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Recordaba las monografías de mi infancia, con sus resúmenes concretos de las vidas de nuestros héroes y villanos, y qué tan útiles eran a la hora de estudiar. Decidí que sería interesante replicar ese formato en video. Basándome en los libros de un historiador con el que comparto apellido, durante un año escribí estas cápsulas con ayuda de Javier Lara Bayón, editadas por el equipo de Viviana Motta en Clío, dedicadas a los más importantes personajes de nuestra historia. Empezando en Miguel Hidalgo y acabando con el sexenio de Ernesto Zedillo, pasando por los presidentes y caudillos, quise que las minibiografías acercaran la historia de México al público de una forma concisa y sobre todo entretenida, a sabiendas de que no todos tienen tiempo de leer una biografía más amplia.

El único problema: a falta de lana, tuvimos que recurrir a un narrador medio chafa: su humilde servidor.

Ojalá las disfruten.

Mis favoritas del 2014

Allá van las que más he escuchado (o más me han gustado) este año.

5- Sweet Spot, Wild Beasts

4- Inside Out, Spoon

3- Action Cat, Gerard Way

2- Words I Don´t Remember, How to dress well

1- Y la mejor por una milla: An Ocean in Between the Waves, The War on Drugs

(Casi entran: Todd Terje, Young the Giant y Jungle).

Nuevo PRI: Viejo PRI

En referencia a sus críticos dentro del círculo político, Carlos Salinas de Gortari famosamente dijo “ni los veo, ni los oigo”. Eran otros tiempos, pero no otro PRI. El “ya me cansé” del 2014 expresa algo similar al “ni los veo, ni los oigo” de 1994: la opinión pública es irrelevante. Gobernar no es escuchar, gobernar no es servir.

               A partir de una interesante discusión con @mauroforever (en la que me enlistaba los cambios que el PRI no ha llevado a cabo en los últimos veinte años), me he preguntado mucho si los gigantescos errores y posibles delitos del PRI actual responden a su esencia. Creo que sí. Parto de la base (hipotética, porque no tengo cifras que la respalden) de que la mayoría de quienes votaron por Enrique Peña Nieto en las elecciones presidenciales creía que el PRI 2014 era el PRI 2.0: un partido con raíces en el jurásico pero consciente de que el suelo de hoy no es el mismo de la “dictadura perfecta”; un partido consciente de que perdió la presidencia en el 2000; un partido consciente de que la opinión pública y democrática existe y, sobre todo, decide en las urnas.

               La debacle de Peña Nieto demuestra que eso es falso, y no solo me refiero a la tragedia de Ayotzinapa que el presidente sigue sin abordar con la firmeza, la transparencia y, sí, la valentía necesaria. Me refiero a otros hechos, ya sean tropiezos o actos presuntamente ilegales.

               Vamos con los primeros. ¿En qué cabeza cabe –en medio de la mayor crisis de imagen pública de tu gobierno- mandar a tu hija a recibir un “premio”? ¿Quién puede pensar que hacerlo sea, no digamos políticamente razonable, sino moralmente aceptable? Es fácil imaginar la escena en casa de los Peña Rivera:

Pero, Maaaaamiiiii, o sea, es mi premio, ¿neta no puedo ir por culpa de esos de Ayos… Ayot… como se diga? ¿Neeeeeta?

Ve, Mijita, claro. Ve y recoge tu premio. Disfruta y sé feliz.

               El vergonzoso desliz de la hijastra de Peña revela la escasa importancia que se concede en Los Pinos a la opinión pública, al estado de ánimo y los sentimientos de los mexicanos. En otras palabras, como Peña “no nos ve ni nos oye”, ignora que nosotros sí los vemos y los escuchamos (en plural). Que nosotros, a diferencia de él, sí estamos al tanto de su comportamiento.

               El tristemente célebre “ya me cansé” de Murillo Karam forma parte del mismo, alarmante problema. A sus ojos, su labor no es darnos la palabra y después esclarecer, con un mínimo de empatía, lo que sabe sobre la tragedia de Ayotzinapa. Para el nuevo PRI, que es igual al viejo, reconocer a un interlocutor en el electorado y la prensa es impensable. Acostumbrado a que las quejas de la gente no influyen en las urnas (como no influyeron durante setenta años), el PRI no le ve valor político ni humano a atendernos, oírnos o responder preguntas. Eso lo hacen las democracias y el PRI, en esencia, no es un partido democrático.

               Vamos a la Casa Blanca de Peña. 8 millones de dólares percibidos de forma inexplicable (o hasta ahora inexplicada) son una ofensa mucho más grave que dos frases insensibles e idiotas. En su momento lo dijo Carlos Hank González, ese brontosaurio revolucionario institucional: “Un político pobre es un pobre político”. Para el PRI eso no es una sugerencia sino un modus vivendi. ¿Peña es distinto? Su Casa Blanca comprueba que no. Se necesita ser muy ciego o muy soberbio para creer que, en pleno 2014, se puede ejercer en paz la presidencia de México habiendo adquirido por vías no transparentes (y aún con ellas) una casa de 8 millones de dólares (¡en el DF!) y que esa cifra no terminará saliendo a la luz. ¿Cómo explicarlo? Porque el PRI de 2014 sigue creyendo que vive en México 1988, 1977 o 1968, un país donde se podía robar a manos llenas y enriquecerse con dinero del erario y contratos chuecos sin que la gente se enterara y protestara. ¿Y qué importa si se enteraban y protestaban? Al cabo de seis años, otro priista ocupaba la silla presidencial.

