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En vida, mi perro pesaba siete kilos. Leí esta información hace días, en una mañana en la que saqué todos sus papeles de vacunación. Sus cenizas pesan apenas más que un manojo de plumas. Llegaron la semana pasada, en una pequeña caja de madera rosa. La moví de lado a lado y los contenidos eran tan escasos que se trasladaban de una esquina a otra: lo que queda de mi perro es tan poco que a duras penas ocupa su ataúd. Eso es lo que queda, y casi nada más: el cojín y la sábana azul sobre los que dormía, sus viejos escondites, y algunas canas que, días después de que muriera, aún flotaban por la sala, como hojas de diente de león.

Los seres humanos se van y dejan kilos de ropa (muchos más que siete). Se van y dejan joyas, colecciones de libros, coches y, a veces, casas. Dejan cuentas de tuiter, correos electrónicos, páginas de facebook: corolarios de identidades hechizas, rastros del disfraz. Se van y dejan un trabajo, una cama, dinero en el banco. Los perros se van y aparentemente no dejan nada. Dejan, acaso, lo que nosotros les dimos: las casitas en las que dormían, las pelotas que correteaban, los huesos que mordían. Dejan las impresiones que tomamos de ellos: sus cuerpos cachorros decoran nuestros álbumes, esperan en los vericuetos de nuestros discos duros. Dejan, quizás, recuerdos, pero mientras que una sola persona interviene en la vida de decenas de individuos, la vida de un perro es prácticamente inconsecuente salvo para aquellos que compartimos techo con él.

Mi perro llegó a mi casa dos meses después de que yo cumpliera trece años. Por lo tanto, he vivido más tiempo a su lado que sin él. Era más viejo que todas mis amistades, que casi todos mis objetos: que mi coche, mi computadora, mi teléfono y mi colección de DVD´s. Tengo recuerdos concretos suyos, muchos más de los que tengo con personas a las que conozco por casi el mismo tiempo. A pesar de que era un animalito de siete kilos, su personalidad me quedaba clara. Era un hosco irredimible, un perro de cariños muy particulares; nervioso, digno y leal. No quiso a muchas personas en su vida. Quiso a mi mamá, me quiso a mí y creo –porque se la pasaba mordiendo sus patas traseras- que quería al labrador con el que compartió un jardín por doce años. Un perro ama porque sí, y a cambio solo recibe cobijo, un plato de croquetas y agua. Te ama, quizás, porque sabe que lo escogiste, que entre todos sus hermanos lo tomaste desde adentro de una caja de cartón para llevarlo a tu casa. Por eso me senté a su lado, un día antes de que lo durmieran, y no supe qué otra cosa decirle más que gracias. Me agaché, besé la diminuta cabeza de ese anciano adolescente y le agradecí que me quisiera así a cambio de prácticamente nada. He sido mucho más atento con personas que me han querido mucho menos, así que ese gracias era, también, una disculpa por no haberlo acariciado más, por haber jugado nintendo en vez de salir al jardín a acompañarlo, por no haberlo querido a él como él me quiso a mí.

Llegó su acta de cremación y su nombre venía mal escrito. Lo tomé con filosofía. Después de todo, ¿a quién después de mí le puede importar mi perro? Y no tendría por qué ser de otra manera: él tampoco quiso a muchos más. Ese pequeño guardián que me vendieron como schnauzer a pesar de que claramente venía de la calle, fue todo mío. Fue el final de mi infancia y toda mi adolescencia. Fue mi bienvenida de la escuela, mi adiós antes de un viaje y el ruido que me arrullaba a la hora de dormir. Se fue y me dejó todo eso: un corazón hinchado de recuerdos impolutos, sin un solo agravio, sin una sola pena. Solo para mí y para los pocos que lo quisimos. Y con eso me basta.

 

Desde hace medio año, el blog de cine de Letras Libres empezó su proyecto más grande (y que más me ha gustado): visitar, por una semana al mes, una región del mundo -ciudad, país o lugar- y analizarlo a través de las películas que ahí se han filmado. A continuación van todos los links de todos los textos que hemos escrito sobre Londres, Japón, Australia, y muchos otros lugares del mundo.

LONDRES, Junio, 2011

Londres: Capital del Horror (I): Un largo ensayo que me eché sobre Londres y su tradición como escenario para historias y películas de terror.

Londres: Capital del Horror (II): Segunda parte del mismo ensayo.

Londres en 23 Videos: Recopilación hecha por mi amigo melómano, Carlos Garduño, de la capital inglesa a través de 23 videos musicales.

Londres: el fin de la ciudad: Texto de Alonso Ruvalcaba (@alonruvalcaba) sobre Londres y sus muchas destrucciones reales y cinematográficas.

El Londres de Woody Allen: Luis Reséndiz (@lapetitemachine) sobre la capital inglesa vista a través de las cintas de Woody.

El Londres de Antonioni:  Un texto similar, de Hugo Hernández, con las cintas de Antonioni como base.

CIUDAD DE MÉXICO, Julio, 2011

El Distrito Federal que no existe: Una crítica a Cilantro y Perefil, de Rafael Montero.

La ciudad de México a través del cine: Largo texto de Alonso Ruvalcaba.

Amores Perros y Los Olvidados: Una comparación de las que son, quizás, las dos mejores cintas chilangas de la historia.

Los Ladrones Viejos: El D.F. a través del gran documental de Everardo González. Escrito por Juan Patricio Riveroll (@jpriveroll).

El D.F. en José Agustín y Carlos Fuentes: Una visita a la capital a través de las dos películas que escribieron Agustín y Fuentes.

LOS ÁNGELES, Agosto, 2011

Los Ángeles según Judd Apatow: Los Ángeles en las comedias románticas recientes. Por un servidor.

Vivir y chocar en L.A.: Los Ángeles en Crash, de Paul Haggis. Por Hugo Hernández.

Los Ángeles: la ciudad de los problemas: uno de mis textos favoritos, escrito por Alonso Ruvalcaba, sobre L.A. en The Shield, en Seinfeld, en Blade Runner y demás.

Las estrellas olvidadas: Olga de la Fuente (@olgadelafuente) sobre el L.A. de las mansiones decrépitas, de Sunset Boulevard, de What Ever Happened to Baby Jane?

La capital de la pornografía: Luis Reséndiz describe al Hollywood de Wonderland y Boogie Nights.

L.A. y Hollywood en David Lynch: Pocos cineastas han visto con más originalidad a Los Ángeles que David Lynch. Eunice Hernández analiza Mulholland Drive.

JAPÓN, Septiembre, 2011

Wim Wenders y el Tokio de Ozu: Hugo Hernández habla sobre la capital de Japón a través del documental de Wenders.

Shara de Naomi Kawase: por J.P. Riveroll.

Ozu entre líneas: un análisis de Tokyo Story, la más famosa cinta de Yasujiro Ozu. Por Olga de la Fuente.

Hollywood en busca de yenes: una recopilación de Nicolás Conti (@tikinski) de los mejores comerciales japoneses estelarizados por celebridades norteamericanas.

Tokio en 13 videos: Aki Darwich-McFadden (@tokyodayori) hace una visita a Tokio a través de 13 videos musicales y artísticos.

AUSTRALIA, Octubre, 2011

El outback según Nicolas Roeg: mi reseña de Walkabout, del famoso director inglés. Una visita al outback australiano.

Tierra de Criminales: Luis Reséndiz reseña The Proposition, muy original y sórdido western australiano, escrito por Nick Cave.

Una gran película de culto australiana: María José Bello sobre la ópera prima del gran Peter Weir, director de Dead Poet´s Society, Fearless, The Truman Show y muchas otras.

Australia y The Adventures of Priscilla: un viaje por Australia con tres drag queens.

Australia y su deuda con los aborígenes: un texto que me llegó desde Melbourne, escrito por alguien que estudia precisamente eso: a Australia y su relación con los aborígenes.

ESCANDINAVIA, Diciembre 2011

Monstruos Escandinavos: reseña de Troll Hunter, por un servidor.

Vampiros Escandinavos: reseña de Let The Right One In, por un tal Luis Reséndiz.

La Isla de Ingmar Bergman: J.P. Riveroll sobre La Pasión de Ana, del gran director sueco.

El origen de Lisbeth Salander: María José Bello habla sobre las fuentes que inspiraron a Stieg Larsson para crear a la heroína más famosa del siglo XXI.

Escandinavia en la ciencia ficción: la creación del planeta ficticio de Hoth, en la mejor entrega de Star Wars.

CHICAGO, Enero 2012

Chicago: la ciudad de los ladrones: Alonso Ruvalcaba sobre Chicago y Thief de Michael Mann, un director que al parecer le llama la atención a nuestro colaborador.

Shermer, Illinois: una visita a través del suburbio que inventó John Hughes como escenario para Sixteen Candles, The Breakfast Club y Pretty in Pink, entre otras.

¡Ay Jobs!

¿Quién puede negar la influencia que tuvo Steve Jobs en la manera en la que trabajamos, nos comunicamos, nos entretenemos y escuchamos y compramos música? El genio detrás de Apple es, como todos saben, el inventor del Iphone, el Ipod, el Ipad, la computadora moderna, el Itunes y –creo- el mouse. Sin él, la telefonía estaría relegada a las blackberrys y los toscos celulares que la precedieron; las música seguiría sujeta a CD´s y bibliotecas piratas; y las computadoras en las que trabajamos serían armatostes obtusos y sin carisma. Por todo eso –porque, como dijo Tuiteante en tuiter, Jobs inventó aparatos que me han sido útiles- lamento su muerte. Tengo un Iphone, un Ipod (mi quinto) y trabajo en una Mac. Sin Jobs, probablemente tendría una BB, seguiría comprando discos en Mixup y mi computadora sería, ay, una Dell o una HP. Horror.

Por lo tanto, entiendo algo de la pena que embarga a los amantes de gadgets y todos los que usamos sus productos. Sin embargo, no comparto el luto desproporcionado, ni el culto a su persona. En principio, las defensas que arguyen los luctuosos gravitan en torno a los beneficios ya mencionados que Jobs nos otorgó. No obstante, basta rascar la superficie para advertir un luto extraño, y, desde mi punto de vista, inexplicable. Anclados a un discurso que Jobs dio en Stanford, valiéndose de un par de magros datos biográficos (su adopción, su despido de Apple en la década de los ochenta y su posterior y triunfal regreso), la mitad de mi TL de tuiter y de mis amigos en facebook le rinden pleitesía –como ejemplo de vida, como modelo a seguir- a un hombre, no a un empresario, que jamás dio un quinto a causas benéficas, que desconoció a un hijo suyo (¡vaya mecanismo psicológico!) y que, según personas allegadas a él, podía ser déspota y agresivo con sus subalternos. Algunas personas en mi TL inclusive se lamentan de que “Dios” se haya llevado a Jobs y no a Bill Gates. Bill Gates, un empresario decididamente menos hip, cuyo éxito meteórico se vio opacado por la indiscutible genialidad de su rival, pero que, hasta la fecha, ha donado miles de millones de dólares a causas benéficas a través de su fundación. Parece como si la norma fuera la siguiente: venerar al que nos dio algo tangible, que usamos y nos gusta usar, y desdeñar al que -independientemente de que ha ayudado a miles de personas en el planeta- no inventó la tableta en la que jugamos angry birds.

En cualquier caso, esta no es una apología de Gates, sino un somero análisis de las personas a las que nosotros, como sociedad, decidimos llorar cuando nos dejan. Nunca deja de sorprenderme la conmoción que ocasiona la muerte de celebridades como Michael Jackson mientras que la muerte de otras personas, que han dedicado su vida a servir a la humanidad (no a nuestra colección de música o a mejorar nuestros aparatos telefónicos), pasan desapercibidas. No cabe duda que el deceso de celebridades nos golpea hondo porque sentimos un lazo con ellos, porque recordamos la primera vez que escuchamos Billie Jean, la primera vez que intentamos hacer el moonwalk en el pasillo de nuestras casas o aquella noche en la que fuimos al tour de Dangerous. En el caso de Jobs, el vínculo es aún más cercano (y es muy comprensible). Sus inventos no viven en nuestra memoria, como una canción o una película, sino que viven –y despiertan con- nuestro tacto. Prácticamente todo su universo es palpable: la pantalla de mi Iphone, que responde a mis dedos deslizándose sobre ella; el teclado de mi mac en el que escribo; la rueda de mi Ipod con la que escojo canciones y videos. Nos sentimos cerca de él porque, en efecto, vivimos cerca de él: de lo que creó y ayudó a diseñar en vida: objetos hermosos, amuletos tecnológicos en los que residen más que nuestras canciones y contactos telefónicos. Jobs ideó los primeros aparatos que contienen la personalidad del usuario, aun cuando éste no lo quiera. Adentro de mi Iphone está lo que leo, juego, escribo, escucho, respondo y siento. Es, en ese sentido, un reflejo íntimo de mi persona. Y, sí, lamento la muerte del creador de ese espejo. Pero no: no creo que lloremos la pérdida de Jobs porque nos conmueva su vida. Siento decírselos, pero a la vuelta de un clic hay veinte mejores discursos que el que dio en Stanford (basta buscar el que Pamuk dio al recibir el Nóbel). Tampoco lloramos la pérdida de un gran hombre, porque, para ser francos, sabíamos muy poco de Jobs. Queremos asegurarnos de que nuestra tristeza proviene de un rincón más profundo: buscamos ungir al hombre que nos dio nuestro adorado Ipod y Iphone, hurgando en el internet por información grandilocuente, porque no nos atrevemos a aceptar que –porque somos frívolos- simplemente estamos tristes porque, en efecto, murió el inventor del Ipod y el Iphone.

Gran frase

“Isn’t this how a lot of novelists feel right now? We know from our Derrida that narrative is exhausted and character a fraud. We know that we might be “mocked” for persisting in writing realist fiction. But we keep on doing it! Because we think there is something about reality, and especially about human consciousness, that can be accurately described and that the novel is the best way to do it”.

Jeffrey Eugenides, Octubre, 2011.

Aquí el resto de la maravillosa plática.

Han pasado casi diez años desde que se estrenó la primera parte de The Lord of the Rings y hace unos meses, Peter Jackson, el famoso director neozelandés, regresó al set de la Tierra Media para dirigir las dos cintas que compondrán The Hobbit, la precuela de su trilogía. En este texto analizamos la carrera de Jackson, los temas recurrentes en su filmografía, el mensaje detrás de sus cintas y sus fallas y aciertos como director.

Steven Spielberg, Robert Zemeckis, Ron Howard, Ridley Scott: los grandes cirqueros de Hollywood, para quienes el cine significa espectáculo. A diez años de The Lord of the Rings, sería difícil encontrar a alguien que no incluyera a Peter Jackson dentro de esa lista de titanes de la taquilla. La única diferencia entre los primeros cuatro y el director neozelandés es, aparentemente, su longevidad dentro de la industria. Todos han ganado Óscares, todos han dirigido cintas multimillonarias y todos son, hasta la fecha, capaces de levantar el proyecto que quieran con solo tronar los dedos.

Hollywood es una industria sin memoria. Un nuevo actor sorprende en una cinta taquillera, su rostro comienza a salir en marquesinas y portadas de revistas, y parece como si siempre hubiera estado ahí. Lo mismo ocurre con los directores. Hablamos de Peter Jackson, y parece como si habláramos de alguien que ha estado en la cima durante décadas. Olvidamos lo insólita que resultó la noticia de su contratación para filmar la trilogía de Tolkien; olvidamos que antes de eso el neozelandés era conocido por cintas ultra-gore, un drama más bien boutique y un estrepitoso fracaso en la taquilla. El éxito de Peter Jackson –o, al menos, el respeto que se le tiene en la industria– proviene del hecho insoslayable de que, en 1999, cuando New Line aprobó el proyecto de The Lord of the Rings, el director de Bad Taste era el candidato más improbable para dirigir una saga de ese calibre, sin precedentes en los grandes estudios. Que lo haya logrado, que la trilogía haya sido el éxito que fue, marcó un paso inesperado en una carrera que era, de por sí, sui géneris. Y basta con ver las primeras cintas de Jackson para entender qué tan extraña fue la decisión de New Line.

Las carreras de los directores –sobre todo las carreras de aquellos cineastas que no filman guiones que ellos mismos escriben– suelen ser desiguales. Porque dependen de material ajeno, porque rara vez parten de pulsiones íntimas, es difícil hallar temas recurrentes en la filmografía de Robert Zemeckis, Ron Howard y, en menor medida, de Steven Spielberg. Dentro de esta lista, sin embargo, Jackson es una anomalía. Desde Bad Taste, el neozelandés ha coescrito todas sus películas, convirtiéndose, de facto, en lo que los críticos esnobs llaman auteur. No obstante, a primera vista, ninguna característica –ni en tono ni en trama– de The Lord of the Rings está presente en sus anteriores cintas. Pensemos en aquella trilogía y en cómo podríamos describirla. Tal y como fue dirigida por Jackson, la obra de Tolkien es una historia contada en tres partes que se toma muy en serio, consciente de los aspectos románticos y heroicos de los libros, donde la comedia aparece a cuentagotas. Es, en suma, un filme de nueve horas con el ceño fruncido. Cualquiera pensaría que las seis anteriores cintas de Jackson darían atisbos de ese director que, con absoluta seriedad, decidió filmar los adorados libros de Tolkien. Por lo menos en la superficie, la realidad no podría estar más lejos de eso.

