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Archive for the ‘Uncategorized’ Category

Recordaba las monografías de mi infancia, con sus resúmenes concretos de las vidas de nuestros héroes y villanos, y qué tan útiles eran a la hora de estudiar. Decidí que sería interesante replicar ese formato en video. Basándome en los libros de un historiador con el que comparto apellido, durante un año escribí estas cápsulas con ayuda de Javier Lara Bayón, editadas por el equipo de Viviana Motta en Clío, dedicadas a los más importantes personajes de nuestra historia. Empezando en Miguel Hidalgo y acabando con el sexenio de Ernesto Zedillo, pasando por los presidentes y caudillos, quise que las minibiografías acercaran la historia de México al público de una forma concisa y sobre todo entretenida, a sabiendas de que no todos tienen tiempo de leer una biografía más amplia.

El único problema: a falta de lana, tuvimos que recurrir a un narrador medio chafa: su humilde servidor.

Ojalá las disfruten.

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Allá van las que más he escuchado (o más me han gustado) este año.

5- Sweet Spot, Wild Beasts

4- Inside Out, Spoon

3- Action Cat, Gerard Way

2- Words I Don´t Remember, How to dress well

1- Y la mejor por una milla: An Ocean in Between the Waves, The War on Drugs

(Casi entran: Todd Terje, Young the Giant y Jungle).

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En referencia a sus críticos dentro del círculo político, Carlos Salinas de Gortari famosamente dijo “ni los veo, ni los oigo”. Eran otros tiempos, pero no otro PRI. El “ya me cansé” del 2014 expresa algo similar al “ni los veo, ni los oigo” de 1994: la opinión pública es irrelevante. Gobernar no es escuchar, gobernar no es servir.

               A partir de una interesante discusión con @mauroforever (en la que me enlistaba los cambios que el PRI no ha llevado a cabo en los últimos veinte años), me he preguntado mucho si los gigantescos errores y posibles delitos del PRI actual responden a su esencia. Creo que sí. Parto de la base (hipotética, porque no tengo cifras que la respalden) de que la mayoría de quienes votaron por Enrique Peña Nieto en las elecciones presidenciales creía que el PRI 2014 era el PRI 2.0: un partido con raíces en el jurásico pero consciente de que el suelo de hoy no es el mismo de la “dictadura perfecta”; un partido consciente de que perdió la presidencia en el 2000; un partido consciente de que la opinión pública y democrática existe y, sobre todo, decide en las urnas.

               La debacle de Peña Nieto demuestra que eso es falso, y no solo me refiero a la tragedia de Ayotzinapa que el presidente sigue sin abordar con la firmeza, la transparencia y, sí, la valentía necesaria. Me refiero a otros hechos, ya sean tropiezos o actos presuntamente ilegales.

               Vamos con los primeros. ¿En qué cabeza cabe –en medio de la mayor crisis de imagen pública de tu gobierno- mandar a tu hija a recibir un “premio”? ¿Quién puede pensar que hacerlo sea, no digamos políticamente razonable, sino moralmente aceptable? Es fácil imaginar la escena en casa de los Peña Rivera:

Pero, Maaaaamiiiii, o sea, es mi premio, ¿neta no puedo ir por culpa de esos de Ayos… Ayot… como se diga? ¿Neeeeeta?

Ve, Mijita, claro. Ve y recoge tu premio. Disfruta y sé feliz.

               El vergonzoso desliz de la hijastra de Peña revela la escasa importancia que se concede en Los Pinos a la opinión pública, al estado de ánimo y los sentimientos de los mexicanos. En otras palabras, como Peña “no nos ve ni nos oye”, ignora que nosotros sí los vemos y los escuchamos (en plural). Que nosotros, a diferencia de él, sí estamos al tanto de su comportamiento.

               El tristemente célebre “ya me cansé” de Murillo Karam forma parte del mismo, alarmante problema. A sus ojos, su labor no es darnos la palabra y después esclarecer, con un mínimo de empatía, lo que sabe sobre la tragedia de Ayotzinapa. Para el nuevo PRI, que es igual al viejo, reconocer a un interlocutor en el electorado y la prensa es impensable. Acostumbrado a que las quejas de la gente no influyen en las urnas (como no influyeron durante setenta años), el PRI no le ve valor político ni humano a atendernos, oírnos o responder preguntas. Eso lo hacen las democracias y el PRI, en esencia, no es un partido democrático.