               Las cosas como son: solo una persona con una fortuna muy, pero muy vasta adquiere una casa de 8 millones de dólares, en un mercado inmobiliario que no es tan lucrativo como, no sé, el neoyorquino o el londinense. No basta con vender maquillaje: Angélica Rivera necesitaría ser dueña de un porcentaje de Avon para justificar esa lana. Peña Nieto debe mostrarse completamente dispuesto a dar una explicación convincente o ser investigado. ¿Lo hará?

               Lo único positivo de estos últimos meses aciagos es la evidencia de que, aunque el PRI es el mismo, México no es el mismo. La unanimidad de la protesta, la indignación compartida, todo esto habla de un país harto de la delincuencia y la corrupción, dos enfermedades convergentes que, durante 70 años, fueron alentadas y encarnadas por el PRI. Hagamos todo lo posible, en las calles, pero sobre todo en las urnas, para que Peña Nieto sea el último dinosaurio que nos gobierne. Suficientes hemos tenido.  

Top of the Lake

 

Conocemos la fórmula de memoria: un detective al que le asignan un caso que poco a poco lo desquicia; un caso íntimamente ligado con eventos traumáticos de su propia vida. En The Girl with the Dragon Tattoo bastan un par de secuencias para entender por qué Lisbeth Salander decide ayudar a Blomkvist a resolver el enigma de una chica desaparecida en el que la hacker ve refractada su propia pugna con el género masculino. En The Silence of the Lambs el espectador obtiene el vínculo gracias al Dr. Lecter, quien deduce que Clarice Starling, agente del FBI, quiere salvar a la próxima víctima de un asesino serial para salvarse a sí misma. Top of the Lake, la magnífica miniserie de Jane Campion, lleva ese lazo a un terreno tan obvio que casi raya en lo burdo. La detective Robin Griffin (Elisabeth Moss) regresa a su pequeño pueblo natal en Nueva Zelanda para cuidar a su madre, enferma de cáncer. Al cabo de un tiempo recibe una llamada de la policía local, que tiene en su custodia a Tui, una chica de doce años con cinco meses de embarazo. Un par de capítulos después, Tui desaparece, dejando una sola clave detrás, escrita sobre un pequeño pedazo de papel. Conforme se inmiscuye en el caso y en las vidas de los habitantes del pueblo, Griffin comienza a perder la razón. Lentamente afloran los motivos detrás de su comportamiento. La vida de Tui y la suya ocultan el mismo trauma. 

 

            Solo una directora del calibre de Jane Campion podría crear algo tan sorprendente y complejo partiendo de una premisa tan esquemática. Destaca la riqueza de los personajes que rodean y exacerban el conflicto central. Tan disímiles entre sí que a primera vista resultan arbitrarios, los locales que habitan la historia son, en contraste con las motivaciones de Robin, todo menos esquemáticos. La desaparición de Tui ocurre casi al mismo tiempo que la llegada de GJ (Holly Hunter) y su grupo de mujeres agraviadas a Paraíso, un terreno a orillas del lago, propiedad de Matt Mitcham (Peter Mullan), un delincuente polígamo, líder de facto de la localidad y padre de Tui. Campion completa su retablo con la presencia esquiva y amenazante de otros machos del pueblo: hombres que viven anclados a un vaso de cerveza, detectives de dudosas motivaciones, adictos en recuperación, adolescentes mudos e inmigrantes y neozelandeses maoríes con pasados turbios. El resultado es una batalla épica entre ambos sexos, hilvanada, al mismo tiempo, con fuerza narrativa y sutil semiótica.

 

Quizás no haya mejor secuencia dentro de la serie que una cita entre Anita (Robyn Malcolm), una de las acólitas de GJ, y Matt. Minutos después de hablar acerca del Edén, ambos se comen una pastilla de éxtasis y recorren semidesnudos la flora húmeda y desbordante de Paraíso, hasta llegar a la tumba de la madre de Matt, donde, en un acto sadomasoquista, el hombre lleva la parábola religiosa al límite. En unas cuantas tomas, Campion tuerce simbologías bíblicas y vincula unas tramas con otras: la mujer muerta toma el papel de deidad vengativa más que providente, tendiendo un paralelo con la propia GJ: taciturna, rendida y tan brutal como Matt, el hijo pródigo y salvaje, expulsado del Edén por un puñado de hembras. El pasaje condensa las virtudes de Top of the Lake: la perversión de los roles del hombre y la mujer, y la obliteración del lugar idílico (ahora solo asequible mediante el uso de estupefacientes). No obstante, aquí el paraíso es más que el terreno por el que Matt se enfrenta a GJ y su grupo. Es la locación misma que Campion escogió: un rincón prístino de Nueva Zelanda –un país en el que no existe un solo animal ponzoñoso– de montañas cobrizas, apenas cubiertas de nieve, abrazadas por lagos de color azul turquesa. Conforme avanza la historia, y Tui supuestamente desaparece en el bosque, la cámara de Campion abandona los paisajes bucólicos y se concentra en estrechos de lago rodeados de árboles marchitos, cabañas engullidas entre sombras y fango, calles desiertas, siempre intercalados con tomas que registran la acción a kilómetros de distancia, como si la niña observara al pueblo, oculta entre la maleza, a salvo, lejos del “paraíso”. 

 

            Incómoda y por momentos espesa, Top of the Lake exige la paciencia de un espectador acostumbrado a sacudidas y giros de tuerca como los que brindaba Breaking Bad. La recompensa es un microuniverso fascinante que funciona como una parábola de la relación entre ambos géneros y como un retrato fidedigno de un meandro de Nueva Zelanda. La destreza de Campion está en crear esa suerte de sinécdoque. Dentro de un globo de cristal, observamos ese sitio, divino bajo cualquier estándar, mientras tiembla y amenaza con colapsarse. Afuera, al unísono, sentimos el mismo tremor.