Bad Taste forma parte de esas películas a las que la frase “es tan mala que es buena” les queda como anillo al dedo. Protagonizada, dirigida, escrita y editada por Jackson, Bad Taste cuenta la historia de un grupo de alienígenas que invade un pequeño pueblo en Nueva Zelandia con la intención de raptar seres humanos, despedazarlos y, más adelante, vender su carne a una especie de McDonald’s intergaláctico (la película fue filmada en Pukerua Bay, donde nació Jackson). Los héroes de la cinta son un grupo de investigadores paranormales que debe acabar con la amenaza extraterrestre. El título (Mal gusto), no es gratuito. A lo largo de sus casi dos horas de duración, la ópera prima del joven neozelandés nos muestra a un alienígena regurgitando litros de un líquido verdoso que después beberán sus compinches; un hombre atravesando a un extraterrestre con una sierra eléctrica desde la cabeza, a través de todo el cuerpo, hasta salir expulsado por el ano; un nido de gaviotas hecho puré por un hombre en caída libre; una oveja explotando en mil pedazos; y decenas de decapitaciones, balaceras y cuerpos descuartizados. Después de estrenarse en Cannes, la cinta se vendió a decenas de países, convirtiendo a Jackson en una suerte de enfant terrible del género. Desde entonces, como deja patente el “detrás de cámaras” de Bad Taste, lo que llamaba la atención no era el producto sino el creador: un chico de Nueva Zelandia, un país prácticamente aislado del resto del mundo, de 27 años, autodidacta, que no solo dirigía, actuaba y escribía sino que era responsable de todos los rudimentarios efectos especiales de su cinta. Como explica el documental, Jackson no sólo diseñó y (literalmente) cocinó las máscaras de sus alienígenas: armó dollies para su cámara, inventó una especie de baratísimo steadicam y, para la secuencia final, en la que una nave espacial despega, construyó tres diferentes –y exactas– réplicas de una mansión neozelandesa. Durante todo el documental Jackson es la estrella, apareciendo en cámara para explicar paso a paso su filmación con una mezcla de extraña autoridad y un espíritu lúdico propio de un niño de diez años.

Si la primera cinta de Jackson es una cruza entre lo más burdo de George A. Romero y el humor descarado de The Evil Dead de Sam Raimi, su segunda película es una obra insólita que solo puede describirse como una mezcla de Noises Off de Michael Frayn, los Muppets en modo grand guignol y una mala telenovela. Para ser precisos, Meet the Feebles cuenta la historia tras bambalinas de un grupo de marionetas encargadas de montar un show de variedades para la televisión. Hay una vaca (Daisy) que es una especie de Norma Desmond en Sunset Boulevard: una estrella cuya carrera va en declive. Su productor, del que está enamorada, es Bletch, una morsa promiscua y narcotraficante. El resto del reparto incluye a un conejo con sida, a un roedor que en sus ratos libres graba películas snuff con ayuda del elenco, a una mosca que trabaja de manera clandestina para un periódico amarillista, a una lagartija drogadicta veterana de Vietnam y a una gata que está dispuesta a todo por robarle el papel principal a Daisy. La cinta culmina en una orgía de sangre y peluches destazados, digna de Inglourious Basterds.

A pesar de que Meet the Feebles marca la primera vez que Jackson colaboró con Fran Walsh, su pareja y coguionista habitual, la trama de su segunda cinta es tan descuidada como la de Bad Taste. Jackson parece estar más interesado en los momentos grotescos y humorísticos, en la logística detrás de sus múltiples marionetas, que en la historia misma. Meet the Feebles explora las capacidades del cine para crear personajes ficticios que parezcan medianamente verosímiles, y es, en ese sentido, el primer eslabón que llevaría a la creación de Gollum. El resto de la cinta resulta indiscutiblemente elemental: el lenguaje cinematográfico es pobre y la edición perezosa.

Tanto Bad Taste como Meet the Feebles parecen creadas por un director que no quiere –o no intenta– ver más allá de las dos islas que componen su país. Ambas, por ejemplo, tienen chistes incomprensibles para quien no haya vivido en Nueva Zelandia o, por lo menos, visitado aquel lejano país. Al principio de Bad Taste vemos a Derek (interpretado por Jackson) platicar por walkie-talkie con un colega suyo sobre la posibilidad de que los alienígenas invadan alguna gran ciudad neozelandesa. “Pueden invadir Christchurch, Wellington… ¡Auckland!”, exclama Derek, para después añadir: “Bueno, quizás no estaría mal que invadieran Auckland.” La relación entre Wellington, la capital (en la que nació Jackson), y Auckland, la urbe más poblada del país, es difícil; los wellingtonians se burlan frecuentemente de los aucklanders. Esto, por supuesto, es un matiz propiamente neozelandés que le resultará incomprensible a la gran mayoría de espectadores del resto del mundo. Algo similar sucede en Meet the Feebles. Durante una de las filmaciones snuff, el roedor muestra a la cámara otros títulos que ha grabado. Uno de ellos se llama They Bone People, una alteración pornográfica del nombre de una de las mejores novelas neozelandesas del siglo pasado: The Bone People, escrita por Keri Hulme y ganadora del Booker Prize en 1985.

Desde entonces, Jackson se perfilaba como un autor que, filmando historias absurdas o no, jamás olvidaría sus raíces neozelandesas.

Braindead, estrenada en Norteamérica como Dead Alive, es la tercera y última cinta del período splatter en la carrera de Peter Jackson. Es, también, la culminación de sus ambiciones técnicas con el género gore. Aquí, por primera vez, se siente el estilo de un director detrás de cámaras, haciendo uso de técnicas que después emplearía, no solo en la trilogía de The Lord of the Rings sino en King Kong. Además, Braindead es la primera cinta en la que Jackson intenta dirigir actores, con resultados desiguales.

La historia es tan absurda como las premisas de Bad Taste y Meet the Feebles. Braindead empieza en Skull Island (la isla mítica de King Kong, cinta favorita de Jackson), con un grupo de cazadores que raptan, enjaulan y transportan a un mono rata al zoológico de Wellington. El animal resulta ser una especie de primitivo demonio que transforma en zombi a todo aquel que muerde. Su primera víctima neozelandesa es la asfixiante madre de Lionel Cosgrove, una señora de la alta sociedad que vive para hacerle la vida imposible a su único hijo. Como en Bad Taste, lo que sigue es más cercano a la comedia que al terror: la señora se transforma en un zombi caníbal al que Lionel termina encerrando, junto a otras víctimas, en el sótano de su mansión. Y, como en Meet the Feebles, la cinta culmina con un pandemonio sangriento, después de que, durante una fiesta en la casona de Lionel, la madre y el resto de los monstruos escapan de su escondite para comerse (o transformar) a todos los invitados.

Con ayuda de un mayor presupuesto y con la experiencia de haber dirigido dos cintas antes que esta, Jackson le da rienda suelta a su perversa imaginación. En Braindead hay una elaborada batalla entre un sacerdote y dos zombis fresquecitos; aparece un monstruo cuyos intestinos se escapan de su cuerpo y persiguen a Lionel; y hay, también, una batalla campal, con galones de sangre falsa de por medio, entre un hombre con una podadora y una legión de muertos vivientes. Para hacer que los elaborados prostéticos y los numerosos asesinatos parezcan verosímiles, Jackson trabaja por segunda vez con Richard Taylor, eventual presidente de su compañía de efectos especiales, Weta Digital.

Más allá de los avances en el campo de los efectos especiales, es en esta cinta donde empieza la fascinación del director neozelandés con los grandes angulares, los zooms fulminantes, los ángulos múltiples en una sola secuencia, los movimientos frenéticos de cámara y los planos holandeses.

Hay, inclusive, secuencias en The Lord of the Rings que parecen deberle parte de su estilo a Braindead. Basta con ver la secuencia de Lionel y la podadora y, después, observar esta escena de canibalismo entre uruk-hais y orcos, al inicio de The Two Towers. Aunque trabajando con camisa de fuerza, el instinto gore de Jackson sigue presente en The Lord of the Rings, como deja claro ese último –y solitario– intestino que brinca desde adentro de la melé, como un macabro volado.

Hasta este punto, la carrera de Jackson tenía un destino fácil de avizorar. Todo parecía indicar que el extraño neozelandés se quedaría en casa, filmando cintas de terror B, gastando la mitad de su presupuesto en sangre y prostéticos. Fue su siguiente cinta la que verdaderamente llamó la atención de los grandes estudios de Hollywood, y la que demostró que había espacio para más que vísceras dentro de la sensibilidad de Jackson. La película en cuestión fue Heavenly Creatures, protagonizada por la primeriza Kate Winslet, y Melanie Lynskey.

La cinta cuenta la (verdadera) historia de la amistad entre dos adolescentes, Juliet (Winslet) y Pauline (Lynskey), que en 1954 asesinaron a la madre de Pauline en los alrededores de Christchurch, la ciudad más grande de la isla del sur de Nueva Zelandia. El guión, escrito por Jackson y Walsh (quien convenció a su pareja de dirigir la historia), incluye elementos del universo fantástico y personal de ambas chicas: el mágico reino que inventan, las estrellas de cine que cobran vida para atemorizarlas, las gigantescas figuras de barro que habitan su castillo ilusorio. La narrativa es lineal pero barroca, alternando entre la vida real de Juliet y Pauline (y su incipiente romance) y el mundo que inventan para huir de su realidad. El resultado final es redondo, y Walsh y Jackson fueron recompensados con una sorprendente nominación al Óscar a mejor guión original. No obstante, es aún más sorprendente hallar, dentro de Heavenly Creatures, a un director con un asombroso manejo del lenguaje. Aquí no queda atisbo alguno del cineasta amateur que dirigió Meet the Feebles o Bad Taste. Aquí, Jackson es capaz de manejar una retahíla de temas espinosos, desde el estupro hasta el asesinato, con total elegancia. Heavenly Creatures es, sencillamente, el salto más grande de una cinta a otra que ha dado un cineasta comercial en los últimos treinta años.

Lo único que une a esta última película con las tres que le precedieron es el interés y cuidado con el que Jackson aborda los contados efectos especiales. Al igual que Meet the Feebles, Heavenly Creatures requirió marionetas de gran tamaño que pudieran expresarse con verosimilitud. Las grandes figuras de barro que aquí aparecen son, a su manera, hijas de los muppets sanguinarios de su segunda cinta, y, por lo tanto, fungen como otro vínculo directo con el primer auténtico personaje en tercera dimensión: Gollum.

Heavenly Creatures también marca la primera vez que Jackson utiliza la asombrosa belleza de su país para contar una historia. La historia contiene un breve episodio en una casa de campo, y Jackson aprovecha esta oportunidad para llenar la lente con la campiña neozelandesa, los pastizales cobrizos que abrazan lagos de agua azul turquesa, los viejos muelles de madera, los montes que son tan redondos que parecen hechos a mano.

Jackson comprobó su versatilidad en su siguiente cinta, Forgotten Silver, un mockumentary corto y divertidísimo sobre un ficticio pionero del cine neozelandés. Forgotten Silver empieza con el propio Jackson platicándole a la cámara sobre cómo halló, en un baúl olvidado de su tía, horas y horas de material fílmico de un desconocido cineasta. Las cintas que encuentra detallan la vida y los esfuerzos de Colin McKenzie, un joven neozelandés enamorado del cine. Con la ayuda de diversas entrevistas a prominentes figuras del cine –Sam Neill, Harvey Weinstein, Leonard Maltin–, Jackson y Costa Botes (quién también dirige) urden una elaborada mentira en la que aseguran que fue McKenzie el que inventó el close-up, la fotografía a color, la grabación de audio simultánea a la filmación, el travelling y la edición no lineal (el brinco de una escena a otra, ocurriendo al mismo tiempo pero en diferente lugar). Para convencer al espectador, Jackson manipula el negativo y la exposición, creando una variedad de clips que auténticamente parecen tener casi cien años, al grado de que, cuando fue estrenada en la televisión neozelandesa, sin aviso alguno de que era un mockumentary, miles de personas creyeron que el verdadero padre de la cinematografía no había sido Georges Méliès, ni D. W. Griffith, sino McKenzie.

Forgotten Silver vuelve a dejar patente la obsesión de Jackson por jugar con los límites, capacidades y posibilidades del celuloide. Esta vez no hay marionetas ni figuras de barro: lo que encontramos es a un cineasta que experimenta e inventa su propio medio, y los resultados de esos experimentos pueden verse en prácticamente todas sus películas posteriores: el clip de un viejo programa de noticias en The Frighteners y el repetido uso de un extrañísimo y turbulento ralentí en The Lord of the Rings y en King Kong.

http://www.youtube.com/watch?v=Hcasve9K49g&feature=related

Sin embargo, al igual que Heavenly Creatures, Forgotten Silver luce mucho más por sus ambiciones narrativas que por sus esfuerzos estilísticos. El documental es auténticamente entretenido, y no tiene miedo de tocar terrenos absurdos. Gran parte de la trama se enfoca en una expedición de Jackson y Botes, en la que buscan dar con un monumental y mítico set que, sospechan, quedó extraviado en la inmensidad de la jungla neozelandesa. Ahí, nos cuenta el documental, McKenzie preparaba su más grande obra: una accidentada filmación de Salomé, con él y su esposa (Rosie Cotton, en The Lord of the Rings), como protagonistas. El hallazgo final es una especie de gigantesco templo barroco, sepultado debajo de la maleza y el lodo de la selva. Y ahí, dentro de un cofre, encuentran la cinta perdida de McKenzie. ¿Ridículo? Quizás en manos de otro cineasta.

Desde un punto de vista biográfico, la creación de McKenzie como personaje resulta francamente interesante. Un joven neozelandés, completamente apartado del resto del mundo, que, enamorado de la imagen en movimiento, termina inventando el cine mismo. La vida del personaje de Forgotten Silver no parece tan distinta a la de Jackson: un autodidacta declarado, que aprendió a filmar de la mano de sus propios inventos. Los esfuerzos de McKenzie para filmar Salomé –rodada en diferentes años, azotada por la falta de presupuesto, protagonizada por él mismo– se asemejan enormemente a la filmación de Bad Taste, una cinta que le llevó cuatro años acabar, en la que casi no había dinero y que Jackson protagonizó con dos diferentes papeles. No obstante, más allá de las semejanzas entre Bad Taste y Salomé, la odisea de McKenzie en la jungla neozelandesa resulta una suerte de presagio de lo que Jackson viviría con The Lord of the Rings: un cineasta de cintas menores, con poca experiencia en platós inmensos con un centenar de extras, intentando sortear al voluble clima de Nueva Zelandia, embarcado en un proyecto que aparentemente le queda grande.

Forgotten Silver culmina con la proyección de Salomé, y todos –críticos y cineastas– la aplauden como una obra maestra. Algo similar le ocurriría a Jackson en 2001, con el estreno de The Fellowship of the Ring. A través de McKenzie, el director neozelandés daba indicios de sus metas, aparentemente megalómanas para alguien de su talla.

Después vino The Frighteners, el primer auténtico fracaso en la carrera de Jackson. La película se centra en Frank Bannister (Michael J. Fox), un arquitecto que, tras la muerte de su esposa, cae en la cuenta de que puede establecer contacto con los muertos. A partir de ese momento, Bannister deja su trabajo y decide dedicarse a estafar a la gente de su pueblo: convence a un trío de fantasmas amigos de que se manifiesten en una casa y luego llega él a “deshacerse” del embrujo a cambio de un cheque. Las cosas cambian drásticamente cuando Bannister descubre que el fantasma de un viejo asesino serial –disfrazado de Nazgûl– es el responsable de diversos asesinatos en su pueblo.

Con The Frighteners, Jackson trabajó por primera vez con un gran estudio hollywoodense: Universal Pictures. Los numerosos efectos especiales requeridos para animar y detallar a los fantasmas de la cinta le permitieron expandir su compañía, Weta Digital. Pero esas fueron las únicas buenas noticias. The Frighteners resultó un fracaso estrepitoso con la crítica y con la taquilla. Recaudó apenas lo suficiente para recuperar su presupuesto original de treinta millones de dólares. Comparada con Braindead e, inclusive, Bad Taste, The Frighteners muestra a un director incómodo, inseguro del tono y el estilo que desea imprimirle a su cinta. Por primera vez, Jackson se vio obligado a pretender que las locaciones que escogió en Nueva Zelandia realmente representaban un suburbio norteamericano y, también por vez primera, su elenco estuvo compuesto por actores del otro lado del Pacífico. El resultado es una cinta tibia, que no se decide entre explorar la comicidad de su premisa o ahondar en el terreno macabro del asesino serial y sus múltiples crímenes. Se siente, por momentos, a un director necesitado –pero incapaz– de salpicar la trama con el gore explícito de su período splatter. En retrospectiva, lo único rescatable de The Frighteners es que, nuevamente, Jackson ensaya elementos visuales que llevaría a puerto más adelante en su carrera: los tentáculos dentro de la vorágine de fuego que engullen al asesino serial al final de la cinta son idénticos a los gusanos carnívoros que matan a Lumpy en King Kong, mientras que los propios fantasmas son similares en textura y visualización al ejército fantasmagórico con el que Aragorn gana la batalla en los Campos del Pelennor.

Más allá de eso, la primera colaboración de Jackson con Universal es un producto completamente desechable.

Los siguientes años fueron los más duros en la carrera de Jackson. Debido al estreno de Mighty Joe Young y Godzilla, Universal canceló su proyecto para hacer un remake de su cinta favorita: King Kong. Y, tras ese fracaso, el director neozelandés decidió presentar una elaborada maqueta con la que esperaba convencer a New Line Cinema de invertir en una adaptación de The Lord of the Rings. Y, contra todo pronóstico, New Line no solo aceptó su proyecto sino que le pidió filmar una trilogía en vez de dos cintas, como Jackson había planeado originalmente, pensando que jamás aprobarían presupuesto para más de un par de películas.

