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Recibí la llamada del productor hace un año y medio. Había leído el guión con el que me gradué de la maestría y, tras seis meses de no oír de él, me mandó llamar y, sin rodeos, me ofreció el proyecto. Un guión que intentara abordar la problemática de la migración desde ambos lados de la frontera, que –en 120 minutos- se pusiera en los zapatos de los gringos y los indocumentados, de los minute men y los coyotes, de los Arpaios y las Brewers. Hay que apelar, me dijo, al corazón y a la consciencia del norteamericano, explicarles por qué necesitan al migrante, por qué necesitan nuestra mano de obra barata; esbozar la valía de nuestro ingrediente dentro de su famoso melting pot.

El encargo representaba mi primer trabajo y sueldo como guionista. Quizás pensando que para entender el tema de los migrantes bastaba con leer un par de libros, estreché su mano, acepté la oferta y salí de su oficina brincando de alegría. Un mes más tarde, tras ponerme en contacto con unas cuantos residentes de Tucson, Arizona, compré boleto rumbo a Phoenix, con el afán de adentrarme a ese mundo desconocido.

Esta no es la historia de ese proyecto sino de mi viaje por Arizona, hace dos años, apenas después de que se aprobara la SB 1070. Es la historia de alguien que cree poder conocer lo inabarcable en quince días; alguien que empieza a entender que realmente no entiende nada.

*-*

Como muchas otras ciudades de Estados Unidos, todo Phoenix parece haber sido construido ayer. Iglesias luteranas, iglesias metodistas e iglesias de la cientología, todas ensambladas con piedras tan limpias que parecen de plástico. Centros comerciales con hooters inmensos y prácticamente yermos, restaurantes chicanos que ofrecen nachos y fajitas en sus menús, heladerías pobladas por dependientes somnolientos y cines cuyos pasillos alfombrados están vacíos en las mañanas, las tardes y las noches. El centro de Phoenix, donde queda mi hotel, está infectado de esa grisura intercambiable que tienen las ciudades sin historia. Edificios sin ventanas, enormes centros de convenciones, taxis que transitan por avenidas de amplísimo cauce y uno que otro adolescente chicano en patineta: los ronquidos de una urbe dormida.

Llego al hotel a las doce del día y milagrosamente consigo un cuarto. La conserje –una chica de voz aguda, sonrisa fácil y con el rostro bonito, pero inconsecuente, de tantas norteamericanas- me informa que hay una convención de una empresa farmacéutica y que el hotel está casi lleno. Detrás de mí, grupos de señores y señoras rubios y obesos, con gafetes colgando del pecho, salen del restaurante del hotel con margaritas en vasos desechables. Le pregunto a la conserje dónde puedo rentar un coche y, con el rostro compungido como si estuviera a punto de darme una noticia trágica, me avisa que hace un par de noches hubo una tormenta de granizo, sin precedentes en la historia de Phoenix, y que la mayoría de los automóviles de las agencias quedaron desechos. Una novela de García Márquez en el desierto.

Le pregunto por otras opciones y me da el número de un servicio de camiones entre Phoenix y Tucson que salen del aeropuerto en dirección al campus de la Universidad de Arizona. Cinco minutos después, sobre las sábanas de poliéster de mi colchón inflexible, aparto el último lugar en el primer shuttle de mañana rumbo a Tucson. Afuera escucho una canción que reconozco. Es Luis Miguel, cantando “No sé tú” desde las bocinas mal ecualizadas de un restaurante tex mex.

El resto de la tarde la paso en el mall. Veo una película en un cine vacío, me como una carne en un restaurante vacío, camino por calles baldías en las que cada cuadra mide un kilómetro, lleno una canasta con chocolates y dulces y jugos en un Wallgreens, y después me encierro en mi recámara. Dos capítulos de The Office, una comedia de Jennifer Aniston, quince minutos de una porno, y caigo dormido.

Abordo el shuttle a las diez de la mañana del día siguiente. En la sala de desembarque del aeropuerto, contigua a la parada del autobús, veo latinos esperando a familiares con banderas de rayas y estrellas y pancartas que dicen “Proud to have a marine daughter”. Sus hijos, sobrinos y primos recogen sus maletas, caminan hacia ellos y después sonríen mientras su familia les toma fotos, ellos vestidos con uniformes del ejército que son azules como el color de la alfombra del aeropuerto.

Me acomodo en el último asiento del shuttle junto a un viejo de piel rosácea y antebrazos salpicados de largos y curvos vellos canosos. Los observo por el rabillo del ojo mientras el hombre prende el aire acondicionado y el viento artificial mece el césped ralo sobre su piel, manchada por el sol, llena de pecas y surcos cafés de insuficiencia hepática. Me coloco los audífonos, desabrocho un botón de mi camisa de manga corta, fijo la vista en el valle de Phoenix y el autobús arranca rumbo a Tucson. El camino dura poco menos de tres horas. Procuro no quedarme dormido y así anotar detalles sobre la geografía de Arizona. Aún no he visto nada y, por lo tanto, pienso que cada cosa que veo formará parte de la historia que necesito inventar: esos trenes herrumbrosos tomando el sol sobre los rieles, la vegetación agolpada alrededor de un escueto riachuelo que corre paralelo a la carretera, los holiday inns descollando entre los edificios rasos de puebluchos marrón; un par de outlets, un J.C. Penney, un Applebee´s, una gasolinería. Intento sustraer información de lo que veo, pero nada parece más inhóspito que los paisajes que acompañan otras, aburridas carreteras. No hay señal de un clima brutal, de un desierto inclemente; no hay patrullas fronterizas, ni camiones hacinados de hombres y mujeres que acaban de brincar de México a Estados Unidos. Como primer encuentro con el mundo del migrante, mi primer día afuera del anodino centro de Phoenix me decepciona. Llego a Tucson, a un pintoresco hotel a quince minutos de la Universidad, y comienzo a pensar que mi viaje es una estupidez y que probablemente no halle nada valioso para mi historia. El escritor de escritorio comienza a regañar al escritor viajero. Hubieras cocinado algo frente a tu computadora, cabrón. ¿Qué chingados haces en Tucson? Me pregunto, mientras salgo del hotel en busca de un restaurante, como si esta ciudad de Arizona fuera Chicago o Nueva York. Me tardo –por supuesto- media hora en encontrar un mini-súper en el que compro Reeses Pieces, leches de fresa y jugos de naranja. En el trayecto paso por la peluquería “La Hermosa” mientras me arrulla la marea de los autos que deambulan intermitentemente por las avenidas, cuyo barullo solo contrapuntean los estéreos de algunos coches que escuchan hip hop a decibeles criminales.

Regreso al hotel y me obligo a leer alguno de los libros que pedí por Amazon sobre el tema. Me siento como un fotógrafo de National Geographic, enviado a la jungla para encontrar rastros de una especie en peligro de extinción, y que, tras penetrar en la selva, solo encuentra un miserable indicio del animal que busca. En mi caso, ese indicio es una peluquería, sin clientes, con un letrero adornado con luces neón, titilando en medio de la oscuridad de Tucson.

*-*

A la mañana siguiente me despiertan dos malas noticias. La primera es una llamada de mi contacto en Tucson, un estudiante de doctorado que se llama Luis. Me avisa que estará ocupado la mayor parte del día pero puede pasar por mí, a las ocho, para cenar en el centro de Tucson. La segunda es que se me ocurre preguntar la tarifa de la noche que acabo de pasar dentro del pintoresco hotel, donde, como dice cada brochure y cada menú de alimentos, alguna vez se hospedó Cary Grant. Son trescientos dólares por noche, millas arriba de mi presupuesto diario, y no tengo de otra más que pagarlos y caminar, con mi maleta pesada de libros, hacia un hotel más modesto.

Encuentro -¿qué más?- un discreto Holiday Inn a las afueras del campus, en una esquina entre dos monstruosas avenidas, al lado de un restaurante vietnamita en el que a duras penas caben cinco comensales. Subo a mi recámara, dejo mi maleta y salgo a gastar el tiempo hasta que den las ocho de la noche y Luis pase por mí. No estoy acostumbrado a este tipo de ciudades de edificios romos, en las que casi se puede ver la curvatura de la tierra, donde solo algunas montañas asimétricas interrumpen los atardeceres. Todo parece hecho para que uno se sienta diminuto, para que las horas duren diez veces más de lo normal: las avenidas que no pueden cruzarse sin apretar un botón para pedir el paso, lo pequeño que te sientes al siempre ver donde acaba el horizonte, donde empieza el cielo. Todas las calles son eternas, las cuadras inmensas, los peatones escasean y apenas si oigo conversaciones ajenas. A la partitura de Arizona le faltan instrumentos.

Regreso al hotel a comer Reese´s Pieces, ver la tele y leer sobre migrantes. En CNN hablan de perros callejeros con rabia, de un par de personas que perdieron la vida en una montaña rusa y de otro asesino en el campus de una universidad norteamericana.

Luis y su esposa Seidy pasan por mí a las ocho en punto y de ahí arrancamos rumbo al centro de Tucson, para cenar. Les platico un poco de mi visita, sin mencionar que mi investigación es para un proyecto cinematográfico. Por algún motivo absurdo –quizás porque nunca antes he trabajado con un productor- pienso que cualquier detalle sobre una película en proceso de gestación debe ser resguardado como si formara parte de un archivo secreto del FBI. Les digo que escribiré un reportaje para Letras Libres.

A través de la ventana, sobre las banquetas de Tucson, veo hostales que presumen acceso a HBO.

La conversación fluye durante la cena. Estamos en un restaurante de carne, atendidos por una mesera en minifalda, yo con una corona a medio beber entre las manos, Luis y Seidy revolviendo el azúcar de su té helado con ayuda de un popote rojo. Por fin recibo buenas noticias. Luis tiene que trabajar mañana hasta tarde, pero promete llevarme en dos días al desierto y la frontera. Por lo pronto, me avisa, un profesor suyo me consiguió una entrevista con una chica que trabaja defendiendo los derechos de los indocumentados. Es mañana, en la noche, a unas cuadras de mi hotel.