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"Me pagaron más por esto que por K-19 The Widowmaker."

A continuación, todas las listas que hemos publicado/editado en el blog de Letras Libres: un ejercicio de pura arbitrariedad y un poquito de ocio. Listas que hacemos y subimos porque sí. Espero les gusten.

¿Homero rodando como la bola de piedra en Raiders of the Lost Ark? ¿La guardería de Maggie convertida en una escena de The Birds? Todo y más, aquí, en las mejores parodias en los Simpson, escrita por el ácido @wsboycott.

Cine para bailar, de @olgadelafuente, o lo que es igual: las mejores secuencias de baile en el cine.

Citas para llorar. Un servidor y @alonruvalcaba recopilan las peores, más desastrosas dates en la tele y el cine.

Siguiendo con la onda de la incomodidad: Olga rescata las once escenas más incómodas. Incluye Happiness, de Solondz, que bien podría tener su propia lista.

Las mejores y peores narraciones en off. Sí, sí está A Clockwork Orange. Y Shawhsank. Pero no en el orden que ustedes imaginan.

José Rubén Escalante (@wsboycott) opina que estas son las mejores escenas en la historia de la televisión. Pero Alonso no está de acuerdo. Esta es su lista.

Alonso y @lapetitemachine escriben sobre los mejores personajes en la historia de la tele. Incluye a Mr. Burns. Por supuesto.

Los mejores monólogos en la historia del cine (el mejor, según yo, es el de Ian Holm y la araña en The Sweet Hereafter), según @wsboycott.

Y ya que estamos en eso de favoritas… va esta, que a mí me encanta, dedicada a esos vergonzosos anuncios japoneses protagonizados por luminarias hollywoodenses. Incluye a  Sean Connery vendiendo yoghurt. Recopilado por Nicolás Conti.

El mismo Conti (no hay otro en el blog) une fuerzas con el maestro Reséndiz para esta lista de los mejores recut trailers. Ya saben… esos cortos en los que un ocioso cibernauta toma una película, la vuelve a editar y le cambia el contenido, de tal suerte que Mary Poppins da más miedo que El Exorcista.  Como dicen en los anuncios del Circo Atayde: ¡no te la puedes perder!

Nueve grandes episodios de la serie Community. Y los mejores y peores capítulos de Lost.

El Paella, un servidor y el tal Conti escogen los mejores RPG´s de toda la historia, nuevos y viejos.

Las mejores actuaciones infantiles. O sea, niños actuando.

Dos listas sobre las mejores escenas de horror jamás filmadas. Una, de Alonso. La otra es mía.

¿Cómo sería vivir en Hogwarts o el 2015 de Back to the Future II? Esta lista intenta responder esa oh tan importante pregunta.

Las mejores películas de superhéroes, por Pablo Alva y Reséndiz.

It´s a doozy!

It´s a doozy!

 

La historia del cine, señores, no solo la escriben los protagonistas y sus metas y sus logros y sus fallas. También están los personajes secundarios que los obstaculizan o les aplican pie de ladrón. Personajes que ayudan o joden hay muchos, pero ¿cuántos son verdaderamente memorables? Aquí una larga lista, recopilada por los colaboradores de En Pantalla, en Letras Libres.

Empecemos con este de @alonruvalcaba sobre Mink Larouie, en la joya de los hermanos Coen, Miller´s Crossing. Después vámonos a uno mío, dedicado al mejor personaje de Groundhog Day, el “entusiasta de la eutanasia”, Ned Ryerson. De ahí brinquemos a Edna Mode, por @olgadelafuente, ¿el mejor personaje de Pixar? Y, ¿cómo olvidar al gran Jefe Bromden de la obra maestra de Milos Forman, One Flew Over the Cuckoo´s Nest? Aquí su texto. Multiusos @lapetitemachine escribe por decimonovena vez sobre Boardwalk Empire. Aquí su elogio al guapo de Richard Harrow. El elusivo @elotroduarte habla sobre Stevie Janowski en Eastbound and Down

Muy pronto hablaremos de la más famosa pelota de volleyball. Y se rumora que Leon Krauze tiene un texto sobre su personaje secundario favorito. La serie seguirá, espero, hasta mediados de marzo.

Antes de entrevistar a la alumna de Ricardo, Luis me lleva a comer a una avenida comercial de Tucson. Todas las tiendas en la avenida venden objetos que revelan el sincretismo que se ha llevado a cabo en la frontera. Aparadores con calaveras pintadas con la bandera de las rayas y las estrellas; luchadores de plástico con la leyenda U.S.A. sobre sus capas y calzones; ofrendas del Día de Muertos detrás de vitrinas que explican su propósito en inglés.

Bebemos un par de cervezas, y arrancamos rumbo al sur de Tucson para recoger a Elena. Pasamos el centro de la ciudad y, tras tomar una de esas anchísimas carreteras norteamericanas , entramos a una zona de casas chaparras, jardines apenas podados, callejones sin salida, trailer parks, banquetas vacías y un supermercado que se llama “Mi Ranchito”. Finalmente damos con la casa de Elena, bajamos de la camioneta, tocamos el timbre y minutos después sale, vestida con jeans y top púrpura, el pelo atado en una firme cola de caballo, con una amplia sonrisa en el rostro. No sé si debo saludarla como mexicana o norteamericana (de beso en el cachete o con la mano). Nos subimos de vuelta a la camioneta y nos dirigimos de regreso al campus de la universidad, a un café que está a cinco minutos caminando de mi Holiday Inn. En el trayecto batallamos para encontrar un tema de conversación que fluya. Elena habla de lo que ha estado haciendo últimamente para ganarse la vida. A pesar de haber cursado la prepa y de haber estudiado en el Community College, no puede conseguir un trabajo legal. Por lo tanto, se gana la vida limpiando casas y dando clases de baile. Tiene 32 años y forma parte del grupo al que muchos se refieren como Dreamers: norteamericanos nacidos en México, incapaces de aspirar a la ciudadanía estadunidense si no se pasa el Dream Act, que solamente otorgaría la nacionalidad a aquellos que hayan cursado sus estudios en Estados Unidos, con las más altas notas y sin ningún antecedente penal.

