta” !!