Salimos con los estómagos llenos a caminar por el centro de Tucson, donde se lleva a cabo una suerte de carnaval. Las calles están atestadas de peatones. Hippies tocan la guitarra sobre camionetas cubiertas de figurines de metal, pegados a la carrocería de su automóvil, mientras viejos con chalecos de mezclilla venden pulseras de cuero, pines con la bandera de Estados Unidos y collares con trozos de plástico que imitan el color de piedras preciosas. Frente a nosotros hay un cine de arte. Del otro lado de la calle, la pared de un edificio está decorada con grafiti. Jóvenes rubios, orientales y negros entran y salen de bares. Familias de latinos caminan por la acera  tomadas de las manos. De noche, este melting pot no da la impresión de tener grieta alguna.

*-*

Llego a la entrevista a las ocho en punto, después de pasar una mañana y una tarde entera en la biblioteca de la universidad de Arizona, rentando libros con ayuda de la credencial de Luis y fotocopiando artículos. Más que información, estoy en busca de un punto de vista. No sé qué opino de los migrantes. Siento que no condeno el maltrato como un mexicano debería de condenarlo. Años antes, viviendo en Nueva York, jamás pude dar una opinión concreta cuando el tema salía en una cena entre amigos o en un café. As a Mexican, what do you think about illegal immigrants?

Me encogía de hombros, suficientemente humilde (o ignorante) como para no emitir un juicio sobre un tema que, intuía, era demasiado complejo como para abordarse sin estar debidamente preparado.

Ni siquiera pude dar una opinión en aquellas charlas con el productor cuando me pidió que concordara con él o lo contradijera.

“Sin nosotros,” me dijo, “Estados Unidos se acabaría, cabrón. Sin nuestra mano de obra, cada pinche hamburguesa de McDonald´s costaría el triple y cada chícharo que compran en el súper costaría lo mismo que un aguacate.”

Empujado por la vehemencia de su tono y por la aparente solidez de sus argumentos, asentí. Pero no tenía la menor idea de lo que hablaba. Es más, si alguien me hubiera forzado a ser sincero, quizás me habría puesto del lado de los gringos. Después de todo, a nadie le gusta que otra cultura entre su país, a inflar el welfare . Me apena decirlo, pero veía a los migrantes como invasores.

Las lecturas no me ayudaron a esclarecer mi opinión. Sin saberlo, saqué cinco libros que airadamente defendían a los indocumentados y otros cinco que, con igual pasión, los denostaban. En uno aparecían cifras que echaban por la borda el argumento del alto índice de criminalidad en la población hispana; en el siguiente leí gráficas e ilustraciones que afirmaban todo lo contrario. En uno aseguraban que los indocumentados son cruciales para la economía norteamericana y en otro pretendían comprobar que, en realidad, los mexicanos solo servíamos para hurtar puestos que los norteamericanos –y, en particular, los afroamericanos- gustosamente tomarían. Y así, más confundido que informado, entro por el portón de metal, con grabadora en mano, para entrevistar a Violeta Domínguez, dentro de una sala de juntas vacía, acompañados por una cafetera y una vieja impresora.

Me cercioro de que mi grabadora esté funcionando mientras Violeta se recarga en su silla, con ambas manos reposando sobre su prominente barriga. Está embarazada, pero el cansancio que percibo en ella no parece provenir del embarazo sino de un rincón más profundo, acaso oculto para mí. Pienso que quizás habría sido mejor entrevistarla en la mañana y no después de una larga jornada de trabajo. Aunque durante toda la entrevista se muestra abierta a responder mis preguntas de manera cordial, en ningún momento la siento recorrer temas nuevos, como si lo que me confía fuera parte de un discurso que ha tenido que decir cada mañana durante años. Es ella la primera en hablarme del Streamline Procedure que ocurre prácticamente todos los días en la corte de Tucson, donde un proceso legal de menos de una hora concluye con la deportación de decenas de indocumentados: una nueva política del estado de Arizona en el que, detrás de una ilegalidad apenas velada, los migrantes “firman una salida voluntaria y van de regreso a la frontera, casi en fila india. Y una vez que eso pasa, el indocumentado que ha pasado por este proceso no puede volver a Estados Unidos, ni hacerse residente, ni arreglar ninguna situación migratoria”. Violeta afirma que el “show” del Streamline, en el que un juicio de deportación que debería tardar días o semanas se comprime en una salida express (el MacDonalds de la deportación), obedece a otra arista, pocas veces analizada, del problema migratorio: los negocios que se erigen alrededor de los indocumentados. Los abogados que ganan dinero por representar con displicencia a setenta “clientes” que no hablan su idioma, los camiones encargados de la propia deportación y la seguridad fronteriza, en cuya tecnología se invierte muchísimo dinero, y que corre a cargo de “las mismas compañías de guerra que tuvieron las manos metidas en Iraq y Afganistán”. Tecnología que, como me explica Violeta mientras se sirve otro café, es carísima y que, por supuesto, no funciona para detener el flujo de los ilegales.

“No les digas ilegales,” me pide Violeta. “Son indocumentados. No existen seres humanos ilegales.”

A lo largo de la entrevista Violeta funge como mi propio Immigrants for Dummies, esbozando, con peras y manzanas, muchos de los conceptos que leí en libros –y que le escuché al productor- sin poder entenderlos plenamente. Me habla de cómo el TLC favoreció a los mercados norteamericanos: el maíz nacional perdió fuerza al no poder competir con el subsidiado, y por lo tanto barato, maíz estadunidense, dejando sin empleo a cientos de miles de trabajadores agrícolas mexicanos. Por primera vez entiendo que el costo de la mano de obra –lo que se le paga al trabajador que pizca la papa y la sandía- entra en el precio del producto final, y que el trabajador mexicano, al cobrar cantidades ínfimas, mantiene abajo los costos de la gran mayoría de los productos que se venden y se compran en Estados Unidos. Dicho de otra manera, una orden de papas en Burger King costaría más si al que cosechó la papa en Missouri o Louisiana se le pagara el sueldo que legalmente merece. El mismo principio explica la fuerza del mercado chino, país que paga sueldos magros a cambio de producciones en masa. Los productos norteamericanos mantienen su competitividad gracias a que sus precios no se disparan, y si no se disparan es precisamente porque saben hacer uso de mano de obra barata. Días después corroboraré esta información en el magnífico libro Not fit for our society, de Peter Schrag, que habla abiertamente de cómo, en la historia de nuestro vecino del norte, los estadunidenses han requerido del trabajo de migrantes para hacer lo que sus propios connacionales se niegan a llevar a cabo. El ejemplo más evidente está en el gold rush de California, cuando decenas de miles de indocumentados chinos trabajaron las minas y después fueron deportados o vilipendiados al intentar integrarse a la sociedad que los utilizó durante años. Tal y como lo explica Violeta –y como aparece en el libro de Schrag- queda claro que el uso de migrantes es parte del modus operandi de Estados Unidos.

Violeta se despide de mí una hora y media después de haberme abierto la puerta. La acompaño a su coche, un modesto sedán, y le agradezco la entrevista. A diferencia de Luis y su esposa, Violeta no me pregunta qué haré con la información que me acaba de otorgar. Me queda claro que no le interesa ver su nombre en papel, ni en los agradecimientos de ningún largometraje.

“Mucha suerte,” le digo, y mis ojos se posan sobre el bulto en su vientre.

*-*

Luis me pide que lo espere dentro del campus de la Universidad de Arizona para empezar nuestro recorrido por el desierto. El taxista, un negro de nombre Terrell que bien podría ser hermano mayor de Fifty Cent, me pregunta mi nombre y, al escucharlo, me recuenta la historia de Daniel en el foso de los leones. A pesar de que la conozco desde la infancia, dejo que Terrell hable. Ni siquiera lo interrumpo cuando su narración le abre paso a un alud de preguntas sobre mi inclinación religiosa. ¿Crees en Dios?, ¿crees en his son, Almighty Jesus?, ¿eres protestante, cristiano, católico? Cometo el error de decirle que soy una especie de judío agnóstico no practicante y lo que logro es que el taxista se enardezca, que su diálogo brinque de segunda a quinta velocidad, enumerándome las virtudes de la vida religiosa y los peligros de llevar una vida secular.

Cuento los minutos para llegar al campus, mientras Terrell sigue hablando. Su voz sonora retumba en el escueto espacio de su taxi. Finalmente llegamos, tomo un billete de diez dólares y lo deposito sobre la palma de su mano. “God bless you”, me dice, pero más que bendición me suena a insulto.

“God bless you, too,” le digo. “And thanks for the chat.”

Abro la puerta. Camino apresurado rumbo al campus.

“This wasn´t a chat!” Me grita, desde el asiento del piloto, y lo veo echarse en reversa, con la intención de seguirme a través del estacionamiento. ¿Quiere que le jure que llegando a México iré a bautizarme?, ¿quiere dinero para su iglesia? No sé. Y decido no averiguarlo. Troto y entro al restaurante más cercano: un desayunador cuyo menú consiste en cuarenta cereales, diez tipos de leche y cinco tipos de fruta. El taxista le da un par de vueltas al estacionamiento, quizás pensando que estoy escondido detrás de un arbusto y que pronto saldré para escucharlo hablar un poco más sobre la manera en la que Dios ama a todas sus criaturas menos a los judíos agnósticos no practicantes. Finalmente desaparece.

Luis marca mi celular veinte minutos después y me recoge en su camioneta familiar justo donde Terrell me dejó. El clima helado y artificial dentro del automóvil contrasta con el calor seco del campus de la universidad. Pienso en pedirle a Luis que apague el aire acondicionado, pero prefiero guardar mis exigencias para otro momento. Después de todo, ni él ni su esposa tienen la obligación de pasearme por Arizona, y, a pesar de que no conozco el desierto, imagino que visitar Sasabe, Arivaca y Nogales no es como ir a Disneylandia.

Nuestra primera parada es el Sahuaro National Park, un estrecho desértico que es el hábitat natural de los Sahuaros: gigantescos cactos, de anchos troncos y figuras extrañamente antropomórficas. Muchos de ellos parecen hombres con las manos arriba, justo antes de ser arrestados, y sus colosales figuras son lo único que sobresale entre la vegetación rastrera que circunda Tucson. El resto de la flora está compuesto por plantas marchitas, arbustos amarillentos y chollas: una especie de cacto malévolo cuyo único propósito en la vida parece ser el cubrir su redondo cuerpecillo con espinas que, como me explica Luis, imitan la forma de una flecha.

Una vez que perforan la piel son casi imposibles de extirpar. El desierto está lleno de ellas. El desierto es una fortaleza viviente.