Llegamos al café. Ahí nos espera Ricardo, sentado en una de las mesas de en medio, con un periódico frente a él. Saluda a Luis, me saluda a mí y después besa a Elena en la mejilla. Saco la grabadora y comenzamos. Luis toma asienta frente a mí. Elena y Ricardo están a mis costados. Por primera vez la veo con claridad. Aunque quizás no tiene relevancia alguna para este reportaje, lo cierto es que Elena es verdaderamente bonita: de piel morena, casi áurea, enormes ojos oscuros, facciones finas y con el cuerpo torneado de una bailarina. Para  Elena su belleza es un problema que la convirtió en carnada para quien quiso aprovecharse de ella. Desde que llegó, sus compañeras le “decían mojada”.

Nunca he visto manos más secas que las suyas, como si viviera con los brazos enterrados en la arena.

Primero me platica de cómo llegó a Arizona. Su papá había venido a trabajar del otro lado de la frontera, y al ver que esos viajes simplemente no le rendían suficiente dinero como para mantener a su familia, decidió que era mejor cruzar y establecerse en Estados Unidos. Elena y su hermano no tomaron bien la noticia. Eran suficientemente grandes como para entender lo que implicaba el desarraigo, la mudanza y el separarse de su familia mexicana. Así que para convencerlos el padre de Elena tuvo que inventarles que cruzarían la frontera para conocer Disneylandia.

“Nunca fuimos a Disneylandia. Es más: hasta la fecha no lo conocemos. Después de que llegamos, mi papá como ya tenía que entrar a trabajar nos dijo “¿qué les parece si entran a la escuela para ver cómo es aquí?”, Y pues yo y mi hermano pensamos, “bueno, estamos de vacaciones, entramos un ratito a la escuela y después nos vamos para México”, entramos y ya aquí nos quedamos”.

Elena tardó un año en darse cuenta de que no regresaría a México. Ni siquiera el nacimiento de su hermano menor (su madre cruzó la frontera embarazada), la convenció de que regresar al Distrito Federal. Esos primeros años los pasó en un departamento pequeñísimo, durmiendo dos o tres sobre un colchón en el piso, acompañados, dice, de cucarachas.

“¿Cuando te diste cuenta que eras indocumentada?”

“Cuando me iba a graduar y no podía sacar mi licencia. Mi papá pensaba que después de vivir siete años acá ya te hacías residente, y eso nos decía. Y yo había llegado siete años antes de graduarme de High School, así que pensé que mis papeles estarían en orden para entonces. Pero cuando cumplimos siete años aquí ampliaron el plazo a diez años, luego a veinte, hasta que lo quitaron.”

Ricardo intercede: “La última reforma migratoria, que fue  en el 96 si no mal recuerdo, una reforma también a nivel federal, ha evolucionado en algo muy adverso para los inmigrantes en muchos sentidos. Antes de alguna forma -por conexiones familiares- podías  aspirar a arreglarte, pero ahora es prácticamente imposible”.

“Mi única esperanza es  una amnistía o casarme,” me dice Elena “Mi amiga Rosa se casó y en un año ya tiene la residencia. Pero también tienes que estar muy enamorada o muy consciente porque el precio es alto, y eso que ella se casó enamorada. Y de cualquier manera batalla mucho. Batalla mucho porque a veces él se lo echa  medio en carita, y como eso de que te echen en cara que te están ayudando…”

Le pregunto si ella cree que sus padres aún extrañan a México.

“Lloran mucho, sí, claro que sí, porque a mí mamá se le murió su papá y no lo pudo ver. A mí papá también se le murió su papá, a mí mamá se le acaban de morir dos hermanos y no pueden volver. Donde yo estoy es por eso, por el sacrificio de ellos. Mi éxito es su éxito de ellos, es como yo lo veía todo el tiempo; si yo salgo adelante van a decir “El sacrificio valió la pena”, pero si yo soy  un desastre, soy una drogadicta, tengo hijos a montón, ando aquí, acá, es un fracaso para  ellos porque su sacrificio no valió la pena.”

Pido otro café. El rostro de Elena ha cambiado. Advierto que estamos entrando a temas espinosos, de los que preferiría no hablar, así que opto por arrojarle una pregunta más ligera.

“¿En qué trabajan tus papás?”

“Mi papá trabaja en una empresa -siempre rezamos que no lo agarren- que hace rastrillos para el césped, las podadoras, las navajas… eso es lo que él hace. Mi mamá se dedica a cuidar a mi hermano el más chiquito, que es autista.”

Ricardo aparta su vaso vacío, pide perdón por interrumpirnos y le sugiere a Elena que me hable de sus estudios. “Esta chica tiene tres títulos,” me dice, y yo volteó a ver a Elena en espera de que se sonroje por el cumplido, pero su rostro se mantiene impávido. Me queda claro que no puede estar orgullosa de haber estudiado si el país en el que vive no le permite ejercer su vocación. Tiene tres títulos de Community College: en negocios internacionales, administración de empresas y otro grado de Fine Arts. No obstante, por ser indocumentada, no puede trabajar. Y aunque nació en Estados Unidos, su hermano tampoco puede ir a una universidad hecha y derecha.

