Nunca he subido un cuento a la oveja. Pero, como dicen en Oaxaca, siempre hay una primera vez. Ahí va:
-.-
Tenía diez años cuando vi a mi padre llorar por primera vez.
Mi madre había olvidado recogerme de la escuela por enésima ocasión. Tuve que pedirle a Luis, uno de mis pocos amigos, que hiciera el favor de llevarme de vuelta a casa. Después de platicarlo con su chofer, mi amigo volteó a verme, bostezó y me abrió la puerta de su coche.
Toqué el timbre, la muchacha me dejó entrar y me despedí de Luis y su chofer, agradeciéndoles que se tomaran la molestia de traerme hasta la colonia Del Valle. Al entrar me sorprendió ver el coche de mi padre en el garage, estacionado en el lugar que generalmente ocupaba la camioneta de mi madre. Ella no estaba, por supuesto. Me imaginé que había tenido que ir a algún acto social, de esos que plagaban su calendario: canasta con sus amigas, un café con sus primas, una comida con los Guajardo o los Villegas.
A esas horas mi padre estaba en el trabajo. Jamás venía a comer. Llegaba a la casa a las ocho de la noche, nos besaba en la frente, se sentaba a cenar y le preguntábamos sobre su día. Hasta que cumplí siete años, mi padre nos inventaba –a mí y a Carlos, mi hermano mayor- que, en vez de ser empleado en la Secretaría de Comunicaciones y Transportes, realmente trabajaba en un laboratorio en el que dedicaba su tiempo a inventar nuevos animales. ¿Y qué animal hiciste hoy, papá?, le preguntaba Carlos. Hice un oso con cara de iguana, una jirafa con patas de hipopótamo, un atún volador, respondía. Mi madre, mientras tanto, servía la cena. El juego acabó el día que Carlos se negó a empezar el juego. ¿No me vas a preguntar qué animal hice hoy, mijo?, le preguntó mi padre. Mi hermano meneó la cabeza de lado a lado, con los labios apretados y la vista fija en sus enfrijoladas tibias. Sin abrir la boca, le rogué al cielo para que Carlos le preguntara. Yo no podía hacerlo. Esas eran las reglas tácitas de nuestra rutina y formaban un contrato inquebrantable.
¿Por qué no quieres?
Porque nadie trabaja inventando animales, papá.
Recuerdo lo que me costó perdonar a mi hermano después de haber derribado nuestro teatro. Yo también sospechaba que mi padre nos mentía, pero prefería aferrarme a la fantasía de verlo en un laboratorio observando a una gallina con dientes de tiburón que imaginarlo en su verdadero trabajo: el subgerente de alguna área de la gris burocracia mexicana, con el mismo sueldo por años, la misma vista a la oficina de enfrente, las mismas comidas en el restaurante japonés de la esquina, el mismo jefe y la misma secretaria.
Me quité la mochila y la dejé caer en el piso del garage. Corrí hacia su estudio, intrigado. Quería saber qué estaba haciendo en mi casa a esas horas. Imaginé distintos escenarios: me había comprado un regalo y quería sorprenderme, había venido para llevarme al cine o, simplemente, quería pasar la tarde conmigo.
El estudio de mi padre era una construcción separada del resto de la casa. Ahí había estado, ese cubo de concreto y humedad, desde el día en el que mi abuelo les había regalado la propiedad. Al salir por la cocina había que cruzar un escueto y frondoso jardín para llegar a su puerta. El camino estaba lleno de árboles –un ciruelo, una higuera, un capulín y un granado-, y de enredaderas y rosales. Era, sin lugar a dudas, el lugar más bonito de mi vieja casa.
Entré a la sala y lo llamé, pero no me contestó. Entré al comedor y encontré un plato semivacío de sopa en su lugar de la mesa. Entré a su recámara y vi su lado de la cama con las sábanas fruncidas. Su almohada, dura como una piedra, aún dibujaba el contorno de un cráneo. Decidí seguir rumbo a su estudio. Caminé sigilosamente con el afán de sorprenderlo. El piso lodoso del jardín estaba salpicado de caracoles y lagartijas, quietas sobre las piedras volcánicas que salían del suelo como islas negras. Sobre una hoja de la higuera encontré una catarina. A diferencia del resto de los insectos, decía mi padre, la catarina nos quiere. Es la única que no nos tiene miedo.
La recogí con la palma de mi mano y caminamos –yo sobre el lodo y ella sobre mi piel- hacia el estudio.
Y fue ahí, escondido entre la maleza, a unos pasos de su puerta, que lo escuché. El llanto había agitado su respiración. Inhalaba y exhalaba como si hubiera estado sumergido bajo el agua y apenas ahora hubiese salido a la superficie. Daba la impresión de haber estado ahí encerrado, llorando, por un buen rato. Me escondí detrás de los rosales y lo observé a través de la ventana. Estaba recargado en su silla, frente a su escritorio de formica, con los brazos cruzados. Su mano izquierda se aferraba a su boca con fuerza, como si intentara callarse a sí mismo. Más que pena o conmiseración sentí miedo. Era un miedo inexplicable, escrito dentro de mí en un idioma desconocido. Pasaron más de diez años para que pudiera descifrarlo. Esa punzada de terror que sentí al ver a mi padre llorar por primera vez era, en muchos sentidos, lo opuesto a lo que sentí tras la confesión de que jamás había trabajado en aquel laboratorio. El día en que me enteré que trabajaba en la SCT sentí una especie de tranquila decepción. La vida de mi padre –y mi vida, que es hija de la suya- no se fincaba en aventuras o descubrimientos. La rutina era su ancla, y la rutina es siempre segura. Sin embargo, en el momento que lo vi llorar, sentí exactamente lo contrario. Su vida guardaba entresijos, tardes muertas y rincones amargos. La fantasía de su trabajo inventado era sabida: no había secreto alguno en esa vida paralela de confecciones e historias mágicas. La realidad de su vida, esa que yo había hurtado al descubrirlo en su estudio, apaciguando el temblor del llanto, me era completamente desconocida. Fue la manifestación de ese dolor oculto, el descubrimiento de esa miseria tras bambalinas, la que me aterró.
Me di la vuelta y caminé agachado hacia adentro de la casa. Antes de entrar agité mi mano para librarme de la catarina, que voló aturdida hacia el árbol más cercana.
*-*
Mi padre murió hace poco más de dos meses de un paro respiratorio fulminante. El teléfono sonó a las tres de la mañana y despertó a mi hija Andrea, que tuvo la mala fortuna de contestarlo. Mi madre hablaba para dar las malas noticias. Tras explicarle, sin detalles, lo que había ocurrido, le pidió a mi hija que me pasara el teléfono. No la escuché abrir la puerta ni caminar hacia mi lado de la cama. Susana, mi mujer, fue quien se despertó. Abrí los ojos justo cuando le preguntaba a Andrea la razón de su presencia a esas horas en nuestra recámara. Me puse los lentes y me senté en la cama, sin prender la luz. Mi hija de pie, frente a mí, con el teléfono inalámbrico en sus manos.
Te habla abuelita, me dijo, ofreciéndome el teléfono.
Mi madre me hablaba desde afuera de la sala de urgencias. Mi padre llevaba media hora de muerto.
Hay que ir arreglando todo, me dijo. Hay que hablarle a tu hermano en San Diego, a tu tío Armando, a tus primos…
Más que triste, mi madre sonaba cansada, partida a la mitad. Su voz parecía estar a punto de quebrarse, pero todo lo que decía era tan ordenado que daba la impresión de haber sabido, de antemano, que mi padre fallecería esa noche.
Mientras tanto, Susana acompañó a Andrea a su recámara, consolándola. Pablo, mi hijo, seguía dormido, así que les pedí que no hicieran ruido.