               Vamos a la Casa Blanca de Peña. 8 millones de dólares percibidos de forma inexplicable (o hasta ahora inexplicada) son una ofensa mucho más grave que dos frases insensibles e idiotas. En su momento lo dijo Carlos Hank González, ese brontosaurio revolucionario institucional: “Un político pobre es un pobre político”. Para el PRI eso no es una sugerencia sino un modus vivendi. ¿Peña es distinto? Su Casa Blanca comprueba que no. Se necesita ser muy ciego o muy soberbio para creer que, en pleno 2014, se puede ejercer en paz la presidencia de México habiendo adquirido por vías no transparentes (y aún con ellas) una casa de 8 millones de dólares (¡en el DF!) y que esa cifra no terminará saliendo a la luz. ¿Cómo explicarlo? Porque el PRI de 2014 sigue creyendo que vive en México 1988, 1977 o 1968, un país donde se podía robar a manos llenas y enriquecerse con dinero del erario y contratos chuecos sin que la gente se enterara y protestara. ¿Y qué importa si se enteraban y protestaban? Al cabo de seis años, otro priista ocupaba la silla presidencial.

               Las cosas como son: solo una persona con una fortuna muy, pero muy vasta adquiere una casa de 8 millones de dólares, en un mercado inmobiliario que no es tan lucrativo como, no sé, el neoyorquino o el londinense. No basta con vender maquillaje: Angélica Rivera necesitaría ser dueña de un porcentaje de Avon para justificar esa lana. Peña Nieto debe mostrarse completamente dispuesto a dar una explicación convincente o ser investigado. ¿Lo hará?

               Lo único positivo de estos últimos meses aciagos es la evidencia de que, aunque el PRI es el mismo, México no es el mismo. La unanimidad de la protesta, la indignación compartida, todo esto habla de un país harto de la delincuencia y la corrupción, dos enfermedades convergentes que, durante 70 años, fueron alentadas y encarnadas por el PRI. Hagamos todo lo posible, en las calles, pero sobre todo en las urnas, para que Peña Nieto sea el último dinosaurio que nos gobierne. Suficientes hemos tenido.  

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Conocemos la fórmula de memoria: un detective al que le asignan un caso que poco a poco lo desquicia; un caso íntimamente ligado con eventos traumáticos de su propia vida. En The Girl with the Dragon Tattoo bastan un par de secuencias para entender por qué Lisbeth Salander decide ayudar a Blomkvist a resolver el enigma de una chica desaparecida en el que la hacker ve refractada su propia pugna con el género masculino. En The Silence of the Lambs el espectador obtiene el vínculo gracias al Dr. Lecter, quien deduce que Clarice Starling, agente del FBI, quiere salvar a la próxima víctima de un asesino serial para salvarse a sí misma. Top of the Lake, la magnífica miniserie de Jane Campion, lleva ese lazo a un terreno tan obvio que casi raya en lo burdo. La detective Robin Griffin (Elisabeth Moss) regresa a su pequeño pueblo natal en Nueva Zelanda para cuidar a su madre, enferma de cáncer. Al cabo de un tiempo recibe una llamada de la policía local, que tiene en su custodia a Tui, una chica de doce años con cinco meses de embarazo. Un par de capítulos después, Tui desaparece, dejando una sola clave detrás, escrita sobre un pequeño pedazo de papel. Conforme se inmiscuye en el caso y en las vidas de los habitantes del pueblo, Griffin comienza a perder la razón. Lentamente afloran los motivos detrás de su comportamiento. La vida de Tui y la suya ocultan el mismo trauma. 

 

            Solo una directora del calibre de Jane Campion podría crear algo tan sorprendente y complejo partiendo de una premisa tan esquemática. Destaca la riqueza de los personajes que rodean y exacerban el conflicto central. Tan disímiles entre sí que a primera vista resultan arbitrarios, los locales que habitan la historia son, en contraste con las motivaciones de Robin, todo menos esquemáticos. La desaparición de Tui ocurre casi al mismo tiempo que la llegada de GJ (Holly Hunter) y su grupo de mujeres agraviadas a Paraíso, un terreno a orillas del lago, propiedad de Matt Mitcham (Peter Mullan), un delincuente polígamo, líder de facto de la localidad y padre de Tui. Campion completa su retablo con la presencia esquiva y amenazante de otros machos del pueblo: hombres que viven anclados a un vaso de cerveza, detectives de dudosas motivaciones, adictos en recuperación, adolescentes mudos e inmigrantes y neozelandeses maoríes con pasados turbios. El resultado es una batalla épica entre ambos sexos, hilvanada, al mismo tiempo, con fuerza narrativa y sutil semiótica.