El resultado es la trilogía de fantasía más exitosa de la historia después de la original de Star Wars: una fastuosa producción de casi 300 millones de dólares, sin precedentes en la cinematografía reciente, en la que Jackson filmó por catorce meses ininterrumpidos y editó tres cintas por casi cuatro años. The Lord of the Rings ganó 17 Óscares, recaudando casi tres billones de dólares en la taquilla mundial y convirtió a Jackson en uno de los hombres más ricos del mundo, con una fortuna que se acerca al medio billón de dólares. La trilogía provocó asimismo un auge en la industria turística neozelandesa: millones de visitantes de todo el mundo emprendieron el viaje para conocer la Tierra Media. Entre sus muchos logros, The Lord of the Rings presentó al primer personaje de carne y hueso, con diálogo, creado por computadora, y disparó la carrera de una decena de actores, desde Viggo Mortensen hasta Orlando Bloom. No hay mucho que añadir a las virtudes técnicas y formales de la trilogía. En este caso lo interesante es preguntarnos qué le llamó la atención a Jackson: ¿por qué el director de Braindead, Heavenly Creatures y Forgotten Silver decidió entregar ocho años de su vida a este proyecto?

Como quedó claro en aquella transmisión del Óscar en 2004 cuando The Return of the King arrasó con todos los premios de la Academia, The Lord of the Rings es un producto neozelandés: hecho, en su mayoría, por neozelandeses, filmado en aquellas islas y dirigido por un wellingtonian. No solo su manufactura es neozelandesa sino su idiosincrasia, y es preciso observar a aquel lejano país con detenimiento para comprender el cuidado y cariño con el que Jackson filmó las películas. La trilogía de Tolkien es una de las obras literarias más interpretadas del siglo xx. La gran mayoría de estas interpretaciones gravitan en torno al viaje de Frodo y Sam –y la guerra del anillo– como una parábola de las propias experiencias de Tolkien como oficial en la Primera Guerra Mundial. Tolkien mismo rechazó estas teorías en repetidas ocasiones, asegurándoles a sus lectores que dentro de su obra no había el más mínimo interés de establecer una parábola con el mundo real. Sin embargo, aquí, como en muchos otros casos, la opinión del autor es irrelevante. En gran medida, uno escribe lo que le dicta el inconsciente. El autor escribe la obra, pero no está enterado de lo que la obra dice de él, tanto como un paciente en terapia revela aspectos desconocidos de su personalidad a través de lo que platica. Es posible que Tolkien haya hablado de la Primera Guerra Mundial sin siquiera pretenderlo (tal y como es posible que Jackson se haya visto proyectado en McKenzie sin saberlo). Por tanto, The Lord of the Rings es el estudio de una relación entre dos hombres de diferente clase social (Frodo y Sam), enmarcado por una historia de guerra. Es verdad que el texto de Tolkien parece estar más preocupado por sus propios juegos lingüísticos que por urdir una historia trepidante, pero, de cualquier manera, sus fascinaciones y demonios quedan claramente expuestos en las páginas de su obra. Más allá del invento del idioma de los elfos y los enanos, más allá del cuidado en el lenguaje, la trilogía de Tolkien muestra a un autor con un ojo preciso y delicado para describir los entornos naturales de su mundo fantástico. En cada capítulo el lector halla larguísimas descripciones del paisaje con el que se topan los personajes: los campos de Ithilien donde “mists shimmered in the great vale below: a wide gulf of silver fume, beneath which rolled the cool night-waters of the Anduin river”; Minas Morgul, “paler indeed than the moon ailing in some slow eclipse was the light of it now, wavering and blowing like a noisome exhalation of decay, a corpse-light, a light that illuminated nothing”; la vista desde los Barrow-Downs, “Northward the land ran away in flats and swellings of grey and green and pale earth colours, until it faded into a featureless and shadowy distance”. Torvos, macabros o simplemente hermosos, los paisajes que describe Tolkien son un personaje esencial en sus libros. La descripción de Minas Morgul –morada del Witch-king of Angmar, líder de los Nazgûl– antes joya del imperio de Gondor y ahora azotada por la plaga de Sauron, presagia un mundo arrasado por los orcos de Mordor, mientras que, por su parte, las líneas sobre Ithilien describen la tierra, virginal y pura, que Sauron aún desconoce. Nueva Zelandia, bastión de belleza natural, país de cuatro millones de habitantes con mayor superficie que Gran Bretaña, no es la Tierra Media porque Jackson así lo decretó. Simplemente es la Tierra Media: el lado bucólico de las descripciones de Tolkien, la comarca agricultora, el mundo antes de Mordor. La gran mayoría de la industria turística neozelandesa está anclada a la gigantesca e indescriptible reserva natural al oeste de la isla del sur, a sus lagos glaciares, a la belleza de sus Alpes. Un viaje en coche de Queenstown a Mt. Cook o a Milford Sound constata lo anterior. No se ve una sola fábrica, no hay una sola carretera que tenga más de dos carriles: solo granjas silenciosas en las faldas de los montes, rodeadas de ovejas que se escabullen de los automóviles como si hubieran visto a un monstruo. Frodo es como esas ovejas cuando se asoma al espejo de Galadriel y obtiene un amenazante vistazo al futuro de The Shire si fracasa en su empresa. Ve horrorizado como los orcos transforman los plantíos de su campiña en cimientos para engranajes que vomitan humo y fuego. A través de su trilogía, Jackson, que en otras dos ocasiones había imaginado elementos extranjeros destrozando Nueva Zelandia (en Braindead y Bad Taste), defiende la pureza natural de su patria (promocionándola paradójicamente y convirtiendo esos lugares prístinos en focos de turismo). Basta ver la muerte de Saruman –quien en la primera cinta derrumba un bosque entero y contiene un río creando un hogar subterráneo para los uruk-hais– para entender esta venganza. En la edición extendida de The Return of the King, el viejo hechicero blanco tiene un destino distinto al que Tolkien pensó para él: empalado en el pico filoso de uno de sus engranajes metálicos, víctima de la “industria” que él mismo construyó.

The Lord of the Rings es, además, una interesante adaptación. Como guionistas –trabajando con el material de un tercero o con temas originales– Jackson y Walsh tienen igual número de méritos y carencias. Entre estas últimas destaca su reticencia frente a la tijera: tanto King Kong como The Lord of the Rings y The Lovely Bones son cintas a las que les sobran tramas. Jackson tenía el pretexto perfecto en la trilogía de Tolkien para filmar e incluir lo que quisiera en el corte final: los libros eran parte del patrimonio literario del mundo y, por lo tanto, debían ser respetados. Con King Kong y The Lovely Bones no hubo justificación alguna. Kong, en particular, tiene una longitud casi absurda.

En suma, Jackson y Walsh fracasan como guionistas que saben comprimir el material original. No obstante, una de las grandes virtudes que pasan inadvertidas del guión de The Lord of the Rings es la manera en la que ambos escritores (junto con Philippa Boyens, la tercera guionista) convirtieron un texto dramáticamente tibio, que se lee despacio, en una obra de nueve horas que, una vez que arranca, no se detiene para respirar. Más que ser un trabajo de ajuste, el esfuerzo de Jackson, Walsh y Boyens es combustión pura. Con leer los libros lo entendemos. El trío de neozelandeses invierte secuencias, pospone escenas para redondear la narrativa y amalgama instantes para incluir la mayor cantidad posible de diálogos y personajes tolkienianos. El mejor ejemplo es la subtrama en la que Elrond le entrega la espada de Elendil a Aragorn. En el libro, la escena culminante se lleva a cabo a la mitad de The Fellowship of the Ring. Es decir, Aragorn acepta su destino de inmediato. La película, sin embargo, necesitaba a un personaje ambivalente con la naturaleza de sus obligaciones y su linaje. Cuando Elrond le lleva la espada a Aragorn, pasada la mitad de la tercera cinta, el espectador entiende que Strider se ha convertido en rey; es ese el momento en el que acepta su destino. Si la secuencia se llevara a cabo en The Fellowship of the Ring, si la narrativa hubiese sido completamente fiel al libro de Tolkien, el arco dramático del personaje de Aragorn se habría cumplido a la hora y media de película.

The Lord of the Rings embrida y a la vez encauza las viejas pasiones de Jackson. Su amor por el gore y lo grotesco, por ejemplo, queda patente en varias secuencias. La mejor de ellas es, quizás, el nacimiento del uruk-hai, una suerte de golem escupido por la tierra dentro de una placenta lodosa. También son memorables las cabezas de soldados que el ejército de Sauron catapulta durante la batalla climática de The Return of the King y, claro, el diseño de muchos de los orcos, desde aquel que parece una “gigantesca patata” (como lo describió The New Yorker) hasta esa cruza de la mosca de Cronenberg con los goblins de The Neverending Story que intenta robarle el anillo a Frodo dentro de Cirith Ungol.

Todos esos instantes comprueban que hay algo del director de Bad Taste dentro de la trilogía: aunque Jackson cuenta con un presupuesto enorme y colabora con un estudio hollywoodense, The Lord of the Rings sigue siendo un producto hecho en casa. Para Bad Taste, Jackson usó el horno de su madre para preparar los prostéticos que utilizaría en su cinta. En The Lord of the Rings simplemente usa un horno mucho más grande (y, esta vez, propio): Weta Digital. Pero nada se manda a hacer fuera; nada, más que el talento actoral, se importa. Jackson expande el lienzo, pero mantiene la esencia. Aquí –y en King Kong– sigue siendo un artista anclado en su patria, produciendo cine que sutilmente refleja la naturaleza de Nueva Zelandia: el cineasta local más grande del mundo.

Es prácticamente imposible toparse con una entrevista a Jackson en la web y no recibir la siguiente información: el joven Peter decidió ser cineasta cuando era niño, después de ver la primera versión de King Kong en su casa. La fascinación resultó pertinaz. Desde antes de que Bob Shaye y New Line Cinema le dieran luz verde a su proyecto de The Lord of the Rings, Jackson preparaba un segundo remake del mono más famoso del séptimo arte (el primero es de 1976, estelarizado por Jeff Bridges y Jessica Lange). Cuando ese proyecto se derrumbó, Jackson decidió entregarse de lleno a la trilogía de Tolkien, pero Kong es su primera obsesión, su cinta soñada.

Después del éxito arrollador de The Lord of the Rings, Jackson podría haberse apropiado de cualquier franquicia, cualquier cinta que quisiera. En su primera entrevista con Charlie Rose declaró que, después del estreno de The Return of the King, se dedicaría de lleno a dramas íntimos como Heavenly Creatures, pero la figura mítica de su infancia, y la posibilidad de volver a llevarla a la pantalla grande, fueron imposibles de sacudir. Armado con un presupuesto colosal y con el cheque más abultado en la historia del cine, Jackson concatenó la posproducción de The Lord of the Rings con la preproducción de King Kong.

Quizás porque Kong contiene un elemento biográfico crucial, el remake de Jackson es, por mucho, la cinta que habla más de él: de sus deficiencias y excesos, de sus inquietudes y aciertos. King Kong es una película que se siente mucho más personal que todas las que le precedieron, y es palpable la mano de un director que está demasiado enamorado de su material como para cortarlo, editarlo o comprimirlo. El resultado es un filme de casi tres horas, dividido limpiamente en tres actos (Nueva York y el barco; la isla; Nueva York de nuevo), que es, al mismo tiempo, la obra de un creador con demasiado dinero y poder en los bolsillos, y de un artista que genuinamente cree en el impacto emocional de la historia que ha decidido volver a contar.

La primera King Kong es un clásico del cine en blanco y negro, un hito en la historia de los efectos especiales y, hasta la fecha, una cinta particularmente entretenida (a pesar de sus innegables connotaciones racistas). Merian C. Cooper creó una de las primeras auténticas obras de fantasía en el séptimo arte, llevando al espectador a una isla olvidada por el tiempo y la evolución, en la que aún habitan dinosaurios y criaturas monstruosas. Más allá de eso, King Kong juega con simbolismos interesantes: la similitud entre las serpientes que atacan a Kong y el tren elevado que el gran gorila destroza en Nueva York, por ejemplo. Pero es una cinta que explora con tibieza el argumento de su premisa: la irrupción del ser humano en un ecosistema puro, la confusión de una bestia primitiva perdida en una jungla urbana y, sobre todo, la crueldad innata del ser humano. Jackson toma todos esos elementos –latentes en la cinta de Cooper– y los ensancha. Su primer –e inteligente– paso es abordar a Kong como un personaje de carne y hueso. ¿Cómo vive?, ¿cuál es su situación dentro de la isla?, ¿qué edad tiene?, ¿cuál es su personalidad? El mayor logro de la cinta es que, tal y como es interpretado por Andy Serkis (el genio detrás de Gollum, que pasó meses conviviendo con gorilas para este papel), Kong es un auténtico personaje tridimensional: el último de su especie, un macho alfa con el rostro curtido por decenas de batallas, asediado por la inclemencia de su propio hábitat y que, de manera conmovedora, duerme a escasos metros de donde yacen los restos de su familia. Sin embargo, Jackson no se detuvo ahí. Con ayuda de Richard Taylor y el personal de Weta, el neozelandés inventó una historia entera para Skull Island, intentando darle verosimilitud a un lugar que no tendría cabida en el mundo real. La mitología de la isla está descrita en todos los libros que detallan la producción de King Kong: una suerte de Atlántida del Pacífico sur que fue colonizada por una avanzadísima civilización. Cuando llega Carl Denham con su equipo de filmación, solo quedan ruinas de lo que estos primeros colonos construyeron: la muralla que mantiene a Kong dentro del perímetro interior, las inmensas cabezas de roca que se asoman desde el fondo del mar y uno que otro templo, perdido en la inmensidad de la jungla. La explicación que da Taylor para la desaparición de esta raza en el libro The Making of King Kong es que, en algún siglo anterior al xx, parte de la muralla se derrumbó, dándole entrada inmediata a las decenas de criaturas monstruosas que habitaban del otro lado. Aparentemente, la propia isla había comenzado a desaparecer, víctima de numerosas actividades sísmicas. Cien años antes de la llegada de Denham, Skull Island vuelve a ser colonizada por los aborígenes que vemos en pantalla: un grupo de sabiduría limitada, con conocimientos rudimentarios de caza y supervivencia. Son ellos los que dan inicio al rito de ofrecerle una chica al gran gorila. Mientras tanto, la isla sigue desapareciendo y empujando a todos sus habitantes a vivir cada vez más cerca unos de otros. Es esto, según la historia oficial, lo que empuja a la especie de Kong al borde de la extinción: la cercanía con los despiadados dinosaurios y alimañas. Si quitamos el factor del hundimiento de Skull Island, la historia de la isla se asemeja, en cierta medida, a la historia de Nueva Zelandia: un país que fue primero colonizado por los maoríes y, siglos después, por los europeos. Y tal y como la historia ficticia de Skull Island desprecia a los segundos inquilinos, pero admira a los primeros, Nueva Zelandia es, quizás más que ningún otro país en el mundo, una nación orgullosa de su pasado nativo. A pesar de que los maoríes solo conforman poco más del diez por ciento de la población, los idiomas oficiales del país son el inglés y el maorí, y –aunque prácticamente no hay un solo maorí que no hable inglés– todos los letreros y señalamientos en Nueva Zelandia están en los dos idiomas. El museo principal de Wellington se llama Te Papa (“La Tierra”) y el nombre oficial del país es Nueva Zelandia/Aotearoa (“La larga nube blanca”, su nombre en maorí). Por otra parte, la llegada del ser humano en Skull Island y la consecuente destrucción de gigantescas especies es, también, un elemento de la mitología neozelandesa. Antes de la llegada de los maoríes, ambas islas habían sido hogar de un proceso evolutivo llamado island gigantism en el que diversas especies, aisladas del mundo exterior, crecen hasta alcanzar proporciones descomunales. Este fue el caso del águila de Haast y la moa: dos aves que, de existir ahora, serían las más grandes del planeta. Ambas fueron exterminadas por los seres humanos, tal y como Kong, finalmente, muere por culpa de nosotros. Inclusive hay una escena, que no aparece en el corte final de la cinta, en la que Denham y su equipo matan, sin querer, a un ave bípeda y prehistórica, similar a una moa.

Los paralelos son producto del remake de Jackson. La cinta de Cooper no habla en ningún momento del pasado de los aborígenes que aparecen en la isla. Lo cierto es que King Kong (2005) es una cinta que habla sobre un grupo de seres humanos transgresores, que invaden la naturaleza prístina de la isla, matando todo lo que ven sin importarles qué es (a menos de que se trate de Kong, al que raptan, desvirtúan y presentan como trofeo en una sala de teatro en Nueva York). Salvo en el caso de Ann Darrow, la tripulación del Venture, y Denham específicamente, continúan con el rol que Saruman jugó en The Lord of the Rings: la modernidad que intenta embridar y asfixiar a la naturaleza, hasta que le sale el tiro por la culata. Esta vez, sin embargo, es Kong –y no Denham– el que se desploma a su muerte desde la punta de una torre, como Saruman. En la fantasía, nos dice Jackson, el autor se puede dar el lujo de castigar al villano; en el Nueva York de los treinta, el inocente es el que muere, fotografiado por decenas de lentes voraces, cumpliendo su destino ineluctable en una jungla de concreto que, tal y como aparece en la cinta, guarda similitudes con Skull Island (basta ver el amanecer desde el Empire State Building y el atardecer desde la guarida de Kong; la muerte inminente a manos de esos gigantescos murciélagos rata y los aviones que terminan acabando con su vida).