¿Quieres que vaya para allá?, le pregunté, sin saber a ciencia cierta para qué serviría mi visita o en beneficio de quién sería. ¿De mi madre, que no parecía necesitar compañía?, ¿o de mi padre, que ya no necesitaba nada?
Son las tres de la mañana, Martín. Duérmete y te veo en la casa a las siete. ¿Te parece bien?
Susana regresó y prendió la luz de la recámara. La volteé a ver, sintiéndome agredido, despojado de la comodidad de la penumbra. Apágala, le pedí, tapando el auricular del teléfono.
¿Bueno?, ¿Martín?
Sí, ma. Aquí estoy. Te veo a las siete en tu casa.
Colgué.
Susana se sentó a mi lado y me lanzó la primera de muchas miradas de condolencia que recibiría en esos días. Puso su mano sobre mi rodilla. De todos los lugares que pudo haber escogido, mi mujer decidió tocar hueso y piel delgada. Escogió la parte de mi cuerpo que no podía sentirla. No mi brazo, ni mi rostro o mis dedos. Mi rodilla.
¿Quieres algo?
Pensé en todo lo que un ser humano puede querer, pero no se me antojó nada. No quise un café ni un plato de sopa caliente. No quise a mi padre de vuelta ni una noche sin esa llamada. No quise un mejor trabajo ni un cigarrillo.
Al día siguiente lo velamos en una funeraria del sur de la ciudad. Durante cinco horas hablé, abracé y recibí las condolencias de toda la familia y los amigos de mi padre. Nunca paré de hablar, pero nunca dije nada. No sostuve una sola conversación que me dejara algún recuerdo, no dije nada de sustancia, no encontré nada en mis palabras o las de los invitados que tuviera sentido. Creo que no dije una sola cosa que no fuera mentira. ¿Cómo estás?, ¿cómo te sientes?, me preguntaban. Bien, tranquilo, respondía. Quizás hubiese dicho la verdad, de haber sabido, a ciencia cierta, qué estaba sintiendo. ¿Tristeza?, ¿encono?, ¿culpa? Nada de eso parecía definir mi estado de ánimo. Lo único nítido de esa tarde fue el inicio de un soliloquio, un cuestionario interno que, a pesar de estar dirigido a mi padre, sólo yo podía contestar. Me pregunté si él hubiera querido un velorio de este tipo, en uno de estos lugares que se anuncian en espectaculares y que lucran con la muerte. Me pregunté si mi padre hubiera querido algo más íntimo. Una ceremonia pequeña, sin despilfarro y sin la presencia de personas con las que llevaba años sin hablar. Me respondí que, en efecto, hubiera querido algo distinto. Horas después, justo antes de que el último invitado se fuera dejándome solo con el féretro, llegué a la conclusión de que no tenía la menor idea de qué hubiera preferido mi padre. Por más que lo quisiera, él no habitaba en mí. Cualquier pregunta que le arrojara ya no podía ser contestada. El mundo de los muertos, comprendí, se rige por la suposición. Así que supuse que le hubiera disgustado saber que ni mi madre ni yo lloramos durante su velorio. Supuse que hubiera preferido que lo veláramos en su cama. Supuse que hubiera preferido una ceremonia con el casquete cerrado.
Susana se despidió de mí a las once de la noche. Los niños están agotados, me dijo. Mañana tienen escuela. Acaricié la frente de Pablo, que dormía en los brazos de mi mujer a pesar de tener cuatro años y ser el más alto de su clase. En una esquina de la sala, Andrea permanecía sentada, con las piernas cruzadas y observando la suela de sus zapatos blancos. Estaba cansada. Me di cuenta que era la primera vez que veía a mi hija, mi hija de nueve años, agotada, no por un día de clases o por jugar con sus amigas, sino por los hechos de un solo día. Quise acercarme a ella, abrazarla y agradecerle su apoyo, pero presentí que no entendería ninguno de mis gestos. Me despedí de Susana, le pedí que se fuera con cuidado y regresé a mi lugar. Coloqué una silla cerca del féretro: el centinela del muerto.
Fuera de observar el ataúd donde descansaba el cascarón de mi padre, pasé el resto del tiempo observando la ventana de enfrente, la luz amarillenta de un poste de luz bañando la calle, las hojas de los árboles en la acera, tan quietas que parecían parte de una fotografía. No sé qué esperaba. Era obvio que ya no llegaría nadie más al velorio. Dieron las once y media, me levanté y fui a buscar mi saco. Lo había dejado en algún lugar de la sala. Al principio de la ceremonia me había movido de lugar en lugar, sin encontrar uno que me agradara lo suficiente como para quedarme. Pensé que lo correcto era sentarme lejos del féretro, en la entrada, como si darme un abrazo acompañado de palabras reconfortantes fuera el equivalente a pagar un boleto para entrar a la función. Pero se me cansaron los brazos y se me secó la boca. Fui rondando, como las manecillas del reloj, de silla en silla, hasta llegar al lado de mi padre. En alguna de esas sillas había dejado mi único saco negro.
¿Estás buscando esto?, me preguntó un hombre al que jamás había visto en mi vida. Tenía mi estatura y complexión, pero tez morena y ojos negros. En sus manos estaba mi saco.
Ah, sí. Muchas gracias, le dije.
De nada.
No sé ni donde tengo la cabeza, le dije, consciente del lugar común en el que había incurrido. Nunca me había resguardado más en el protocolo que el día en que murió mi padre. La muerte, madre e hija de la sorpresa, parecía depender de un ánimo rutinario, casi repetitivo, como si la única manera de comprenderla fuera apegarse a un guión anodino, escrito con antelación.
El hombre me sonrió. Ninguna otra persona me había sonreído ese día. Lejos de molestarme, su sonrisa fue el único gesto –o palabra- que me pareció adecuado para ese momento. No fue burlona. Ni un atisbo de falsa conmiseración. Era una sonrisa que decía una sola cosa: entiendo.
Martín, ¿verdad?
Asentí con la cabeza y me puse el saco.
Sí. Carlos llega mañana.
El hombre me dio una palmada en el hombro y me ofreció sus condolencias agachando la cabeza ligeramente. Después dio la vuelta y se fue.
Me quedé solo con mi padre. Quise hablar con él, pero no pude. No encontré nada que decirle.
*-*
Mi familia no era religiosa, pero mi madre pasaba por etapas, y a mis doce años se había obsesionado con ser una católica devota. El año anterior había pasado por una etapa de altruismo. Se juntaba con sus amigas, todas más adineradas que ella, y debatían, por no más de diez minutos, a qué organización donarían ropa, juguetes o dinero. El resto de la reunión se esfumaba entre chismes y gritos que me impedían poner atención en mi tarea.
La mayoría de sus planes no nos incluían. Desafortunadamente, mi madre se negaba a ir a misa sola. Decía que ir a la iglesia era un acto sin propósito a menos de que se compartiera con la familia. Mi hermano y yo odiábamos acompañarla. Nos aburrían los sermones, la ostia nos sabía a pasto, nos picaba el cuello por los suéteres de lana que nos obligaba a usar y nos dolían las nalgas de estar sentados media hora en esas bancas de madera. Mi padre rara vez abría la boca. No comulgaba, no se persignaba, ni tampoco intentaba inmiscuirse en las conversaciones que mi madre sostenía con sus amigas al final de la ceremonia. Supongo que entendía que bastaba con acompañar a su mujer para hacerla feliz. Pero Carlos y yo nos negábamos a participar en esa farsa. En las noches, cuando mis padres veían la televisión en la sala, nos encerrábamos en nuestra recámara y planeábamos pretextos para quedarnos en casa los domingos. La mayoría de nuestras excusas fueron rechazadas de manera inmediata hasta que finalmente, en un domingo de julio, logré librarme del compromiso religioso. Le dije a mi madre que había vomitado durante toda la noche, me sobé la barriga, gemí como desahuciado y le pedí que me permitiera quedarme en cama. Como quieras, replicó, desde el umbral de mi cuarto, emperifollada como niña en el día de su primera comunión.