 

Quizás no haya mejor secuencia dentro de la serie que una cita entre Anita (Robyn Malcolm), una de las acólitas de GJ, y Matt. Minutos después de hablar acerca del Edén, ambos se comen una pastilla de éxtasis y recorren semidesnudos la flora húmeda y desbordante de Paraíso, hasta llegar a la tumba de la madre de Matt, donde, en un acto sadomasoquista, el hombre lleva la parábola religiosa al límite. En unas cuantas tomas, Campion tuerce simbologías bíblicas y vincula unas tramas con otras: la mujer muerta toma el papel de deidad vengativa más que providente, tendiendo un paralelo con la propia GJ: taciturna, rendida y tan brutal como Matt, el hijo pródigo y salvaje, expulsado del Edén por un puñado de hembras. El pasaje condensa las virtudes de Top of the Lake: la perversión de los roles del hombre y la mujer, y la obliteración del lugar idílico (ahora solo asequible mediante el uso de estupefacientes). No obstante, aquí el paraíso es más que el terreno por el que Matt se enfrenta a GJ y su grupo. Es la locación misma que Campion escogió: un rincón prístino de Nueva Zelanda –un país en el que no existe un solo animal ponzoñoso– de montañas cobrizas, apenas cubiertas de nieve, abrazadas por lagos de color azul turquesa. Conforme avanza la historia, y Tui supuestamente desaparece en el bosque, la cámara de Campion abandona los paisajes bucólicos y se concentra en estrechos de lago rodeados de árboles marchitos, cabañas engullidas entre sombras y fango, calles desiertas, siempre intercalados con tomas que registran la acción a kilómetros de distancia, como si la niña observara al pueblo, oculta entre la maleza, a salvo, lejos del “paraíso”. 

 

            Incómoda y por momentos espesa, Top of the Lake exige la paciencia de un espectador acostumbrado a sacudidas y giros de tuerca como los que brindaba Breaking Bad. La recompensa es un microuniverso fascinante que funciona como una parábola de la relación entre ambos géneros y como un retrato fidedigno de un meandro de Nueva Zelanda. La destreza de Campion está en crear esa suerte de sinécdoque. Dentro de un globo de cristal, observamos ese sitio, divino bajo cualquier estándar, mientras tiembla y amenaza con colapsarse. Afuera, al unísono, sentimos el mismo tremor.

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It´s a doozy!

It´s a doozy!

 

La historia del cine, señores, no solo la escriben los protagonistas y sus metas y sus logros y sus fallas. También están los personajes secundarios que los obstaculizan o les aplican pie de ladrón. Personajes que ayudan o joden hay muchos, pero ¿cuántos son verdaderamente memorables? Aquí una larga lista, recopilada por los colaboradores de En Pantalla, en Letras Libres.

Empecemos con este de @alonruvalcaba sobre Mink Larouie, en la joya de los hermanos Coen, Miller´s Crossing. Después vámonos a uno mío, dedicado al mejor personaje de Groundhog Day, el “entusiasta de la eutanasia”, Ned Ryerson. De ahí brinquemos a Edna Mode, por @olgadelafuente, ¿el mejor personaje de Pixar? Y, ¿cómo olvidar al gran Jefe Bromden de la obra maestra de Milos Forman, One Flew Over the Cuckoo´s Nest? Aquí su texto. Multiusos @lapetitemachine escribe por decimonovena vez sobre Boardwalk Empire. Aquí su elogio al guapo de Richard Harrow. El elusivo @elotroduarte habla sobre Stevie Janowski en Eastbound and Down

Muy pronto hablaremos de la más famosa pelota de volleyball. Y se rumora que Leon Krauze tiene un texto sobre su personaje secundario favorito. La serie seguirá, espero, hasta mediados de marzo.