King Kong podría haber sido la obra maestra de Jackson. Es, sin duda, su filme más íntimo y más conmovedor, pero a la mezcla final le sobran ingredientes. A diferencia de cómo ocurrió en The Lord of the Rings, aquí Jackson no embrida su instinto gore, su proclividad hacia el exceso. La estampida de los brontosaurios es, desde donde se le mire, una exageración: el equivalente jurásico a aquella secuencia en Braindead donde Lionel mata a cuarenta zombis con una podadora. En vez de tener muertos vivientes, aquí Jackson organiza una avalancha de dinosaurios cayendo unos encima de otros, como una gelatina de grasa prehistórica. No hay secuencia en la isla que no sufra de algún exceso: cuando el equipo de Denham cae al abismo, no es sólo un tipo de insecto gigante quien ataca a la tripulación sino veinte o treinta de ellos (el mejor es el gusano dentado que se come a Lumpy, una imagen que viene de The Frighteners); Kong no pelea con uno, ni con dos, sino con tres tiranosaurios al mismo tiempo; a Ann se le suben más bichos al cuerpo que a Kate Capshaw en Indiana Jones and the Temple of Doom. Y eso solo si hablamos de las criaturas y los monstruos. La primera parte –en Nueva York y en el Venture, rumbo a la isla– dura una hora que bien podría haberse reducido a treinta minutos (¿de verdad necesitábamos saber la historia de cada uno de los personajes del barco?) y hay quienes se quejan de que el último trecho de la cinta, de vuelta en Nueva York, contiene instantes que son de una cursilería imperdonable (Kong patinando en hielo, por ejemplo).

Después de King Kong vino The Lovely Bones, y así como con Heavenly Creatures Jackson logró dar el mayor brinco cualitativo entre dos cintas, con esta última hace exactamente lo contrario. Basada en la novela homónima de Alice Sebold, The Lovely Bones cuenta la historia de Susie Salmon, una chica que, tras ser violada y descuartizada por su vecino, observa a su familia desde el cielo. La trama de la novela se divide en Susie siguiendo a su padre (que busca al culpable), a su madre (que se va a una granja, incapaz de digerir la pérdida), a su hermana (que crece en la sombra de su hermana asesinada) y del asesino mismo. La novela se lleva a cabo en un suburbio norteamericano de los setenta y está salpicada con las propias terribles experiencias de la autora, a quien violaron de joven. El libro se sostiene como una aguda observación de un grupo de seres humanos intentando asimilar una pérdida dolorosa. Como trama, la novela simplemente no está hecha para avanzar. A diferencia de otras historias similares (como Ghost), el fantasma de The Lovely Bones apenas si interviene en la vida de los vivos y simplemente se limita a espiarlos, desde el cielo, esperando a que puedan continuar su camino. Es, en ese sentido, una novela meditativa, y, por lo tanto, prácticamente imposible de adaptar para el cine. Quizás influido por el éxito de Heavenly Creatures –otra historia de adolescentes involucradas en un asesinato en la que convergen elementos fantásticos–, Jackson decidió echarse el tiro. El resultado es la peor película de su carrera, aun tomando en cuenta a Bad Taste y Meet the Feebles. Lo impresionante es ver cómo Jackson fracasa en cada arista y cada elemento de su adaptación. Primero intenta convertirla en un thriller, pero no funciona más que como un ejercicio de frustración: Susie es incapaz de decirle a su padre que el asesino vive frente a ellos, incapaz de darle claves a la policía, incapaz de señalar al hombre que le quitó la vida. Lo que nos queda es ver a Mark Wahlberg (demasiado joven para ser padre de una niña adolescente) intentando culpar a Stanley Tucci sin pruebas de por medio.

Después, Jackson crea el cielo de Susie, y aquí es donde fracasa de manera más escandalosa. El limbo en el que vive su protagonista es, por momentos, como vivir dentro de un algodón de dulce bajo los efectos del lsd; cuando la trama visita zonas macabras, el cielo se encapota, sopla el viento cargado de ceniza sacudiendo los árboles y, sorpresa, el gazebo desde el que Susie observa a la tierra se desmorona sin previo aviso. No hay una sola imagen original en el paraíso de Jackson. También hay una historia de amor, pero se pierde entre los pliegues de la cinta: el abandono de la madre, la tibia investigación de la hermana, las amistades de Susie en el cielo, y un largo etcétera. Quizás porque llevaban diez años escribiendo para la Tierra Media y el Nueva York de la Depresión, Jackson, Walsh y Boyens no pueden darle verosimilitud a los diálogos de Sebold. Todos los personajes suenan como si vinieran directo de una telenovela, salvo Susan Sarandon, que no da una en el papel del obligatorio comic relief de la cinta.

La pregunta pertinente es, ¿de dónde viene –cómo se explica– esta cinta?, ¿cómo Jackson, un cineasta en la cima de sus capacidades técnicas, pudo dirigir una película tan mediocre, tan incoherente? La respuesta está, de nuevo, en su patria. The Lovely Bones fue la primera vez que Jackson dirigió lejos de Nueva Zelandia (en Pennsylvania) y la segunda vez, junto con The Frighteners, que tuvo la tarea de recrear un suburbio norteamericano. La incomodidad es palpable. El director no puede darle verosimilitud a un entorno que nunca conoció, por más que intente saturarlo con vestuarios y props de la época. Como novela, The Lovely Bones es, también, un elegante estudio de los suburbios norteamericanos: un mundo que Jackson, a pesar de haber nacido en el pequeño pueblo de Pukerua Bay a las afueras de Wellington, no puede conocer a fondo. Más allá de cómo fracasa a la hora de retratar el suburbio, es difícil creerle a Jackson que la historia le llame la atención por sí sola y no por su pedigrí literario, su peso como propiedad hollywoodense (Spielberg y Luc Besson habían expresado interés por adquirir los derechos antes que el neozelandés). No hay nada que vincule esta historia con sus viejos intereses. A diferencia de Heavenly Creatures, The Lovely Bones no es una historia neozelandesa y los elementos potencialmente grotescos del libro (donde la violación de Susie es explícita, casi insoportable) solo se sugieren en la cinta porque Jackson mismo declaró, como recoge imdb, que una cosa es mostrar a alienígenas y muppets (y orcos) siendo destazados y otra, muy distinta, es ver a una chica de trece años siendo ultrajada. La propia creación del cielo es la culminación de todos los excesos que ya se podían intuir desde el barroco diseño de Skull Island, una isla a la que solo le faltó tener a Godzilla y al monstruo de Cloverfield para convertirse en el nido de todas las criaturas monstruosas del cine. Una y otra vez vemos en The Lovely Bones a un director incapaz de conectar con el material en pantalla, incapaz de contener y moldear interpretaciones orgánicas con la trama (Stanley Tucci parece sacado de una cinta de terror, Wahlberg de María Mercedes); incapaz, inclusive, de responder la pregunta más elemental con respecto a su cinta: ¿de qué trata?, ¿qué está queriendo decirnos?

Los últimos años en la carrera de Jackson han sido turbulentos. Después de recibir la luz verde para la filmación de The Hobbit, el neozelandés tuvo un momento inspirado: escogió a Guillermo del Toro para dirigir el adorado libro de Tolkien. En ese tiempo fungió como productor en la primera entrega de Tin-Tin, dirigida por Steven Spielberg, y, aunque se rumoró que él dirigiría la segunda parte, Jackson lo negó. La preproducción de The Hobbit duró muchísimo más de lo planeado debido a un conflicto difícil de explicar (y entender) entre distribuidoras y los dueños de los derechos, sobre todo mgm, que estaba prácticamente en bancarrota. La extendida preproducción cobró una dolorosa víctima. Hace menos de un año, Guillermo del Toro anunció que dejaba The Hobbit para dedicarse a otros proyectos. La silla del director quedó vacía. Se dijo que Neill Blomkamp, el joven cineasta detrás de Sector 9, estaría detrás de cámaras. Nada se confirmó. Finalmente, Jackson anunció que él mismo dirigiría las dos cintas de The Hobbit.

La decisión es sorpresiva porque Jackson declaró, en varias ocasiones, que no deseaba volver a la Tierra Media. El fracaso de The Lovely Bones pudo haber contribuido a su decisión, como un intento por volver a sentarse en el trono que ocupó después del éxito arrollador de The Lord of the Rings. Lo cierto es que la filmación comenzó el 21 de marzo de este año y que ambas cintas (tituladas An Unexpected Journey y There And Back Again) tienen ya fecha de estreno, en el 2012 y el 2013, respectivamente.

Los primeros video blogs de las cintas, protagonizados por Jackson, se pueden ver en línea. En ellos, Jackson, delgadísimo y sin lentes desde la filmación de King Kong, es nuestro guía de turistas alrededor del set. Su físico y su actitud han cambiado desde aquella aparición, hace más de veinte años, en el detrás de cámaras de Bad Taste. La extraña autoridad y el afán de protagonismo siguen presentes (¿por qué no poner a uno de los hobbits como guía?), pero es el espíritu lúdico –ese que hizo que su pequeña cinta de horror neozelandesa se vendiera a más de diez países– el que ahora parece un disfraz. Jackson intenta ser un niño que camina azorado dentro de la cueva de Gollum, intenta bromear con la cámara e imprimirle espontaneidad al procedimiento, pero el video entero, desde los sets hasta nuestro guía, se siente tan artificial como una estrategia de mercadotecnia.

El mundo entero se enamoró de The Lord of the Rings porque, como dejaban claro sus numerosos “detrás de cámaras”, la propia cinta era una labor de amor: un gigantesco producto de importación, hecho a mano, con el cuidado de un orfebre. Era la fábula de Frodo, el pequeño hobbit que debe contener la tentación del anillo, destruirlo y salvar al mundo, pero también era la fábula de Peter Jackson, aquel gordito neozelandés autodidacta –nacido en un lugar que “más que un pequeño país es una gran aldea”– que amaba tanto al cine que terminó inventándolo, a cargo de la mayor filmación en la historia. Después de King Kong –filmada, escrita y editada como si fuera la última película que haría–, ¿qué le queda a Jackson? Su fracaso con una historia ajena a su sensibilidad y su regreso a un set que juró no volver a visitar hablan, quizás, de un director que ha explorado lo que tiene que explorar; un auteur –sui géneris, pero auteur al fin y al cabo– que no puede apropiarse de material ajeno si no conecta con sus muy particulares intereses. Ron Howard es capaz de dirigir Splash, El Código da Vinci y Apolo 13 con solvencia porque todo le llama la atención, pero nada lo obsesiona, nada le fascina. Jackson jamás podría dedicar su imaginación a un proyecto que estuviera lejos de su esencia, de ciertas características de su idiosincrasia y de sus precoces visitas al mundo del gore. What Lies Beneath, por ejemplo, podría haber sido dirigida por cualquier director además de Robert Zemeckis. The Lord of the Rings no podría haber sido dirigida por nadie que no fuera Jackson. Zemeckis, Howard, e inclusive Spielberg, son intérpretes de cuentos ajenos: el equivalente cinematográfico de esos cantantes que no escriben sus canciones. Jackson forma parte de un grupo que incluye a James Cameron: artistas que, inclusive cuando adaptan obras de otros, filtran el contenido a través de sus manías y temas recurrentes.

La propia estrategia de marketing alrededor de King Kong y The Hobbit parece cínica en comparación con el silencio y misterio que rodeaban a las tres entregas de la trilogía hace más de diez años. Antes del estreno de The Fellowship of the Ring salió un tráiler y unos cuantos desplegados en revistas. Ahora, Jackson pretende llevarnos de la mano a través de toda la filmación, en un comportamiento que resulta francamente extraño viniendo de un director que, en dos entrevistas con Charlie Rose, alabó la capacidad del cine para transportarnos a una realidad desconocida, a un mundo de ensueño. Jackson, ahora, decanta ese elemento fantástico y nos lo entrega, como un mago que antes de su espectáculo se sienta con la audiencia a explicarle sus trucos.

En el detrás de cámaras de The Return of the King hay una breve escena en la que, tras pedirle a Elijah Wood que repita la misma, inocua, escena treinta veces, Jackson rompe en llanto y abraza a su actor principal. Es un instante entrañable: el fin de la fábula, un hombre despidiéndose del universo fantástico al que admirablemente aterrizó en pantalla. Le creemos a Jackson. Creemos, pues, que le duele despedirse de algo que ha estado tanto tiempo en su vida, que significa tanto para él, que prácticamente es real y palpable. Ese momento nos remite a otro, de ese primer video blog de The Hobbit, cuando Jackson recoge, dentro de la cueva de Gollum, una extremidad del cadáver de algún orco. Jackson actúa y, pretendiendo asustarse, suelta la mano plástica. “Looks rather creepy, doesn’t it?”, dice, con su espeso acento neozelandés. Sí, sin duda. Aunque no es el brazo desmembrado el que perturba.

 

Estoy investigando para escribir una reseña de The Fly que saldrá en el blog de cine de Letras Libres la próxima semana. Y me topé con esta ilustración que me pareció maravillosa. La comparto:

La imagen la saqué de este blog/tumblr: http://winkydinkmcginty.blogspot.com/2010_12_01_archive.html, por si quieren visitarla.

Escondan a Bilbo

Peter Jackson ha cambiado radicalmente desde la filmación de The Lord of the Rings hace más de una década. Primero están los cambios físicos. Jackson dejó de ser redondo como toronja para convertirse en uno de esos hombres que parecen habitar una piel que les queda dos o tres tallas demasiado grande: delgado, pero extraño. También se fueron sus ubicuos anteojos. Prefiriendo la comodidad al aire intelectual, el neozelandés pasó por el rayo láser y dejó atrás sus lentes estilo Harry Potter (después de unas doscientas butterbeers). Hasta su cabello, antes digno de la tigresa del Oriente, pareció empezar a conocer la silla del peluquero, la tijera y, Dios nos ampare… ¡el gel!

Sin embargo, no todos los cambios han sido en la superficie. Es difícil recordarlo, pero la trilogía de The Lord of the Rings se estrenó después de una modestísima campaña de publicidad (o modestísima para los estándares del 2011). Un par de desplegados en revistas, aquel espectacular de Frodo sosteniendo el anillo en la palma de su mano, unos cuantos trailers, y punto. No había más. No obstante, quizás impelido por el absoluto éxito de los elaborados DVDs de su multipremiada trilogía, Jackson se ha convertido en un mago dispuesto a enseñarle a su audiencia qué hay detrás de cada uno de sus trucos. Todo comenzó con los diarios de King Kong: videoblogs en los que Jackson fungía como anfitrión, y que llevaban a la audiencia de la mano a través de la filmación de esa, su más anhelada cinta. ¿Querían ver a Andy Serkis en el estudio de motion capture previo al estreno de King Kong? Ahí estaba, enfundado en diversos –y ridículos- trajes, brincando como primate. ¿Querían ver a Naomi Watts ataviada y emperifollada como Ann Darrow? Ahí estaba, para el deleite pupilar de todos nosotros. ¿Querían ver los sets de la película? Hecho.

La estrategia de Jackson fue (y es) cuestionable. Gran parte de la magia del séptimo arte tiene que ver con la capacidad –o incapacidad- de la audiencia a la hora de creer en la verosimilitud de lo que vemos en pantalla. Y parte esencial de ese proceso, que los gringos llaman suspension of disbelief y que los mexicanos llamamos “órale, te creo que existe un chango de veinte toneladas”, es, como en un buen truco de magia, no saber cómo fue logrado a priori. En otras palabras, creemos que existe un chango de veinte toneladas porque aparece en pantalla pero no sabemos cómo llegó ahí. Nadie nos avisó que es falso. Nadie nos dijo que fue creado en una computadora antes de verlo en celuloide. Conocer el proceso de antemano nos impide cruzar ese puente: sabemos, porque ya lo hemos visto documentado antes, que todo lo que vamos a ver es ficticio, creado en un monitor. El videoblog le resta magia a la película; le quita cine al cine.

Esa es mi opinión, pero claramente no le importo mucho a Peter Jackson. ¿Por qué? Porque ahora, en la filmación de las tan esperadas dos cintas que compondrán The Hobbit, está haciendo exactamente lo mismo. El rodaje empezó hace apenas tres meses y estamos a más de un año y medio de su estreno, pero eso no ha impedido que Jackson nos bombardeé con imágenes de su película como si fuera una quinceañera y la web fuera su perfil de Facebook. ¿Quieren ver la cueva de Gollum? Ahí está, en el primer videoblog. ¿Quieren ver a Bifur, Bombur, Kili, Fili, Oin, Gloin y el resto de los enanos con nombres lamentables? Ahí andan circulando por la red, felices como lombrices. ¿Quieren ver al propio Bilbo cotorreando con Elrond? Ahí hay otra foto, que tiene, además, el cinismo de enseñarte que el set es un set (la mitad de la imagen muestra a Rivendell y la otra mitad es tramoya).

No sé bien qué pretende Jackson con esta estrategia. Los motivos no pueden ser monetarios. The Hobbit podría ser protagonizada por doce MacNuggets en vez de actores profesionales y aún así haría suficiente dinero como para que Jackson comprara Australia (Nueva Zelandia ya es suya; no nos hagamos mensos). Los motivos tampoco pueden ser artísticos: ¿qué ganamos con ver toda la película antes de verla? Quizás Jackson pretende tranquilizar a las legiones de fanáticos de La Tierra Media… ¡como si no hubieran esperado setenta años para ver el libro hecho película!  El hecho es que no hay motivos que justifiquen el alud de información. Un buen cineasta debe, como un buen mago, llevarse sus secretos a la tumba. O hasta el día del estreno. O hasta la versión extendida del DVD.

Hace poco más de un año me empecé a hacer cargo del blog de cine de Letras Libres. Nunca había editado nada que no fueran mis textos. Había conseguido la chamba porque el director de la revista se apellida como yo y porque siempre me ha gustado el cine: así de fácil. El resultado en los primeros meses fue catastrófico. Mi primera idea de lo que significaba editar era reescribir, así que durante dos meses me dediqué a tijeretear y rellenar los textos que no me convencían de todos los colaboradores que habían escrito en el blog durante años. En menos de dos meses se fueron todos, sin dar mayores motivos, porque no necesitaban darlos: el nuevo editor del blog de cine estaba haciendo pendejadas y no querían trabajar con un editor que no supiera hacer su chamba.