Mi padre se quedó en casa para cuidarme.
Se sentó al lado de mí y me tentó la frente con la palma de su mano para ver si tenía fiebre.
Mentiroso, me dijo y me arrojó una sonrisa de complicidad. Le pedí que no le mencionara nada a mi madre y me prometió que así sería. Voy a estar en mi estudio, leyendo. Avísame cuando llegue tu mamá.
Siempre fui un niño replegado en sí mismo, lleno de historias fantásticas e íntimas, de amigos imaginarios y de juegos que sólo yo entendía. Durante años quise ser mago hasta que mi madre me explicó que la magia no era una profesión seria. Con el afán de no decepcionarla abandoné esa primera vocación y seguí en busca de algo que verdaderamente me gustara. En la preparatoria decidí que quería dedicar mi vida a una profesión que no estuviera supeditada al contacto con otros seres humanos. Desde chico sentía que las fantasías personales –los sueños que tejemos en silencio, los escenarios que inventamos para decorar nuestro aburrimiento- perdían brillo al compartirlas con alguien más. Tanto mi hermano como mi madre eran un ancla, un constante aterrizaje. Carlos solía burlarse de mi colección de libros de ciencia ficción, de mis dudas inmensas (¿existirá el monstruo del Lago Ness?) y de mis metas megalómanas (pisar el Polo Norte en invierno). Para él y para mi madre el mundo estaba circunscrito al ser humano, a lo conocido por el ser humano, lo construido por el ser humano. Viajar a la playa, desconectar el teléfono y desaparecer del mapa por una semana, eran auténticas torturas. Yo lo único que quería era alejarme del concreto y los cables, de los coches y los semáforos, de las clases de historia y las matemáticas. Así que a los dieciocho años decidí volverme veterinario y dedicar mi vida a curar a seres vivos que no saben de internet, ni de multas o robos, ni de domingos de ir a misa y partidas de canasta los jueves. Mi padre fue el único que compartió mi entusiasmo. Me parece muy noble que quieras dedicar tu vida a los animales, me dijo, mientras mi madre intentaba hacerme recapacitar y encaminarme hacia un futuro como doctor, abogado o, por lo menos, economista. Ese domingo, mientras la mitad de mi familia participaba en la homilía, yo estaba envuelto en mis sábanas, hojeando un libro de Lovecraft que acababa de comprar.
Afuera empezó a llover. Me sentí súbitamente solo, aburrido. Me levanté de la cama, me puse mis pantuflas y fui a buscar a mi padre. Salí por la puerta de la cocina y me enfilé hacia su estudio, cubriéndome la cabeza con una chamarra de mi hermano. Entré al pasillo de vegetación frondosa y empecé a tiritar. La lluvia había formado charcos negros alrededor de las pequeñas piedras volcánicas que brotaban desde el suelo. Estambres de agua colgaban y caían desde las puntas de las hojas de la higuera y los rosales. Aterido, me escondí bajo el capulín para secarme el pelo. Y me asomé hacia dentro del estudio.
Mi padre estaba en la misma posición en la que lo había visto dos años antes: recargado en el respaldo de su silla, viendo hacia la pared contraria, tapándose la boca, llorando de manera inconsolable. Decidí no espiarlo. Me di la vuelta, tomé aire y corrí hacia la casa. A la mitad del camino mis pies se hundieron en un charco de lodo. Tropecé y caí de bruces contra la tierra y el pasto húmedos. Me levanté de inmediato y apresuré el paso. No quería que mi padre se percatara de mi presencia; no quería que supiera que yo también compartía el secreto de sus encierros de llanto.
Me metí al baño, prendí la regadera y me desnudé. Mis pantorrillas y mis antebrazos estaban salpicados de lodo, y de mis manos se escurrían gotas negras sobre las losas blancas del baño. Me vi desnudo en el espejo, con el pene encogido por el frío y el agua, y sentí un nudo sofocante en la garganta. No quería llorar por él. Esto no era un dolor compartido. Era la frustración de no poder conciliar al hombre que había entrado a tomarme la fiebre con el hombre que se desgañitaba en llanto dentro de su pequeño y desordenado estudio. Era, de nuevo, el temor a lo desconocido, pero ahora envenenado con molestia, con hartazgo, como si tuviera frente a mí a un cerrojo sin combinación. Un cerrojo que escondía algo amorfo, sin nombre ni apellido, indescifrable para un niño de doce años. O indescifrable para él, también. En el instante en el que había vuelto a verlo llorar, mi padre se había convertido en mi problema.
Carlos llegó una hora después, tallándose los ojos. Bostezaba tanto como parpadeaba. Cualquiera hubiera pensado que, en vez de llevarlo a misa, mi madre lo había mantenido despierto durante una noche entera. Se acostó en su cama mientras yo leía otro libro sobre la mía. Pensé en platicarle lo que había visto, en compartirle algo verdadero, distinto a mis fantasías y mis metas improbables: algo tangible, una pieza del rompecabezas que compartimos. Pero me quedé callado.
*-*
Unas semanas después del velorio, mi madre nos citó en su casa para llegar a un acuerdo sobre las pertenencias de mi padre. Ya habíamos hablado con el abogado sobre el testamento. Aparte de un par de cuadros, los dos recibiríamos una parte de su cuenta de ahorros.
Creí que el viejo nos dejaría un poquito más, me dijo mi hermano, mientras desayunábamos esa mañana en un Vips. En dos meses me meto más que lo que nos dejó.
A mí no me sobra la lana, Carlos. Si no quieres tu parte yo te la acepto con mucho gusto.
No te encabrones conmigo. ¿Quién iba a pensar que no tenía ni en qué caerse muerto?
Mi madre nos abrió la puerta unas horas después. Entré a la casa y quise cerciorarme, como si fuera un experimento, si la muerte de mi padre había trastornado el lugar en el que crecí. Pero ahí seguía todo, prácticamente intacto: su coche (un Golf automático, viejo), sus libros en los estantes, su taza de café en la cocina, su portafolio recargado en una pared de la sala. Nos sentamos frente a la televisión, listos para hablar de él en términos de cosas personajes, objetos inservibles, precios.
Primero que nada, ¿alguno de ustedes dos quiere llevarse el escritorio ese horroroso que tiene en su estudio?
¿Cuál dices, ma?, ¿el de formica?, preguntó mi hermano, frunciendo el ceño.
Sí, ese, respondió ella entre dientes, como si en realidad nos hubiera pedido que nos hiciéramos de una rata escondida dentro de la casa.
No, gracias.
¿Tú, Martín?, ¿no necesitas un nuevo escritorio para tu consultorio? Ese que tienes es horrible.
No creo que a los perros les importe que mi escritorio de madera sea horroroso, pensé. Dudo que se fijen en el modelo o el estilo de mis muebles y dudo que eso me de clientes o me los quite. Pero no dije nada. Le aseguré que, si en un mes no encontraba comprador, me lo llevaría. Mi madre sonrió aliviada, como si llevarme el escritorio en el que mi padre trabajaba fuera un acto de beneficencia.
Zanjado el asunto del escritorio infernal, mi madre sacó una lista y fue enumerando todas las cosas de mi padre de las que quería deshacerse: sus zapatos y camisas, sus corbatas y sus pantalones, su computadora, su estéreo, algunos de sus libros, su colección de muñecas rusas, un par de pinturas y sus dos plumas Montblanc. Ella había escogido todos los muebles de la casa, salvo aquellos que estaban en el estudio.
No entiendo, le dije, a la mitad de su enumeración. ¿Por qué no dejas sus cosas aquí?, ¿o por qué no las metes en su estudio si tanto te molestan?