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La siguiente entrevista salió en el número de abril de la revista Rolling Stone:  

 

              “Intentar conocer a un político en campaña a través de una entrevista es cómo buscar detalles de la vida personal de un actor mientras actúa en un escenario”.

 

                Esto es lo primero que escucho, de boca de un amigo, después de que Rolling Stone me pide que entreviste a Josefina Vázquez Mota. Y es lo primero que me viene a la mente –como advertencia, como presagio- cuando me sacudo la lluvia y, vestido como si fuera a la boda de mi hermano, entro al hotel Marriott y me enfilo al Club de Industriales  para entrevistar a la primera candidata mujer con posibilidades de ganar una elección presidencial en México.

 

                 Han sido días ocupados para Josefina Vázquez Mota. Un día antes de la entrevista, en la mañana del domingo, acudió a su toma de protesta en el “Estadio azul”. Las redes sociales llamaron “acarreados” a los pocos que se dieron cita en el lugar. Hoy está aquí, en el Club de Industriales, a punto de finalizar una charla que (por el número de invitados que arrojan vistazos furtivos al reloj de sus celulares) parece haber comenzado hace más de una hora . Diversos empresarios toman la palabra cuando la candidata termina de hablar. Se ponen de pie y sueltan híbridos de opiniones y preguntas: 90% de lo primero, 10% de lo segundo.  Más que interesarles lo que Vázquez Mota pueda responder, les importa hacerse notar y expresar su punto de vista de la manera más rebuscada. Ahí se nota el “callo” de la candidata. Responde a preguntas que no tienen ni pies ni cabeza con una retórica que no parece ensayada sino fresca, como si fuéramos los primeros en escuchar sus proyectos. Sus respuestas revelan a una experta en orientar cuestionamientos enmarañados hacia las ideas que a ella le interesa poner sobre la mesa. Una pregunta –casi en Arameo de tan confusa- sobre su paso por la Sedesol, la lleva a hablar sobre asuntos de seguridad nacional; otra –más larga que la Cuaresma- culmina con el lema que, tanto en Twitter como en mi entrevista, la candidata ha adoptado para hoy: “por un México de ciudadanos con poder y libertades, sin prebendas ni privilegios”.

 

                No es la primera vez que escucharé esto de “sin prebendas ni privilegios”.

 

                Más que entusiasmarme, me preocupa la habilidad de Vázquez Mota para redirigir cualquier conversación hacia sus temas. Me parece una evasión. Tomo asiento en un sillón de piel en una esquina recóndita del salón y saco la hoja en la que apunté las preguntas, revisándolas minuciosamente en busca de alguna señal de alerta, algún meandro por el cual se me pudiera escabullir la entrevistada y, con ella, los escasos cuarenta minutos que tengo para entrevistarla. Finalmente concluye la plática, me pongo de pie y sigo las instrucciones de un “elemento” del equipo de Vázquez Mota.

 

                “Ahí sube las escaleras y en uno de esos cuartos espérate”.

 

                “¿En cuál de todos?”, pregunto, y el hombre se encoge de hombros mientras sus pulgares juguetean con su blackberry.

 

                “No sé, no sé. Pero es allá arriba”.

 

                Las escaleras llevan a la intersección entre dos pasillos. En cada uno de ellos hay, al menos, cinco salones. Decido abrir cada puerta en busca de mi fotógrafo, al que jamás he visto. Finalmente lo encuentro en el penúltimo salón: un rectángulo angosto, dominado por una mesa de madera oscura y seis lugares que nadie usará, a pesar de que el fotógrafo cree posible que nos inviten a cenar después de la entrevista. Al fondo hay un sillón y dos mesitas. El fotógrafo me pide que me ponga de pie y dos hombres –el de la blackberry y otro, más joven y sonriente- entran al cuarto. A un paso de la puerta, Vázquez Mota abraza a una niña de diez años. Tras el instante de efusividad, la señora entra al cuarto y es recibida por el fotógrafo, con quien aparentemente ha trabajado antes. Yo la espero, sin decidir cómo acomodar los brazos, a un metro de distancia, ensayando el saludo en mi cabeza. No estoy acostumbrado a estos encuentros políticos, no han sido parte de mi vida. Elijo un “Josefina, muchísimo gusto”, mientras el hombre de la blackberry me presenta, haciendo énfasis en mi apellido. La estrategia para romper el hielo funciona: mi hermano León acaba de entrevistar a la candidata en Los Ángeles, apenas dos días antes de mi visita al Club de Industriales.