Manejamos rumbo a Sasabe, un puesto fronterizo, para que conozca el muro que separa a México de Estados Unidos. El camino nos toma poco más de dos horas, en gran medida porque repetidamente pido a mis anfitriones que se detengan para tomar fotos. En las curvas antes de llegar a Sasabe vemos una decena de tarántulas cruzar el desierto; toda la carretera está cercada por hilos metálicos; a veces pasan diez minutos antes de que nos rebase otro automóvil; lo único que decora el acotamiento son señalizaciones anunciando diversos checkpoints de las patrullas fronterizas.

Border Patrol. Checkpoint. 50 miles.

Quizás porque mi único referente del desierto proviene de los westerns de Clint Eastwood, imaginaba a Sasabe como un dinámico pueblo vaquero, el punto de encuentro predilecto entre comerciantes gringos e indocumentados, un lugar de cantinas, diners y canchas de futbol americano. La realidad es otra. Frente a Sasabe, Tres Marías podría ser considerada una metrópoli. Un desvencijado camión escolar, sin llantas, asomándose detrás de la reja de un deshuesadero nos da la bienvenida, seguido por un pastor viejo, con sombrero de paja, que arrea a unas cuantas vacas aletargadas. Un anciano dormita sobre una silla delante de una oficina de correos, el único negocio del lugar. Si hay gente viviendo en Sasabe, sus casas están bajo tierra.

Seidy estaciona la camioneta y Luis y yo nos bajamos para caminar rumbo a la frontera y la estación policiaca que la vigila desde un promontorio. La única construcción nueva dentro del poblado de Sásabe es, por supuesto, la caseta que interrumpe el muro fronterizo, una especie de techo triangular, muy al estilo del viejo oeste, debajo del cual no pasa ni un solo coche, ni mucho menos un solo peatón, y basta con acercarse a la muralla para entender por qué. No hay nada alrededor de Sasabe, ni del lado mexicano o el estadunidense. Me asomo a través de los tubos de metal herrumbroso que componen el muro y no veo nada que no sea esa vegetación a ras de piso que también cubre el desierto norteamericano. Las únicas señales de vida las emiten las vacas que mastican ramas, sus crías que no se separan de sus ubres y los dos policías rubios que de vez en cuando nos observan con un rifle entre manos desde la pluma que permite o impide la entrada de nadie.

La relativa planicie del desierto me ayuda a constatar que el muro es aparentemente infinito. No lo pierdo de vista porque su construcción cese sino porque mi miopía me impide verlo a lo lejos. Estamos a finales de octubre, a un mes del invierno y el calor en la frontera roza los 33 grados. Luis me asegura que de haber venido en julio, ya habríamos huido de vuelta a la camioneta. “¿Cuánto calor hace en verano?” Le pregunto.

“Cuarenta y tantos grados,” me responde, dándome la espalda, con la vista fija en las tres o cuatro casas que componen el pueblo de Sasabe.

Nuestra siguiente parada es Arivaca. Vamos a ese pequeño poblado porque queda de camino entre Sasabe y la carretera interestatal que une a Tucson con Nogales, esa ciudad partida en dos, con una mitad en Estados Unidos y otra en México. El desierto comienza a mutar rumbo a Arivaca. Aquí y allá brotan oasis de verdor, frondosos árboles alrededor de riachuelos milagrosos, pero no son más que breves paréntesis entre la monotonía agreste del desierto de Arizona. Transcurre una hora para que volvamos a ver una sola casa, y cuando finalmente la vemos un letrero nos avisa que estamos en Arivaca, un pueblo que, si acaso, tiene el doble de habitantes que Sasabe. Hay una gasolinera y un supermercado bien surtido en el que compro una bolsa de duraznos, frente a la mirada atónita de la cajera, que no puede creer que está parada frente a un turista. “What are you doing here?”, me pregunta, sonriendo, y ni siquiera pienso en explicarle.

“Just visiting.”

Arriba de la camioneta, y batallando contra una mano empapada del jugo pringoso de dos duraznos, por primera vez veo a la border patrol en acción. En un meandro de la carretera vemos a una hilera de migrantes –niños, niñas, mujeres, un solo hombre al que el sombrero le cubre la mitad del rostro- sentados de espaldas al desierto, mirando al suelo, con las manos esposadas detrás de la espalda, vigilados por un policía que se pasea frente a ellos, con la puerta de su camión fronteriza abierta, lista para engullirlos y escupirlos de vuelta a México.

Llegamos a Nogales al filo de las seis de la tarde, justo antes de que anochezca, después de comer en un restaurante digno de una cinta de ciencia ficción, en el que la entrada que nos dio la bienvenida era un gigantesco cráneo de buey, con un letrero amarillo que anunciaba un partido de la NFL. Afuera había una pickup, una camioneta Chevrolet de los ochenta y una harley davidson con las llantas ponchadas.

Si el restaurante con entrada craneal parecía diseñado por H.R. Giger, Nogales parece extraída de una novela de Phillip K. Dick. La división entre ambos lados es evidente. Mientras que el estadunidense de Nogales goza de cierto orden, con Burger Kings y Wal Marts y casas de cambio en cada esquina, la ciudad mexicana parece querer brincarse la frontera. La muralla que divide ambas secciones está limpia de casas en una mitad y en la otra está repleta de ellas, bordeando el muro, con todas las ventanas viendo hacia el norte. La primera impresión que tengo es que ambas Nogales son ciudades embrocadas, cuyos contenidos fluyen hacia adentro y hacia afuera de México y Estados Unidos (este vaivén humano es también evidente).

Estacionamos la camioneta afuera de un restaurante de comida rápida y, con pasaporte en mano, caminamos rumbo a la frontera. Como era de esperarse, salir de México no presenta mayor problema. Pasamos debajo de la gris estructura que controla el flujo de vehículos e individuos entre los dos países y en menos de cinco minutos estamos en México. ¿Quiere Taxi, caballero?, ¿quiere taxi? Una hilera de automóviles, que se pierde detrás de los adocenados edificios de Nogales, espera entrar de vuelta al norte. Uno, dos, tres consultorios dentales salpican la primera cuadra que vemos, ofreciendo todos sus servicios en inglés.

“Antes los gringos se cruzaban la frontera para recibir tratamiento porque es mucho más barato acá que allá”, me dice Luis, mientras zigzagueamos alrededor de la gente en busca de un taxi que nos lleve a ver las pinturas que los indocumentados han dibujado sobre el muro fronterizo. No hay un rincón en el que no se escuchen los lamentos de algún cantante norteño con el corazón abollado. Se acaban los MacDonalds y empiezan los Elektras, los lugares para tramitar visas (rapidito, barato, en menos de un mes) y los talleres que legalizan coches comprados del otro lado de la frontera. Aquí y allá, Luis me señala autobuses encargados de llevar y traer de vuelta a mexicanos que quieren hacer sus compras al Wal-Mart de Arizona.

El taxi cobra cincuenta pesos por recorrer la frontera de Nogales. Es de noche y, apenas salimos de las calles y negocios que colindan con la entrada a Estados Unidos, la ciudad adopta un carácter opaco y ominoso. Las banquetas se vacían de gente, se atenúa la luz de los postes y desaparece la música ranchera. Quizás estoy mal, quizás solo soy un chilango fuera de su elemento, pero me siento vulnerable; tengo miedo. El taxista se estaciona frente al muro y Luis y yo caminamos rumbo a él, con cámara en mano, listos para documentar los grafitis que ahí han dibujado. Lotería, dice el primer grafiti, y debajo de la palabra hay un rectángulo, dividido en nueve espacios, como el famoso juego de mesa mexicano, solo que en este tablero no hay yoyos, trompos, mariachis o sandías sino coyotes, maquilas, muerte y un mapa de México lleno de pisadas negras, todas ellas apuntando al norte. Una virgen de Guadalupe, con el lema “viajeros” como un halo sobre su cabeza, cuida a aquellos que quieren cruzar la frontera. A lo lejos, dos niños –como espectros ambarinos en medio de la oscuridad de Nogales- patean una pelota por la calle yerma, y sus alaridos son lo único que perfora el silencio de nuestra visita.

Regresamos al taxi y nuestro taxista ofrece acercarnos a los túneles a través de los cuales se entra de manera ilegal a Estados Unidos. Nos alejamos del muro y sus tétricos grafitis, en dirección al oeste de Nogales. A diferencia de Sasabe, aquí la frontera está dividida no por tubos de metal sino por una altísima lámina, coronada por alambres de púas. “A veces jugábamos volibol con los que estaban del otro lado”, nos dice el taxista, lamentando la inclusión de este nuevo elemento punzocortante. Un par de camionetas de la border patrol, con sus luces de alta encendidas, nos observan desde lo más alto de un monte del lado norteamericano.

Un grupo de jóvenes (“cholos”, les dice el taxista) están sentados sobre una piedra, en uno de los barrios bajos de Nogales a los que entramos; todos, como las ventanas de sus casas, viendo hacia Arizona. Todos menos una chica, de jeans y top blanco, que no suelta a su novio.

“Se van a cruzar,” nos dice el taxista, e ignoro si está diciendo la verdad o si solo pretende darnos lo que piensa que buscamos: un vistazo, turístico y lejano, a la realidad de los indocumentados.

Damos vuelta en “u”. Afuera, la calle huele a gasolina, a las balatas del taxi y a ese olor punzante, nauseabundo, de la grasa quemándose sobre los sartenes de todos los puestos de comida que invaden las banquetas y las esquinas de Nogales.

Entrar de regreso nos toma treinta minutos. En ese tiempo, la fila de automóviles apenas si se mueve. De regreso a Tucson pasamos tres checkpoints fronterizos. En todos ellos inspeccionan nuestra camioneta. En todos nos piden el pasaporte.

*-*

“Writers for Justice on the Border,” dice el panfleto que me dan a la mañana siguiente, mientras camino por el campus de la universidad. Sponsored by: Sonora review, No more deaths and The Poetry Center. Una lectura de obras y poesía alrededor de la problemática migrante.

Atrás del panfleto, un texto que traduzco:

“¿Por qué escribimos en Arizona? La pregunta es más importante de lo que parece. Las pistolas vienen de nuestro lado, el dinero que paga a los cárteles es nuestro y cada vez deportamos más y más mexicoamericanos. Los tratados de libre comercio binacionales siguen diezmando las oportunidades de trabajadores mexicanos y cada vez más ninis (los que ni trabajan ni estudian) son reclutados por el narcotráfico. Hay un cuarto de millón de jóvenes sin trabajo en Ciudad Juárez. Nuestras manos no están limpias; nuestros corazones políticos no son impolutos”.