                Así que en enero del 2010 tuve en mis manos un problemón. Había entrado a fregar el orden del sitio y me había quedado con un blog vacío, sin nadie que escribiera en él más que yo y mis amigos de la maestría (que mandaban textos mediocrones desde Estados Unidos que yo tenía que traducir). Mi primer instinto fue duplicar mis esfuerzos y escribir más de cine, pero esto tampoco funcionó. La gente quería leer el blog de cine de Letras Libres, no el blog de cine de Daniel Krauze. Fue durante esos meses que me metí a tuiter, por consejo de mi hermano. Y decidí, con ayuda suya, sondear si entre sus followers había alguien que supiera escribir de cine. Mi hermano retuiteó mi solicitud y, en menos de dos días, recibí más de sesenta correos con CVs y textos de prueba.

                De toda esa camada saqué a seis o siete colaboradores. Todos escribían más o menos igual: con algunas fallas de estilo, algunos argumentos medio flojos o rebuscados, y un par de rollos de redacción. No obstante, a todos les vi potencial para crecer. Sabía –porque así ha sido mi experiencia desde que empecé a escribir- que nadie mejora a base de aplausos. Si quería que mis colaboradores escribieran de cine como escribían los viejos colaboradores tenía que ser inclemente con mis notas. Partí de la base de que esa inclemencia era la norma; de que era “normal”: una especie de pacto tácito entre editor y colaborador. Y así repartí…

                Mis nuevos colaboradores también desertaron. Dejaron de mandarme propuestas para nuevos textos, se brincaron fechas de entrega y no volvieron a escribirme. Todos menos uno. Pero, ¿cuál es la diferencia entre él y los demás? Muy fácil: el que se quedó fue el único que toleró la crítica, el único que aguantó vara cuando le rebotamos el mismo texto quince veces, el que entendió que el editor critica a la obra –el texto- pero no al autor. En suma, se quedó el que tuvo la piel gruesa, el que tomó el proceso como un aprendizaje, el que fue pragmático, el que no fue hipersensible; el que aprendió, de blog en blog, en qué fallaba y en qué podía mejorar. Creo que la lección de mi experiencia no es poca cosa. Los mexicanos parecemos tener alergia a los comentarios negativos: tomamos las críticas como ataques personales, como si todos hubiéramos nacido siendo los mejores escritores, carpinteros, cineastas, profesores y deportistas que podemos ser. Dicen que la práctica hace al maestro. Yo diría que, más que la práctica, es la crítica la que pule nuestro oficio. No sé si yo aprendí bien la lección que me dejó alejar a diez colaboradores en un mes (es decir: sigo sin saber si soy buen editor o no), pero lo que me queda claro es que mi colaborador sí aprendió. Y hoy en día me da mucho, mucho gusto recibir y publicar sus textos.

La herencia

Un mes después de enviudar, mi mamá decidió emprender un largo viaje.

Sé que no salió del país para escapar. Me bastó verla en la misa, de pie, con los ojos secos, sonriendo sin dificultad, para saber que había recibido la noticia de la muerte de mi papá con cierto alivio. Diez años de cuidar a un enfermo de Parkinson; de alimentarlo, de desvestirlo y bañarlo, de secarle el cuerpo emaciado; diez años de no ir más allá de la farmacia para comprar medicinas y ensure. Diez años, pues, de vida congelada. Salir del país, viajar como solían hacer cuando eran jóvenes, antes de que la enfermedad marchitara al roble que era su marido, era, para ella, un acto de emancipación. Por fin se independizaría de esa casa y esa cama, del lastre de cuidar a un hombre que era todo cólico y tremores. Me habló por teléfono a la oficina, para darme la noticia.

            “Ya compré el boleto, Horacio. Salgo mañana”.

            “¿Y a dónde vas a ir, Ma?”

            “Uy, a todos lados. A casa de mi hermana en Dallas, a Nueva York, a Madrid con unos amigos”.

            “Qué bien”, le dije. ¿Y cuándo vuelves?”

            “No sé. En unos meses. Depende de cómo la esté pasando”.

            Se fue en agosto y regresó a principios de enero. Durante todo ese tiempo recibí tres correos suyos. Uno pidiéndome que fuera a su casa a visitar a sus perros: dos siberian huskies con temperamento de lobos en celo, por los que jamás he sentido ni un ápice de afecto. Su segundo correo me avisaba que había llegado a Madrid y que, a pesar de ser octubre, hacía un calor infernal. Me preguntaba, también, por Julián, mi hijo. Al final del email me pedía, de nuevo, que visitara a los perros. Le respondí que Julián estaba viviendo en Londres, que hace un año no lo veía, pero que podía pasarle su dirección si quería visitarlo. Y le aseguré que visitaría a sus mascotas esa misma semana. Su tercer correo llegó desde Londres. Había pasado una tarde “maravillosa” con mi hijo. “Me presentó a su novia: una inglesita muy mona que quiere ser actriz”. Le dedicó dos párrafos a detallarme los lugares que habían visitado y a elogiar a Julián, al que “nunca había visto tan contento”. Sin embargo, su email no estaba desprovisto de reparos: “Horacio, tienes que hablar con él para que se quite ese tatuaje horroroso que se puso en el brazo. Esas cosas que se las deje a los traileros”. ¿Cómo explicarle a mi mamá que jamás he sido capaz de convencer a mi hijo de ponerse un sweater, no digamos de dejar ese vicio masoquista de mancharse la piel?

 El correo finalizaba con un inusitado desplante de cariño: “Te extrañamos por acá, hijito. Ojalá podamos vernos apenas regrese, por ahí de enero. Muchos besos”. Cerré el email y pensé en escribirle a Cecilia, mi ex esposa, para darle las buenas noticias (Julián estaba bien, Julián tenía novia), pero caí en la cuenta de que no era necesario. El silencio de nuestro hijo siempre había estado reservado para mí y no para ella. Concluí que Cecilia estaba al corriente de Julián: sabía dónde y con quién vivía, con quién andaba y hasta cómo le iba en la escuela: un instituto de artes plásticas que era, en mi opinión, una auténtica pérdida de tiempo.

Mi mamá me habló a la semana de haber llegado de viaje. “Te traje un par de cosas para tu oficina”, me dijo, entusiasmada, justo antes de soltar una perorata en contra de sus sirvientas por no haber cuidado de los perros como debían. Los había encontrado sanos pero polvosos y con los dientes llenos de sarro.

             “Pues llévalos al veterinario”, sugerí.

             “Ya los mandé hoy con las muchachas en la mañana. Los iba a llevar yo, pero no tienes idea la cantidad de pendientes que traigo”.

             “¿Quieres que pase a verte en la noche?”

             “Hoy no puedo. Voy a ver a tu tía Martha. ¿El sábado?”

Quedamos, colgué y, con un impulso de mi pie, giré en mi silla. En una sola vuelta observé mi oficina. No necesitaba nada. Tenía lo básico: una foto de mi hijo cuando era niño, un reloj, dos pinturas, libros en un estante, folders nítidamente apilados sobre mi escritorio, una computadora del año, y la mejor vista de Reforma en toda la ciudad.

*-*

Pasé a ver a mi mamá ese sábado por la tarde después de comer y compartir una botella de vino con mi amigo Enrique en el club de golf. La encontré con Sandra, nuestra eterna vecina. Le mostraba, sobre la mesa del comedor, una serie de collares que había comprado durante su viaje. Abrí la puerta, mi mamá me vio, se quitó los lentes y caminó hacia mí con paso vigoroso. Me prensó en un abrazo típico de ella: ligero, sin peso, como si sus brazos fueran plumas.

               “Pasa, pasa. Ya estamos acabando”, me dijo, en referencia a la venta.

Durante toda mi vida, hasta antes de que mi papá enfermara, mi mamá se había dedicado a hacer dinero trayendo ropa y joyas de los numerosos viajes que hacía con su marido, para después revender los productos en México a mujeres de su círculo social. Por lo tanto, viajar no sólo era un divertimento. Viajar era trabajo y, sobre todo en los setenta y ochenta, le dejaba buen dinero. La veía regresar, con dos maletas nuevas, repletas de sacos, faldas y collares, lista para abrirle las puertas de su casa a señoras que, a diferencia de ella, no tenían el lujo de tener un matrimonio armónico y un marido suficientemente generoso como para volar tres veces al año a diferentes partes del mundo.

                  “¿Ya viste este?, ¿no está divino?”, preguntó mi mamá mientras levantaba un collar de perlas y lo extendía cuidadosamente con ambas manos. Yo me mantuve del otro lado de la mesa, con las manos quietas adentro de las bolsas de mi pantalón. Sandra observó el collar y soltó un escueto soplido en señal de admiración. Mi mamá me volteó a ver.

                  “¿No te gusta, hijo?”

                  “Está… divino”, le dije, y sonreí sin enseñar los dientes.

Sandra le aseguró a mi mamá que regresaría el domingo o el lunes para comprarle el collar, se despidió de mí y salió por la puerta. Mi mamá trotó hacia la cocina de inmediato y le pidió a una de sus muchachas que acompañara a “la señora” a la salida. Después regresó a la sala, arreglándose el cabello con la mano.

                   “¿Quieres algo, Horacio?, ¿un café?”

                  “No, Ma. Estoy llenísimo”.

                  “¿Unas galletas? Traje unas galletas inglesas deliciosas”.

                  “No. De veras. Estoy bien”.

                  “También traje un té negro buenísimo. No como las porquerías que venden aquí en el súper. Un auténtico english breakfast tea”, me dijo, en tono de broma, haciendo lo posible por imitar el acento británico.

                   “Órale, pues. Te acepto un té”.

Nos sentamos en la sala a platicar. Yo apenas si sorbí de mi té. El vino de la comida me había dado sueño y me costaba trabajo mantener los ojos abiertos. Mi mamá me platicó su viaje con todo detalle: los locales que recordaba en Madrid, los muchos museos que había visitado, los viejos negocios que habían cerrado, de cómo había sido una pena que ni ella ni mi papá hubieran vivido afuera de la ciudad de México. Qué limpia se veía la casa. Sé, porque a eso huele mi hogar, que las casas que no se habitan, que no se viven, huelen a vacío, a aire quieto, a centenares de objetos que no han pasado por nuestras manos, que sólo han servido como ofrendas para el polvo. También sé a lo que huele el hogar en el que habita un enfermo. Sin embargo, la casa de mi mamá no olía a oquedad, ni guardaba vestigio alguno del hombre al que guardó, como en una caja, por una década entera. Todo lo contrario. Olía fresca y abierta, a productos de limpieza recién comprados, a comida calentándose en el horno. Prueba, supuse, de la vitalidad de la mujer que tenía frente a mí, con sus labios estrictos y esa postura que, a pesar de su menudo tamaño, daba la impresión de solidez. En sus últimos días, mi papá parecía etéreo; a punto de evanescer, como si su piel estuviera compuesta de humo. A diferencia de otros viejos, mi mamá jamás me daba esa impresión. Siempre, desde que era niño, la presencia de mi mamá se sentía al entrar a un cuarto.

Advertí que había comprado un nuevo antecomedor y que uno de los dos ventanales que daban al jardín (y a los adustos perros que dormitaban recargados sobre el cristal) no tenía cortinas.

                 “Voy a comprar unas nuevas, me dijo, poniendo su taza de té sobre un platito en la mesa contigua. “Las otras ya estaban horribles. Y el amarillo no combina con la nueva mesa”.

Tomé una galleta y, rehuyendo su mirada, le pregunté si no estaba dilapidando el dinero que mi papá le había dejado.

                 “No te preocupes. Esto lo estoy pagando yo. El viaje me lo pagó tu papá, pero nada más”.

                “¿Y qué piensas hacer?, ¿arreglar toda la casa?”

               “No toda. Algunas partes, sí. Nadie le ha metido un quinto a la casa desde hace diez años. Hay que cambiarle el piso a los cuartos, quitar la alfombra de la recámara principal…”.

              “¿Ya tienes un presupuesto?”

              “¡Qué bueno que me acordé! Tengo que llamar al jardinero el lunes para que le eche un ojo al maple. Creo que hay plaga”.

              “¿Y ya sabes cuánto va a costar?”, pregunté de nuevo, a sabiendas de que no me había escuchado la primera vez.

              “¿Cuánto puede costar, Horacio? Espérame un momentito”.

Se levantó y caminó hacia la cocina para pedirle a las muchachas que le recordaran que había que hablarle al jardinero. Me fui cinco minutos después, cargando una pequeña bolsa llena de souvenirs que mi mamá me había comprado en su viaje, listo para arrojarme en mi sillón a leer un libro.

*-*

Nunca he sido un hombre melancólico. Siempre he visto al pasado como un pasillo largo y ruidoso, lleno de ecos y voces que no logro distinguir. Sin embargo, desde que murió mi papá he comenzado a revisar mi vida de manera involuntaria. Algo en ese coro de instantes lejanos y de ceniza me atrae. Al final de una comida de negocios, en una conversación que me aburre, segundos después de apagar a mi reloj despertador, viajo hacia adentro, hacia mi infancia; al pequeño departamento en la Condesa en el que nací y la primaria de aulas angostas donde estudiaba; a mis papás jóvenes, sin arrugas en el rostro. Viajo a instantes que son tan anodinos que no puedo justificar por qué los habré guardado por tantos años: una moneda, prácticamente oxidada, que encontré en el pavimento de la banqueta afuera de mi casa; los zapatos de mi papá, separados por color, simétricamente arreglados debajo de sus trajes; yo, sentado en el escusado azul claro del baño de mi mamá, solo y desnudo, con fiebre, enfermo del estómago. Qué pocos momentos cruciales guardo en el baúl de la memoria. La vida entera reducida a momentos incómodos, observaciones mundanas, descubrimientos inconsecuentes. ¿Será que mi naturaleza, tan alejada de la nostalgia, no supo cultivar y procurar los días y los instantes valiosos?, ¿será que los recuerdos castigan mi negligencia? Lo vital desaparece y lo único que queda es la espuma de mis viejas rutinas. No sé cómo recordar a mi infancia porque me faltan elementos para etiquetarla, para decir que fue una infancia feliz o miserable.

Lo cierto es que rara vez pienso en mi papá. Los recuerdos de mi niñez le pertenecen a otra figura. No puedo verle el rostro, ni puedo oír su voz de forma nítida, pero sé que es mi mamá la que le cambia a la estación de radio, la que me platica de cómo se ahogó su primo en la alberca de aquel rancho que apenas si conocí de niño, la que me besa en la frente con labios húmedos mientras desayuno un huevo revuelto que no quiero tragar, la que se despide de mí antes de partir rumbo al aeropuerto y la que me dice, al ver la foto de mi novia de secundaria, que me tengo que conseguir a una niña que “no esté tan feita”. Pienso que mi mamá me quería, pero pensar no es lo mismo que recordar. Pensar es un acto apegado a la lógica: sé que soy su hijo y, por lo tanto, sé que me quiso. Recordar es otra cosa. Es encontrar, quizás. Y a través del pasillo de mi infancia no encuentro amor. Tampoco encuentro encono, ni olvido. Para aferrarme a algo abro la puerta que lleva a otro camino, sin imágenes, sin voces, sin escenas ni pedazos amputados de mi vida. Soy yo: una unidad que reúne todos mis 48 años. Y yo me respondo, sin demoras o dudas, que siempre quise a mis papás, independientemente de cómo los recuerdo.

No es poca cosa, este hallazgo. Me sirve como freno, me expulsa del túnel del recuerdo, y vuelvo al presente, donde todo parece palpable y certero.

*-*

El sábado siguiente volví para comer a casa de mi mamá. Las cortinas nuevas estaban puestas en el ventanal y el orden de los sillones había cambiado: ahora, el más grande daba la espalda al jardín. Me pareció un reacomodo innecesario y quizás por eso me llamó la atención. La muchacha cerró la puerta detrás de mí y caminó, a pasos apurados, rumbo a la cocina. Nunca antes la había visto.

Mi mamá apareció del otro lado del pasillo. Me llamó por mi nombre mientras arrojaba un vistazo furtivo a su sala, como una maestra voltea a ver a sus alumnos mientras presentan un examen, como si quisiera cerciorarse que los muebles no estuvieran haciendo alguna travesura. “¿Nueva muchacha?”, le pregunté, en un susurro.

                     “Sí”, me respondió, en voz alta, sin miramientos. “Lucy me estaba dando una lata terrible. Ya estaba grande, no oía bien. El día que viniste a visitar me rompió dos tazas nuevas que traje de España”.

            Nos sentamos en el comedor. Yo jugueteaba con las esquinas del mantel frente a mí, mientras mi mamá seguía hablando de la nueva muchacha, de dónde había venido, cómo la había contratado, cómo se llevaba con Claudia (la otra muchacha), cómo trataba a los perros.

            “Hasta ahorita no me ha dado ninguna lata. Pero uno nunca sabe. No me gusta que sea tan jovencita”, culminó.

            Tuve miedo de que el resto de la comida estuviera dedicado a los pormenores del servicio. Había cancelado un juego de golf y una comida con un par de amigos para venir, y no se me antojaba pasar dos horas platicando de problemas cotidianos.

            “¿Tú cómo estás?”, me preguntó mientras nos retiraban los platos vacíos de la mesa.

            “Yo muy bien, ma. Mucho trabajo, ya sabes”.

            Mucho trabajo, ya sabes, parecía la respuesta de un hijo cortante, no la de un hombre queriendo virar el tema de conversación hacia algo más sustancioso. Mi mamá me escuchó y se mantuvo impávida por unos segundos. Después apretó los labios y asintió, como si acabara de escuchar una mentira flagrante o una verdad a medias. Era un gesto maternal, que yo conocía bien: durante todo el largo y doloroso proceso de mi divorcio lo recibí decenas de veces.