 

                Ataviada con un impecable vestido blanco que bien podría usar Michelle Obama y con brazos y piernas firmes como los de una instructora de Pilates, Vázquez Mota toma asiento a la mitad del sillón de piel, mientras yo me acomodo sobre una de las mesas. El fotógrafo distribuye luces, dispara flashes, zigzaguea entre tripiés y cables. Yo saco mi grabadora prestada, desdoblo el arrugado papel en el que anoté las preguntas y empezamos a hablar de su infancia.

 

                En el transcurso de la entrevista me daré cuenta de que Vázquez Mota tiene tres sonrisas que, entre ellas, ocupan casi toda la gama de sus gestos. Rara vez veré a sus labios esbozar algo que no forme parte de esa alegre triada. Sí, su semblante se tornará brevemente serio mientras habla de la desigualdad social en México, pero en general responderá con los labios extendidos de oreja a oreja. Tiene una sonrisa esperanzadora y reconfortante, reservada para hablar de proyectos políticos; otra, lúdica y más cálida, con la que responde preguntas sobre sus intereses personales; y la última, maternal, salpicada de nostalgia, cuando se refiere al pasado. Ésa es la sonrisa que emplea cuando habla de su infancia, de siete hermanos peleándose por escoger un programa en la única televisión de su casa; de aquellas visitas con su padre a La Alameda,  para comprar libros; de cómo heredaba los uniformes de la escuela que sus hermanas habían usado.

 

                “Ni siquiera me daba cuenta de qué tanto teníamos o no teníamos en lo material; éramos una familia muy tradicional, muy unida. Recuerdo mi niñez con una gran felicidad, con mucha paz, vacacionando en Teziutlán, Puebla, de donde son mis papás”, me dice, y ni sus ojos ni su sonrisa se inmutan frente al octavo flash de nuestro fotógrafo.

 

                Le pregunto por sus pasatiempos. Vázquez Mota no duda en mencionar la lectura. Mujercitas. Las llaves del reino. Agatha Christie. Y ya más grande y a escondidas de su padre: El Padrino.

 

                Por la velocidad con que toca el tema de los libros dudo de sus respuestas. Después de todo, México es un país que, a pesar del bajísimo nivel educativo, vive preocupado por la cantidad de libros que se compran y se leen. El país que, famosamente, hizo trizas a Enrique Peña Nieto por tardarse una eternidad en mencionar su libro predilecto en la Feria del Libro de Guadalajara. ¿Tenía Josefina la respuesta “ready made? Lo cierto es que, a pesar de la sonrisa inamovible, finalmente le creo. No necesito preguntarle el destino de Don Corleone para cerciorarme de que dice la verdad.  Así como también le creo sus gustos musicales de adolescencia y juventud. Los hermanos Carpenter, Creedence, Agustín Lara, Donna Summer.

 

“¿Y ahora?”, le pregunto.

 

                Lupita D´Alessio. Silvio Rodríguez. Joan Manuel Serrat. Pablo Milanés. Eugenia León. Joaquín Sabina.

 

                ¿Cómo no creerle? Imagino que de haber llevado a cabo una encuesta sobre los gustos musicales de Josefina Vázquez Mota, el 95% de los encuestados hubieran incluido a la trova y a la D´Alessio.

 

                De gustos personales brincamos a los recuerdos de la ciudad de México, en la que creció. Aquí, Vázquez Mota sienta las bases para desplegar su tema central: la necesidad de ampliar la libertad para el mexicano del siglo XXI. Le pregunto cómo ha cambiado México desde su infancia y, quizás porque creció en una casa con ingresos modestos, lo primero que menciona es que “ahora todas los hogares cuentan con más de un televisor”.   Pero, ¿qué era mejor antes?, insisto. Y la candidata no duda: la libertad de movimiento que gozaba cuando era niña.

 

                “Uno iba solo a la papelería a comprar las estampas del colegio; uno iba solo a comprarse sus dulces a la tiendita de la esquina. Nunca escuché a mi mamá decir ‘Cuídate’. En cambio, me decía ‘Fíjate cuando atravieses la calle’. Y mi papá me reiteraba siempre el mismo consejo: ‘Si un día te pierdes, busca a un policía, dale tu nombre, la dirección de la casa, tómalo de la mano y confía. Él te llevará a la casa de regreso’”.

