Háganse un favor amables lectores y den click al siguiente link. De verdad vale la pena. Vaya, basta con decir que Sheridan resume en dos páginas lo que yo quise decir en una novela entera.
Disfruten (o no):
El artista mexicano (actorus mexiquensis santimonicus) es una especie de animal nativo, como su nombre lo indica, de México. Aunque se les ha visto en otros países del mundo, el artista mexicano radica –principalmente- en sets de cine y televisión, conciertos, la Condesa y premieres. Pero su hábitat natural está en las planas de los periódicos mexicanos. Ahí, el actor mexicano suele dar rienda suelta a su naturaleza de sabelotodo. Sabelotodo porque, en efecto, el actor mexicano no sólo es conocido por sus dotes histriónicas, sino por el hecho de que sabe –y opina- sobre materias que, uno pensaría, están lejos de su campo de conocimiento. Pero, ¿cómo saber si lo que tenemos enfrente es o no un artista mexicano?
-El artista mexicano cree que las cosas nunca han estado peor. México hoy es peor que México ayer. Y México ayer es peor que México la semana pasada.
-La visión del artista mexicano parte del silogismo de: el arte es del pueblo, yo soy artista, por ende soy del pueblo.
-El artista mexicano, por lo tanto, se inclina hacia la izquierda. Porque sólo la izquierda ve hacia el pueblo. El resto de los partidos se dedican a enriquecerse. Y para el artista mexicano los ricos son un asco.
-Los artistas mexicanos tienen, salvo contadas excepciones, dinero en el banco.
-Pero no son asquerosos. ¿Por qué? Porque no.
- A pesar de su indudable sabiduría, el artista mexicano tiende a ser predecible. Para ellos los gringos son malos, los palestinos son buenos, los judíos –israelitas, les dicen- son malvados, el gobierno actual es basura, el gobierno de antes era basura, el gobierno anterior también era basura, el apoyo al cine nacional es escaso y el escaso apoyo al cine nacional es prueba de la ceguera del gobierno. No importa si tienen o no razón: lo importante es hablar de sus convicciones y hacerlo a propósito de cualquier cosa. ¿La filmación de un comercial de Colgate? Check. ¿Una entrevista telefónica a su casa en Playa del Carmen? Check. ¿La visita de un periódico al set de su película? Check.
-Como varias especies mamíferas, el artista mexicano tiende a ser más agresivo cuando es macho que cuando es hembra. Las hembras tienden a buscar casa en Hollywood, meterse a clases para mejorar su pronunciación en inglés y, en algunos casos, salir en películas con Keanu Reeves o Jack Black.
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Ayer, yo y dos amigos subimos a la punta del Ajusco para tomar fotografías. Llevo un par de semanas llevando a cabo esa rutina. A pesar de que el D.F. es inmenso a veces siento que la ciudad misma se contrae: me harto de visitar las mismas cuadras, de comprar cigarros en las mismas farmacias, de visitar los mismos lugares. Ir al Ajusco –o al Desierto de los Leones- da la impresión de que escapar es fácil: de que hay un mundo cercano en donde no hay asfalto, donde se gana la vida de forma distinta, donde el aire huele diferente.
Nos estacionamos en la punta más alta de la carretera, en un espacio que por algún motivo está desprovisto de árboles y vegetación. Dos restaurantes –ambos anunciando que tienen conejos en el menú- decoran el paisaje gris. No hay clientes adentro, aparentemente tampoco hay cocineros. Unos cuantos perros callejeros retozan al lado de un subibaja descolorido. A lo lejos, hacia la carretera a Toluca, vemos un montículo de piedra rojiza que Peter Jackson podría haber usado como Mordor. Caminamos hacia él.
Tomamos las primeras fotografías derrapándonos sobre la superficie pedregosa de las faldas del montículo. Nuestros zapatos y calcetines se llenan de piedras; nuestras bocas se llenan de polvo. Nos damos la vuelta tras sentirnos observados. Ahí, a un metro de nosotros, con la cola entre las patas, está un perro. Quizás no parecería callejero si se hubiera alimentado correctamente, pero sus costillas prominentes lo delatan: es un animal que vive de sobras. Su mirada no parece denotar alarma o molestia; no estamos invadiendo su territorio. Tentativamente, como si quisiera cerciorarse que no lo lastimaremos, el perro se acerca a nosotros con el hocico pegado al suelo. Yo prefiero no acariciarlo porque tengo tres perros en mi casa. Mis amigos no lo dudan ni un segundo. Le abren los brazos, le rascan el lomo, le hablan con esa voz infantil que usamos para hablarle a nuestras mascotas.