Es la primera muestra que veo, desde mi llegada, de un grupo de norteamericanos queriendo hablar, explicar o entender el dilema de la frontera, así que, sin dudarlo un instante, le mando un mensaje a Luis y le pregunto si podría llevarme a escuchar la lectura esa misma noche.

La cita es dentro del campus, en un salón con paredes de cristal y capacidad para no más de cincuenta personas. El lugar está lleno. Luis y yo llegamos veinte minutos tarde y, por lo tanto, nos tenemos que sentar hasta atrás. El acto gravita en torno a la lectura de un estudiante de Creative Writing , quien lee avances de su primera novela, sobre migrantes. Aunque elegante y evocativa, su prosa está llena de repeticiones, como si cada párrafo fuera una espiral cuyo ritmo depende del uso de las mismas oraciones y palabras, similar al estilo de David Peace, cuya novela sobre el Tokio de posguerra, Tokyo Year Zero, está de moda. No ayuda que, al igual que Peace, su narrativa fluctúa entre dos idiomas: quizás un norteamericano no tenga problema, pero para un mexicano escuchar a un escritor gringo decir “Tihuana” cuarenta veces es risible.

El joven escritor habla de Antonio, que vivía en “La Neza”, que mataba perros para hacer “tambores”, que fue mula para el narcotráfico, que se fue a vivir a “Tihuana”, al que expulsaron diez veces de “el gabachou”.

“Failure of language and empathy,” dice el joven, rubio, de barba cobriza, mientras nos observa. “The wall is a failure of language and empathy.”

Al final de la lectura me acerco para platicar en espanglish. “Vente a los shelters de Nogales,” me dice. Ahí ha estado trabajando, por casi un año, con todos los migrantes a los que el gobierno norteamericano deporta y que se quedan varados en Nogales, sin dinero para regresar a Guatemala, Honduras o el sur de México.

Esa misma noche, Luis me presenta a Ricardo Castro Salazar, su maestro, quien ha trabajado de cerca con decenas de jóvenes indocumentados. Ricardo agradece que haya venido a Arizona para escribir sobre el tema y asegura que mañana me presentará a la más brillante de todas sus alumnas, una chica sin papeles, para que la entreviste.

*-*

A la mañana siguiente salgo corriendo rumbo al centro de Tucson para presenciar el famoso Streamline Procedure del que me habló Violeta. Desgraciadamente llego tarde. Me avisan que la corte despachó a los inmigrantes rapidito y que, si quiero, puedo volver mañana o pasadomañana o en tres días, al fin que este asunto ocurre cinco días por semana. Me quedo en el centro de Tucson: los hombres esperando un autobús en la estación, tatuados de los brazos al rostro; negros en camisetas sin mangas, sus esposas cargando a sus hijos recién nacidos; una mujer con la leyenda “I went to jail” tatuada debajo de la nuca; un chico que me pide un cigarro y, tras recibirlo y encenderlo, me ve a los ojos y me espeta (como si la decisión final dependiera de mi voto): “Hey, bro! Legalize marihuana!”

En el centro de atención a migrantes hay unos panfletos con información relevante. En una hoja sobre un corcho, sujeta con una tachuela, aparece la foto de una mujer con camisa a cuadros, abrazando a su hija, quien viste una camiseta de Mickey Mouse:

¡Asistan a la conferencia de prensa y mitín comunitaria en apoyo a Araceli!

                Llame a Janet Napolitano, Directora del Departamento de Homeland Security (DHS), encargada de cancelar las deportaciones y dígale:

                “No deporte a Araceli, no separe a esta madre de su hija, de su familia, de su comunidad: son importante parte de nosotros, de nuestro pueblo de Tucson”.

                Arriba una dirección y la fecha en la que se llevará a cabo una conferencia de prensa, dentro de la Iglesia del Sagrado Corazón, para impedir que Araceli, nacida en México pero criada en Tucson desde niña, sea deportada. Es mañana, a las doce del día. Pido permiso para llevarme la hoja y salgo del centro de atención, rumbo al hotel.

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Lo diré rápido para no agarrar en curva a ningún lector: no recuerdo la última vez que me aburrí más en un cine que hace unos días, viendo The Dark Knight Rises. Desde 1994, cuando fui el único pelado en el planeta que pensó que Forrest Gump debía ganarle el óscar a Pulp Fiction, mis gustos jamás habían estado tan lejos de la mayoría. Vaya, basta con visitar Metacritic, esa confiable recopilación de las críticas favorables y adversas que acumula una película, para ver que la última magna obra de Christopher Nolan es más universalmente adorada que el sexo o el chocolate. Tal brecha entre mi gusto y el del resto del mundo me ha puesto a reflexionar en los últimos días. ¿Estoy mal?, ¿será The Dark Knight Rises “la mejor película de superhéroes jamás filmada”™? Tras mucha deliberación concluí que la cinta es insalvable. Y a continuación van mis motivos.

Primero que nada, para que ningún #Nolanzombie me quiera echar en cara que traigo algo en contra del creador que perpetró TDKR, ahí va un disclaimer: soy fan de Memento, me divertí como oso en Inception y, a fe mía, The Dark Knight es El Padrino del género de superhéroes. Ambiciosa, coherente, bien armada y, sobre todo, con un mensaje ultra pertinente para nuestros tiempos, la segunda en la reciente trilogía del hombre murciélago es una cinta francamente admirable: una meditación sobre la deshumanización del bien a manos del mal anárquico, comandada por la soberbia actuación de Heath Ledger como The Joker. Ahora, algunos dirán que yo esperaba demasiado de The Dark Knight Rises; que quería que superara a su predecesora. Error. Cuando salí de ver The Dark Knight supe que Nolan había puesto la vara demasiado alto. Esa primera secuela se veía como una culminación; como la obra de un hombre que ha vertido todo lo que piensa y siente sobre un personaje en la pantalla. Si acaso, me preparé para que TDKR me sorprendiera. Y me bastaron veinte minutos para saber que no sucedería.

¿Qué defienden sus seguidores? Hay quienes la tildan de espectacular, argumentando que es cine palomero y que, como tal, entretiene y asombra. Pero afirmar lo anterior no solo es restarle crédito a Nolan: es no entenderlo. El tipo tomó las riendas de Batman con una sola misión: usar a la figura del hombre murciélago no para la caricatura sino para dar un mensaje, para hablar de “los tiempos que vivimos”™. En The Dark Knight lo hizo de forma admirable. No así en la tercera entrega. Ninguna cinta que dure casi tres horas tiene como objetivo único entretener. TDKR es una película que intenta decir no una: muchísimas cosas. ¿Funciona como película?, ¿se sostiene como reflejo de nuestros tiempos?, ¿su mensaje es claro como el de The Dark Knight? Vamos uno por uno.

No soy ningún purista del séptimo arte. Me importa poco que haya uno que otro hueco en el guión si al final la película conmueve. A veces soy capaz de adorar una historia aún a sabiendas de que está contada con brocha gorda (*coff coff King Kong de Peter Jackson*). Pero The Dark Knight Rises es la obra de un guionista tan acostumbrado a que sus películas recauden billones de dólares que simplemente tiró la coherencia y las leyes de la causalidad por la ventana. Cuenten cuántas veces los personajes simplemente se topan con la información necesaria para que la cinta avance. Imagino los diálogos entre los hermanos Nolan:

“Güey, necesitamos que el personaje de Gordon Levitt se tope con Gatúbela. ¿Qué sugieres?”

“Que la vea entrando a un aeropuerto”.

“¿Y por qué anda él en un aeropuerto”.

“Porque sí”.

La misma lógica –llamémosle “la porquesionomía nolaniana”- aqueja a TODA la película. ¿Por qué Bruce Wayne confía en la bondad de Gatúbela? Porque sí. ¿Por qué Gordon trae cargando su speech -de quince páginas, que Bane lee en dos minutos- días después de la reunión en la mansión Wayne? Ibid. ¿Por qué tenemos que seguir a Gordon Levitt por una hora de la película si lo único que importa es que se va a convertir en Robin? Ibid. ¿Por qué Gordon Levitt de repente regaña a Gordon al enterarse del final de The Dark Knight? Ibidem. ¿Cómo diablos le hace Batman para sobrevivir una explosión atómica? Sepa Dios. ¿Cómo curas un disco de la espalda salido con un rodillazo? Pus así nomás. ¿Cómo le hace Wayne para regresar a Gotham si ya no tiene un quinto? Oops.

Pero dejemos los doscientos millones de huecos de lado. ¿Existe una película con más diálogos explicativos en la historia del cine? No hay un solo parlamento que no esté ahí para exponer o justificar la trama. Los cabos sueltos de Nolan son una madeja tan enredada que necesita que todos sus –trillones- de personajes hablen y se expliquen todo el tiempo, namás para que entendamos el rebuscadísimo accionar y propósito del reactor nuclear, la prisión tipo cubeta, el tanque que por algún pinche motivo pasea a la bomba atómica por ciudad Gótica, la corte tipo Bugs Bunny que preside el Espantapájaros y, entre otras muchas cosas, el pasado de Bane, que resulta ser el pasado de Miranda, que no era un niño sino una niña que se llamaba como la protagonista de María Mercedes.

Pero dejemos los diálogos. ¿Hay algún actor que se salve en esta película? Los personajes van y vienen, tan o más desechables que los cartuchos que disparan las metralletas del ejército de Bane, y las actuaciones que brevemente los habitaron se esfuman. Gordon Levitt es todo impostura chafa, más preocupado por dar el mejor perfil a la cámara que por enunciar de manera verosímil; Christian Bale encarna y después olvida a Bruce Wayne –un play doh de personaje-, mientras insiste en hablar como Batman como un paciente con cáncer en la laringe; Michael Caine interpreta a Alfred como si antes de entrar a escena acabara de perfumarse la cara con gas lacrimógeno; Tom Hardy hace lo que puede detrás de un bozal diseñado por H.R. Giger y uno de los acentos más ridículos en la historia del séptimo arte. Solo Anne Hathaway brilla, pero namás porque parece estar en el set de otra película, en la que el humor y la calidez son bienvenidos.