            “¿Estás bien, Horacio?”, solía preguntarme mi mamá, al verme comer con la vista clavada en el plato, con ojeras, con los labios morados de tanto mordérmelos, con las uñas masticadas: diez pequeñas sonrisas macabras observándome desde mis manos.

            “Muy bien, Ma. Todo va muy bien”, le respondía, reacio a hablar de una separación que yo había propiciado; una separación que estaba a punto de apartarme para siempre de mi hijo de diez años.

            Respondía así porque no tenía palabras para articular la verdad. No volví a responder honestamente a esa pregunta hasta que el divorcio dejó de lastimarme.

            “¿Has sabido algo de Julián?”, le pregunté.

            “¿Yo? Es tu hijo, Horacio”.

            “¿No te ha escrito desde que lo viste?”

            “No. No me ha escrito. ¿Por qué no le escribes tú?”

            Ahora fui yo el que asintió, pero, a diferencia de ella, procuré hacerlo sin un dejo de ironía o significado oculto. Quería decir: sí, tienes razón, debería escribirle; pero no sé si logré transmitir con claridad ese mensaje. Mi mamá se dedicó a partir su carne, intentando darle un uso al silencio. Qué delgada se ve la piel de sus manos, pensé al verla sujetar los cubiertos y apretar sus puntas contra la superficie marrón del platillo. Los troncos crecen y se ensanchan, los seres humanos envejecen y se marchitan. El ímpetu en esas manos era el mismo de siempre –la intención, pues- pero los huesos ya no obedecían como antes. Un impulso, extrañamente protector, me tomó por sorpresa: quería arrastrar mi silla, sentarme a su lado y ayudarle a partir la carne. Me limité a preguntarle si necesitaba ayuda.

            “¿De qué hablas, Horacio? Tengo 78 años, no tengo 105”, me respondió, enfática. Luego devolvió la mirada a su plato de comida y yo sonreí, sin que me viera.

*-*

            Llegué a mi casa una hora después. Podría haberme quedado más tiempo en casa de mi mamá, pero ella tenía una cena en casa de sus amigas y debía alistarse. Daban, apenas, las cinco de la tarde y su compromiso era a las ocho. Nunca he entendido los tiempos de las mujeres –lo que se tardan en bañarse, vestirse, hasta en lavarse los dientes- así que preferí no preguntar en qué usaría esas tres horas. Me levanté del sillón cuando ella se puso de pie, nos despedimos y caminé hacia afuera, seguido por la nueva muchacha, que daba pasos cortos detrás de mí, con las llaves en la mano, lista para abrirme la puerta.

            Mi mamá me había sugerido escribirle a mi hijo, pero ni siquiera prendí la computadora para mandarle un correo. Julián me había odiado por casi quince años, desde el día en que se fue a vivir con Cecilia y mi contacto con él quedó limitado a un par de fines de semana al mes. El cambio en su actitud no fue paulatino: no lo vi alejarse de mí lentamente, como un objeto que flota sobre la superficie del mar. De un día para otro dejó de ser ese niño serio e inquisitivo que se sentaba junto a mí a la mesa para preguntarme sobre mis películas, mis libros y mis animales favoritos. Nunca fue sonriente. Recuerdo su primera gran fiesta de cumpleaños y cómo pasó todo el tiempo sentado en el sillón, sin entender el alboroto a su alrededor. Cuando llegó la hora de cortar el pastel, Julián lo volteó a ver con una mirada aprehensiva, como si fuera un objeto de tortura más que un ancho cilindro de pan y merengue. Cecilia lo tomó de los hombros, aplaudió; quiso convencerlo de apagar las velas y cortar un par de rebanadas. Pero Julián no dio el brazo a torcer. No hizo berrinche ni tiró el pastel al piso. Se levantó de su silla, caminó de vuelta a la sala y no hubo poder humano que lo trajera de vuelta. Yo tomé asiento a su lado. No nos dijimos una sola palabra, porque no las necesitamos. Ahí, más que en ningún otro momento, entendí que yo era su papá: que él, como yo, era un animal solitario al que le costaba trabajo tolerar a las multitudes, las porras y los gritos de emoción falsa. Es de los pocos recuerdos sustanciosos que tengo de su infancia, y doy gracias a Dios de tenerlo. Sin él me sería imposible saber que hubo un momento en el que mi hijo no me detestaba. Sin él, sólo quedaría el rosario de instantes incómodos que me brotan en la mente y me disuaden de escribirle o acercarme a él.

            Durante toda su adolescencia pensé que el rostro de disgusto con el que me daba la bienvenida cuando pasaba por él,  sería suplantado alguna vez por un gesto de ternura o de resignación, al menos. Lo he hablado con mis amigos del club y con algunos colegas: los papás soportamos la tormenta de la adolescencia de nuestros hijos porque sabemos que es transitoria; que un día, no muy lejano, nos saludará un hombre que reemplace a ese individuo sulfuroso que no tiene espacio en su cuerpo para algo distinto al acné, la hormona y el resentimiento. Escuché como cada uno de mis amigos le dio la vuelta a la página y estableció una relación relativamente armónica con sus hijos. Zanjaron los agravios, ocultaron las molestias, llegaron a un pacto tácito: ondearon una bandera blanca (deshilachada y jodida, pero blanca al fin y al cabo). Yo no tuve tanta suerte. Julián nunca dejó de ser un adolescente en mis ojos: su displicencia jamás dio paso a la cordialidad con la que yo trataba a mi papá, jamás me absolvió de culpas, jamás dejó de desafiarme. Ni siquiera bajó las armas cuando se dio cuenta que yo había abandonado el terreno de batalla. Durante años fuimos protagonistas de las más épicas peleas, de la más sofisticada esgrima verbal. Nos gritamos en restaurantes, nos azotamos contra las paredes de mi departamento, nos dejamos abandonados en más de una plaza y un parque. Y la historia se escribió de esta manera: después de que lo invité a jugar golf conmigo por primera vez, se negó a volver a pisar el club; al notar que me había molestado su primer tatuaje (un pequeño avión negro en la espalda), Julián se dio la vuelta y la siguiente semana me recibió con un tres romano en la muñeca; tras escuchar mi consejo de estudiar economía como yo, regresó a casa de su mamá y aplicó para un instituto de artes plásticas. Finalmente, porque soy testarudo pero no masoquista, tiré la toalla. Guardé la esperanza de que recapacitara, pero entendí que no puedo ser su guía, ni por oposición ni por fuerza. Me di cuenta, también, que mi presencia lo lastimaba. Mis peticiones y quejas lo empujaban a tomar, siempre, el camino opuesto. De una extrañísima manera, yo, su Némesis, estaba detrás de todas sus decisiones.

            Así que me limité a escribirle en su cumpleaños y a mandarle dinero cada mes, siempre pidiéndole el depósito a mi contador con una punzada de molestia, con el impulso soterrado de despojarlo de la comodidad que yo le proveía y que él tan abiertamente menospreciaba. Nunca hablé de esto con Cecilia. Supe –siempre he sabido- que hubiera tomado la noticia con gusto en vez de tristeza. Después de todo, fue ella la despechada, la que decidió sentarse con su hijo de once años y decirle, como si el escuincle fuera su psicoanalista, que su marido se había acostado con una de sus mejores amigas después de una reunión de sábado. El acostón más caro de toda la historia: perdí a mi mujer y a mi hijo en una sola eyaculación mediocre.

            Por eso no le escribí. No creo en la redención inmediata, ni en el súbito cambio de parecer. Un correo electrónico no cambiaría mi relación con ese paria de piel entintada que caminaba por Londres despilfarrando mi dinero.

*-*

            El miércoles de la siguiente semana mi mamá me marcó a la oficina, a las once de la mañana, “para platicar”.

            “¿Qué pasa?, ¿te canceló el desayuno Sandra?”

            “El desayuno es mañana, Horacio. Nada más quiero platicar un rato, saber cómo estás”.

            Apenas si podía entender lo que mi mamá me decía. El ruido de un taladro contrapunteado con los estentóreos ladridos de sus perros opacaban su voz, suave y un tanto aguda. Separé el auricular del oído y esperé a que se alejara de ahí para poder hablar con ella. Qué poco estaba acostumbrado al ruido. Mi oficina y mi departamento, ambos arriba del vigésimo piso, me aislaban del bullicio de la ciudad. Podía pasar el día entero sin pisar una banqueta y someterme a la agresión auditiva de las calles. De mi escritorio al elevador y de ahí al estacionamiento; del automóvil al estacionamiento de mi casa; del elevador a mi sala y de ahí a mi cama: para todos efectos prácticos, mi vida se desplegaba en una serie de cápsulas compactas.

            Me percaté de que mi mamá llevaba hablándome más de un minuto sin que yo le pusiera atención. Le sugerí que se alejara de los ladridos y el taladro porque no podía escucharla. Ella me pidió una disculpa e, imagino, caminó rumbo a su recámara. Por fin pude entender lo que me decía sin problemas.

            “¿Ya me escuchas?”

            “¿Qué es todo ese ruido?”

            “Estoy cambiando las chapas de las puertas y quitando el tapiz de la pared del antecomedor”.

            Quise preguntarle de dónde venía la obstinada necesidad de transformar, en un transcurso de dos semanas, la casa en la que había vivido por más de treinta años. Pero una voz interna y desconocida me aconsejó que guardara silencio. Sentí que preguntarle sería el equivalente a apagarle la televisión a una persona que descansa, convaleciente, en la cama de un hospital.

            “Qué bien, Ma. Ya era hora. Esas chapas estaban horribles”.

            “¿Verdad que sí?”, replicó entusiasmada. “Oxidadísimas”.

            Mi mamá soltó una bocanada de aire en el teléfono. A través de los cables y los aparatos, el sonido se escuchó robótico y pesado: como la idea que una computadora tendría del bramido de un toro.

            “¿Y qué vas a hacer hoy, Ma?”

            “¿Hoy?”

            Mi mamá guardó silencio y chasqueó la lengua en su paladar. Mientras esperaba una respuesta, me puse de pie y caminé rumbo al ventanal de mi oficina. La nata de contaminación chilanga no me permitía ver el horizonte.

            Una cápsula, dentro de una cápsula, dentro de otra cápsula…

            Finalmente, mi mamá habló.

            “Voy a comer aquí, esperar a que se vayan los trabajadores y hablarle a tu tía Martha”.

            “¿La vas a ir a ver o para qué le vas a hablar?”

            “No, no. Quiero platicar con ella”.

            “¿Vienes el sábado a comer?”, me preguntó antes de colgar, y yo caí en la cuenta de que era la primera vez en mi vida adulta que ella me invitaba a su casa. Siempre era yo el que procuraba visitar a mis papás por lo menos una vez por semana. Después de ir al club, de jugar golf y beber unas copas de vino tinto, recién bañado, con mi ropa de domingo, pasaba a la vieja casona. Mi mamá me daba la bienvenida. Siempre habían invitados en la sala: tías, primas, amigas, viejos conocidos. Mi papá, mientras tanto, dormitaba, siempre enfermo, en su cama. Yo saludaba cortésmente a quien fuera que estuviera ahí, platicaba de nimiedades por cinco minutos y después me dirigía a la recámara principal. Ahí, mi papá, apenas consciente, me veía y entreabría la boca. No buscaba decirme algo. Era, simplemente, su única manera de decirme que sabía que yo, su único hijo, había llegado a visitarlo. Me sentaba junto a él, sin tocarlo, y le preguntaba estupideces.

            “¿Cómo estás, Pa?”

            “¿Cómo te sientes, Pa?”

            “¿Qué comiste, Pa?”

            Estupideces no sólo porque no tenía manera de responderme. Estupideces porque cada cosa que le preguntaba partía de esa necesidad tan cobarde y tan humana de no llamarle a las cosas por su nombre: de maquillar de normalidad lo que nos aterra, de pretender que entendemos lo inefable. Cómo hubiera querido sentarme a su lado y decirle, viejo, qué puta desgracia lo que te ha pasado. Nunca lloré con él, nunca lo tomé de la mano y le dije cuánto me encabronaba que la fortuna hubiera decidido encarcelar detrás de su propia piel a un hombre tan vigoroso.

De cualquier manera, dudo que en esos últimos meses haya entendido una sola palabra de lo que le decía. La vejez lo había convertido en un autómata. Su superficie –su cuerpo y su rostro- era un pozo de agua estancada. No se podía dilucidar qué había en el fondo porque el exterior no daba clave alguna. ¿Cómo saber qué siente y qué piensa un hombre inmóvil? Sólo sus ojos, antes inmensos, redondos y oscuros, me murmuraban secretos en silencio.

            Me decían, siempre: me quiero ir. De esta cama. De esta casa. De esta ciudad. De esta cápsula de la que no puedo escaparme.

            Aquellas tardes salía de casa chiflando, como una manera de desafiar la miseria que me confrontaba semana con semana allá adentro. “¿Cómo viste a tu papá?”, era lo único que me preguntaba mi mamá.

            “Lo vi bien. Lo vi entero”, le respondía, antes de dirigirme hacia la puerta, chiflando una tonadita improvisada.

            Quise volver a levantar el teléfono y marcarle a mi mamá. Quise hablar de su marido, preguntarle cómo habían sido todas esas noches en las que, sin mí en la casa y sin invitados para esconder la muerte que se dilataba en la cama de mi papá, se quedaba sola con él. Quise preguntarle si ella, también, le preguntaba estupideces porque no aguantaba el silencio inapelable que envuelve a quien acompaña a un enfermo terminal. ¿Lo besabas en las noches, Ma?, ¿lo tomabas de la mano?, ¿intentabas recordar con él aquellos viajes por Europa, por Asia, por Sudamérica?, ¿querías traerlo de vuelta?, ¿o tú también leías esa petición que deambulaba en sus pupilas?

            Me quiero ir.

            Llegué a mi departamento temprano y caí dormido antes de las diez. Se me cayeron los párpados antes de que pudiera leer más de tres páginas del bestseller que había comprado.

*-*

            Desperté a las seis de la mañana, agitado y con mal sabor de boca. Soñé con Cecilia, mi ex esposa, por primera vez en muchos años. Caminábamos por una calle que yo reconocía como aquella en la que crecí a pesar de que no era la misma. Después nos subíamos a un coche que yo reconocía como el viejo coche de mi papá, a pesar de que eran modelos distintos. Lo único que advertí de inmediato, idénticos a su contraparte real, fueron los labios y el cuerpo de Cecilia. Me besaba, inclinando el cuerpo desde el asiento del copiloto, como si no hubiera habido divorcio, como si jamás hubiéramos tenido un hijo, como si nunca nos hubiéramos casado. Era ella, la chica que conocí en una fiesta de la universidad, la que me visitaba cuando mis papás estaban de viaje, la que escuchaba a Bob Dylan en el anticuado estéreo de su sala; mi compañera. ¿Cómo pude recordar en sueños lo que jamás me pasaba por la mente cuando estaba despierto? Ahí estaba el olor de su cuello, esperándome detrás de los perfumes que usó por más de quince años. Fluía desde adentro y, por tanto, se fue agriando con el paso del tiempo. En el sueño, sin embargo, el aroma seguía fresco. Cecilia me llamaba por mi nombre, que yo solía detestar en voz de cualquier persona menos ella. La besaba y escabullía mis manos entre sus piernas, por arriba de su falda holgada y púrpura (que creía haber olvidado). Sentía su clítoris despertar debajo de mis dedos. Veía sus muslos separarse, uno tocando la palanca de velocidades, otro la manija de la puerta. El rostro de Cecilia quedaba escondido detrás de su fleco negro; sólo veía sus labios, tan escuetos, tensarse.

            ¿A dónde vamos?, me preguntó, con mis manos aún jugueteando en su entrepierna.

            ¿A dónde vamos?

            Me desperté. Sólo quedaba una erección, dolorosa y palpitante, como testimonio de mi fantasía. Tenía la respuesta a su pregunta en la punta de la lengua. No la dije en voz alta por miedo a que el recuerdo idílico de Cecilia –de una Cecilia que no existe- perforara la burbuja onírica. Quise decírmelo en voz baja para decírselo al que la había soñado; para que el hombre que en unas horas saldría rumbo al trabajo supiera que la pregunta formaba parte de una vida que no vale revisitar, una vida que no es suya.

            Vamos a casarnos, Cecilia, le dije, con los ojos cerrados, queriendo no despertar. Te voy a pedir matrimonio afuera de tu casa, frente al portón de madera. Nos vamos a casar en una pequeña ceremonia en la iglesia donde hiciste tu primera comunión. Vamos a vivir tres años en la Colonia del Valle, en un departamento pequeño dentro de un edificio más bien adocenado. Verás: aunque tengo dinero prefiero que mi papá no nos ayude. Tú estarás de acuerdo. En nuestro último año ahí, recibiremos dos noticias. Me contratará una consultoría con oficinas en Reforma y, después de una noche en la que te llevaré a festejar con todos nuestros amigos, quedarás embarazada. Nos cambiaremos a vivir a San Ángel, donde siempre has querido tener una casa tan grande como la de tu abuela. Julián, nuestro primer hijo, nacerá en marzo: un bebé pesado y vivaracho y alegre. Desde los primeros meses será obvio que el niño se parece más a ti que a mí: tendrá tu pelo y tus ojos, tu piel y tus labios. Me dirás que quieres tener más hijos y yo te diré que sí. Dos años después vendrá nuestra primera hija, que se llamará como tú. Creceremos juntos, los cuatro, en esa casa que tanto te gusta. Viajaremos como viajaban mis papás, pero yo nunca enfermaré como él, te lo prometo. Julián y Cecilia vivirán un tiempo en el extranjero, estudiando lo que quieran estudiar, y después regresarán a vivir cerca de nosotros, a darnos una familia, a darnos nietos. No habrá divorcios, ni noches de llanto insomne, te prometo. No me esperarás de pie junto a la puerta, con tu reloj dando las dos de la mañana, tu mirada fija en el garage de la entrada. Tendremos una vida que no será excepcional, pero será alegre y llevadera. Te prometo, Cecilia. Te prometo que hacia allá vamos.