No es que me molesten, Martín. Quiero vender la casa e irme a un departamento en Polanco. Algo más pequeño… más céntrico.
¿Más céntrico? Todas tus amigas viven en el sur.
Nunca me ha gustado esta casa. La odié desde que mi papá nos la regaló. Es fría, es húmeda y es demasiado grande para alguien de mi edad, replicó.
Acabamos de dividirnos las cosas y mi hermano se paró al baño. Tenía que regresar al día siguiente a San Diego para hacerse cargo de algunos pendientes impostergables. Su familia lo esperaba allá desde unos días después del velorio. México parecía incomodarles.
Le platiqué a mi madre del hombre que había encontrado mi saco en el velorio. Le dije que aunque no sabía su nombre el tipo parecía conocido. Quién sabe quien haya sido, me respondió, desinteresada en la conversación.
Debe tener mi edad, más o menos. Es como de mi estatura. Moreno, de ojos negros. Traía una camisa azul clara. ¿No lo viste?
Mi madre meneó la cabeza sin verme a los ojos, absorta en su lista de objetos desechables.
¿Y no tienes ni idea de quién podría ser?
Tal vez es el hijo de un amigo suyo, de esos con los que salía a echarse sus cubas los sábados. O alguien de la Secretaría. O el hijo de una de sus novias. Yo qué sé.
¿Cómo que de sus novias, ma?, ¿de qué hablas?
Ay, no sé, Martín. Tu papá era muy raro. Quién sabe en cuanta cosa estaba metido.
Me despedí de Carlos en la puerta. Nos dimos la mano, más como socios o colegas que como hermanos. Me prometió que regresaría pronto para visitarnos y ver cómo nos íbamos sintiendo. Me confundieron las palabras que escogió. “¿Cómo nos íbamos sintiendo?” Parecía que para Carlos la muerte de mi padre era una enfermedad de la que él, a pesar de ser su hijo, había logrado no contagiarse.
Regresé al trabajo al filo de las cuatro. Tenía dos cirugías programadas: una a un labrador con un tumor del tamaño de una ciruela en la cavidad abdominal y otra de una border collie, también con cáncer. Los puse sobre la plancha, los abrí y observé sus intestinos, su estómago, sus vísceras húmedas y viscosas. Pensé en como esas imágenes –esos animales con el vientre expuesto, anestesiados, viejos, a los que mi cirugía les compraría un par de meses más sobre el andén de la muerte- contrastaban con lo que yo pensaba, de joven, que sería mi trabajo. Lo imaginaba como algo benigno y limpio: un curandero que disipa los males con la distancia de un homeópata, que jamás conoce la sangre, ni el cáncer, ni la mierda, ni el vómito de un animal. Era, por supuesto, una visión ingenua, casi idiota. Un trabajo ficticio.
Salí a las ocho de la noche y caminé por las calles de la Anzures, donde está mi consultorio, en dirección a la zona hotelera de Polanco. Mis manos aún olían a animal enfermo, a desinfectante, a jabón. Me metí al primer hotel que encontré y bajé al bar. Lo que empezó como un whisky acabó en cinco. Platiqué con una pareja de norteamericanos a los que, curiosamente, se les acababa de morir su mascota; conversé con un viejo que, a pesar de mis cuarenta años, insistía en llamarme joven; y después tomé un taxi del hotel a mi casa, acompañado por un taxista que escuchaba una estación de música clásica a todo volumen. No me atreví a pedirle que apagara la radio.
Llegué a mi casa pasada la medianoche, no precisamente borracho sino anestesiado por el alcohol. A pesar de haber llegado casi tres horas más tarde de lo normal, Susana no me esperaba en la puerta con una diatriba preparada o una lista de todas sus quejas (de existir, esa lista habría sido igual a la que mi madre me había obligado a escuchar en la mañana). Supuse que estaba acostumbrada: no era la primera vez que llegaba tarde. Entré sin hacer ruido para no despertar a mis hijos. Debajo de la puerta de mi recámara había una franja de luz que cambiaba de colores de forma intermitente. Mi mujer veía la televisión. No me esperaba despierta. Me esperaba sonámbula, arrullada por el cambio de canales. ¿Qué pasó?, me preguntó al verme entrar. ¿Cómo te fue con tu mamá?
Me fue bien, le dije, aunque bien podría haberme quedado callado. No sabía cuál era la respuesta correcta.
¿Le dijiste del candelabro de la sala?
¿Qué del candelabro?
Ay, Martín. Te dije el otro día que le preguntaras si nos vendía el candelabro de la sala…
Ah, sí. Creo que se quiere quedar con él.
Me acosté en la cama para acompañarla a ver la televisión en silencio.
¿De dónde vienes, eh? Hueles a alcohol.
Quise decirle: vengo de conseguir el escritorio sobre el que mi padre lloraba, vengo de abrir el vientre de dos perros, vengo de beberme cinco whiskies al lado de tres desconocidos.
Le dije: Fui a cenar con Carlos.
¿De veras? Pensé que se iba hoy.
No, no. Se va mañana.
Susana me dio un beso en la frente, apagó la televisión y se quedó dormida de inmediato. Yo me quedé despierto, hablando conmigo mismo como si fuera el último hombre en hablar un idioma: el mío.
*-*
A la semana siguiente regresé para recoger la ropa de mi padre. Llegué con dos maletas a cuestas, listo para arrastrar sus migajas y llevármelas lejos de ese lugar que había dejado de ser su casa. Había conseguido a quién regalarle la ropa. Dos empleados de la clínica, encargados de lavar y cortar el pelo de los perros, habían aceptado quedarse con ella. Cuando me preguntaron a quién le pertenecía les mentí, por supuesto. Les dije que era mía pero que había engordado y ya no me quedaba (mi padre era más alto y delgado que yo). Lo que más quería era llegar con esas maletas a la clínica y regalárselas de una vez por todas; saber –de un solo golpe- que la ropa de mi padre no existía, que alguien la había adoptado.
Ahí está, me dijo mi madre y señaló su cama. Había una montaña de prendas sobre el colchón, arrojadas con prisa. Los zapatos estaban regados en una esquina de la recámara, todos de lado, con sus bocas abiertas como cuevas para hombres diminutos. Al pie de la cama había una caja de cartón.
¿Y eso qué es, ma?
Son puras cosas tuyas. Tu papá las tenía guardadas en su estudio.
Metí la ropa en las maletas y me senté en la cama de mi padre a hurgar en los contenidos de la caja. Encontré cartas que le había escrito con decenas de faltas de ortografía, hojas en las que había intentado dibujar a mí familia, trazos en papel de los animales que decía haber inventado, un llavero que le había traído de mi luna de miel. Vi todos esos objetos sin melancolía y sin afán alguno de volver el tiempo. Eran un vistazo a otra vida: ahora no existía el remitente ni el destinatario.
Lo único interesante de la media hora en la que esculqué los contenidos de la caja, leí mis cartas y vi mis dibujos fue intentar entender la metodología detrás de su selección. ¿Por qué había escogido ese dibujo de una rana con patas de perro?, ¿por qué había escogido guardar ese llavero, ese boleto para un partido de futbol de 1984, esa fotografía de nosotros dos en Acapulco durante un viaje que ni siquiera recuerdo?
No supe qué hacer con la caja, ni dónde guardarla en mi propio hogar. Decidí que, tras leer todas las cartas y ver todos los trazos, la tiraría a la basura. Un traje viejo puede ser usado por cualquiera, reclamado por cualquiera. Un dibujo de un chango fumando un puro era tan inservible como una partícula de polvo. Lo único que guardé en mi saco fue una fotografía que encontré en el fondo de la caja, escondida detrás de una de mis primeras boletas de calificaciones. En ella, mi padre abrazaba de lado a un niño afuera del estadio de Ciudad Universitaria. Ambos traían la playera de los Pumas, a pesar de que toda mi familia le iba a las Chivas. Le sonreían a la cámara como si acabaran de disfrutar una victoria de su equipo favorito. Caí en la cuenta de que nunca había visto a mi padre sonreír así después de un partido del Guadalajara. Y después me di cuenta de que el niño de la foto era el hombre que había encontrado mi saco al final del velorio.