Ahora el mensaje. ¿A alguien le queda claro qué diablos quiere decir Nolan con esta película? TDKR tiene ataques (u homenajes) velados a famosas insurrecciones, golpes de estado y movimientos como Occupy Wall Street. Pero, después de la ristra de discursos rimbombantes y solemnoides, ¿qué queda?, ¿cuál es la posición –el mensaje- de la película? No tengo duda de que tiene uno: ahí están los monólogos de Bane, los lamentos a la figura de Harvey Dent, la (inasible) robustez moral de Gordon Levitt, las parábolas, las alegorías y, al final, hasta las estatuas. Pero, ¿qué dice?, ¿Que todos podemos encarnar la justicia?, ¿Que no hace falta ser millonario para ser Batman?, ¿Que hay que sacrificarte para después ir a echarte un traguito a Florencia?, ¿Que lo importante es ser noble sin que nadie sepa que lo fuiste (lo cual no es cierto, ya que Batman se encarga de decirle a Gordon que Batman es Bruce Wayne: so much for moral stature)?, ¿Que el orden siempre le gana a la anarquía?, ¿Que no hay que confiar en las actrices francesas?, ¿Que para salir de una prisión en forma de pepcilindro hay que hacerlo sin amarrarte a la cuerda?

¿Qué? De veras, ¿qué?

En las últimas semanas, y a través de tuiter, hice algo que no acostumbro en redes sociales: di mi opinión sobre el clima político del país. Primero dije por quién votaría. Expliqué que mi voto iría para Josefina porque me negaba a votar por un partido que incluya a esa rémora de porquería que es el Verde y porque me negaba a votar por el PRD mientras insistiera en poner a AMLO en la boleta. Al advertir que votaría por Mancera, recibí una sola queja, no agresiva ni malintencionada, en la que una chica panista me pedía que viera las cifras de narcomenudeo, en aparente ascenso en el D.F. durante los años del PRD, y recapacitara. Pero al ver que votaría por Josefina, recibí al menos cinco comentarios, muy amargos, de lopezobradoristas, quienes me tildaron de inconsciente, retrógrada e ignorante.

Hice caso omiso y, días después de la elección, y al prever que AMLO impugnaría las elecciones, me burlé de cómo el tabasqueño ha hecho hincapié en que él siempre tiene “sus propios datos” para refutar los datos del resto del planeta. Esta vez, el repudio no se hizo esperar. De ese momento hasta el instante en el que decidí dejar de tuitear sobre política, recibí mentadas de madre y comentarios antisemitas a granel: me llamaron hijo de papi, miembro de la cúpula del poder, junior privilegiado, inconsciente, ignorante, pendejo, y demás linduras. A los insultos respondí con insultos, hasta que me sentí culpable por agredir a través de las redes. Entonces decidí debatir con los lopezobradoristas fanáticos.

Algunos usuarios me pidieron, en aparente buena gana, que fundamentara mis críticas. Y eso hice. En todos esos “debates”, me enfrenté con los mismos obstáculos. Al fundamentar mi antipatía por Obrador, sus seguidores me tildaron de “Televiso”. Cuando dije que jamás he cobrado un centavo en Televisa, salvo por 10 artículos que escribí para la revista Conozca Más a mis 21 años, entonces me llamaron “hijo de papi”. Cuando les expliqué que, además de trabajar en Letras Libres, colaboro o trabajo en otros siete lugares, argumentaron que eso no quitaba mi amistad con los influyentes. Cuando respondí que ninguno de mis amigos cercanos son influyentes –y que no tengo un solo amigo que sea intelectual, político o escritor-, entonces dijeron que mi posición económica me incapacitaba para entender la realidad del país. Cuando les dije que ese es un argumento clasista y me salí del debate, comenzaron las agresiones.

El modus operandi de los fanáticos en redes sociales me parece evidente. Descalifican, y cuando les muestras, de buena fe, que sus descalificaciones no tienen fundamento, entonces agreden. O a la inversa. No he tenido un sólo intercambio con ellos  que no empiece o culmine con un insulto. Recuerdo, por ejemplo, a un tipo que tildó a mi novia de golfa hace un mes (y luego borró el insulto de su timeline). Cuando entré a “encararlo”, en vez de pedir una disculpa, el usuario me llamó mafioso, montonero y capitalista (la agresión de moda entre los tolerantes de la izquierda mexicana). Jamás se retractó. En un ambiente político crispado, lo que menos necesitamos es fomentar una atmósfera de odio, pero eso es lo que ellos suscitan. Y la prueba de su fanatismo está, precisamente, en que le rinden culto a una persona en específico.

Poco importa si voté por Mancera o si he apoyado a Ebrard. En cuanto hablo mal de AMLO, sus seguidores brincan y me llaman vendido, pro EPN, pro PRIAN. Les tiene sin cuidado responder cuando le les pido pruebas de que soy un “vendido” (al margen: ¿para qué me pagaría el PRI a mí por tuitear a su favor?), ni cuando hago hincapié en las veces que critiqué a Peña Nieto y, por supuesto, al artículo crítico que escribí sobre Vázquez Mota, en una entrevista que salió en Rolling  Stone. Al parecer, mi apellido me inscribe en una categoría que oxida cualquiera de mis juicios. De tal suerte, para estos fanáticos las críticas válidas solo pueden venir desde el obradorismo. Lo demás es propaganda, textos o tuits comprados, obra de mafiosos, televisos, ignorantes o idiotas. ¿Cómo avanzar si la crítica es descalificada a priori, solo por ver de quién viene?

La realidad es que lo último que les importa es debatir. No puedo contar cuántas veces le han pedido a mi hermano que critique de manera pareja a EPN y a AMLO, mientras que ellos, poseedores de la verdad absoluta (y de “sus propios datos”), son incapaces de tuitear un solo juicio autocrítico con respecto a Obrador. Exigen imparcialidad desde la parcialidad más absoluta.  Sugiero que sean ellos quienes empiecen por ver con objetividad a su candidato, sin ungirlo religiosamente. Pero sé que pierdo mi tiempo. Pedirle imparcialidad a un fanático es pedirle peras al olmo.

Y luego viene el antisemitismo: siempre proveniente de la fanaticada obradorista, cada vez más agresivo, cada vez más recurrente. Azuzado por sus propias huestes, los fanáticos hacen uso de la religión para (¿qué más?) descalificar a priori. De sus obsesiones insultantes coprófagas (a los fanáticos antijudíos les obsesiona la caca), donde abundan términos como “judío de mierda”, se desprende otra de sus muchas constantes: la teoría conspiratoria. (Mi padre es un sionista, al servicio de Israel, y por eso no hay que hacerle caso). Eso, por no hablar de teorías conspiratorias más recurrentes (que nunca comprueban, y al no comprobarlas, agreden): cuentas falsas en tuiter, narcolavado, alineamiento con ciertos partidos, tuits vendidos.

Los fanáticos obradoristas son la prueba andante de por qué no voté, ni votaré, por AMLO. En el país que él ha creado, toda descalificación vale, sin necesidad de mayores pruebas. Se pone en entredicho el trabajo de miles de mexicanos, de todas nuestras instituciones, por irregularidades que, aunque asquerosas, no son suficientes para tachar a una elección entera, en la que votaron 50 millones de mexicanos, de deshonesta. Y lo que el líder hace, sus súbditos repiten. Y así, bajo la misma óptica, yo soy un niñito privilegiado, que no conoce a su país, ignorante, vendido, Peñanietista, consorte de la cúpula del poder. Poco importa si pruebo lo contrario. Los fanáticos no buscan pruebas. Desde su miopía moral, desde su ira paleolítica, desde su autismo, buscan descalificar, insultar y manchar. Y es una pena que, en un país tan herido, con una democracia tan frágil, aún haya quien prefiera agredir que debatir, escupir que conciliar.

La siguiente entrevista salió en el número de abril de la revista Rolling Stone:  

 

              “Intentar conocer a un político en campaña a través de una entrevista es cómo buscar detalles de la vida personal de un actor mientras actúa en un escenario”.

 

                Esto es lo primero que escucho, de boca de un amigo, después de que Rolling Stone me pide que entreviste a Josefina Vázquez Mota. Y es lo primero que me viene a la mente –como advertencia, como presagio- cuando me sacudo la lluvia y, vestido como si fuera a la boda de mi hermano, entro al hotel Marriott y me enfilo al Club de Industriales  para entrevistar a la primera candidata mujer con posibilidades de ganar una elección presidencial en México.

 

                 Han sido días ocupados para Josefina Vázquez Mota. Un día antes de la entrevista, en la mañana del domingo, acudió a su toma de protesta en el “Estadio azul”. Las redes sociales llamaron “acarreados” a los pocos que se dieron cita en el lugar. Hoy está aquí, en el Club de Industriales, a punto de finalizar una charla que (por el número de invitados que arrojan vistazos furtivos al reloj de sus celulares) parece haber comenzado hace más de una hora . Diversos empresarios toman la palabra cuando la candidata termina de hablar. Se ponen de pie y sueltan híbridos de opiniones y preguntas: 90% de lo primero, 10% de lo segundo.  Más que interesarles lo que Vázquez Mota pueda responder, les importa hacerse notar y expresar su punto de vista de la manera más rebuscada. Ahí se nota el “callo” de la candidata. Responde a preguntas que no tienen ni pies ni cabeza con una retórica que no parece ensayada sino fresca, como si fuéramos los primeros en escuchar sus proyectos. Sus respuestas revelan a una experta en orientar cuestionamientos enmarañados hacia las ideas que a ella le interesa poner sobre la mesa. Una pregunta –casi en Arameo de tan confusa- sobre su paso por la Sedesol, la lleva a hablar sobre asuntos de seguridad nacional; otra –más larga que la Cuaresma- culmina con el lema que, tanto en Twitter como en mi entrevista, la candidata ha adoptado para hoy: “por un México de ciudadanos con poder y libertades, sin prebendas ni privilegios”.

 

                No es la primera vez que escucharé esto de “sin prebendas ni privilegios”.

 

                Más que entusiasmarme, me preocupa la habilidad de Vázquez Mota para redirigir cualquier conversación hacia sus temas. Me parece una evasión. Tomo asiento en un sillón de piel en una esquina recóndita del salón y saco la hoja en la que apunté las preguntas, revisándolas minuciosamente en busca de alguna señal de alerta, algún meandro por el cual se me pudiera escabullir la entrevistada y, con ella, los escasos cuarenta minutos que tengo para entrevistarla. Finalmente concluye la plática, me pongo de pie y sigo las instrucciones de un “elemento” del equipo de Vázquez Mota.