*-*

            Mi mamá me invitó a comer a su casa el viernes por la tarde. Rara vez la visitaba entre semana: trabajaba lejos de donde vivía y no tenía más de dos horas para salir a comer. De lunes a viernes entraba puntual a las nueve y media, pero mi horario de salida variaba. Podía estar de vuelta en mi departamento a las siete o, bien, regresar a las once de la noche. Sin embargo, prefería –siempre había preferido- trabajar hasta tarde, después de que anochecía, que salir de la oficina antes del atardecer.

            Arreglé cuanto pendiente pude durante la mañana, le pedí a mi secretaria que pospusiera mis juntas y llamadas, y me dirigí a su casa.

            Esta vez fue ella la que me abrió la puerta principal. Traía el cabello recogido en una cola de caballo. Su rostro, sin maquillar, parecía prácticamente libre de arrugas hasta que esbozó una sonrisa de bienvenida y la piel en sus sienes se contrajo, carente de elasticidad, para formar una decena de grietas que confluían, como la delta de un río, en una última y marcada arruga que llegaba a la cuenca de sus ojos. Qué raro, pensé, que el rostro de mi mamá pareciera joven en reposo y que sólo un gesto –alegre, en este caso- delatara su edad, como si sólo su sonrisa hubiera envejecido.

            La mesa estaba lista. De la cocina emanaba el aroma caliente de sopa de cebolla, de pescado, de jitomate refrito sobre un sartén. Mi mamá se detuvo a la mitad del pasillo, entre el comedor y la puerta que daba a la cocina. Reposó la barbilla sobre su mano tiesa, como si intentara recordar algo importante. Finalmente, volteó a verme.

            “¿Quieres un vaso de agua, un café o un té, hijito?”

            “¿Un café antes de comer? No, ma. Estoy bien”. Acompañé mi replica con una risita socarrona. Pensé que le caería en gracia, que serviría para que viera lo inherentemente absurdo en su oferta, pero no pareció tomarlo con sentido del humor.

            “Siéntate a la mesa, entonces”, me dijo, con una inflexión de hartazgo. Obedecí como si tuviera doce años.

            El servicio comenzó su usual rutina: las dos chicas trajeron una jarra de agua, una botella de vino (que nunca abrimos), el plato de quesos y una baguette. Finalmente, dieron la vuelta alrededor de la amplísima mesa del comedor, sirviéndonos dos cucharones de sopa. Cómo quise pedirle a mi mamá que nos paráramos de este comedor, que nos olvidáramos de las buenas costumbres y los buenos modales, y comiéramos, como dos adultos, de manera casual, frente a la televisión de la sala de estar, mojando el pan dentro de nuestra sopa. No podía sentirme cómodo si cada almuerzo y cena con ella venía acompañado de este ritual burgués de sirvientas vestidas de azul y blanco, de cubiertos perfectamente ordenados sobre el mantel, de sillas en las que no quería recargarme por miedo a que se partieran en dos. Me molestaba, sobre todo, porque la rutina servía para hacerme sentir como un invitado dentro de mi propia casa. Un extraño.

            Las muchachas regresaron a sus puestos y mi mamá les pidió que cerraran la puerta de la cocina. “Empieza”, me ordenó, como si necesitara pedirle permiso. Y después comenzó a hablar. No hubo espacio alguno en su discurso para interpelarla: habló tanto y tan rápido que a duras penas pude emitir sonidos de afirmación o desacuerdo. Me dijo que pensaba tirar la casa por la ventana en una fiesta para celebrar sus 79 años. “Hace mucho tiempo que no hago una fiesta. Yo creo que desde que Julián cumplió doce no hacemos algo en grande. Necesito invitar a todo mundo: a tus primos y primas, a tus tíos y a tus tías, a mis amigas, a los amigos de tu papá, a todos los que todavía están vivos”.

            Finalmente, con el pescado y el arroz sobre mi plato, pude opinar. Quise pedirle que dejara de gastar dinero. Un impulso avaro me recordó que esa también era mi herencia. Pero no dije nada al respecto. Había trabajado desde los veinte años para tener una vida tan cómoda o más que la de mis padres, y era lo suficientemente exitoso como para no requerir un quinto de ellos. No había mejor prueba que esta: después de seis meses de la muerte de mi papá, aún no tocaba un solo centavo de lo que me había dejado. Sin embargo, pensé que mi mamá cometía un acto irresponsable al no ver por su propio futuro y bienestar económico. Quise aleccionarla, como sé que su marido nunca hizo, sobre el valor del dinero.

            “Me parece muy bien, Ma. ¿Ya sabes cuánto te quieres gastar?”

            “No sé, no sé. Pero necesito que haya de todo. Que venga un trío, que haya canapés. A ti que tanto te gusta, ¿por qué no me echas la mano escogiendo unas buenas botellas de vino, Horacio?”

            “¿Qué tan caras?”

            “¿Cómo que qué tan caras?”

            “Sí. ¿Cuánto me puedo gastar?”

            “Ay, no sé, Horacio. Tú escoge unas buenas botellas y ya después vemos cuánto cuestan…”.

            Mi mamá estaba comiendo más lento que de costumbre. Habían pasado diez minutos desde mi último bocado de huachinango y ella aún no tocaba el suyo. Su tenedor y cuchillo descansaban sobre su plato de manera perpendicular, como las manecillas de un reloj averiado. Revisé la hora en mi muñeca con discreción: había pasado solo treinta minutos dentro de la casa, pero se sentía como una eternidad. Me molestó mi aburrimiento persistente, mi incapacidad de disfrutar a mi mamá, sana y activa: el opuesto del hombre que unos meses antes había muerto a dos recámaras de distancia, tras una década de lentísima erosión. Mientras mi mamá seguía hablando, deduje que quizás mi aburrimiento enmascaraba una alerta: que había, pues, algo disfuncional en su deseo de gastar un dineral para festejar su vejez. Quizás no me molestaba el hecho de no poder gozar la compañía de mi mamá. Me incomodaba no saber cómo tendría que comportarse para que no me molestara pasar una comida entera junto a ella. ¿Prefería verla viajando, llena de planes pero lejos? No. Claro que no. Lo que me irritaba era la compulsión detrás de sus necesidades. El problema central era esa palabra: necesidad. Mi mamá necesitaba una fiesta. Necesitaba que fuera grande, que hubiera decenas de invitados. ¿Por qué?

            “Voy a meterme a clases de pintura. No he dibujado desde que eras niño y me gustaría retomarlo ahora que tengo algo de tiempo libre”.

            “¿Tú pintabas?”

            “Mucho. En óleo y acuarela, sobre todo. Estudié historia del arte, Horacio”, me dijo, como si fuéramos desconocidos que apenas empiezan a intercambiar los datos más básicos de su persona.

            “Claro. Perdóname. Se me fue. ¿Y ya sabes dónde vas a tomar clases?”

            “Tu prima Laura va a una academia que está por Las Lomas. Hablé con ella el otro día y me invitó. Dice que tienen un maestro buenísimo”.

            “Y pensaba que con un artista en la familia teníamos suficiente”, le dije y aparté el plato vacío, empujándolo hacia adelante. Al verme, mi mamá también empujó su plato. Esperé otro ademán infantil de su parte: que se cruzara de brazos, se parara de la mesa o que su boca se ciñera en un puchero. Pero, al parecer, con imitarme había tenido suficiente.

            “¿Ya le escribiste a tu nieto para contarle? Seguro le va a fascinar saber que su abuelita hace lo mismo que él”.

            Pintar. Dibujar. Sentarse frente a un lienzo. Qué pérdida de tiempo: los sentimientos y las intenciones reducidas a una paleta de colores, a simbolismos vagos, donde las pinceladas reemplazan las palabras. Si todos dejáramos de escribir y hablar, ¿de qué nos serviría dibujar?, ¿podríamos comunicarnos pintando un cuadro? En la historia de la humanidad nunca ha existido herramienta de expresión más idiota que un pincel.

            “Ni siquiera había pensado en Julián. Pero, ahora que me lo recuerdas, hace rato que no le escribo…”.

            Las sirvientas volvieron a entrar, ambas con rostros rígidos, más máquinas que personas. Traían el postre. Antes de que regresaran a la cocina, mi mamá se inclinó hacia mí y me susurró, en un tono lo suficientemente alto como para que la pudieran escuchar antes de irse:

            “No tienes idea la lata que me ha dado la nueva niña. El otro día la sorprendí revolviendo la sopa con la mano”.           

Antes de irme, mi mamá me hizo prometerle que compraría esas botellas de vino. Me aseguró que me las pagaría.

            “Ve por ellas esta semana”, me pidió.

            “Pero tu cumpleaños es en un mes, Ma”.

            “Ya sé. Pero hay que ir organizando la fiesta desde ahorita”.

            *-*

            Lo primero que hice al día siguiente fue salir a comprar las botellas de vino. Me desperté a las nueve de la mañana y una hora después ya estaba listo para salir. ¿De dónde venía la prisa? Pensaba que llegando a la vinatería escogería la primera botella que me convenciera, pero no fue así. Me tardé más de una hora en decidir qué comprar. Pedí que me dejaran entrar a la cava donde guardaban los mejores vinos y pensé en la uva adecuada y en la región correcta, como si se tratara del último vino que probaría en toda mi vida. Inclusive convencí al encargado que me atendió de abrir un par de botellas –que pagué, por supuesto- para probar los contenidos. Al final escogí una caja de Chateau Figeac y cinco botellas de Sassicacia, un vino celestial. Intentando descifrar de dónde provenía este entusiasmo, pensé que las botellas eran en realidad un regalo –un lujo- para mí. 

No era cierto. Mientras pagaba y observaba cómo guardaban más de una docena de botellas francesas en una caja de madera, llegué a una conclusión que me tomó por sorpresa: quería impresionarla. Era la primera vez que mi mamá me hacía una encomienda para sus reuniones, sus fiestas. Años de comer lo que ella y mi papá escogían, de beber las botellas que habían traído de sus viajes, culminaban aquí. Ahora era yo el responsable.

            Qué tontería, pensé, aún con la sonrisa en los labios, mientras firmaba el recibo.

            Le hablé a mi mamá apenas llegué a mi departamento. Le dije que ya había comprado todo y que no tenía que pagarme. Me dio las gracias de manera efusiva y luego, con el mismo fervor, se quejó de sus nuevas cortinas. “Quedaron largas. Están tocando el piso”, me explicó.

            Pensé que me preguntaría cuáles botellas había comprado y que, al escuchar mi respuesta, recordaría su visita a la campiña francesa, su viaje en coche por el norte de Italia o uno de sus cruceros por las islas griegas. Eso hubiera hecho antes, cuando salpicaba su conversación con anécdotas de lugares que nadie conocía, cuando hablaba de los museos que visitaba y las exposiciones que había visto, cuando recordaba las mejores comidas de sus viajes como si tuviera los platillos frente a ella.

            “Y la puerta del garage no funciona, Horacio. Necesito que consigas a alguien que venga a arreglarla”.

            Recibí esta segunda petición con mucho menor entusiasmo.

            Colgamos. Arrojé el teléfono sobre la mesa del comedor. Caminé a la cocina. Y abrí una botella de Sassicaia.

            Me la acabé en poco más de una hora, yo solo, a la una de la tarde, sentado en el sillón gris de la sala, viendo mi ventana. No veía edificios, ni antenas parabólicas. Mi piso estaba tan arriba que, a menos de que me acercara al cristal, no podía ver nada más que cielo. De vez en cuando un avión cruzaba en la lejanía y yo jugaba a imaginar que en realidad eran hormigas caminando sobre mi ventana de manera horizontal. Comenzaba a embriagarme. Estaba acostumbrado a tener amigos acompañándome en la borrachera y ahora, en su ausencia, me vi obligado a encontrar nuevos interlocutores. Platiqué con mis recuerdos, esos nuevos amigos que comenzaban a visitarme con frecuencia. ¿Cómo recuerdan a mi mamá?, les pregunté. ¿Cómo recuerdan a Cecilia y a Julián?, ¿cómo me recuerdan a mí?

            Abrí otra botella para que la conversación fluyera sin mayor problema. El vino perdió su distintivo sabor: se convirtió en una especie de líquido astringente y amargo.

            Acuérdate, Horacio, de ese domingo cuando jugaste con tu hijo.

            Julián y yo estábamos enfermos. Cecilia había salido, quién sabe a dónde.

            Se sentaron a ver la tele. Viste caricaturas con él. Cómo odiabas esos programas que veía: las voces agudas, los colores chillantes, las tramas insulsas. Pero esa vez, acuérdate, viste la tele con él durante toda la mañana.

            ¿Los Picapiedra?, ¿esos hombrecitos azules con gorro blanco?, ¿qué veíamos?

            Acabaron de ver la tele y lo ayudaste a hacer una casa con los cojines del sillón.

            Qué adusto era Julián. Cómo se tomaba todo tan en serio. “Ese es el techo, papá. Ese ponlo allá. Pon esa manta aquí para que sea la puerta”.

            Te metiste con él, pero a duras penas cabías en el angosto espacio entre el sillón y los cojines. Estabas gordo en ese entonces, antes de que el divorcio se llevara la mitad de tus kilos y la mitad de tus ahorros.

            Salimos y Julián desconectó el teléfono. Tenía cuatro o cinco años.

            Se sentó junto a ti en el sillón y puso el aparato sobre su regazo. El teléfono medía más que sus dos muslos juntos. Descolgó, puso su manita sobre el teclado y, con el dedo índice, marcó una combinación de dígitos escogidos al azar.

“¿A quién le hablas, gordo?”

            “A ti, papá”.

            “¿A mí? Si yo aquí estoy”, le dije, tocándome el pecho con la palma de la mano.

            Volvió a marcar y a preguntar por ti.

“¿Papá?”

            “Aquí estoy”.

            “¿Papá?, ¿papá?”

            “Aquí estoy”.

            “Aquí estoy”.

            *-*

            Durante las siguientes semanas me mantuve en constante contacto con mi mamá. Me hablaba para pedirme favores grandes y pequeños: consígueme a alguien que conozca buenos músicos, ayúdame a encontrar un buen servicio de canapés, comunícate con alguien que pueda conseguir suficientes mesas para cincuenta invitados. Poco a poco los preparativos para su fiesta opacaron sus quejas anodinas. Dejó de hablar de las cortinas de su casa, de los perros, del servicio, de las nuevas y viejas alfombras, de los escusados descompuestos, del tinaco sin lavar, del ruido infernal que hacía el refrigerador por las noches, de la alarma que había mandado instalar para defenderse de un posible robo, de la plaga que amenazaba con azotar el maple del jardín, de las ardillas que insistían en comerse sus duraznos, de las hormigas que invadían su alacena; de todos y cada uno de esos problemas cotidianos que desde que había regresado de viaje se habían convertido en su tema predilecto. Y honestamente prefería verla atareada con el frenesí de su festejo y los pormenores del banquete, la logística de las invitaciones y la selección de invitados.

            También me platicaba, con emoción, de sus clases de pintura. Me dijo que era por mucho la más grande del salón; que la mayoría de sus compañeros tenían entre veinte y treinta y tantos. Por el momento, el profesor la ponía a trazar cuerpos desnudos, fruta y vasijas con carbón.

            “Ahora, cuando no hay nada qué hacer, me siento en la sala, viendo hacia el jardín, y me pongo a pintar”.

            Pasé a su casa a dejar las botellas de vino un sábado por la tarde. Me recibió la muchacha: mi mamá había salido a comprar flores. Entré a la sala cargando la caja de madera y vi que, a pesar de que faltaba una semana para su fiesta, había movido los muebles para abrirle espacio a diez mesas blancas y redondas, y a una veintena de sillas plegables de metal.

            “Me cuidan esas botellas”, le dije a la muchacha, y salí por la puerta. A lo lejos, los dos siberian huskies me despedían con sonoros ladridos.

            Alcancé a Enrique y Alberto en un restaurante en Palmas. Los encontré con la vista clavada en la carta de postres. Dos whiskies, recién servidos, con los hielos enteros, decoraban el centro de la mesa. Los saludé y ambos me regalaron la misma sonrisa idiota y ebria, como si la hubieran ensayado de antemano.

            “Siéntese, siéntese, licenciado”, me dijo Alberto, golpeteando el antebrazo de la silla de madera, vacía, entre él y Enrique. Me senté. Ambos levantaron el brazo y chasquearon los dedos para llamar al mesero.

            “¿Qué quieres?”, preguntó Enrique.

            “Una copa de vino. Del que hayan tomado en la comida”.

            “¿Cuál de todos?”, preguntó Alberto, encogiéndose de hombros, con los ojos entrecerrados.

            “Pídete un whisky para que nos alcances, Horacio”.

            “Creo que me tendrían que inyectar la cava entera para alcanzarlos”.

            Enrique pidió un whisky para mí y otros dos para ellos, a pesar de que apenas si habían tocado el que les acababan de servir. Me lo bebí rápido, en tres tragos, no tanto por camaradería o porque realmente quisiera emborracharme sino para no sentirme excluido.