 

                Más adelante, cuando le pido que enumere tres problemas concretos de México y cómo los solucionaría, Vázquez Mota regresa al tema de la libertad.

 

                “Mi causa en la vida es la libertad”, me dice, y me parece extraña la palabra viniendo de alguien que representa un partido que está en contra del aborto y en contra del matrimonio entre homosexuales.

 

                “¿Libertad en qué sentido?, ¿cómo nos hace falta a los mexicanos?”

 

“Cuando hay pobreza, no hay suficiente libertad. Cuando la ley contiene prebendas y privilegios, no hay suficiente libertad. Cuando hay impunidad, hay corrupción, no hay suficiente libertad. Cuando la economía no crece lo suficiente y alguien se tiene que ir a otro país por razones de pobreza, no hay libertad”.

 

 “¿Y qué problemas concretos ve en México?, ¿cómo los solucionaría?”, le pregunto, no enteramente satisfecho con la retórica libertaria que acabo de escuchar.

 

Vázquez Mota se acerca a la grabadora. Y por fin aterriza:

 

“En materia educativa pues hay que despolitizar la educación, hay que darle a la educación lo que es de la educación, al sindicato lo que es del sindicato y a la política lo que es de la política”. Entiendo lo que sugiere y me gusta mucho. Intercambiamos por única vez sonrisas que no forman parte de su arsenal. Y continúa:

 

 “Quiero un México sin Ladies de Polanco; no quiero un México sin cultura de la legalidad. Por lo tanto creo que es una condición inaplazable el cumplimiento de la ley. En materia de seguridad y justicia creo que ha llegado el momento de retirar el fuero a todos los políticos, sin excepción”.

 

“¿Y en cuestiones de economía?”, le pregunto, aprovechando que aborda soluciones concretas.

 

“Tengo la convicción de que hay que fortalecer el mercado interno sin menoscabo de la apertura económica. En México tenemos talento, creatividad, espíritu emprendedor. Requerimos abrir candados, permitir la competencia en sectores donde no los hay, una competencia con reglas claras, con certeza jurídica”.

 

Pienso en pedirle ejemplos, pero dudo que me los dé. Me basta saber que luchará por un mercado más competitivo y que no permitirá que los intereses de los sindicatos secuestren a la educación, que los monopolios públicos y privados sigan gozando de privilegios, o que los partidos políticos se sirvan sólo a sí mismos (suficiente hemos tenido de eso en los últimos sexenios).

 

La confianza en sus respuestas palidece cuando le pido que mencione el más grande acierto de su carrera y el mayor error.

 

“Mi gran acierto es la tenacidad. Y siempre creer que las instituciones estaban por encima de las personas. Eso me generó muchos desafíos, muchos momentos de soledad, muchas batallas difíciles, pero también la mayor de las satisfacciones que he tenido. Como acierto, siempre haber estado cerca de la gente. Nunca viví mi tarea en, en la política desde la oficina, siempre caminé México, siempre fui al encuentro de los ciudadano, siempre los sentí de carne y hueso, siempre estuve a su lado”.

 

Nos envuelve un breve silencio. Quizás Vázquez Mota se da cuenta de que le pedí que enumerara un acierto y mencionó tres, sin hablar de un solo error. Me acerco más a ella –y arqueo las cejas, en espera de que complete su respuesta.

 

“Mi error”, dice, sin fruncir el ceño, ni dar indicio de incomodidad, “ha sido de pronto ser demasiado confiada en algunas personas, o resistir de más. Ya aprendí a no resistir de más, ya aprendí a decir lo que tengo que decir como tengo que decirlo, o no agobiarme por temas que no merecen tanta preocupación”.

