No hay camellones más tristes que los mexicanos. El pasto nunca tiene el mismo tamaño y los árboles que ahí crecen son árboles de la calle: pordioseros de la esquina que nunca han tenido el placer de una buena podada.
En eso pensaba mientras veía el último trazo de Periférico, saliendo de Satélite. Mi papá y yo nos dirigíamos a Querétaro, a un viaje relámpago en el que por primera vez conocería el Bajío mexicano. Estábamos detenidos en la avenida y la hilera de automóviles, prácticamente estacionados frente a nosotros, no daba indicio de avanzar. Una hora después salimos a la carretera y pudimos avanzar a más de cinco kilómetros por ahora. Después de un largo tramo ví el paisaje alrededor, por fin verde, desprovisto de casas grises, con esas ventanas negras que parecen observar de vuelta.
Llegamos a Querétaro. Comimos escamoles y cónsome, guacamole y una arrachera. Frente al restaurante, tres policías observaban uno de los postes de luz en la plaza central. La noche anterior, el poste se había caído sobre una de las jardineras de la plaza, llevándose su base de piedra consigo. El cableado dentro de la piedra había quedado expuesto como las raíces de un árbol derribado.
Caminamos por las calles aledañas a la plaza en busca de iglesias. Le pedimos direcciones a una monja que caminaba cabizbaja por la estrecha acera, como si quisiera protegerse de la inminente lluvia.
Mi papá me hablaba de los retablos de una iglesia y del estilo de otra mientras me señalaba a los santos en las paredes, arriba de nosotros. Apenas podía oír su voz entre los sermones de los padres y los cánticos de los grupos que amenizaban la misa con canciones católicas. Salimos de la tercera iglesia y entramos a otra plaza, siempre llena de gente, como si todo Querétaro trabajara al aire libre. Un cronómetro digital, disonante y tosco, contaba en reversa los días que faltaban para el Bicentenario. Al lado de él, en un pasaje techado, un hombre sin piernas ni brazos yacía acostado dentro de una jaula, pidiendo limosna. Cada calle del centro de Querétaro era como un pasillo de museo. No había un resto de basura ni una partícula de polvo. Empezó a llover al filo de las nueve, justo después de que nos acabáramos un café en un restaurante que daba a otra plaza.
Al día siguiente salimos rumbo a San Miguel de Allende. Llegamos a las doce, pero nos tardamos una hora en encontrar un lugar para estacionarnos. Cuando por fin encontramos uno empezó a chispear. Decidimos bajarnos a pesar de la lluvia y caminar rumbo a la plaza central. Llegamos a una iglesia justo mientras se llevaba a cabo una boda. Afuera del portón principal un grupo de mariachis afinaba sus instrumentos. Cerca de ellos, un globero triste detenía su colección de globos, sujetando los hilos con desgano. Me acordé de mi sobrino. Me acordé de él jugando con un globo que alguien le había regalado, sujetando el cordón con ambas manos como si su alegría entera se fuera a escapar con él. Un globero triste vendiendo alegría, con el rostro partido por las arrugas, hinchado de cansancio. Quise tomarle una foto pero no me atreví a hacerlo de cerca.
Comimos conejo y flan, carne y pay de limón. Mi papá se quejó de su postre. Me dijo que no era hecho en casa.
Salimos rumbo a Dolores Hidalgo en medio de una tormenta. Íbamos lento, observábamos las casas de colores, los turistas agolpados debajo de un toldo, escondidos detrás de sus paraguas. Los paraguas, como las sombras largas, siempre me han remitido a los cementerios.
Llegamos a Dolores. Había dejado de llover. Nos estacionamos cerca de la casa de Miguel Hidalgo y caminamos rumbo a la iglesia desde la que el padre de la Independencia dio el Grito. Caminamos debajo de otro pasaje techado. Ahí, hincada a la mitad de la acera, estaba una indígena viejísima. Tenía la piel seca y los ojos pequeños y entrecerrados, como alguien que ve el sol por primera vez en el día. Su mano izquierda se asomaba desde adentro de su rebozo. Repetía la misma frase en voz levísima, pero no pude entender qué decía. Supuse que, después de años y años de extender la mano, había entendido que la imagen no necesitaba acompañarse con palabras. Le eché un último vistazo antes de dirigirnos a la iglesia: esa isla en el concreto, ese diminuto pero insoslayable hoyo negro, apenas vivo y apenas despierto.
Llegamos a la iglesia. Afuera, el mismo cronómetro disonante. Esta vez su cuenta regresiva me pareció ominosa. Mi papá se adelantó y yo me quedé tomando fotos. Otro grupo de mariachis se fajaba los pantalones justo afuera de la iglesia listos para cantarle a quién fuera. Los escalones que llevaban a la iglesia estaban salpicados de arroz, pétalos de rosas y plumas negras y blancas. Adentro, otra boda. Y en el último escalón: una placa conmemorando el grito de Hidalgo.