Decidí no decirle nada a mi madre. Me puse las dos maletas al hombro y salí de la casa. Eran casi las tres de la tarde y tenía que recoger a Andrea en la escuela. Probablemente llevaba más de media hora esperándome. Era la cuarta vez que se me olvidaba recogerla a tiempo en un año.
Llegué por ella al filo de las tres y media. Estaba sentada en una banca de la entrada, sola, mascando chicle. Su vista estaba fija en la suela de sus zapatillas negras. Se veía igualmente cansada que el día del velorio. Me vio llegar y caminó hacia mí sin mover un músculo de su rostro. Alcancé a musitar una disculpa antes de que me entregara su mochila y saliera por la puerta del colegio.
Nos subimos al coche sin intercambiar palabra. Quise preguntarle por qué estaba enojada, pero pude intuir las respuestas: odiaba que yo pasara por ella en vez de su madre, sus amigos se burlaban de que nadie llegara para recogerla, tenía hambre. Me quedé callado y dejé mi mente divagar hacia la fotografía que acababa de encontrar. ¿Quién era ese hombre? ¿Cabía la posibilidad de que mi padre tuviera otra familia, otra mujer, otros hijos? Y si fuera cierto, este niño, ¿lo habrá visto llorar como yo lo había visto? O, ¿habrá sido él, el motivo por el que mi padre se encerraba en su estudio?
Nos detuvimos en el primer alto de Observatorio y sentí que Andrea me observaba. Volteé a verla de reojo, súbitamente incómodo entre su infantil escrutinio.
¿En qué piensas, papi?
Abrí la boca y esperé a que saliera una respuesta, la que fuera. Intenté ensamblar una mentira, decirle que pensaba en el trabajo, en lo que haríamos el fin de semana, en un programa que había visto ayer en la televisión. Pero no se me ocurrió nada. Apreté el volante y me asomé por el parabrisas. El semáforo se puso en verde. Aceleré.
*-*
La última vez que vi llorar a mi padre fue a los quince años. Era un sábado caluroso de marzo. Carlos y yo estábamos tirados en la sala, sudando. Veníamos de un partido de futbol –él era un delantero imparable, yo un defensa bastante mediocre- y aún vestíamos los shorts y la camiseta de nuestro equipo: negro abajo y naranja arriba, como la Holanda de Neeskens, nuestra selección favorita. Carlos, tres años mayor que yo, tenía una fiesta en la noche con sus amigos. A mí me esperaba una noche de sábado solo con mis padres. Cena a las ocho, televisión a las nueve, leer a las diez, dormir a las once.
Mi padre nos había llevado al partido mientras su mujer se quedaba con sus amigas en la casa para aprender de botánica. Las plantas eran su obsesión ese año, y yo lo agradecía. Por fin, mis padres tenían algo de qué hablar. Él siempre se había encargado del jardín: podaba la higuera, recogía las granadas maduras, limpiaba el suelo de capulines caídos, protegía los frutos amarrando bolsas de plástico a su alrededor. Ahora ella le ayudaba en esas tareas. Le compraba abono, le regalaba pequeñas casas de madera que colgar en las ramas para que comieran los pájaros y se despertaba temprano para cortar los tallos de las rosas y poner un arreglo floral al centro de la sala.
¿Vas a ir con Elena?, le pregunté a Carlos. Elena era su novia desde hacía meses, pero mi hermano no había logrado acostarse con ella. Aunque rara vez me compartía detalles, me gustaba que me platicara de su vida sexual. Me hacía sentir que pronto llegaría a una etapa de la adolescencia digna de vivirse.
La fiesta es de su mejor amiga.
Pues a ver si ahora sí se te hace, ¿no?
Ojalá. Ojalá.
Mi hermano se acabó su tercer vaso de agua, se sacudió el cabello sudado con las manos y se metió a la regadera. Me quedé solo en la sala y observé a mi madre retocar su bonsái predilecto con ayuda de sus amigas, la señora Guajardo y la señora Villegas. Qué entretenida se veía en compañía de aquellas personas que no eran su familia. Rara vez la veía sonreír así con nosotros o con su marido.
Dieron las cuatro y mi madre se despidió de su grupo, las llevó a la puerta y después entró de vuelta a la sala. Todavía traía puesto un guante de jardinería amarillo, sus sienes resplandecían con sudor y su cabello rubio amenazaba con escaparse del chongo con el que lo había sujetado. Me miró y exhaló con fuerza, como si viniera de correr un maratón en vez de haber pasado dos horas arreglando arbolitos.
¿Y tu hermano?, me preguntó.
Se está bañando, le respondí, con un vaso de agua entre mis manos.
¿No te quieres bañar en mi baño? Vas a ensuciar los sillones, Martín.
No, ma. Me espero a que salga Carlos.
Mi madre se metió a bañar y me dejó solo. Imaginé el resto de mi día y sentí un hastío abrumador. Me esperaban horas de convivencia forzosa con esas dos gárgolas que no sabían hablar entre sí, horas de cambiar canales, de enfriar la sopa con hielo, de sólo hablar para pedir el salero, de irme a dormir con el estómago inexplicablemente vacío, como si hubiera tragado aire en vez de alimento. Me esperaba, también, el prospecto de una noche de insomnio. Sabía que tendría que esperar a Carlos despierto para que me platicara si por fin había logrado acostarse con su noviecita. Envidiaba sus fiestas y sus amigos. Quería tener algo que platicarle.
Así que decidí buscar a mi padre para apelar a su lado aventurero y pedirle que, por favor, no nos quedáramos encerrados en la casa el sábado. Mi madre era capaz de hacer lo mismo durante un año, con las mismas personas, en los mismos lugares. Pero él era diferente. Los domingos nos llevaba a jardines botánicos y al estadio azteca, a caminar por San Ángel, por Coyoacán y por el centro. Había crecido en el seno de una familia modesta, y desde chico había aprendido a hacer de la ciudad su casa, a buscar entretenimiento en las calles y los museos, los zoológicos y las plazas.
Salí por la cocina y caminé rumbo a su estudio. Con los años, el lugar había adoptado un carácter ominoso, digno de un cuento de terror como aquellos que tanto me gustaban. En el instante en el que salía de la casa y daba la vuelta rumbo a ese angosto jardín me sentía despojado de la comodidad anodina de mi casa y arrojado a un mundo inhóspito de lodo y enredaderas, de insectos y rocas volcánicas, con la única ventana de su estudio observándome entre la maleza como un peligro latente. La gigantesca hoja de una palma hacía las veces de pestañas. Y su pupila era mi padre sentado en su silla, frente a su escritorio, a veces leyendo el periódico y a veces llorando.
Pasé el capulín y el ciruelo y volví a verlo llorar. Ahí estaba, como todos los años, sumido en su peculiar rutina, con los codos sobre su escritorio y las manos aferradas a su nuca, como un hombre que olvidó cómo rezar.
Carajo, musité, como si mi coche se hubiera averiado a media carretera. Pero realmente quise decir: hijo de la chingada.
Hijo de la chingada que lloras después de haber visto a tus hijos jugar fútbol; que lloras en la misma casa que tu familia, como si el llanto fuera tu puta y al abrirle la puerta nos fueras infieles a los tres. En ese momento me di cuenta que hubiese preferido que su vínculo con nosotros fuera muy diferente: que en vez de sonreírnos durante la cena llorara enfrente de nosotros. Y que una vez al año me lo encontrara en su estudio, resguardado por sus plantas, riéndose a carcajadas de un chiste que sólo él entendía.