 

                “Ahí sube las escaleras y en uno de esos cuartos espérate”.

 

                “¿En cuál de todos?”, pregunto, y el hombre se encoge de hombros mientras sus pulgares juguetean con su blackberry.

 

                “No sé, no sé. Pero es allá arriba”.

 

                Las escaleras llevan a la intersección entre dos pasillos. En cada uno de ellos hay, al menos, cinco salones. Decido abrir cada puerta en busca de mi fotógrafo, al que jamás he visto. Finalmente lo encuentro en el penúltimo salón: un rectángulo angosto, dominado por una mesa de madera oscura y seis lugares que nadie usará, a pesar de que el fotógrafo cree posible que nos inviten a cenar después de la entrevista. Al fondo hay un sillón y dos mesitas. El fotógrafo me pide que me ponga de pie y dos hombres –el de la blackberry y otro, más joven y sonriente- entran al cuarto. A un paso de la puerta, Vázquez Mota abraza a una niña de diez años. Tras el instante de efusividad, la señora entra al cuarto y es recibida por el fotógrafo, con quien aparentemente ha trabajado antes. Yo la espero, sin decidir cómo acomodar los brazos, a un metro de distancia, ensayando el saludo en mi cabeza. No estoy acostumbrado a estos encuentros políticos, no han sido parte de mi vida. Elijo un “Josefina, muchísimo gusto”, mientras el hombre de la blackberry me presenta, haciendo énfasis en mi apellido. La estrategia para romper el hielo funciona: mi hermano León acaba de entrevistar a la candidata en Los Ángeles, apenas dos días antes de mi visita al Club de Industriales.

 

                Ataviada con un impecable vestido blanco que bien podría usar Michelle Obama y con brazos y piernas firmes como los de una instructora de Pilates, Vázquez Mota toma asiento a la mitad del sillón de piel, mientras yo me acomodo sobre una de las mesas. El fotógrafo distribuye luces, dispara flashes, zigzaguea entre tripiés y cables. Yo saco mi grabadora prestada, desdoblo el arrugado papel en el que anoté las preguntas y empezamos a hablar de su infancia.

 

                En el transcurso de la entrevista me daré cuenta de que Vázquez Mota tiene tres sonrisas que, entre ellas, ocupan casi toda la gama de sus gestos. Rara vez veré a sus labios esbozar algo que no forme parte de esa alegre triada. Sí, su semblante se tornará brevemente serio mientras habla de la desigualdad social en México, pero en general responderá con los labios extendidos de oreja a oreja. Tiene una sonrisa esperanzadora y reconfortante, reservada para hablar de proyectos políticos; otra, lúdica y más cálida, con la que responde preguntas sobre sus intereses personales; y la última, maternal, salpicada de nostalgia, cuando se refiere al pasado. Ésa es la sonrisa que emplea cuando habla de su infancia, de siete hermanos peleándose por escoger un programa en la única televisión de su casa; de aquellas visitas con su padre a La Alameda,  para comprar libros; de cómo heredaba los uniformes de la escuela que sus hermanas habían usado.

 

                “Ni siquiera me daba cuenta de qué tanto teníamos o no teníamos en lo material; éramos una familia muy tradicional, muy unida. Recuerdo mi niñez con una gran felicidad, con mucha paz, vacacionando en Teziutlán, Puebla, de donde son mis papás”, me dice, y ni sus ojos ni su sonrisa se inmutan frente al octavo flash de nuestro fotógrafo.

 

                Le pregunto por sus pasatiempos. Vázquez Mota no duda en mencionar la lectura. Mujercitas. Las llaves del reino. Agatha Christie. Y ya más grande y a escondidas de su padre: El Padrino.

 

                Por la velocidad con que toca el tema de los libros dudo de sus respuestas. Después de todo, México es un país que, a pesar del bajísimo nivel educativo, vive preocupado por la cantidad de libros que se compran y se leen. El país que, famosamente, hizo trizas a Enrique Peña Nieto por tardarse una eternidad en mencionar su libro predilecto en la Feria del Libro de Guadalajara. ¿Tenía Josefina la respuesta “ready made? Lo cierto es que, a pesar de la sonrisa inamovible, finalmente le creo. No necesito preguntarle el destino de Don Corleone para cerciorarme de que dice la verdad.  Así como también le creo sus gustos musicales de adolescencia y juventud. Los hermanos Carpenter, Creedence, Agustín Lara, Donna Summer.

 

“¿Y ahora?”, le pregunto.

 

                Lupita D´Alessio. Silvio Rodríguez. Joan Manuel Serrat. Pablo Milanés. Eugenia León. Joaquín Sabina.

 

                ¿Cómo no creerle? Imagino que de haber llevado a cabo una encuesta sobre los gustos musicales de Josefina Vázquez Mota, el 95% de los encuestados hubieran incluido a la trova y a la D´Alessio.

 

                De gustos personales brincamos a los recuerdos de la ciudad de México, en la que creció. Aquí, Vázquez Mota sienta las bases para desplegar su tema central: la necesidad de ampliar la libertad para el mexicano del siglo XXI. Le pregunto cómo ha cambiado México desde su infancia y, quizás porque creció en una casa con ingresos modestos, lo primero que menciona es que “ahora todas los hogares cuentan con más de un televisor”.   Pero, ¿qué era mejor antes?, insisto. Y la candidata no duda: la libertad de movimiento que gozaba cuando era niña.

 

                “Uno iba solo a la papelería a comprar las estampas del colegio; uno iba solo a comprarse sus dulces a la tiendita de la esquina. Nunca escuché a mi mamá decir ‘Cuídate’. En cambio, me decía ‘Fíjate cuando atravieses la calle’. Y mi papá me reiteraba siempre el mismo consejo: ‘Si un día te pierdes, busca a un policía, dale tu nombre, la dirección de la casa, tómalo de la mano y confía. Él te llevará a la casa de regreso’”.

 

                Más adelante, cuando le pido que enumere tres problemas concretos de México y cómo los solucionaría, Vázquez Mota regresa al tema de la libertad.

 

                “Mi causa en la vida es la libertad”, me dice, y me parece extraña la palabra viniendo de alguien que representa un partido que está en contra del aborto y en contra del matrimonio entre homosexuales.

 

                “¿Libertad en qué sentido?, ¿cómo nos hace falta a los mexicanos?”

 

“Cuando hay pobreza, no hay suficiente libertad. Cuando la ley contiene prebendas y privilegios, no hay suficiente libertad. Cuando hay impunidad, hay corrupción, no hay suficiente libertad. Cuando la economía no crece lo suficiente y alguien se tiene que ir a otro país por razones de pobreza, no hay libertad”.

 

 “¿Y qué problemas concretos ve en México?, ¿cómo los solucionaría?”, le pregunto, no enteramente satisfecho con la retórica libertaria que acabo de escuchar.

 

Vázquez Mota se acerca a la grabadora. Y por fin aterriza:

 

“En materia educativa pues hay que despolitizar la educación, hay que darle a la educación lo que es de la educación, al sindicato lo que es del sindicato y a la política lo que es de la política”. Entiendo lo que sugiere y me gusta mucho. Intercambiamos por única vez sonrisas que no forman parte de su arsenal. Y continúa:

 

 “Quiero un México sin Ladies de Polanco; no quiero un México sin cultura de la legalidad. Por lo tanto creo que es una condición inaplazable el cumplimiento de la ley. En materia de seguridad y justicia creo que ha llegado el momento de retirar el fuero a todos los políticos, sin excepción”.

 

“¿Y en cuestiones de economía?”, le pregunto, aprovechando que aborda soluciones concretas.

 

“Tengo la convicción de que hay que fortalecer el mercado interno sin menoscabo de la apertura económica. En México tenemos talento, creatividad, espíritu emprendedor. Requerimos abrir candados, permitir la competencia en sectores donde no los hay, una competencia con reglas claras, con certeza jurídica”.

 

Pienso en pedirle ejemplos, pero dudo que me los dé. Me basta saber que luchará por un mercado más competitivo y que no permitirá que los intereses de los sindicatos secuestren a la educación, que los monopolios públicos y privados sigan gozando de privilegios, o que los partidos políticos se sirvan sólo a sí mismos (suficiente hemos tenido de eso en los últimos sexenios).

 

La confianza en sus respuestas palidece cuando le pido que mencione el más grande acierto de su carrera y el mayor error.

 

“Mi gran acierto es la tenacidad. Y siempre creer que las instituciones estaban por encima de las personas. Eso me generó muchos desafíos, muchos momentos de soledad, muchas batallas difíciles, pero también la mayor de las satisfacciones que he tenido. Como acierto, siempre haber estado cerca de la gente. Nunca viví mi tarea en, en la política desde la oficina, siempre caminé México, siempre fui al encuentro de los ciudadano, siempre los sentí de carne y hueso, siempre estuve a su lado”.

 

Nos envuelve un breve silencio. Quizás Vázquez Mota se da cuenta de que le pedí que enumerara un acierto y mencionó tres, sin hablar de un solo error. Me acerco más a ella –y arqueo las cejas, en espera de que complete su respuesta.

 

“Mi error”, dice, sin fruncir el ceño, ni dar indicio de incomodidad, “ha sido de pronto ser demasiado confiada en algunas personas, o resistir de más. Ya aprendí a no resistir de más, ya aprendí a decir lo que tengo que decir como tengo que decirlo, o no agobiarme por temas que no merecen tanta preocupación”.

 

Me viene en mente la toma de protesta, con el estadio semivacío, y me pregunto si eso no la agobia. Vázquez Mota da la impresión de ser una presencia genuinamente agradable, pero no me parece una mujer que pudiese administrar sus preocupaciones. Minutos antes, al mencionar a sus cantantes favoritas, habló de “Diana” Summer, quizás confundiendo los nombres de Diana Ross y Donna Summer. Y en el momento en el que apagué la grabadora para que le tomaran algunas fotografías, Vázquez Mota se apresuró a corregir. “Es Donna. Donna Summer”, y no pude más que pensar que esa necesidad de enmendar un error tan nimio se explica por la poderosa reacción de las redes sociales ante el error de Peña Nieto. Los candidatos deben estar aterrados de equivocarse en el más mínimo detalle. Esto vuelve a quedar de manifiesto cuando, ya al final, me habla de la última película que la conmovió. Después de descansar la barbilla entre su dedo pulgar e índice por casi un minuto, la candidata levanta la mirada y me dice:

 

“Acabo de ver una película sobre la vida de Mandela, y me conmovió profundamente. Tengo una hija que fue a hacer un trabajo de misionera a Mozambique, entonces tuve oportunidad de conocer Sudáfrica. Y en una visita de Estado que estaba convocado el ex presidente Fox, él no pudo asistir, y yo fui en su representación, y ahí conocí al presidente Mandela”.