Saco la cámara y decido fotografiarlo. El perro parece desconfiar de la cámara, y el clic de las fotografías lo espanta. Se aleja y regresa con un envase de frutsi viejo y vacío. Mi amigo se lo quita del hocico y el animal no opone resistencia. Yo sigo tomándole fotos, pero él sigue rehuyendo a mi cámara.
Decido subir al montículo para tomar fotografías desde arriba. La tarea resulta mucho más complicada de lo que imaginé. Lo que a la distancia parecía tener cinco metros de altura, de cerca tiene más de veinte; no hay una sola cara que se pueda escalar con facilidad, ningún camino en donde se puedan seguir pisadas. Sea lo que sea, parece que nadie ha subido aquí en un buen rato.
Dejo a mis amigos abajo y trepo, ensuciándome el rostro y raspándome las palmas de las manos en el proceso. Llego hasta arriba y les presumo la vista.
“Vénganse para arriba”, grito. Ellos se tardan en hacerme caso. Siguen jugando con el perro, arrojándole el envase de frutsi de un lado a otro del terreno.
Finalmente dejan al perro solo y suben conmigo. A pesar de que el cielo está nublado, la vista es increíble: la carretera se ve como un hilo de estambre que zigzaguea entre el verde opaco de las montañas, mi coche es apenas un destello plateado entre el polvo del terreno y del otro lado, hacia Toluca, se ve el bosque sin interrupciones, subiendo y bajando, sin indicio alguno de un ser humano. Tomamos fotografías desde diversos ángulos, cuidando no caernos (son veinte metros hacia abajo), mientras esperamos que el sol salga. De nuevo nos sentimos observados. Volteamos. El perro nos siguió hasta arriba de la montaña. No sabemos cómo subió o por qué habrá decidido seguirnos, pero ahí está. Nos sigue mientras tomamos fotos y participa en nuestro proyecto, tan manejable como un modelo al que se le ha pagado para participar. Un campesino estaciona su automóvil destartalado debajo de nosotros y el perro lo sigue con la mirada. Parece estarnos cuidando. Por primera vez desde que apareció, decido acariciarlo.
Diez minutos después, el animal vuelve a desaparecer. No lo escuchamos irse, ni vimos cómo descendió, pero suponemos que le aburrimos y decidió irse. Intentamos encontrarlo alrededor del terreno y del montículo, pero no lo vemos. Un camión de carga pasa a lo lejos.
El perro vuelve a aparecer. Camina apesadumbrado; su cola rara vez se mueve. Sus patas parecen estar ladeadas hacia adentro y cada paso delinea sus músculos correosos. Esta vez trae algo en el hocico. Es el envase de frutsi que le estábamos aventando cuando lo conocimos. Bajó por él para que pudiéramos seguir jugando.
Dan las dos de la tarde y decidimos que el sol no va a salir. Hemos tomado todas las fotografías que queremos. Nos preparamos para descender del montículo. Bajar resulta aún más complicado que subir. Nos vemos obligados a hacerlo de espaldas y a ciegas, nuestros pies tentando los recovecos entre las piedras, esperando que no se venzan con nuestro peso. El perro parece tener miedo. Intenta bajar por un lado pero se arrepiente al darse cuenta que tiene que brincar diez metros para llegar al suelo. Vuelve a subir cuando lo llamamos, y nos sigue hasta el lugar que hemos escogido. Gime al vernos descender. No entiendo cómo le hizo para subir dos veces, pero aprecio el trabajo que le debe haber costado. Y todo por su botella de frutsi.
Finalmente, al ver que el perro está temblando en el último trecho de la bajada, mi amigo se acerca a él, lo carga y lo pone en el suelo. El animal corre hacia nosotros y nos sigue rumbo a nuestro coche.
Llegamos, pero no podemos despedirnos de él (¿o será ella?). Le da vueltas al coche y se sienta, listo para brincar, cada que ponemos una mano sobre las puertas. Decidimos arrojarle una botella vacía de plástico (en el Ajusco hay basura por todos lados) y usar esa ventana de tiempo para subirnos al automóvil. El perro cae en la trampa. Corre para recoger la botella, yo enciendo el coche y acelero en reversa. Nuestro amigo nos sigue, corriendo por más de 500 metros, hasta que doy la vuelta en la carretera y desaparezco.
Menos de cien metros adelante, veo a dos perros –uno blanco y uno negro- mordisqueando el cadáver desollado de un burro. Debe haber muerto hace menos de una semana. Hay un charco de sangre fresca estancado dentro de su tórax, pero los perros parecen haberse comido todos sus órganos. Lo único que queda de su piel está en su cabeza y su cuello, aún con una soga amarilla alrededor. Tiene una rajada inmensa cerca de su lomo, como una ventana hacia su interior descompuesto. Bajamos del automóvil, esperando que nuestro perro no llegue para formar parte del festín.