A la hora de la cena lo increpé con malicia.
¿Todo bien, pa?
Mi padre arqueó las cejas en señal de confusión y le dio un trago a su vaso de agua. Mi madre volteó a verme, contrariada.
Todo bien, mijo.
¿Seguro?
Sí, seguro. ¿Por qué?
No, por nada. Te ves un poquito pálido, namás. Tienes los ojos medio hinchados, como si hubieras estado llorando.
Mi madre giró en su asiento y examinó el rostro de su marido. Sí es cierto, dijo, tienes los ojos rojos. ¿No tendrás una infección?
Quizás es una alergia, mi vida.
Mi madre le devolvió la atención a su sopa de lentejas, pero él no volvió a probar bocado. Me arrojó una mirada tristísima e indescifrable, y después clavó la vista en su mantel como un niño regañado. Yo sonreí por dentro y por fuera. Presentí que esa noche había ganado una batalla importante. Y así fue: si mi padre volvió a llorar, yo nunca lo vi. Se acabaron los encierros y las sorpresas al fondo del jardín. Nunca hablamos de esa noche.
Años después, durante un viaje en coche que hicimos a Acapulco, decidí platicarle a Carlos sobre lo que había visto durante mi adolescencia. Tenía veintidós años y había decidido mudarme a un departamento lejos de mis padres. Quería soltar el último secreto antes de irme.
Después de confesárselo, le pedí que no lo mencionara con nadie.
Ay, Martín, me dijo, rascándose la punta de la nariz. Yo también lo vi llorar como diez veces. En su estudio, cuando creía que no había nadie en la casa, ¿no?
¿Por qué nunca me dijiste?
Porque no había nada qué decir. Lo vi llorar y ya. A ti también te he visto llorar. A mi mamá también la he visto. Es normal.
No te entiendo, le dije y volteé el rostro hacia la ventana del copiloto, lejos de él.
Yo tampoco a ti.
*-*
Mi madre me habló al consultorio para pedirme que fuera a su casa cuanto antes para recoger el resto de las cosas de mi padre. Ya había conseguido departamento: un pequeño piso de una recámara al norte de Polanco, lejos de donde había crecido y de donde se había casado. Sonaba entusiasmada cuando habló conmigo, su tono lejos de ese tono lacónico que la había caracterizado durante las primeras semanas después de enviudar. Le prometí que pasaría por las cosas al día siguiente, antes de la hora de la comida.
Carlos había llegado una semana antes, en un viaje de negocios. Apenas me enteré de su visita le hablé para comer con él. Quería enseñarle la foto de mi padre y el niño afuera del estadio, ver si sabía de quién se trataba. Mi hermano me avisó que estaría ocupado por el resto de la semana, pero que podríamos vernos unas horas antes de su vuelo para platicar.
Nos vimos en un restaurante de mariscos del centro de la ciudad. No caí en la cuenta de que era uno de los lugares favoritos de mi padre hasta que mi hermano pagó la cuenta. Quizás ambos habíamos escogido ese restaurante como un homenaje tácito al papá que nos sacaba a comer los domingos, casi siempre a un lugar diferente.
A la mitad de la comida, tras haber intercambiado detalles frívolos por una hora, saqué la fotografía de mi portafolio y la puse sobre la mesa. Le pregunté a Carlos por la identidad del niño. Le dije que lo había visto el día del velorio, que había sido el penúltimo en irse, que me había soltado una sonrisa cómplice, como si compartiera nuestra pérdida. Mi hermano dijo que jamás lo había visto en su vida pero concordó en que la fotografía denotaba cariño entre nuestro padre y el niño.
Y, ¿qué?, ¿crees que sea su hijo?, me preguntó, llevándose un trozo de atún a la boca.
No sé, Carlos. El tipo se parecía a nosotros. A mí, sobre todo.
Mi hermano guardó silencio mientras masticaba. Dejó los cubiertos sobre su plato y puso los codos sobre la mesa, inmerso en sus propias conjeturas. Finalmente me dijo:
Un día lo caché con una vieja. ¿Te dije?
No, no me dijiste. ¿Dónde?
Debo haber tenido veinte o veintiuno. Salí a chupar con unos cuates a un bar de la zona rosa, una pinche cantina de mierda, y ahí estaba en una esquina, agarrado de la mano de una señora de vestido rosa y de pelo pintado. Medio corriente, la verdad.
¿Te vio?, le pregunté acercándome a él, intrigado.
No. Les puse un pretexto a mis amigos y les pedí que nos fuéramos a otro lugar.
¿Y quién era esta tipa?
Qué voy a saber, Martín. Su novia, su amante, su secretaria. Quién chingados sabe. Yo también le he puesto el cuerno a Cathy. No es algo del otro mundo.
Mi hermano acabó su pescado, le dio un trago a su vaso de vino blanco y se secó los labios con el antebrazo. ¿Quieres un postre o un café o algo?, me preguntó, y yo le dije que no. Conocía bien a Carlos. Sabía que si lo dejaba salirse por una tangente, inclusive una tan imbécil como un pedazo de pastel, no podría volver a encaminar la conversación hacia lo que realmente me interesaba.
¿Carlos?
Mi hermano volteó a verme de soslayo. Su cuerpo ya apuntaba hacia la salida, listo para dejar estos temas en paz.
¿Crees que haya tenido otra familia?
No sé. Por lo visto no hubiera tenido ni cómo mantenerla. Pero uno nunca sabe.
Carlos alzó la mano, llamó al mesero y le pidió la cuenta. Insistió en pagarla, a pesar de que saqué mi tarjeta de crédito y la puse sobre la mesa. Antes de despedirnos, me abrazó y en un susurro me dijo al oído:
No se te ocurra decirle nada de esto a mi mamá, Martín. Encuentres lo que encuentres. ¿Me oíste, cabrón?
Sí, le dije, sin énfasis, como un niño amedrentado por su hermano mayor. Carlos se separó de mí, me besó en el cachete y se subió al coche que lo llevaría al aeropuerto.
Tomé un taxi de vuelta al consultorio. Me sentía lleno de dudas, de incógnitas que, presentí, jamás resolvería. ¿Cómo iba a encontrar al hombre del velorio?, ¿cómo, si ni siquiera sabía su nombre? Pero ahí estaba la clave, de eso estaba seguro. Ahí, en esa fotografía, estaba la pieza más importante de mi padre. El resto de sus misterios estaban atados al hilo de esa respuesta. Lo único que tenía que hacer era jalar del cordón de un secreto, el más grande, para obtener el resto.
Esa noche, como tantas otras desde el nacimiento de Pablo, me quedé en mi consultorio después de la hora del cierre. Me encerraba en mi oficina, escondiéndome del mundo, acompañado por los ladridos de los perros que, por enfermedad o porque sus dueños habían olvidado recogerlos, se habían quedado en las jaulas para pasar la noche. Me gustaba sentarme ahí y preguntarme si hablaban entre ellos. Descifrar si la golden retriever en la jaula seis conversaba, en base a sus estentóreos ladridos, con el famélico schnauzer de la jaula de abajo. ¿Se habrán dicho algo? ¿Se habrán platicado sus vidas? Sus ladridos, ¿no eran más que quejas? Ellos, molestos por su aislamiento. Y yo, inexplicablemente cómodo frente a mi escritorio horroroso, platicando conmigo mismo.
Llegué a mi casa a las nueve y media. Pablo estaba acostado en la alfombra de la sala, jugando con un helicóptero y un tanque miniatura. Me agaché y besé el cabello lacio sobre su frente. Olor de niño, tan característico como el de un cachorro. Fresco, dulce y limpio. Hola, papá, me dijo, sin voltearme a ver.
¿Y tu mamá?, ¿y tu hermana?