 

Me viene en mente la toma de protesta, con el estadio semivacío, y me pregunto si eso no la agobia. Vázquez Mota da la impresión de ser una presencia genuinamente agradable, pero no me parece una mujer que pudiese administrar sus preocupaciones. Minutos antes, al mencionar a sus cantantes favoritas, habló de “Diana” Summer, quizás confundiendo los nombres de Diana Ross y Donna Summer. Y en el momento en el que apagué la grabadora para que le tomaran algunas fotografías, Vázquez Mota se apresuró a corregir. “Es Donna. Donna Summer”, y no pude más que pensar que esa necesidad de enmendar un error tan nimio se explica por la poderosa reacción de las redes sociales ante el error de Peña Nieto. Los candidatos deben estar aterrados de equivocarse en el más mínimo detalle. Esto vuelve a quedar de manifiesto cuando, ya al final, me habla de la última película que la conmovió. Después de descansar la barbilla entre su dedo pulgar e índice por casi un minuto, la candidata levanta la mirada y me dice:

 

“Acabo de ver una película sobre la vida de Mandela, y me conmovió profundamente. Tengo una hija que fue a hacer un trabajo de misionera a Mozambique, entonces tuve oportunidad de conocer Sudáfrica. Y en una visita de Estado que estaba convocado el ex presidente Fox, él no pudo asistir, y yo fui en su representación, y ahí conocí al presidente Mandela”.

 

Mientras habla de su experiencia con Mandela, hurga en su mente por el nombre de la cinta. Por segunda vez titubea. Le cuesta trabajo explicarme por qué la conmovió, encontrar la relevancia detrás de su elección; quizás se arrepiente de no haber mencionado algo más mundano –y probablemente real- como Marley y yo o The Notebook (no sé por qué pero me imagino a un fan de Sabina llorando con ambas hasta cansarse). Esto es lo que ha creado Twitter: candidatos que tienen que cuidar cada cosa que dicen, cada uno de sus pasatiempos y gustos para no caer en las fauces de las redes sociales. Esta vez me toca a mí aliviar la tensión:

 

“La película se llama Invictus

 

“¿Ah, sí?”, me pregunta, despreocupada. “Efectivamente, la vida de Mandela. ¡Puf! Fue muy conmovedor para mí, en muchos sentidos. Y recientemente conocí también la isla donde estuvo preso, desde donde se ve en la película que contempla la libertad y que lejos de optar por el odio, opta por la paz y la reconciliación”.

 

                De nuevo la libertad como condición para la tranquilidad y la reconciliación. Queda claro: la candidata es una maestra en encauzar respuestas. ¿Qué cualidades admira en un político? Ante todo la habilidad para construir acuerdos. Con ello -creo- apunta a la posibilidad de construir un  gobierno de coalición o de Unidad nacional. El tema es importante. Pero noto también que  Mandela ha sido un pretexto para mencionar de nuevo el tema de la libertad, aunado al asunto que a todos nos preocupa: ¿cómo pacificar a México?

 

            En todo momento, Vázquez Mota es la actriz sobre el proscenio, interpretando a la candidata, y por momentos me cuesta trabajo conocer a la mujer que hay detrás (todo el propósito de esta entrevista). Pero no cabe duda: Vázquez Mota es persuasiva y, en el mar de “choros” políticos en el que nos hundimos cada proceso electoral, la más breve señal de concreción es un alivio. La candidata da respuestas concisas siempre y cuando no se le pida que pateé el pesebre y critique algo de los gobiernos del PAN a los que sirvió, como le sugiero en la última pregunta.

 

                Ahí sí se avienta un “choro” que, como las preguntas de los empresarios, no tiene ni pies ni cabeza. Dice: “conozco la economía del hogar, y también conozco la gran economía; yo estudié economía, pero también el ser mujer me permite una sensibilidad especial”, para después agregar que “no quiero ser presidenta por ser mujer. Quiero ser presidenta porque conozco los problemas y las realidades de México; porque sé que tenemos salida, porque sé de nuestro talento y de la grandeza de los mexicanos. Pero aparte de todo eso, soy mujer, y tengo fuerza y tengo valor; pero también sé lo que significa tener una familia, construir un hogar, estirar el gasto”.

 

Jamás alude a ningún episodio o política que pudiese haber sido distinta o mejor en los seis o doce años pasados. Ahí la concreción se disipa, y hasta la actriz falla.

 

                El asistente malencarado da por finalizada la entrevista y Vázquez Mota agradece mis preguntas. Tiene que irse a una cena. Me toma de los hombros y, por última vez en la noche, me sonríe de oreja a oreja. Nos damos un abrazo escueto pero apretado.