Ricardo intercede “los títulos de Elena no se han podido transferir, esos títulos los obtuvo  en la Universidad Comunitaria  aquí en distrito, pero no los ha podido transferir a la Universidad de Arizona para obtener una licenciatura u otro grado más alto porque es una imposibilidad en las condiciones en las que está”.

“A mi hermano, que es ciudadano, le está afectando, no nada más a uno que es indocumentado. Hijos de indocumentados, nacidos aquí sufren también. Mi hermano no puede entrar a la universidad porque mis papás son indocumentados”, me explica Elena.

“¿Por qué?” Le pregunto.

“Porque mi mamá no tiene seguro social y para que él pueda entrar, como él es chico y él vive en  casa tiene que demostrar  que lo pueden mantener. Y cómo mis papás van a mantener a su hijo si son indocumentados.”

Elena se detiene y, justo antes de continuar, su voz se quiebra y se le nubla la mirada.

“He gastado casi treinta mil dólares en mis estudios y no han servido para nada. Sigo limpiando casas. Cuando tenía veintiún años pensaba “esto es temporal, temporal” y ahora que tengo treinta y dos, y sigo haciendo lo mismo, pienso “¿hasta cuándo?”

Recuerdo que unos días antes Violeta me habló del desempeño académico de los jóvenes de primera generación; un desempeño mucho más alto que el de los de segunda y tercera generación (es decir: de aquellos que ya son norteamericanos). El tema nos lleva a la tensa relación entre los propios mexicoamericanos. “A mí me ha hundido la raza,” dice Elena, justo antes de explicarme que muchas veces son los propios compatriotas los que la rechazan por ser indocumentada; incluso menciona un caso de un hombre que no quiso continuar una relación con ella después de enterarse de su situación. “Las chicas me envidian por flaca, por bonita, porque bailo.”

“Me da coraje cuando los ciudadanos son un despapalle, cuando no van a la escuela, cuando no estudian. Eso es como una cachetada para mí porque yo lo vivo. Si pudiera regresar a la escuela a estudiar lo haría. La única razón por lo que no lo hago es porque no tengo dinero y porque no me dejan”.

La nueva ley, la que permite que los policías detengan a cualquier persona para pedirle sus papeles, ha causado estragos en su vida diaria.

“Vas al doctor y lo primero que te dicen es “¿tienes papeles?”, cuando tú solo vas a checarte. Cada día que pasa es más difícil. Antes yo veía a un policía y estaba bien. Ahora ya la pienso más para salir. Si voy a un lugar, yo todo el tiempo me persigno, porque no sé si voy a llegar a mi casa… hasta caminando te pueden parar.”

Le pregunto si regresar a México es una opción.

“México es la madre que no conozco. Y Estados Unidos el padre que no me quiere.”

*-*

Dos días después acudo a la conferencia de prensa de Araceli Torres, dentro de un pequeño salón de paredes y pisos blancos, con cuatro mesas con superficie de plástico, a un lado de la construcción principal de una iglesia. El taxi me deja en el pedregoso estacionamiento donde un grupo de norteamericanos de Colorado, visten la misma camiseta: blanca, con la leyenda “Humanitarian Aid is not a crime” adelante y atrás. Me observan caminar hacia el salón en el que se llevará a cabo la conferencia y todos, sin excepción, me arrojan sonrisas sinceras, como queriendo felicitarme por haber venido a apoyar una causa tan noble como la de Araceli.

Los gringos toman asiento en las mesas de adelante, platicando animadamente, mientras que la familia de Araceli se queda de pie en el otro extremo del cuarto, sin pronunciar palabra. Yo, que no formo parte de ningún grupo, tomo asiento entre ellos, solo frente a una de las mesas de plástico. Los medios de comunicación –Univisión, Telemundo y otras estaciones locales- posicionan sus cámaras en las esquinas del salón y minutos después entra Araceli acompañada de Isabel García, defensora de los derechos de los migrantes, quien ha seguido este caso muy de cerca. A pesar de su corta estatura y su físico menudo, García da la impresión de ser una veterana de este tipo de batallas. Su rostro me remite al de Violeta. Ambas tienen la misma expresión agradable que esconde la misma mirada exhausta.

La hija de Araceli –una niña de menos de diez años- observa a su madre desde la primera fila. Empieza la conferencia. Habla García y después habla Araceli. En inglés explica que regresarla a México no equivale a volver a casa:

“Es un país que no conozco. Un país que es peligroso, y donde no quiero que crezca mi hija.”

En su discurso hay ecos de mi charla con Elena.

“Nunca le pedí a mi familia que me trajera a Arizona. Pero ahora este es mi país.”

Dos chicos gringos, con el pelo decolorado, sostienen una manta con la misma leyenda que portan en sus camisetas. Una compañera suya, con lentes de pasta gruesa y dos trenzas rubias despuntando desde arriba de su cráneo, saca una cámara y le toma fotos a Araceli. Los chicanos –amigos y familia de Araceli- permanecen hasta atrás del salón, sin emitir ni un solo ruido.

A Araceli la detuvieron mientras trabajaba. La nueva ley permite deportar a cualquier persona que no cuente con los papeles adecuados, sin importar que su hija haya nacido en Estados Unidos y sin importar cuánto tiempo lleve viviendo al norte de la frontera. Araceli lleva más de veinte años en Tucson, y es evidente que, tanto para ella como para su hija, this is home. Mientras García la defiende, Araceli intercambia miradas con su hija. La niña le manda un beso. Y ella le sonríe de vuelta, con los ojos llenos de lágrimas.