Están allá, me dijo, escueto. Desde que aprendió a hablar Pablo se distinguió por carecer de esa locuacidad típica de los niños que súbitamente entienden el poder de comunicarse. Hablaba poco. Sólo abría la boca para pedir algo específico: un vaso de leche, ver una película, jugar con nosotros.
Andrea estaba en su recámara, pero no pude entrar a saludarla porque había cerrado con llave. Susana veía la televisión en nuestro cuarto, con la pijama puesta. Fui al baño a lavarme las manos, regresé a la recámara y me senté en mi lado de la cama.
¿Dónde estabas?, me preguntó y apagó la televisión.
Fui a cenar con Carlos.
Pensé que se iba hoy.
Cambió su vuelo. Se va mañana.
Me quité los zapatos y subí las piernas al colchón, con las manos detrás de la nuca.
Pablo está jugando en la sala. Ya son las diez. ¿No debería de irse a dormir?
Sin decir una sola palabra, Susana volvió a prender la televisión y escogió una película animada sobre peces, tiburones y tortugas que hablan.
¿Qué te pasa?, le pregunté.
¿A dónde te vas, Martín? Por lo menos dos veces por semana llegas tarde. Sólo tienes un amigo, que vive en Cuernavaca, así que me queda claro que no te vas con él. Así que, ¿qué haces?
No hago nada, le dije, diciendo la verdad sin querer.
¿Tienes otra mujer?
Sí. Paty, mi secretaria. Hace poco descubrí que me gustan las viejas que pesan ochenta kilos y que me doblan la edad.
Susana se quedó callada. No había nada más qué agregar. Sabía que era absurdo pensar que yo –que trabajaba rodeado de animales- podría tener una amante. Y así, sin más, me levanté de la cama y fui por Pablo, para llevarlo a su recámara a dormir.
*-*
Después de que Carlos y yo se lo pedíamos incesantemente, mi padre aceptaba dibujarnos los animales que inventaba. Era un dibujante muy malo. Los ojos de sus criaturas eran siempre saltones e inexpresivos, como los ojos de los renacuajos. Las bocas que pintaba delineaban siempre una sonrisa, como si todos los animales de su laboratorio fueran felices a partir de su mutación. En lo único que atinaba era al color de los bichos: café para el caballo, amarillo para los tigres y azul para los peces. El resto eran trazos sin matices, formas infantiles. Sin embargo, mi hermano y yo coleccionábamos cada una de sus creaciones como si fueran un tesoro. Las poníamos sobre la mesa y le preguntábamos sobre el paradero de los animales. Y esta rata con chichis de vaca, papá, ¿dónde va a vivir?
Va a vivir en una granja especial para ratas como ella.
Acabada la cena, Carlos y yo nos íbamos de vuelta a nuestra recámara y guardábamos los dibujos en un cajón del escritorio que compartíamos. En más de una ocasión se los presumimos a nuestros primos y amigos: ve lo que hizo mi papá la semana pasada.
Un día, en preparatoria, limpiamos nuestro cuarto. Abrimos el cajón y descubrimos el fajo de hojas amarillentas, con los trazos de todos los animales inventados, y decidimos que ocupaban demasiado espacio. Carlos me pasó un basurero y los arrojé adentro. Sentí que estaba decretando extintas a cincuenta especies de bichos imposibles. Quizás hice bien. ¿Qué haría con ellos ahora?
*-*
A la mañana siguiente tuve pocos clientes: un gato al que su dueño (un hombre de mi edad con una bolsa del super llena de cartones de leche) traía a la clínica una vez al mes para que le cortáramos las uñas; un golden retriever polvoso, con el pelo hecho nudos, al que tuvimos que rapar; un cachorro de chihuahua al que había que ponerle vacunas; y un yorkshire terrier de quince años de edad al que su dueña, una señora rubia y ojerosa, con rostro de actriz desempleada, trajo para que lo durmiéramos.
Lo había visto la semana anterior. El perro tenía cataratas y en las noches le aullaba a las paredes. Llevaba un mes en el que no comía ni bebía si no era de las manos de su dueña. Por si fuera poco, su marido había insistido en comprar un perro nuevo –un Samoyedo- y ahora, el cachorro, que medía mucho más que el Terrier a pesar de tener cinco meses de edad, le hacía la vida imposible al diminuto anciano con el que convivía. Lo examiné y le tomé una prueba de sangre. Supuse que tenía cáncer. Le dije a la señora que se llevara al perro a su casa, que era demasiado viejo y frágil para una cirugía, y que estuviera con él.
La señora entró a mi consultorio con el pequeño terrier temblándole bajo el brazo. Venía arropado en una cobija azul y sólo su pequeña cabeza se asomaba entre los pliegues de la tela. Parecía, extrañamente, como si el animal fuera el centro de una flor. Su dueña tenía los ojos llenos de lágrimas. No tuvo que decirme una sola palabra para darme a entender lo que necesitaba. Entramos a la sala de operaciones y puse al terrier sobre la plancha. El animal sangraba de una de sus patas.
¿Qué le pasó?, le pregunté a la señora.
El cachorrito lo mordió ayer, me dijo.
Qué manera de irte, pensé. Confundido, rodeado de gigantes, sin poder ver ni escuchar, sangrando de una mordida que te propinó la nueva adquisición de la familia a la que has cuidado por quince años. Intenté hacer el mismo ejercicio con la muerte de mi padre –resumir sus últimos días en una serie de palabras- pero no pude. No sabía cómo se había ido. Sabía, solamente, que no estaba enfermo, que era relativamente joven y que la última vez que oí su voz fue un sábado que hablamos de futbol.
¿Quiere quedarse adentro o esperar afuera?, le pregunté.
La señora lo pensó por largo rato. El terrier descansaba debajo de mi mano izquierda. Tenía los ojos cerrados y respiraba con molestia, como si el aire le supiera amargo.
Prefiero quedarme aquí, si a usted no le molesta.
Claro que no me molesta, le dije.
Y dormí a su perro.
Esa tarde comí una pizza en la oficina. En unas horas tenía que ir a recoger las últimas cosas de mi padre. Sería la última vez que vería la casa en la que crecí.
Tocaron la puerta y les dije que pasaran. Separé el segundo pedazo de pizza y el queso derretido me quemó los dedos. Sacudí la mano para librarme de la quemazón y alcé la vista. Ahí, en mi puerta, estaba el hombre del velorio. El hombre que probablemente era mi hermano.
Hola, Martín.
Hola…
Me incorporé a saludarlo, mis piernas empujaron el cartón de la pizza y un cenicero de plástico –que me habían dado en una convención veterinaria en los noventa- se cayó al piso. El hombre se agachó a recogerlo.
Me llamo Jesús, me dijo mientras me entregaba de vuelta el cenicero.
Intenté encontrar una manera de iniciar una conversación, pero no pude. Nos dimos la mano, le ofrecí pizza, le pregunté si tenía mascotas en su casa y después lo invité a tomar asiento. Jesús se sentó frente a mí y cruzó las piernas. Se veía cómodo en su traje azul marino. A diferencia de mí, su rostro no denotaba el menor atisbo de nerviosismo. Me gusta tu consultorio, me dijo, y yo se lo agradecí a pesar de que sabía que mentía. A nadie le podía gustar mi consultorio. Vaya, ni a los perros les gustaba.
¿Te molesta el olor?, me preguntó.
Tantos años de pasar la mitad de mi día en una veterinaria me habían vuelto inmune al olor tan característico de un lugar prácticamente habitado por animales: ese olor de shampoo barato y perro húmedo.
Estoy acostumbrado, le dije.