Nos dimos la vuelta y caminamos rumbo al coche. A pesar de la lluvia, la plaza frente a la iglesia estaba llena de gente. ¿A quién esperan los mexicanos en las plazas? ¿A quién esperan todas esas personas sentadas, con la vista extraviada, compartiendo las bancas de metal verde: los espectadores del show de las palomas a quienes sólo los niños atienden?
De regreso al coche pasamos frente a una, dos y tres heladerías. Después pasamos frente a una, dos, tres y cuatro tiendas de ropa. Todas las heladerías estaban llenas mientras que las tiendas de ropa, con sus maniquíes rubios y sus dependientas adormiladas con los codos sobre el mostrador, no tenían un solo cliente.
Antes de subirme al coche avisté una camioneta que se estacionaba en la contracalle. Se abrió la puerta trasera y de ahí salió otro grupo de mariachis, uno tras otro, felices a pesar del clima.
Tomamos la carretera equivocada. Una ruta de dos carriles llena de curvas y letreros que alertan sobre el cruce inesperado de vacas y ovejas. Me quité los zapatos y los calcetines mojados. Manejé rumbo a Guanajuato, deteniéndome para tomar fotos de cercas desvencijadas, de mazos de cal y de púas retorcidas que me impedían entrar a espacios verdes y vacíos.
Al día siguiente caminamos por Guanajuato. Visitamos aquel teatro espectacular que inauguró Porfirio Díaz, platicamos con el dueño de una farmacia que está al lado de donde nació Lucas Alamán y fuimos a la Alhóndiga de Granaditas. En nuestro camino pasamos frente a tres iglesias, todas atestadas de creyentes. En sus fachadas, invariablemente, una parvada de palomas había hecho su nido a pesar de las mallas metálicas que los fieles habían colgado como disuasivos. Llegamos a la Alhóndiga minutos antes de que la cerraran. Antes de entrar mi papá me señaló un par de fisuras en cada esquina. Ahí colgaron las cabezas de Hidalgo, Allende y Aldama, me dijo. Me sorprendió ver qué tan cerca del piso habían estado aquellas cabezas decapitadas. Todo el mundo había podido verlas. Las imaginé ahí, pudriéndose año con año: cuatro nidos de moscas puestos dentro de esas jaulas como escarmiento.
Salimos de la Alhóndiga y caminamos cuesta abajo, rumbo a un mercado. A menos de cien metros de ahí, un vendedor de zapatos usaba una grabación altisonante para vender su producto. “HOY, TODOS LOS ZAPATOS PARA CABALLERO…”. Al lado de nosotros: un cementerio que se usó de manera provisional para enterrar a los españoles asesinados dentro de la Alhóndiga. “…CON QUINCE POR CIENTO DE DESCUUUUUUENTO…”. Más adelante: el pungente olor de grasa sobre un sartén. “…Y PARA DAMA, TOOOODOS LOS TENIS…”. Mi papá detuvo un taxi al final de la calle. Me subí y cerré la puerta, callando la voz de la grabación del vendedor de zapatos.
En la noche fuimos a la iglesia de “La Valenciana” hasta arriba de uno de los montes que abrazan Guanajuato. Estaba cerrada. Por más que mi papá le pidió a un vendedor de collares que le pidiera al párroco que nos abriera, no pudimos entrar. Decidimos encaminarnos a una tienda de piedras preciosas al lado de la iglesia. Compramos pulseras de ónix para el mal de ojo, figuras de lápiz lazuli para el insomnio, collares de amatista para el dolor de cabeza. Más de diez mujeres atendían el lugar. Iban y venían con la mercancía; entraban y salían por puertas que –supuse- las llevaban a bodegas; le preguntaban a una, la más joven, sobre los poderes místicos de las piedras preciosas. Mientras tanto, tres hombres –dos adultos y un joven con la playera del América- descansaban en cada esquina, como centinelas mal pagados.
Fuimos al mirador para tomarnos una foto. No había dejado de chispear durante toda la tarde. Frente a nosotros, Guanajuato se extendía hasta las faldas de los montes circundantes. Sus casas contrastaban contra el gris torvo del cielo como la más enorme paleta de colores: casonas blancas, casitas azules, iglesias amarillas, casitas rojas. Una decena de perros circundaba a nuestro alrededor con la molestia, apenas contenida, de los perros mojados. Daban vueltas, andando a paso lento, sin voltearnos a ver.
Mi papá le pidió al taxista que nos diera una vuelta. Mientras subíamos y bajábamos por las calles guanajuatenses, el taxista –un hombre menor de cuarenta años- nos platicó sobre la venta, al parecer ilícita, de los terrenos que están en las cimas de todos los montes que rodean la ciudad.
Hay una fiesta que hacemos allá arriba una vez al año, pero ora no se va a poder porque dizque le acaban de aparecer dueños a esos terrenos.
¿Cómo que aparecer?
Pues sí. Que según esto unos políticos tienen las escrituras que prueban que son dueños de allá arriba… y nos cerraron el paso.