Al finalizar la conferencia, los medios de comunicación se acercan a Araceli, prenden sus grabadoras, extienden sus micrófonos y empiezan a entrevistarla. Yo logro escabullir mi grabadora entre el mar de cámaras y soltar un par de preguntas.

“¿Has pensado qué harías si regresaras a México?” Pregunto.

“No. No he pensado en nada”, me responde, sonriente pero tajante.

“¿Te has mantenido positiva?, ¿cómo?”, pregunta una reportera de un canal con quince consonantes en su nombre (algo como KWS-RFMXTCS).

“Pienso que aquí tengo un espacio, que soy de aquí y que creo en este país. Voy a ganar.”

Termina la entrevista y me acerco a García para pedirle su correo. No menciono el largometraje, así que me veo obligado a mentirle cuando me pregunta el medio para el que trabajo. “Letras Libres”, le respondo, y ella arquea las cejas, abriendo sus expresivos ojos negros, hurgando en su memoria por el nombre de la publicación. “Pues qué bueno que viniste,” me dice.

Antes de irme le pido su correo y lo apunta en mi libreta. Dos semanas después, ya en México, le enviaré un email, preguntándole por el veredicto en el caso de Araceli.

Nunca me contestó.

*-*

Los migrantes de Arizona no pueden sacar licencias de conducir si no tienen papeles.

Esta información, aparentemente inocua, agrava casos como el de Elena. En una ciudad tan plana y extensa, donde el transporte público está limitado a camiones y carísimos taxis, no tener tu propio automóvil restringe severamente las posibilidades de empleo.

Este no es el único problema práctico al que se enfrentan los indocumentados. Antes, los hombres esperaban afuera del Home Depot a ser contratados para trabajos informales de jardinería y albañilería. Hoy en día eso también está prohibido.

Caminar por la calle acarrea peligros constantes. Cualquier policía, forme parte o no de la patrulla fronteriza, puede detener a alguien de rasgos hispanos para pedirle sus papeles. A Elena le ocurrió y solo se salvó porque el policía que le pidió sus documentos se apiadó de ella y la dejó ir. Araceli no tuvo tanta suerte.

En menos de un mes se decidirá si se queda en Tucson o si regresa a México: la madre desconocida.

Según una encuesta de Rasmussen Reports 60% de los norteamericanos están a favor de la SB1070.

*-*

Mi última entrevista es con Elías Bermudez, nacido en México, antes anfitrión de un programa de radio, defensor de los migrantes y uno de los pocos hispanos que se ha enfrentado al inclemente Joe Arpaio,  Sheriff del condado de Maricopa. Bermudez ha sido invitado, por vía telefónica, al programa que mi hermano León conduce en WFM, y es a través de él que lo contacto.

De voz recia y cuerpo de capataz, Bermúdez aparece en el lobby de mi hotel a las ocho de la noche, vestido con una camisa color salmón. De su oído izquierdo pende un bluetooth, que no se quitará en ningún momento de la plática. Por las casi tres horas que dura su visita, no veré sus ojos ni un instante.

Nos sentamos en el bar del Holiday Inn, charlando por encima de los gritos de dos comentaristas que narran un partido de hockey . Bermudez pide una limonada tras otra. Desde que llegó, no ha dejado de hablar. Sin pedirle que repita lo que ya me ha dicho, enciendo mi grabadora y comienzo a grabar a la mitad de una oración.

Bermudez habla de la otra cara de la moneda. Dice que los medios hacen demasiado énfasis en el trato que los norteamericanos le dan a los indocumentados y que no examinan la responsabilidad que el gobierno mexicano tiene con los centroamericanos que pasan por México ni con los propios mexicanos que, sin saber los riesgos que conlleva el cruce, deciden enfrentar el desierto para llegar a Estados Unidos. Al igual que Domínguez, Bermudez esboza el negocio que los indocumentados representan para las autoridades: la renta de aviones para deportación, las transferencias de dólares a México, los desempleados que no se quedan en suelo nacional. Eso por no hablar de los negocios tras bambalinas. Como queda claro en el libro de Luis Alberto Urrea “The Devil´s Highway”, el narcotráfico está coludido con los coyotes, quienes muchas veces les pasan una “corta” al narco de los miles de dólares que reciben de los indocumentados. “Antes te cruzaba tu primo. Antes te cruzaba un coyote por una lanita. Hoy en día la cuota está en cuatro mil dólares. Y esa lana va para el narco y para la policía mexicana, que permiten que se cruce la frontera”.

“Cada mujer que pasa por México y que cruza la frontera es violada en repetidas ocasiones,” me asegura Bermudez.

“¿Por el coyote?” Le pregunto.

“Por el coyote, el policía, el que maneja el camión y por los otros que van ahí en su grupo.”

Aquí, Bermudez se acomoda en su silla y me relata una de las muchas historias escalofriantes que escucharé a lo largo de la charla. Una mujer salvadoreña llegó a Tucson tras pasar por el desierto, para reencontrarse con su marido. Durante días se negó a salir de su recámara o a hablar con su familia. Bermudez, quien la había conocido durante su primer proceso de deportación de Arizona a El Salvador, fue a hablar con ella para entender qué le había ocurrido. En el paso por la frontera la violaron decenas de veces.

“El que paga el coyote tiene las manos manchadas de sangre.”

La frontera como negocio. Desde el 2001 han aumentado los casos de coyotes que secuestran a sus clientes y, ya en Estados Unidos, piden un jugoso rescate y así duplican sus ganancias iniciales. Si el rescate no se paga, los cuerpos jamás se recuperan. El desierto engulle lo que ahí se extravía.

“Es el mensaje que siempre doy en el programa de tu hermano, Daniel. No se crucen la frontera. No vengan para acá por el amor de Dios.”

“¿Y los has hecho entrar en razón?” Pregunto.