 

            Libertad, paz, seguridad, competitividad, conciliación… bonitas palabras, grandes propósitos. Josefina Vázquez Mota actúa muy bien su papel y articula su discurso. Eso es lo que se espera de una candidata a la Presidencia. Pero si llega a ganar el 1 de julio requerirá mucho más que dotes histriónicas y encanto personal. Deberá traducir las grandes palabras en realizaciones concretas, lo cual requerirá liderazgo político. Liderazgo que es visión, capacidad de maniobra, sentido de la realidad y sentido de la historia. Firmeza y flexibilidad. Esas y muchas otras son las cualidades del gran político. ¿Las tendrá? Una cosa es clara: es más fácil admirar a Mandela que emularlo de verdad.

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En vida, mi perro pesaba siete kilos. Leí esta información hace días, en una mañana en la que saqué todos sus papeles de vacunación. Sus cenizas pesan apenas más que un manojo de plumas. Llegaron la semana pasada, en una pequeña caja de madera rosa. La moví de lado a lado y los contenidos eran tan escasos que se trasladaban de una esquina a otra: lo que queda de mi perro es tan poco que a duras penas ocupa su ataúd. Eso es lo que queda, y casi nada más: el cojín y la sábana azul sobre los que dormía, sus viejos escondites, y algunas canas que, días después de que muriera, aún flotaban por la sala, como hojas de diente de león.

Los seres humanos se van y dejan kilos de ropa (muchos más que siete). Se van y dejan joyas, colecciones de libros, coches y, a veces, casas. Dejan cuentas de tuiter, correos electrónicos, páginas de facebook: corolarios de identidades hechizas, rastros del disfraz. Se van y dejan un trabajo, una cama, dinero en el banco. Los perros se van y aparentemente no dejan nada. Dejan, acaso, lo que nosotros les dimos: las casitas en las que dormían, las pelotas que correteaban, los huesos que mordían. Dejan las impresiones que tomamos de ellos: sus cuerpos cachorros decoran nuestros álbumes, esperan en los vericuetos de nuestros discos duros. Dejan, quizás, recuerdos, pero mientras que una sola persona interviene en la vida de decenas de individuos, la vida de un perro es prácticamente inconsecuente salvo para aquellos que compartimos techo con él.

Mi perro llegó a mi casa dos meses después de que yo cumpliera trece años. Por lo tanto, he vivido más tiempo a su lado que sin él. Era más viejo que todas mis amistades, que casi todos mis objetos: que mi coche, mi computadora, mi teléfono y mi colección de DVD´s. Tengo recuerdos concretos suyos, muchos más de los que tengo con personas a las que conozco por casi el mismo tiempo. A pesar de que era un animalito de siete kilos, su personalidad me quedaba clara. Era un hosco irredimible, un perro de cariños muy particulares; nervioso, digno y leal. No quiso a muchas personas en su vida. Quiso a mi mamá, me quiso a mí y creo –porque se la pasaba mordiendo sus patas traseras- que quería al labrador con el que compartió un jardín por doce años. Un perro ama porque sí, y a cambio solo recibe cobijo, un plato de croquetas y agua. Te ama, quizás, porque sabe que lo escogiste, que entre todos sus hermanos lo tomaste desde adentro de una caja de cartón para llevarlo a tu casa. Por eso me senté a su lado, un día antes de que lo durmieran, y no supe qué otra cosa decirle más que gracias. Me agaché, besé la diminuta cabeza de ese anciano adolescente y le agradecí que me quisiera así a cambio de prácticamente nada. He sido mucho más atento con personas que me han querido mucho menos, así que ese gracias era, también, una disculpa por no haberlo acariciado más, por haber jugado nintendo en vez de salir al jardín a acompañarlo, por no haberlo querido a él como él me quiso a mí.

Llegó su acta de cremación y su nombre venía mal escrito. Lo tomé con filosofía. Después de todo, ¿a quién después de mí le puede importar mi perro? Y no tendría por qué ser de otra manera: él tampoco quiso a muchos más. Ese pequeño guardián que me vendieron como schnauzer a pesar de que claramente venía de la calle, fue todo mío. Fue el final de mi infancia y toda mi adolescencia. Fue mi bienvenida de la escuela, mi adiós antes de un viaje y el ruido que me arrullaba a la hora de dormir. Se fue y me dejó todo eso: un corazón hinchado de recuerdos impolutos, sin un solo agravio, sin una sola pena. Solo para mí y para los pocos que lo quisimos. Y con eso me basta.

 

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