Llegamos al hotel a las ocho y bajamos a cenar a las nueve. Mi papá pidió un espagueti y yo un risotto. Ambos estaban bastante malos. Se me había olvidado una de mis reglas de oro: en México se come bien de todo menos comida italiana.
Antes de regresar a la capital, fuimos a ver a las famosas momias. Nos formamos dentro de un túnel estrecho y húmedo para comprar nuestros boletos. Junto a nosotros, un viejo de bigote blanco hacía su agosto vendiendo churros. A su lado, un hombre vendía llaveros de momias y otro vendía yoyos hechos a base de globos de látex. Justo en la entrada para las momias, un padre le pedía a su hijo que dejara de ser marica y entrara. El niño cedió, casi a punto de llanto. Adentro, un guía explicaba que las momias habían sido cadáveres que pertenecían a familias que no habían podido continuar pagando las parcelas de los cementerios en las que estos, sus familiares, estaban enterrados. Los cuerpos habían logrado preservarse en el estado que teníamos frente a nosotros debido a propiedades químicas inusuales en el tipo de suelo del cementerio.
Las caras de las momias. Esas muecas tiesas, esas quijadas que parecen incapaces de cerrarse, esos ojos sin entresijo alguno, que no sirven porque no pueden ver. A los cadáveres primeros los deja la carne que la tela. Ahí estaban, hombres sin piel alrededor de las costillas, sin carne en los brazos, aún portando pantalones y zapatos.
Algunos de estos que ven, nos explicó el guía, tienen los brazos como echados para adelante. ¿Sí ven?
Tenía razón. Esas momias parecían estirar sus brazos para tocar el cristal.
Pues eso es porque los enterraron vivos.
En el penúltimo cuarto el guía hablaba de dos momias “muy especiales”. Una mujer obesa y un diminuto feto. La mujer y el niño –prematuro- habían muerto en el parto. Observé al feto sin acercarme a él. Estaba a la mitad del cristal, aparentemente ingrávido: un pedazo de muerte eterna y flotante. Junto a mí, el niño al que su padre había obligado a entrar jugaba con su yoyo de látex.
Esa tarde tomé la última foto del viaje.
Íbamos en la carretera de Guanajuato a Celaya. Yo manejaba mientras mi papá jugueteaba con su Ipod en busca de una canción que, estaba seguro, me gustaría. Me detuve en un acotamiento. Frente a nosotros se extendía el verde del Bajío. Había dejado de llover y las milpas que decoraban la periferia de la carretera resplandecían, casi secas. Caminé hacia ellas a pesar del olor a abono. Zigzagueé entre envases de dos litros de coca cola y bolsas de la basura hasta llegar a una cerca. De nuevo, un alambre de púas me impedía el paso. Escuché grillos a mí alrededor y el siseo de los automóviles en la carretera. Me hinqué y tomé una última foto: sobre un mazo de cemento, con el encalado resquebrajándose en su superficie, una púa se asomaba como una flor de metal. Detrás de ella, el maíz se mecía con el vaivén del suave viento.








¡Deliciosa descripción! Como conozco bien la zona, casi casi sentí que estaba ahí, casualmente siempre que estoy en una plaza me hago las mismas preguntas ¿qué se espera? Pero son una bendición esas bancas, sino fuera por ellas, no sé dónde más podría esperar el paso del tiempo tanta gente al mismo tiempo sin molestarse unos a otros.
El bajío como cuna de nuestra historia.
En 2 horas más de camino, hubieras llegado a mi tierra, si no la conoces ya, imagino también te gustará ¡Saludos!
Hola Daniel! tengo 39 años recién cumplidos el mero 16 de septiembre, soy disoñador gráfico y me catalogo como fotógrafo amateur igual pero ni flickr tengo para mostrarlas, la razón de ello es porque toda mi vida me he sentido “defectuoso”, creo que es un síndrome o causa por haber tenido un padre ausente, judío con doble vida, yo fui el cuarto de la familia no judía por lo que me costó el lograr comprender desde qué soy, quién soy y si incluso podía ser; todo esto porque siempre estuvimos ocultos e ibamos a comer a lugares que sus paisanos no frecuentaran. Te escribo esto porque me identifiqué con ser el más chico y por tener un padre judío y exitoso, me dió envidia de la buena el que puedas convivir con él y que puedas aprender y escuchar sus consejos. Me da gusto leer tus viajes y ver tus fotos, nunca dejes de hacerlo.
gracias por compartir.
Hola Daniel, me encantó tu descripción de la zona en la que yo he crecido, tengo 20 años y he vivido en el bajío toda mi vida, conosco bien todos los lugares que haz mencionado desde Querétaro hasta pasar por San Miguel, Dolores y la ciudad que alguna vez fue mi casa y que desde niña adoré y juré vivir y estudiar en aquella ciudad de Guanajuato, es una experiencia muy particular vivir ahí como estudiante universitario. Soy de la ciudad de Celaya y aunque no tenga el mismo ambiente colonial y mexicano estoy orgullosa de haber nacido aquí. Muy objetiva tu redacción y ójala puedas regresar pronto por estos rumbos, saludos!