“Es difícil. A mí me han dicho muchas veces: “mejor morirnos en el desierto que morirnos en México”. Pero no saben lo que les espera. Solamente en Tucson hay una morgue con más de dos mil cuerpos sin identificar.”

Vuelvo a pensar en el libro de Urrea; en esas cinco desgarradoras cuartillas en las que explica lo que le ocurre a un cuerpo sometido al calor infernal del desierto, a la deshidratación que comienza, de manera ineluctable, en el momento en el que pisas la arena: el dolor, la desorientación, el ardor imposible de soportar; historias de hombres desnudándose de manera compulsiva, perdiendo la razón, bebiendo su propio orín. Bermudez contesta una llamada de su hijo a través de su bluetooth (le habla en inglés y español), y después me cuenta una segunda historia sórdida de la noche:

“Había una madre que venía amamantando en el desierto. Duró ella casi cinco días  sin tomar agua y pues se le secó la leche y se le deshidrata la niña de año y medio, entonces la agarró, la acomodó debajo de un  arbolito por ahí y la cubrió con muchas  piedras porque los demás le dijeron “si la dejas así van a venir los animales a hacerla pedazos”. Entonces la cubrió con muchas piedras y sale y ella busca a la migra. Se separa del grupo para ir a buscar a la migra y cuando los encuentra les dice “Vénganse, vamos a recoger el cuerpecito de mi niña que se murió” y sí, la migra se va, agarran al niño y se lo traen. Cuando llega acá, ¿sabes qué pasó?”

Niego con la cabeza y Bermudez toma aire y continúa:

“Que un desgraciado fiscal de aquí de Tucson le hizo cargos de homicidio negligente a la mamá por la muerte de la niña. ¿Qué piensa, qué pasa por el pensamiento de esta persona al arriesgarse a venirse por el desierto con una niña de año y medio?”

No tengo ninguna respuesta a su pregunta. Lo único que sé es que no soy capaz de entender, ni siquiera avizorar, el impulso. ¿Cómo tienen que haber sido las cosas para esa señora en México?, ¿qué tan mal estaba su situación para que haya decidido cruzar un desierto con una recién nacida?

Más adelante, Bermudez me asegura que la situación podría estar mucho peor. La recesión ha bajado la demanda laboral y, por consecuente, los mexicanos han dejado de cruzar el desierto. “Pero deja que suba la demanda y verás cómo se pone la cosa”, me dice, justo antes de citar a Alan Greenspan, quien alguna vez aseguró que la fortaleza económica del gobierno de Clinton estaba fincada sobre el trabajo migrante.

Le pregunto por soluciones concretas.

“Hay que venir cuando nosotros los necesitemos, no cuando ellos nos necesiten a nosotros. Ver si podemos sacar una visa de trabajo con  un  período de dos años o de tres años, que tú puedas venir cuando quieras, cuando te llame el patrón; el patrón te llama y en dos días estás aquí por el crucero o por el avión.”

Bermudez se acerca a mí y hace a un lado su tercer vaso de limonada. Parece un general, hablando de una operación militar.

“El problema que tenemos los latinos que no hemos aprendido a jugar el juego político, porque los números ya los tenemos. Hay ocho millones de mexicanos que no  han querido hacerse ciudadanos americanos porque no quieren levantar la mano y jurarle lealtad  a las estrellas y balas. Orgullo patriótico, orgullo pendejo.”

Otra llamada. Bermudez contesta, con su inglés chicano, y después cuelga, sin perder el hilo de la conversación:

“Todo  mundo estaba conforme con que estuviéramos en la sombra, pero namás nos empezaron a ver en  las calles y empezaron a ver las caras y  luego que muchos de nosotros no solamente no nos conformamos con salir, sino que salíamos con una bandera mexicana, y les dio miedo. Aún así, la guerra mediática la están ganando los Glenn Becks y los Tancredo. Cada vez hay menos personas en las marchas.”

Bermudez está seguro de que si los latinos se unieran en una sola voz, no habría poder que los detuviera. Más allá de decidir elecciones, la comunidad hispana podría influir de manera directa en la agenda política, así como revertir medidas humillantes como la SB1070.

“¿Por qué no ha pasado eso?” L pregunto a Bermudez, afuera del hotel, frente a su modesto automóvil (antes de que comenzaran a perseguirlo en Arizona, me dice, tenía un BMW del año).

“Lo que más necesita el movimiento hispano es liderazgo. Un líder de verdad. Pero, sobre todo, un líder que esté dispuesto a dar su vida.”

*-*

Esa noche salgo a fumarme un cigarro afuera del Holiday Inn. Una chica estadunidense, de cabello chino y enredado, por lo menos cinco años más joven que yo, me pide un encendedor. Me acerco a ella y veo que tiene los ojos casi cómicamente desorbitados. Apenas si puede hilar una oración. La ayudo a prender su cigarrillo y caigo en la cuenta de que tiene uno, encendido, en la otra mano. En el suelo, alrededor de sus tenis, veo más de diez colillas de Marlboro lights, todos fumados a la mitad.

“Adderall,” me dice, casi como un estornudo.

“What?”

“Too much Adderall.”

Me alejo de ella, mientras la observo de reojo. Fuma con su mano izquierda y luego con la derecha, de forma frenética, hasta que se harta de uno de los cigarros y lo arroja al piso. Un pequeño cuaderno de notas está abierto a su lado, con una pluma rosa, de Hello Kitty, sobre las hojas en blanco.

“Could you…? Please?” Me pregunta, y un estambre de baba se escurre por su barbilla.

“What?”

La chica saca otro cigarro y señala la punta. Quiere mi encendedor de nuevo.

Obedezco.