 

Mientras habla de su experiencia con Mandela, hurga en su mente por el nombre de la cinta. Por segunda vez titubea. Le cuesta trabajo explicarme por qué la conmovió, encontrar la relevancia detrás de su elección; quizás se arrepiente de no haber mencionado algo más mundano –y probablemente real- como Marley y yo o The Notebook (no sé por qué pero me imagino a un fan de Sabina llorando con ambas hasta cansarse). Esto es lo que ha creado Twitter: candidatos que tienen que cuidar cada cosa que dicen, cada uno de sus pasatiempos y gustos para no caer en las fauces de las redes sociales. Esta vez me toca a mí aliviar la tensión:

 

“La película se llama Invictus

 

“¿Ah, sí?”, me pregunta, despreocupada. “Efectivamente, la vida de Mandela. ¡Puf! Fue muy conmovedor para mí, en muchos sentidos. Y recientemente conocí también la isla donde estuvo preso, desde donde se ve en la película que contempla la libertad y que lejos de optar por el odio, opta por la paz y la reconciliación”.

 

                De nuevo la libertad como condición para la tranquilidad y la reconciliación. Queda claro: la candidata es una maestra en encauzar respuestas. ¿Qué cualidades admira en un político? Ante todo la habilidad para construir acuerdos. Con ello -creo- apunta a la posibilidad de construir un  gobierno de coalición o de Unidad nacional. El tema es importante. Pero noto también que  Mandela ha sido un pretexto para mencionar de nuevo el tema de la libertad, aunado al asunto que a todos nos preocupa: ¿cómo pacificar a México?

 

            En todo momento, Vázquez Mota es la actriz sobre el proscenio, interpretando a la candidata, y por momentos me cuesta trabajo conocer a la mujer que hay detrás (todo el propósito de esta entrevista). Pero no cabe duda: Vázquez Mota es persuasiva y, en el mar de “choros” políticos en el que nos hundimos cada proceso electoral, la más breve señal de concreción es un alivio. La candidata da respuestas concisas siempre y cuando no se le pida que pateé el pesebre y critique algo de los gobiernos del PAN a los que sirvió, como le sugiero en la última pregunta.

 

                Ahí sí se avienta un “choro” que, como las preguntas de los empresarios, no tiene ni pies ni cabeza. Dice: “conozco la economía del hogar, y también conozco la gran economía; yo estudié economía, pero también el ser mujer me permite una sensibilidad especial”, para después agregar que “no quiero ser presidenta por ser mujer. Quiero ser presidenta porque conozco los problemas y las realidades de México; porque sé que tenemos salida, porque sé de nuestro talento y de la grandeza de los mexicanos. Pero aparte de todo eso, soy mujer, y tengo fuerza y tengo valor; pero también sé lo que significa tener una familia, construir un hogar, estirar el gasto”.

 

Jamás alude a ningún episodio o política que pudiese haber sido distinta o mejor en los seis o doce años pasados. Ahí la concreción se disipa, y hasta la actriz falla.

 

                El asistente malencarado da por finalizada la entrevista y Vázquez Mota agradece mis preguntas. Tiene que irse a una cena. Me toma de los hombros y, por última vez en la noche, me sonríe de oreja a oreja. Nos damos un abrazo escueto pero apretado.

 

            Libertad, paz, seguridad, competitividad, conciliación… bonitas palabras, grandes propósitos. Josefina Vázquez Mota actúa muy bien su papel y articula su discurso. Eso es lo que se espera de una candidata a la Presidencia. Pero si llega a ganar el 1 de julio requerirá mucho más que dotes histriónicas y encanto personal. Deberá traducir las grandes palabras en realizaciones concretas, lo cual requerirá liderazgo político. Liderazgo que es visión, capacidad de maniobra, sentido de la realidad y sentido de la historia. Firmeza y flexibilidad. Esas y muchas otras son las cualidades del gran político. ¿Las tendrá? Una cosa es clara: es más fácil admirar a Mandela que emularlo de verdad.

En vida, mi perro pesaba siete kilos. Leí esta información hace días, en una mañana en la que saqué todos sus papeles de vacunación. Sus cenizas pesan apenas más que un manojo de plumas. Llegaron la semana pasada, en una pequeña caja de madera rosa. La moví de lado a lado y los contenidos eran tan escasos que se trasladaban de una esquina a otra: lo que queda de mi perro es tan poco que a duras penas ocupa su ataúd. Eso es lo que queda, y casi nada más: el cojín y la sábana azul sobre los que dormía, sus viejos escondites, y algunas canas que, días después de que muriera, aún flotaban por la sala, como hojas de diente de león.

Los seres humanos se van y dejan kilos de ropa (muchos más que siete). Se van y dejan joyas, colecciones de libros, coches y, a veces, casas. Dejan cuentas de tuiter, correos electrónicos, páginas de facebook: corolarios de identidades hechizas, rastros del disfraz. Se van y dejan un trabajo, una cama, dinero en el banco. Los perros se van y aparentemente no dejan nada. Dejan, acaso, lo que nosotros les dimos: las casitas en las que dormían, las pelotas que correteaban, los huesos que mordían. Dejan las impresiones que tomamos de ellos: sus cuerpos cachorros decoran nuestros álbumes, esperan en los vericuetos de nuestros discos duros. Dejan, quizás, recuerdos, pero mientras que una sola persona interviene en la vida de decenas de individuos, la vida de un perro es prácticamente inconsecuente salvo para aquellos que compartimos techo con él.

Mi perro llegó a mi casa dos meses después de que yo cumpliera trece años. Por lo tanto, he vivido más tiempo a su lado que sin él. Era más viejo que todas mis amistades, que casi todos mis objetos: que mi coche, mi computadora, mi teléfono y mi colección de DVD´s. Tengo recuerdos concretos suyos, muchos más de los que tengo con personas a las que conozco por casi el mismo tiempo. A pesar de que era un animalito de siete kilos, su personalidad me quedaba clara. Era un hosco irredimible, un perro de cariños muy particulares; nervioso, digno y leal. No quiso a muchas personas en su vida. Quiso a mi mamá, me quiso a mí y creo –porque se la pasaba mordiendo sus patas traseras- que quería al labrador con el que compartió un jardín por doce años. Un perro ama porque sí, y a cambio solo recibe cobijo, un plato de croquetas y agua. Te ama, quizás, porque sabe que lo escogiste, que entre todos sus hermanos lo tomaste desde adentro de una caja de cartón para llevarlo a tu casa. Por eso me senté a su lado, un día antes de que lo durmieran, y no supe qué otra cosa decirle más que gracias. Me agaché, besé la diminuta cabeza de ese anciano adolescente y le agradecí que me quisiera así a cambio de prácticamente nada. He sido mucho más atento con personas que me han querido mucho menos, así que ese gracias era, también, una disculpa por no haberlo acariciado más, por haber jugado nintendo en vez de salir al jardín a acompañarlo, por no haberlo querido a él como él me quiso a mí.

Llegó su acta de cremación y su nombre venía mal escrito. Lo tomé con filosofía. Después de todo, ¿a quién después de mí le puede importar mi perro? Y no tendría por qué ser de otra manera: él tampoco quiso a muchos más. Ese pequeño guardián que me vendieron como schnauzer a pesar de que claramente venía de la calle, fue todo mío. Fue el final de mi infancia y toda mi adolescencia. Fue mi bienvenida de la escuela, mi adiós antes de un viaje y el ruido que me arrullaba a la hora de dormir. Se fue y me dejó todo eso: un corazón hinchado de recuerdos impolutos, sin un solo agravio, sin una sola pena. Solo para mí y para los pocos que lo quisimos. Y con eso me basta.

 

Desde hace medio año, el blog de cine de Letras Libres empezó su proyecto más grande (y que más me ha gustado): visitar, por una semana al mes, una región del mundo -ciudad, país o lugar- y analizarlo a través de las películas que ahí se han filmado. A continuación van todos los links de todos los textos que hemos escrito sobre Londres, Japón, Australia, y muchos otros lugares del mundo.

LONDRES, Junio, 2011

Londres: Capital del Horror (I): Un largo ensayo que me eché sobre Londres y su tradición como escenario para historias y películas de terror.

Londres: Capital del Horror (II): Segunda parte del mismo ensayo.

Londres en 23 Videos: Recopilación hecha por mi amigo melómano, Carlos Garduño, de la capital inglesa a través de 23 videos musicales.

Londres: el fin de la ciudad: Texto de Alonso Ruvalcaba (@alonruvalcaba) sobre Londres y sus muchas destrucciones reales y cinematográficas.

El Londres de Woody Allen: Luis Reséndiz (@lapetitemachine) sobre la capital inglesa vista a través de las cintas de Woody.

El Londres de Antonioni:  Un texto similar, de Hugo Hernández, con las cintas de Antonioni como base.

CIUDAD DE MÉXICO, Julio, 2011

El Distrito Federal que no existe: Una crítica a Cilantro y Perefil, de Rafael Montero.

La ciudad de México a través del cine: Largo texto de Alonso Ruvalcaba.

Amores Perros y Los Olvidados: Una comparación de las que son, quizás, las dos mejores cintas chilangas de la historia.

Los Ladrones Viejos: El D.F. a través del gran documental de Everardo González. Escrito por Juan Patricio Riveroll (@jpriveroll).

El D.F. en José Agustín y Carlos Fuentes: Una visita a la capital a través de las dos películas que escribieron Agustín y Fuentes.

LOS ÁNGELES, Agosto, 2011

Los Ángeles según Judd Apatow: Los Ángeles en las comedias románticas recientes. Por un servidor.

Vivir y chocar en L.A.: Los Ángeles en Crash, de Paul Haggis. Por Hugo Hernández.