Disonante.
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Me ganó la curiosidad y me metí a Twitter. A ver qué tal.
twitter.com/DKT156
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Una crónica de mi viaje por Londinium
http://www.letraslibres.com/blog/blogs/index.php?title=london_falling&more=1&c=1&tb=1&pb=1&blog=5
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Después de pasar una semana en Londres -y de leer, a fuerza, los periódicos gratuitos que te entregan en el metro- encontré dos noticias sobre México. Ahí va la primera:
STAR FALLS ILL AFTER JAB TO BOOST BOTTOM GOES BAD
Mexico: A rock star has been hospitalised after cosmetic buttock injections gave her an infection. Grammy winner Alejandra Guzmán (pictured), 41, blamed the director of the clinic, who has since been arrested after complaints from other customers. The director had no medical degree, only a high school diploma, said prosecutors.
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¿Quieren saber cuántos récords Guinness hemos logrado en los últimos años?, ¿quieren una opinión -internacional- de por qué estamos TAN obsesionados con obtenerlos? Dar click al siguiente link, de favor:
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No seremos el país más ordenado. Ni el más limpio. Ni el más sano. Ni el más seguro. No tenemos el mejor panorama para el futuro, no tenemos la historia más sencilla. No tenemos el mejor equipo de futbol, ni de basquetbol. No somos el país menos frustrante, ni el más querido. No somos buenos turistas, no somos buenos políticos, no somos buenos atletas. No tenemos una gran televisión, ni una gran industria petrolera. Es cierto. Pero si hay algo que sí somos -y estoy seguro- es esto: el país que mejor se enfiesta. Nadie como los mexicanos para el desmadre. Ningún espectador en un concierto mejor que un mexicano. ¿No me creen? Échenle un ojo a los videos en YouTube de los conciertos de Mew por el mundo y escuchen cómo la voz de Jonas Bjerre se escucha perfecta y nítida; como la gente ni siquiera se mueve. Y luego pongan el video del concierto de ayer en el Distrito Federal.
Ellos mismos lo dijeron: www.mewsite.com.
No lo digo de broma. Deberíamos de estar orgullosos de que, a pesar de no ser TODO lo que mencioné al principio, aún tenemos esa capacidad para la alegría.
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Grandes Coros: A diferencia de lo que se cree, un gran, gran coro no debe ser todopoderoso. Léase, si después de oír una canción de lo único que te acuerdas es de la parte en donde el cantante grita, las guitarras suben y la batería enloquece, es probable que dicha rola te empiece a desesperar en menos de tres días. Hay grandes coros que caen en este apartado. Mi ejemplo favorito es el de Airport Disco de Athlete (“Beautiful World, can I win you back?”). Sí, es bonito. Pero después de escucharlo diez veces me desespera. ¿Por qué? Porque ya me lo sé. Todo esto hace tan extraños a los grandes coros en el rock alternativo. Tiene que ser memorable, pero no puede opacar al resto de la melodía; tiene que ser potente, pero el ruido debe de esconder secretos: cambios entre un coro y otro, altos y bajos, diferentes entonaciones y, por supuesto, distintas maneras de llegar a él (ver: Lights and Music de Cut Copy y la manera en la que las dos veces el coro aparece con una introducción diferente). O, en su defecto, el coro debe ser tan básico –tan primitivo- que sea ineludible: el equivalente a un madrazo en la nariz (ver: Wake Up de The Arcade Fire: sublime). Otro caso de un coro que nunca cansa es Lightning Crashes de Live. Noten como la primera vez que aparece, la canción sigue constando de Ed Kowalczyk y su guitarra. Y después noten como la segunda y tercera vez que aparece, va sumando instrumentos, fuerza, casi como si el final –esa melodía maravillosa- fuera inevitable. Recientemente me ha comenzado a gustar el coro de Say Hello de Stars of Track and Field (“Say hello, volunteer”) a pesar de lo abstracto –quizás idiota- de sus letras.
Se me ocurren muy pocas canciones que junten los tres elementos. Creo que Kingdom of Rust de Doves tiene una estrofa maravillosa y un coro que es un pinche poema. Goodbye Song de Abandoned Pools de repente junta todos los elementos (depende de qué tan deprimido uno se quiera poner). Made Concrete de The Republic Tigers tiene bonita estrofa y bonito coro, pero el “Don´t believe the scientists that tell you what to think” me la arruina por completo. Split Needles de The Shins jamás revienta, pero tiene el toque mágico.

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