Llevo más de cuatro meses trabajando en una novela gráfica junto con un amigo. La historia ocurre durante la revolución mexicana e involucra a cuatro soldados obregonistas, un villista y un monstruo de tres metros que los acecha cual Alien a bordo del Nostromo. Escribir la novela fue un proceso entretenido, salpicado de discrepancias necesarias y debates intensos. A lo largo de una decena de cafés tibios de Vips, yo y mi amigo discutimos sobre los nombres de los personajes y descubrimos que no hay nada más entretenido que ponerle nombre a un general revolucionario (en este caso nos fuimos por Rómulo Paniagua y Demetrio Miranda); platicamos sobre nuestro material de lectura para la investigación del proyecto (Vámonos con Pancho Villa, Los de abajo, Mi pueblo durante la revolución y Biografía del Poder, de un tal Krauze); discutimos el guión y las escenas, y –básicamente- nos entretuvimos creando algo que por lo menos yo jamás había hecho: una historia de terror sencilla, contada del punto a al punto b sin mayores divagaciones.
Todo iba viento en popa (como dicen en Jojutla) hasta que llegó el momento de ilustrar a los cinco personajes y a la bestia. Los obregonistas y el villista no nos dieron ningún dolor de cabeza. Escogimos un par de referencias (“el güey ese que es el malo en la primera de Dexter”, “el niño que le toma la foto a Sarah Connor al final de Terminator”) y detalles (este tiene una cicatriz como la de Han Solo, este se viste como el dude de Red Dead Redemption) y ¡listo! Teníamos a nuestros personajes. Y todo iba bien, hasta que llegamos a la bestia…
Y, no, no nos ha costado trabajo decidir cómo queremos que sea su cara. No nos ha costado trabajo decidir cómo queremos que sean sus garras. No nos ha costado trabajo decidir cómo queremos que sea su cuerpo.
Nos ha costado trabajo decidir cómo queremos que sea su pene.
Puedo asegurar que subestimé lo complicado que resultaría hablar, en el transcurso de un par de cafés, una conversación telefónica y veinte emails, con un desconocido sobre un pito ajeno (aunque sospecho que la incomodidad no se disiparía si hablara del mío). Desde el inicio del intercambio, las cosas no iban bien:
El ilustrador había dibujado un “miembro” pequeño, humano, circuncidado, piadoso e inofensivo. Ese no era el pene de una bestia comehombres que habita en las inhóspitas cuevas del desierto. Así que le pedí que por favor hiciera algo al respecto. Y todo fluía en mi correo hasta que llegué a esa palabra: “Te pido, Alberto, que ensanches un poco el…”. Y ahí me detuve. No pude seguir escribiendo. Mi cabeza abrió su diccionario interno en busca de un eufemismo que sonara decente pero macho, pulcro pero varonil. No quería escribir “Pene” porque me suena a palabra de pediatra. Tampoco quería “Miembro” porque siempre me ha sonado vago y medio difuso. Un miembro pueden ser muchas cosas y yo quería especificidad. Para bien o para mal escogí la palabra “cosa”. La cosa del monstruo.
Y así empezó la cadena de emails más extraña que he enviado y recibido en toda mi vida. El ilustrador nos mandaba un correo con el primer trazo del animal (“¿Qué les pareció el miembro de la bestia?”), mi amigo lo revisaba y me mandaba sus notas (“No me convence su pizarrín. Está muy chiquito”), yo las interpretaba y las enviaba de vuelta al ilustrador (“Creemos que su tubo debe ser como el de un marsupial o el de un caballo”), el ilustrador nos contestaba con otro diseño (“El trozo de los caballos es muy largo; no queda”), mi amigo replicaba (“Esa salchicha está demasiado gorda”) y yo reenviaba (“Necesitamos un pepino más pequeño y más tosco y que no parezca circuncidado”).
Durante las reuniones con mi amigo las cosas no mejoraban. El “Penegate” estaba en fuego. ¿El problema? Realmente no me sentía cómodo discutiendo el tamaño del pito de un animal en Vips a las diez de la mañana. Las siguientes conversaciones se llevaban a cabo en voz baja, como de conspiradores, con pausas dignas de una obra de Pinter:
“Parece… cheto el bicho”.
“¿Qué opinas del… pelo… digo, del vello… púbico?”
(Silencio)
“No me gusta como lo dejaron todo rasurado, carnal”.
(Silencio; nos traen el café)
“¿Qué le pongan más?”
“Sí. Pero delgado, ¿no? Como ralito, ya sabes”.
(Silencio; prendo un cigarro)
“Y le hacen falta… testículos. Se ve raro así como… Farinelli”.
(Silencio)
“Sí, sí. Necesitamos que tenga sus huevitos”.
“Pero ni muy grandes, ni muy chiquitos”.
Mientras tanto, el ilustrador parecía enloquecer con nuestras nebulosas y contradictorias demandas sobre el tamaño, grosor, longitud, forma y color del pene de la bestia. Nos mandó uno tan largo que parecía una manguera, otro tan gordo que parecía una berenjena, otro tan corto que parecía dedal.
“Yo creo que lo debe de tener como Dr. Manhattan”, me dijo mi amigo.
“Yo creo que si es cuatrípedo debería tenerlo como los perros, ¿no? Adentro del cuerpo”.
“Namás que no esté… parado. El último que nos mandó se ve demasiado… contento”.
“Yo lo veo normal, ¿no? Medio caído. Como el de los burros”.
Ahora, después de haber inventado suficientes eufemismos como para llenar una enciclopedia, después de haber hablado más de penes que un urólogo del INSEN, después de haber visto tantos dibujos de ellos como para no querer volver a ver ni el mío, seguimos esperando el diseño. ¿Nuestra última consigna? Que ni se le vea el mazo. Si quieren saber si es hombre que nos pregunten…
Y eso que todavía no empezamos a hablar de cómo van a ser sus nalgas.



Que barbaro, no sabes como me he reido! Muy buena narrativa!! Bueno me ha dolido el abdomen de tanto reir!!!
Gracias por compartir.
jajajajajajajajajajajajaja .. don’t meims jajajajajajaja
ixtl no tenía chóstomo.
Les valió ¡jajajajaja!
Novela grafica vulgo historieta, termino que por cierto no es universal, el de novela grafica.
Suerte
No mames cabrón, jajajaja, muy chido tal historia
Debo confesar que también me he reído hasta sentir que debía parar de leer y luego volver a leer, pero me ha quedado una duda enorme, y no es que sea yo el señor Gramática pero, ¿será que existe la posibilidad de que tienes algunos errores gramaticales? No hay tengo el afán de incomodar, de verdad que no, solo que algunas cosas saltaron a mi vista y creo que podrían ser diferentes. Saludos.
¡Que risa! Lo que no me quedó muy claro es porqué la enorme necesidad de que la bestia tuviera pene? Realismo?
¡Claro!
jajajaja!!! precioso!!!! lastima que no lo pude disfrutar como se deve…. (nota: no leer este blog cuando este en clase de computacion).
No no no, esta MUUUUY PIRADOS!!!.. GRATZIE MILE!!!