Los Ángeles: la ciudad de los problemas: uno de mis textos favoritos, escrito por Alonso Ruvalcaba, sobre L.A. en The Shield, en Seinfeld, en Blade Runner y demás.

Las estrellas olvidadas: Olga de la Fuente (@olgadelafuente) sobre el L.A. de las mansiones decrépitas, de Sunset Boulevard, de What Ever Happened to Baby Jane?

La capital de la pornografía: Luis Reséndiz describe al Hollywood de Wonderland y Boogie Nights.

L.A. y Hollywood en David Lynch: Pocos cineastas han visto con más originalidad a Los Ángeles que David Lynch. Eunice Hernández analiza Mulholland Drive.

JAPÓN, Septiembre, 2011

Wim Wenders y el Tokio de Ozu: Hugo Hernández habla sobre la capital de Japón a través del documental de Wenders.

Shara de Naomi Kawase: por J.P. Riveroll.

Ozu entre líneas: un análisis de Tokyo Story, la más famosa cinta de Yasujiro Ozu. Por Olga de la Fuente.

Hollywood en busca de yenes: una recopilación de Nicolás Conti (@tikinski) de los mejores comerciales japoneses estelarizados por celebridades norteamericanas.

Tokio en 13 videos: Aki Darwich-McFadden (@tokyodayori) hace una visita a Tokio a través de 13 videos musicales y artísticos.

AUSTRALIA, Octubre, 2011

El outback según Nicolas Roeg: mi reseña de Walkabout, del famoso director inglés. Una visita al outback australiano.

Tierra de Criminales: Luis Reséndiz reseña The Proposition, muy original y sórdido western australiano, escrito por Nick Cave.

Una gran película de culto australiana: María José Bello sobre la ópera prima del gran Peter Weir, director de Dead Poet´s Society, Fearless, The Truman Show y muchas otras.

Australia y The Adventures of Priscilla: un viaje por Australia con tres drag queens.

Australia y su deuda con los aborígenes: un texto que me llegó desde Melbourne, escrito por alguien que estudia precisamente eso: a Australia y su relación con los aborígenes.

ESCANDINAVIA, Diciembre 2011

Monstruos Escandinavos: reseña de Troll Hunter, por un servidor.

Vampiros Escandinavos: reseña de Let The Right One In, por un tal Luis Reséndiz.

La Isla de Ingmar Bergman: J.P. Riveroll sobre La Pasión de Ana, del gran director sueco.

El origen de Lisbeth Salander: María José Bello habla sobre las fuentes que inspiraron a Stieg Larsson para crear a la heroína más famosa del siglo XXI.

Escandinavia en la ciencia ficción: la creación del planeta ficticio de Hoth, en la mejor entrega de Star Wars.

CHICAGO, Enero 2012

Chicago: la ciudad de los ladrones: Alonso Ruvalcaba sobre Chicago y Thief de Michael Mann, un director que al parecer le llama la atención a nuestro colaborador.

Shermer, Illinois: una visita a través del suburbio que inventó John Hughes como escenario para Sixteen Candles, The Breakfast Club y Pretty in Pink, entre otras.

Gotham City en The Dark Knight: Chicago en la secuela de Batman, de Christopher Nolan.

Chicago, Ford y The Fugitive: The Windy City dentro de una de las mejores películas de acción de los noventa.

La ciudad de un asesino en serie: El Chicago de Henry: Portrait of a serial killer.

SUBURBIOS NORTEAMERICANOS, Marzo 2012

Claudicar en los suburbios: Revolutionary Road, de Sam Mendes.

Historias Violentas: El lado oscuro del suburbio gringo en The Ice Storm y A History of Violence.

Postales desde Springfield: Uno de mis textos favoritos. Guía turística para conocer el más famoso suburbio ficticio de Estados Unidos.

Los suburbios en el cine de David Lynch: Más claro que el agua.

Un alien en los suburbios: Los suburbios gringos han sido hogar de muchos alienígenas, desde E.T., hasta Super 8 y The Iron Giant.

A la orilla del río: Linda reseña de una de las más inquietantes cintas de los ochenta.

PARIS, Abril 2012

Las sombras de París: J.P. Riveroll sobre La Haine (El Odio).

Cómo vivir en París: un manual que se explica solo, con el cine como guía, escrito por Gabriel Lara Villegas.

Ratatouille: París Comestible: Alonso Ruvalcaba sobre la película de Pixar.

Tres películas de Leos Carax: Hugo Hernández escribe sobre el director de Holy Motors.

Un ícono parisino: la precoz filmografía de Louis Garrel, por Luis -el versátil- Reséndiz.

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NUEVA YORK, Mayo 2012

Nueva York en el siglo XXI: Shame, Steve McQueen y el lado oscuro de la gran manzana (por un servidor).

Once upon a time in America: Pocas películas han retratado con más agudeza un barrio neoyorquino que como lo hizo esta de Sergio Leone con el Lower East Side de principios del siglo XX.

Nueva York: Nostalgia de lo sórdido: En este largo ensayo, Alonso Ruvalcaba recorre los barrios neoyorquinos en la década de los setenta, zigzagueando entre la manera en la que fueron representados en el cine y cómo eran en la realidad.

Gremlins 2: El colapso de Nueva York: Gabriel Lara rescata el humor y la sátira mordaz, presente en la secuela de la famosa cinta de Joe Dante.

Nueva York criminal: Scorsese y Coppola son solo dos de los muchos directores que han retratado la delincuencia neoyorquina. Aquí un texto sobre ellos.

 

 

¡Ay Jobs!

¿Quién puede negar la influencia que tuvo Steve Jobs en la manera en la que trabajamos, nos comunicamos, nos entretenemos y escuchamos y compramos música? El genio detrás de Apple es, como todos saben, el inventor del Iphone, el Ipod, el Ipad, la computadora moderna, el Itunes y –creo- el mouse. Sin él, la telefonía estaría relegada a las blackberrys y los toscos celulares que la precedieron; las música seguiría sujeta a CD´s y bibliotecas piratas; y las computadoras en las que trabajamos serían armatostes obtusos y sin carisma. Por todo eso –porque, como dijo Tuiteante en tuiter, Jobs inventó aparatos que me han sido útiles- lamento su muerte. Tengo un Iphone, un Ipod (mi quinto) y trabajo en una Mac. Sin Jobs, probablemente tendría una BB, seguiría comprando discos en Mixup y mi computadora sería, ay, una Dell o una HP. Horror.

Por lo tanto, entiendo algo de la pena que embarga a los amantes de gadgets y todos los que usamos sus productos. Sin embargo, no comparto el luto desproporcionado, ni el culto a su persona. En principio, las defensas que arguyen los luctuosos gravitan en torno a los beneficios ya mencionados que Jobs nos otorgó. No obstante, basta rascar la superficie para advertir un luto extraño, y, desde mi punto de vista, inexplicable. Anclados a un discurso que Jobs dio en Stanford, valiéndose de un par de magros datos biográficos (su adopción, su despido de Apple en la década de los ochenta y su posterior y triunfal regreso), la mitad de mi TL de tuiter y de mis amigos en facebook le rinden pleitesía –como ejemplo de vida, como modelo a seguir- a un hombre, no a un empresario, que jamás dio un quinto a causas benéficas, que desconoció a un hijo suyo (¡vaya mecanismo psicológico!) y que, según personas allegadas a él, podía ser déspota y agresivo con sus subalternos. Algunas personas en mi TL inclusive se lamentan de que “Dios” se haya llevado a Jobs y no a Bill Gates. Bill Gates, un empresario decididamente menos hip, cuyo éxito meteórico se vio opacado por la indiscutible genialidad de su rival, pero que, hasta la fecha, ha donado miles de millones de dólares a causas benéficas a través de su fundación. Parece como si la norma fuera la siguiente: venerar al que nos dio algo tangible, que usamos y nos gusta usar, y desdeñar al que -independientemente de que ha ayudado a miles de personas en el planeta- no inventó la tableta en la que jugamos angry birds.

En cualquier caso, esta no es una apología de Gates, sino un somero análisis de las personas a las que nosotros, como sociedad, decidimos llorar cuando nos dejan. Nunca deja de sorprenderme la conmoción que ocasiona la muerte de celebridades como Michael Jackson mientras que la muerte de otras personas, que han dedicado su vida a servir a la humanidad (no a nuestra colección de música o a mejorar nuestros aparatos telefónicos), pasan desapercibidas. No cabe duda que el deceso de celebridades nos golpea hondo porque sentimos un lazo con ellos, porque recordamos la primera vez que escuchamos Billie Jean, la primera vez que intentamos hacer el moonwalk en el pasillo de nuestras casas o aquella noche en la que fuimos al tour de Dangerous. En el caso de Jobs, el vínculo es aún más cercano (y es muy comprensible). Sus inventos no viven en nuestra memoria, como una canción o una película, sino que viven –y despiertan con- nuestro tacto. Prácticamente todo su universo es palpable: la pantalla de mi Iphone, que responde a mis dedos deslizándose sobre ella; el teclado de mi mac en el que escribo; la rueda de mi Ipod con la que escojo canciones y videos. Nos sentimos cerca de él porque, en efecto, vivimos cerca de él: de lo que creó y ayudó a diseñar en vida: objetos hermosos, amuletos tecnológicos en los que residen más que nuestras canciones y contactos telefónicos. Jobs ideó los primeros aparatos que contienen la personalidad del usuario, aun cuando éste no lo quiera. Adentro de mi Iphone está lo que leo, juego, escribo, escucho, respondo y siento. Es, en ese sentido, un reflejo íntimo de mi persona. Y, sí, lamento la muerte del creador de ese espejo. Pero no: no creo que lloremos la pérdida de Jobs porque nos conmueva su vida. Siento decírselos, pero a la vuelta de un clic hay veinte mejores discursos que el que dio en Stanford (basta buscar el que Pamuk dio al recibir el Nóbel). Tampoco lloramos la pérdida de un gran hombre, porque, para ser francos, sabíamos muy poco de Jobs. Queremos asegurarnos de que nuestra tristeza proviene de un rincón más profundo: buscamos ungir al hombre que nos dio nuestro adorado Ipod y Iphone, hurgando en el internet por información grandilocuente, porque no nos atrevemos a aceptar que –porque somos frívolos- simplemente estamos tristes porque, en efecto, murió el inventor del Ipod y el Iphone.