Antes de volver a entrar al hotel, la chica repite, con su vista clavada en sus tenis raídos:

“Adderall. Adderall.”

-.-

Es mi último día en Tucson. Visito el Streamline Procedure, en el Special proceedings courtroom de Tucson, entre las avenidas de Congress y Granada, un edificio que parece haber sido construido con una sola pieza de mármol solemne, donde cada pisada reverbera, produciendo un eco ronco que se pierde entre las escaleras y los amplísimos pasillos de la corte. Para entrar me vi obligado a mostrar mi pasaporte y dejar mi grabadora, pero independientemente de eso acudir al Streamline Procedure es más fácil que visitar un Burger King. Ccinco minutos después estoy con lápiz y libreta en mano, afuera de las puertas de madera de la corte, rodeado de trece gringos que no paran de hablar de películas, raquetball y lesiones en la ingle. Caigo en la cuenta de que uno –o varios- de estos gringos, todos con corbatas espantosas, son abogados de indocumentados.

Diez minutos después entro a la corte y me siento brevemente: el juez del United States District Court entra y todos nos ponemos de pie para recibirlo. Se abre otra puerta y aparecen más de sesenta indocumentados –mexicanos y guatemaltecos- con cadenas en las manos y los pies que, al moverse, emiten un curioso y constante cascabeleo. Entran cabizbajos, sin dirigirse la palabra, con audífonos en los oídos para entender lo que les dirán en inglés. Ninguno trae cinturón y, por lo tanto, muchos de ellos tienen los pantalones a punto de caerse. No pueden hacer nada al respecto. Para cuando toman asiento, una decena de indocumentados trae los pantalones en las rodillas, dejando al descubierto sus gastados calzoncillos.

El juez llama uno por uno a todos los presentes. Carlos Bolaño. Paulino Hernández. Óscar Ramírez. Efraín Sánchez. Prudencio Velázquez. Oswaldo Castillo…

Ahora que están sentados, el cascabeleo de sus cadenas se ha vuelto intermitente, como el ruido que emiten los grillos en un pastizal. El juez termina de pasar lista y los indocumentados recargan la cabeza sobre el respaldo de su asiento y bostezan, agotados. Frente a mí, una norteamericana se acerca a un colega suyo para mostrarle fotos de sus perros de concurso en su Ipad y luego voltea a ver a los migrantes, quienes no le regresan la mirada.

“See?” Pregunta la norteamericana a su colega. “This is the hardest part for a gringo.” Y para finalizar su comentario, suelta una escueta risilla.

El grupo de guatemaltecos no tiene representación en Tucson, así que el consulado mexicano se encarga de ellos. De los seis que conforman el grupo, dos no hablan español. El abogado habla con el juez. Están buscando antecedentes penales para ver si los deportan o los meten a la cárcel.

El juez despacha a los guatemaltecos en cinco minutos y después se dirige a un grupo de mujeres indocumentadas. A una la sentencian a treinta días de prisión. A otra a 65. Apela la sentencia, en busca de cinco días menos. El juez decreta:

Guilty. Guilty. Guilty. Guilty. Guilty. Los que reinciden se van a la cárcel. Los que cruzaron la frontera por primera vez se regresan inmediatamente. Entraron el lunes. Hoy es jueves. El sueño americano les duró cuatro días.

La representante del consulado, a la que conocí brevemente en la lectura de la universidad, me reconoce y me regala una tierna sonrisa. Detrás de ella, un migrante vestido con una vieja playera del América me observa indolente. No hay encono en su mirada. Sólo cansancio. El más profundo cansancio.

El Streamline Procedure dura treinta minutos más. Sesenta indocumentados despachados en media hora. En todo el proceso, lo único que dijeron fue “sí” cuando les preguntaron si entendían que tienen derecho a un abogado y a un juicio. Después se declararon culpables y salieron por la puerta chica. La corte se vació en cuestión de segundos. Adiós migrantes, adiós abogados adiós señora con perros de concurso y adiós representante consular.

En una plazoleta a doscientos metros de la corte encuentro una estatua de Francisco Villa. El mexicano que invadió a Estados Unidos.

*-*

Al día siguiente, Luis y Ricardo comieron conmigo en el campus de la universidad y esperaron a que pasara por mí el camioncito que me llevaría de vuelta a Phoenix. Luis me dio un abrazo; prometimos estar en contacto. Y Ricardo me regaló su tesis: un estudio concienzudo de otros Dreamers como Elena. Antes de despedirse me vio a los ojos y me pidió que hiciera algo valioso con mi viaje. .

Una hora después abordé el camión y regresé a Phoenix, a encerrarme en otro Holiday Inn.

Regresé a México a leer más libros de migrantes. Historias del latino en Estados Unidos, las memorias de Richard Rodríguez, artículos en el internet y otros documentos que poco a poco me fue enviando Luis desde Tucson. Como piezas de un gigantesco rompecabezas, vertí toda la información recabada dentro de mi computadora, en espera de que germinara una historia digna del drama que se vive en la frontera. Se me ocurrieron historias grandes y pequeñas; tragedias íntimas y caleidoscópicos culebrones que, como Traffic, intentan explicar un problema con brocha gorda. Ninguna me satisfizo.

El productor me habló un par de veces. Rebotamos algunas ideas. Me pagó. Y el proyecto jamás vio luz verde. Quizás así fue mejor. Es difícil que una cinta de dos horas logre lo que un viaje de casi dos semanas por Arizona apenas pudo explicar. Este reportaje es un primer intento, no de esbozar sino de cumplir la promesa que le hice a Ricardo. Después de todo, quizás no haya mejor solución para un problema de la magnitud de este que pasar la voz y abrir los brazos.

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