Jesús se agachó, tomó su portafolio y lo puso sobre sus piernas. Era tan viejo y gastado que contrastaba con el resto de su impecable apariencia. Me dio la impresión de tener a dos personas frente a mí, pero no supe si estaba hablando con el hombre que era el dueño de ese traje o de ese portafolio. Finalmente, Jesús sacó una hoja de papel y la puso sobre mi mesa, lejos de la pizza. Límpiate los dedos antes de agarrarla, me dijo, no como una orden sino como una sugerencia. Me froté las manos con una servilleta de la pizzería y sujeté la punta de la hoja. Le di la vuelta y la puse cerca de mis ojos.
Era un dibujo de un escarabajo con orejas de conejo, trazado con un plumón gris. El contorno era apenas visible y la hoja era color hueso.
¿Y esto?, pregunté, con un tono que involuntariamente sonó enfadado.
Me lo dio tu papá cuando yo tenía como diez años. Pensé que te gustaría tenerlo.
¿Mi papá?, ¿cuándo lo conociste?
Soy hijo de Jesús García. Mi papá trabajó con él en la Secretaría por veinte años. Eran muy amigos.
Nunca lo conocí, le dije con la vista aún clavada en el dibujo del animal ficticio.
Qué raro, dijo Jesús. Yo a tu papá lo veía bastante. Sobre todo después de que se murió mi mamá. Pasaba por mí y nos íbamos de pinta. Me llevaba a las ferias, a ver jugar a los Pumas, a las luchas, a comer…
Jesús era diez años menor que yo, así que deduje que veía a mi padre cuando Carlos y yo habíamos dejado de vivir en la casa. Me platicó un poco de su vida. Después de estudiar contaduría en la UNAM se había mudado a Querétaro con su novia, donde se casaron y tuvieron dos hijos. Ahora llevaba tres años de haberse divorciado, pero seguía viviendo en provincia. Le gustaba ese ritmo de vida, las calles con poco tráfico, el aire diáfano, las banquetas sin basura. Platicamos hasta que mi pizza se enfrió. Me levanté a tirar los restos en el basurero y después me despedí. Le expliqué que tenía hasta hoy en la tarde para recoger el resto de las pertenencias de mi padre. Jesús entendió. Le agradecí que viniera a México para darme el dibujo y le aseguré que lo buscaría para irlo a visitar con mis hijos. Nos dimos la mano, y me fui.
Llegué a casa de mi madre a las cinco. Era una tarde limpia, con el cielo azul claro y un par de nubes ocultando al sol de manera intermitente. Soplaba el viento. Entré al garage, aún vestido de veterinario, y mi madre me recibió con un beso. Frente a nosotros, dos hombres encargados de la mudanza cerraban cajas de cartón con cinta adhesiva y después las llevaban a la banqueta para subirlas al camión. Mi madre me tomó de la mano y sentí su tacto inconfundible: la piel seca y fría, como las sábanas de una cama abandonada.
Qué bueno que viniste a despedirte, me dijo y esbozó una sonrisa.
No supe qué responderle. Apreté sus dedos y después me llevé las manos a los bolsillos.
Y ahora pasa, que tengo mucho que hacer.
Entré a la casa. Atravesé la sala vacía, la recámara de mis padres y llegué a la recámara en la que dormía con Carlos. Qué rápido se había deshabitado: de un día para otro, la casa en la que crecí, convertida en una caja hueca. Caminé rumbo a la cocina (también vacía) y me asomé al jardín. No sé por qué, pero mi corazón latía con la fuerza desmedida de un niño entusiasmado. A través de los árboles, el sol disparaba renglones de luz, oraciones de polvo. Pero la luz no llegaba hasta el suelo. Ahí, sobre mis pies, seguía el mismo rectángulo de tierra y pequeñas piedras negras habitado por lagartijas y caracoles, con sus hilos de baba dibujando las rutas de sus ridículas migraciones. Las lagartijas huían al verme y se escabullían entre las ranuras de las piedras. Con tristeza, descubrí que mi madre había descuidado el jardín. Los higos estaban en el suelo, con sus cuerpos abiertos: una diminuta escena de lo grotesco. Las ciruelas estaban picoteadas por los pájaros. Las granadas que nadie había recogido se sostenían sobre las ramas a punto de reventar; sus granos rojos se asomaban entre la piel amarillenta de su cáscara. Los capulines, perdidos en el lodo, como el negativo de una constelación de estrellas. Y al final del jardín, el estudio de mi padre. Caminé hacia él a paso lento y sentí que las criaturas alrededor me observaban como si fuera un intruso: los pájaros en sus árboles, las lagartijas en sus diminutas cuevas, los caracoles y su tedio.
Y las catarinas. Sobre la hoja de un rosal, como si quisiera llevar a cabo un juego de camuflaje, encontré una, muy pequeña. Acerqué mi dedo, lo trepó y caminamos –yo sobre el lodo y ella sobre mi piel- hacia la puerta.
Entré. Me senté en la silla frente al horrible escritorio que pronto sería mío. Extendí la mano y observé al animalito rojo sobre mi piel. En el bolsillo de mi bata descansaba el último dibujo de mi padre, el único invento suyo en haber sobrevivido la extinción masiva de mi basurero. Las paredes estaban desnudas de cuadros y fotografías. Vi el tapiz que mi padre había escogido para su estudio: una mezcla lamentable entre amarillo mostaza y gris cenizo. Vi su escritorio: los dos cajones en los que guardaba sus cigarrillos, la superficie de formica, las patas metálicas. Vi el jardín a través de la ventana: la frondosa vegetación escondía la casa en la que había crecido. Qué lejos parecía todo. Qué aislado este lugar. Qué frío.
La catarina abrió sus alas y voló hacia una esquina del estudio.
Yo agaché el rostro y me puse a llorar.




Un excelente relato, sobra decir que me encantó. Gracias por compartirlo.
No me pude despegar de la computadora hasta finalizar de leerlo, me cautivo
muy buen relato, mal momento… ando un poco deprimido y tu relato hizo que me invadiera la melancolia me dejo triste. cabizbajo, como si hubiese escuchado una cancion de radiohead, o a leonard cohen, no se pero me dejo mal fue n dedo en una llaga invisible en mi alma espero pronto compartas mas de tu trabajo cuidate y gracias
hay momentos en que poner los codos sobre el escritorio y llorar es lo mas sano para el espiritu
-__- gracias
me encantaria que ademas de ser el primero, no fuera el ultimo
Cautivante, súper . Gracias por compartirlo.
No sé qué tanto tengas de oveja Daniel, pero de perdida no tienes nada. Muy buena historia.
Gracias a todos por leerlo.
Siento mucho la reacción de Jorge (no era mi intención deprimirte). Aunque agradezco la mención a Leonard Cohen.
Manito, increible. Yo tampoco pude separarme cuando lo empezé a leer y me dio tristeza que terminara. Si no escribes una novela pronto te retiro el habla de por vida.
The tik (aka mi lector favorito): qué gran cumplido el tuyo. Te prometo escribir algo más largo y, de paso, te prometo que serás el primero en leerlo.
Como diria Leon Krauze, ENORME!
Qué buen cuento, Daniel. ¿Por qué lora el padre? Un hijo nunca sabe… Acaso sabrás cuando sea padre, pero en tu cuento, ni aún así..
No se que decir, por miedo a que alguna de mis palabras rompieran con la solemnidad de este sentimiento indescriptible de tu relato. Lo que si puedo expresar sin el temor de lo anterior, es una felicitación.
Todos, sin excepción, algún día nos encontraremos envueltos en los misterios de lo que pasa entre un hombre y su inmensa soledad, pero solo hasta entonces le encontraremos ese significado profundo a esa terrible fortaleza-fragilidad de sentarnos frente a una pared desnuda y simplemente llorar.
Muchas gracias por compartir, Daniel. Muchas gracias de verdad.
Wow que buen relato, me ha gustado bastante, gracias por compartir algo así de bueno.
I couldnt agree with you more…