            “¿Qué planes tienen para hoy?”, pregunté. Alberto se había divorciado de su segunda esposa recientemente, mientras que Enrique llevaba más de veinte años en un matrimonio miserable. Los conocí en la universidad, en el primer día de clases, y desde entonces no pasaba un mes en el que no comiéramos o cenáramos juntos el fin de semana, muchas veces después de dieciocho hoyos de golf. Fernanda, la esposa de Enrique, se había ido a Houston con sus dos hijos, así que no tenía hora de llegada.

            “Dile”, pidió Alberto, llevándose el whisky a la boca.

            Enrique prendió un cigarrillo, puso los codos sobre la mesa y se inclinó hacia mí.

            “Vámonos de locos, Horacio”.

            “¿A dónde?”

            “A tu casa, cabrón”.

            “Ni madre. Me acabo de mudar. No vas a meter putas a mi departamento”.

            “Vamos al de Alberto, entonces”.

            Cuántas veces no lo habíamos hecho, solteros y casados. Cuántas veces no habíamos regresado arrastrándonos a nuestras respectivas casas, oliendo a alcohol y a ese perfume barato y dulzón con el que todas las putas de México parecen embadurnarse el cuerpo entero. Había pasado casi un año desde nuestra última escapada. Me hacía falta coger, de eso no cabía duda. No tenía la energía ni el ímpetu necesario para cortejar a una mujer sin dinero de por medio. Pero esta vez no tenía ganas. Quería que mis amigos no estuvieran borrachos, que estuvieran en ánimo de escucharme. Llevaba casi medio año sin coger, pero llevaba aún más tiempo sin hablar, verdaderamente hablar, con nadie.

            “Estoy cansado, mano. Yo creo que me echo unos whiskies y los dejo”.

            Alberto me soltó una trompetilla con los labios, como un niño desilusionado. Nos quedamos en silencio, cada quien con la vista fija en su trago, hasta que Enrique tomó la palabra.

            “Entonces, ¿qué?, ¿nos vamos?”

            *-*

            Llegó el día de la fiesta.

            Mi mamá había citado a todos sus invitados a la una. Los meseros empezarían a servir canapés a las dos  y a las tres traerían la comida: un buffet de platillos franceses que le había conseguido a través de un socio del club, dueño de un muy buen restaurante en Polanco. El DJ llegaría a las doce para instalar las bocinas y se iría a las cinco. Mi mamá me había dado una selección preliminar de la música que quería que tocara. A las cinco y media llegaría un mariachi. La fiesta, calculamos, acabaría antes de las ocho de la noche.

            Me pidió, por supuesto, que llegara antes que todos. Obediente, llegué a las once de la mañana para supervisar que los perros estuvieran seguros en la azotea, que el DJ y la comida estuvieran en camino y para abrir las primeras botellas de vino (“que respiren, Horacio, que respiren”). Fuera de eso, realmente no había mucho qué hacer ahí. Mi mamá ni siquiera me hizo compañía. Se encerró en su baño para arreglarse y peinarse, y no tuve más remedio que servirme la primera copa del día, sentado en la última mesa, rodeado de sillas negras y manteles blancos. Imaginé que lo que veía no era el inicio de una fiesta sino el final. Lástima que los perros ladraran, desquiciados, desde la azotea. Era una pena, también, que pudiera escuchar el zumbido de los coches en la calle. El momento –yo, solo, sentado en un jardín vacío, rodeado de sillas sin ocupar- merecía silencio absoluto, como una elocuente fotografía de mi vida.

            Me deprimió mi fantasía, así que le di un buen trago a mi vino tinto. Regresé la copa sobre el mantel y me puse de pie, pero, en el proceso, golpeé la mesa con la rodilla. De inmediato, el blanco se tiñó de rojo.

            “Mierda”, fue lo único que alcancé a musitar, justo antes de que mi mamá saliera al jardín, perfectamente arreglada con un vestido amarillo y primaveral.

            “Pero, ¿qué hiciste, Horacio?”, me increpó, caminando a pasos apresurados hacia mí. Después levantó la copa y me pidió que llamara a las muchachas.

            “¿Y ellas de qué van a servir, Ma?”

            “Diles que traigan agua mineral”.

            “¿No sería mejor cambiar el mantel y punto?”

            “Háblales”.

            De nuevo obedecí. Fui por las muchachas y las llevé hasta el jardín.

            “¡Niñas, niñas!, ¡rápido! Tráiganse agua mineral y un trapo. Apúrenle”, les pidió mi mamá.

            “No es una bomba de tiempo, Ma. Es una mancha de vino”.

            No me hizo caso. Se quedó observando el mantel, inquieta, dando pequeños pasitos alrededor de la mesa. Las muchachas regresaron con una botella de agua mineral, un paquete de sal y una toalla verde.

            “¿Quién les dijo que se trajeran una de mis toallas? ¡Un trapo, niñas!”

            Y regresaron de vuelta a la cocina, las dos, como si la tarea de traer una jerga requiriera más de una persona.

            “¿No tienes otro mantel?”, le pregunté.

            “¿Qué dices?”

            “Otro mantel”.

            Las muchachas volvieron a aparecer, cada una con un trapo en la mano. Mi mamá volteó a verme y esbozó una sonrisa.

            “Vayan por otro mantel, por favor”, les dijo, resignada.

            Me acerqué a ella. Recogí la copa vacía y puse mi mano sobre su hombro.

            “Tranquila”, le dije, a manera de petición. Sirvió de poco. Dio la una y media y aún no llegaba nadie. Intenté explicarle que era normal que los invitados llegaran después de la hora en la que habían sido citados, pero no logré calmarla. Seguía dando vueltas entre el jardín y la cocina, dándole instrucciones a los meseros que acababan de llegar e implorándole al DJ que no improvisara con música que no estuviera dentro de la selección que le habíamos mandado antes del festejo. Ahora era su voz la que se escuchaba por encima de los coches y los ladridos de los perros. De tanto escucharla me empezó a dar dolor de cabeza.

            Tomé mi tercera copa de vino y caminé a la recámara principal, en busca de unas aspirinas. Ahí, en una mesa rectangular al lado de la segunda cama, seguía el inhalador de mi papá junto a un viejo tanque de oxígeno y un suero. Estaba, también, su jarra de cristal, aún con agua dentro. La recámara no había cambiado desde su muerte, salvo por el hecho de que él ya no estaba ahí. Fui al baño y abrí el baúl en el que guardaban sus medicamentos. Encontré toneladas de antibióticos, cápsulas y pomadas (la imagen me remitió a una alberca de pelotas de plástico en la que Julián jugaba cuando era niño). Tomé un trago de mi copa y comencé a hurgar entre los contenidos del baúl, en busca de una medicina que no estuviera caduca. Di con un ungüento para las hemorroides cuya fecha de vencimiento era el 2001, un vasodilatador que había caducado en los noventa y un frasco de pepto bismol tan viejo que no pude abrirlo. Mi papá me había dejado algo de dinero en el banco, un par de sweaters de lana que siempre me habían gustado y su colección de libros. No obstante, frente a mí tenía el rastrojo de todo aquello que había dejado sin destinatario: la prueba de su paulatina descomposición, de las decenas de químicos que necesitó para mantenerse apenas vivo en esa cama. Y mi mamá había decidido conservar todo esto.

            Encontré unas aspirinas, me las pasé con ayuda de mi Sassicaia y caminé de vuelta al jardín.

            La fiesta había empezado. Primero llegaron las dos hermanas de mi papá, ambas viudas, caminando del brazo de mis primas y sus hijos. Después le abrí la puerta al grupo de amigas de mi mamá: Sandra, nuestra vecina, y otras cinco señoras, todas de más de setenta años. Llegaron, también, los socios de mi papá: dos viejos a los que el tiempo había tratado con muchísima amabilidad. Caminaban sin ayuda de bastón, fumaban como chimeneas y hablaban con absoluta lucidez.

            “¿Sigues en la consultoría, Horacio?”, me preguntó Ismael, el más antiguo amigo y socio de mi papá.

            “Ahí sigo, sí”, le respondí. Charlábamos en una esquina del jardín, lejos del bullicio de mi mamá y sus sobrinas, que al parecer eran incapaces de hablar sin gritar.

            “¿Te acuerdas cuando te acababan de contratar que nos invitabas a tu papá y a mí a comer a la Zona Rosa?”

            “Al Bellinghausen”.

            “Qué orgulloso estaba tu jefe. Lo hubieras visto entrar al restaurante, como pavorreal, preguntando por una reservación que habías hecho a tu nombre”.

            “¿De veras?”

            “De veras, Horacio”.

            “Gracias”, le dije, antes de disculparme y caminar a la cocina para servirme otra copa de mi vino. Me dio gusto saber que mi papá se había quedado con esa imagen mía. Regresé a la fiesta y, durante las siguientes horas, deambulé de mesa en mesa, con una servilleta llena de canapés en una mano y una copa vacía en la otra. De vez en cuando mi mamá se acercaba a mí para quejarse de que aún no llegaba una prima o una amiga suya. Entendí su preocupación: a las tres de la tarde, todos los invitados se sentaron a comer y a duras penas ocuparon la mitad de las mesas. Me acerqué a Martha, mi tía, y le pregunté por el resto de la familia.

            “La tía Elisa está muy enferma. Carmen vive en Puebla y ya no sale de ahí por nada del mundo. Mis hijas le mandaron regalos a tu mamá, pero no pudieron venir”.

            “¿Por qué?”

            “Olga tiene el cumpleaños de su suegra y Diana está en cama. Migraña, otra vez”.

            Me serví un plato de carne y tomé asiento al lado de Ismael. El viejo fumaba un cigarrillo light. Su mano izquierda descansaba sobre el mantel, acariciando el borde de su vaso de whisky.

            “Qué bien conservada está tu mamá, ¿verdad?”

            “¿Te parece?”

            “Cómo no. Ya quisiera que mi mujer se viera así”.

            Partí mi carne; seguí comiendo.

            “Es un milagro, Horacio. Después de haber cuidado a tu jefe por quién sabe cuántos años, que se vea así de entera…”.

            Mientras tanto, mi mamá daba vueltas en torno a la mesa de sus amigas. Hasta acá podía escuchar su voz, preguntándole a las señoras si la carne estaba bien cocida, si necesitaban algo más de beber, si ya habían probado el queso de cabra.

            “Siempre fue la más guapa de todas. Yo, tu papá, Héctor Larios, los Magaña, todos queríamos con ella. Íbamos al club a verla nadar, ¿sabías?”.

            Le dije que no con la cabeza. Mi vista aún estaba fija en mi mamá. Intenté imaginarla de joven, rodeada, no de un grupo de mujeres rozando los ochenta sino de una pandilla de jovencitas de facciones finas y peinados anticuados.

            “Ni tu papá ni yo teníamos mucho dinero. Tu mamá, en cambio, venía de una familia muy rica. Todavía me acuerdo de cuando se fue a pasar un verano a Europa y dizque regresó hablando francés. Claro que no hablaba ni una palabra, pero ahí estábamos todos embobados, escuchándola…”.

            Me reí. El DJ puso un danzón y mi mamá volteó para aplaudirle. “Tu canción favorita, Sandra”, le gritó a nuestra vecina, quien asintió de manera enérgica, incapaz de hablar porque tenía la boca llena.

            “¿Y tú, Ismael?, ¿qué estás haciendo ahora?”

            “Pues Juan Carlos y yo vendimos la agencia hace unos años, como sabes. Se estaba volviendo muy pesado todo el proceso administrativo y creativo. Ya la cabeza no funciona como antes. Y, bueno, desde entonces he estado jugando golf, leyendo, cuidando a mi mujer. Intento mantenerme ocupado, que es lo importante”.

            Ismael apagó su cigarrillo en la suela de sus mocasines negros y arrojó la colilla a un arbusto del jardín.

            “Sobre todo estoy viendo mucho más a mis hijos. Nos vamos a cenar los jueves, pasan por mí para desayunar algunos domingos. Hace un año nos escapamos a Los Cabos para jugar golf un fin de semana. Padrísimo”.

            “Me da gusto. Son buenas personas”, le dije.

            “Sí. Sí, son. ¿Y tú?, ¿estás viendo más a tu mamá desde que se murió el socio?”

            A lo lejos, mi mamá platicaba con una de mis tías frente al buffet. Qué delgada y pequeña se veía a la distancia; más como una chiquilla rubia que una vieja.

            “Fíjate que sí, Ismael. Hasta le eché la mano para organizar todo esto. Le conseguí el catering, el vino, la música…”.

            “Pero, más allá de eso, ¿la visitas seguido?”

            Tragué el último bocado de carne y volteé a ver a Ismael, quien me observaba de vuelta con los ojos bien abiertos. Sopló una ventisca y el aire alborotó el poco cabello que le quedaba sobre el cráneo. Ismael no se dejó perturbar por el incidente: inclinó la cabeza y, con un movimiento sereno, volvió a peinarse con las manos.

            “Sí. Nos vemos mucho más ahora que antes”.

            “Cuídala, Horacio. Después de cierta edad, te juro que cada año que cumples se siente como una década”.

            Los meseros trajeron el pastel y yo los ayudé a prender las velas. Mientras le cantábamos feliz cumpleaños, mi mamá volteó a ver a la concurrencia, dándoles las gracias en voz baja, con las manos juntas a la altura del pecho, como en una plegaria. Después llegaron los mariachis y ella insistió en acompañarlos en algunas canciones. Sólo Martha le hizo la segunda, mientras los demás invitados se mantenían impávidos en sus asientos. Mi mamá le pidió a sus cuñadas que se levantaran de su silla y cantaran con ella, pero no hubo poder humano que las moviera. Después me pidió a mí que me acercara para cantar “Cien años”. Le hice compañía, pero no abrí la boca; me quedé ahí, a su lado, con una mano en su cintura y la mirada fija en mis zapatos.

            “Ándale, Horacio. ¡Canta!”

            Acabó la canción y liberé mi brazo con el pretexto de aplaudirle a los músicos. Di un par de pasos hacia atrás, alejándome de mi mamá.

            “No te vayas”, me imploró.

            “¿Qué otra canción quiere que toquemos?”, preguntó uno de los mariachis, el más delgado del grupo. Mi mamá le pidió recomendaciones a sus vecinos y su familia. Nadie dijo nada. Yo señalé a Ismael, inútilmente, como si el viejo fuera a saber de música por el simple hecho de tener ochenta años.

            “¿Cuál quieren?”, volvió a preguntar mi mamá, esta vez dirigiéndose a sus amigas. Todas se encogieron de hombros al unísono. Yo me mantuve de pie entre el mariachi y las mesas, ligeramente avergonzado, como un payaso al que se le olvidó el maquillaje y el disfraz. Noté que mi mamá comenzaba a desesperarse, así que caminé de vuelta hacia ella y tomé la palabra. Le sugerí un par de canciones trilladas a los mariachis. Y volvieron a tocar.

            Dieron las cinco y los músicos se fueron. El resto de los invitados tomó la partida del mariachi como el punto final de la fiesta. Se levantaron de sus asientos y caminaron, uno por uno, para despedirse de la festejada. Eran de esas tardes blancas en la ciudad de México, apenas cálidas, sin nubes, en las que el sol ilumina con desgano a través del domo de contaminación. Hubiera querido que el cielo se encapotara, que los invitados tuvieran el pretexto de la lluvia para irse tan temprano. Ismael llegó a despedirse de mí.

            “No te vayas, Ismael. Ahorita abro otro vinito”.

            “No quiero manejar de noche, Horacio. Mis reflejos andan mal”.

            “¿Seguro?”

            “Sí, seguro. Gracias por la plática. La carne estaba buenísima”.

            Caminé hacia mi mamá y me puse a su lado, despidiendo a los invitados como si la fiesta hubiera sido de ambos. Le dije adiós a mis primas, mis tías, a los vecinos y a los viejos amigos cuyos nombres no recordaba. Mi mamá besó sus mejillas, siempre repitiendo las mismas preguntas:

            “¿No se quieren quedar un ratito más?,  ¿no quieren llevarse algo de comida?”

            Finalmente acompañé a la puerta a Sandra, la última en irse. Regresé y encontré a mi mamá sentada cerca de la primera mesa. El jardín estaba salpicado de sillas vacías, algunas acostadas sobre el césped, todas viendo hacia un punto distinto, como si acabara de llevarse a cabo un simulacro en una escuela y todos los alumnos hubiesen salido corriendo del salón. Tomé asiento a su lado.

            “¿Qué voy a hacer con tanta carne y ensalada?”, me preguntó, mordiéndose las uñas; un gesto inédito en ella.

            “Tus perros van a estar felices”.

            “¿De qué hablas, Horacio? Los perros no comen verduras. Les hacen daño”.

            Mi mamá miraba mis zapatos, sin parpadear, envuelta en una especie de trance hipnótico. Detrás de ella, los meseros recogían las sillas del suelo y levantaban los manteles de las mesas.

            “¿Estuvo bien la fiesta, verdad?”, me preguntó, sacudiendo la cabeza como quien acaba de recordar algo espantoso.

            “Claro que estuvo bien, Ma”.

            “¿Viste contentas a tus tías y a tus primas?”

            “Muy. Muy contentas, Ma”.

            “¿Y a Ismael y Juan Carlos y ellos?”

            “Todos estaban felices”.

            “Qué bueno. Qué bueno”.

            Las sirvientas prendieron la luz de la sala, bañando el jardín con la luz ámbar y mortecina de sus focos. La mitad del rostro de mi mamá estaba escondido entre sombras, como si solo fuera media mujer la que me hablaba. Me acerqué a ella y le di un par de palmadas a su rodilla.

            “¿Quieres que me quede para ayudarte a recoger?”

            “No, no. No te preocupes”.

            Antes de irme me pidió que pasara a visitarla al día siguiente.

            “¿Para qué, Ma?”

            “Para verte, hijito”.

            *-*

            Regresé a casa de mi mamá en la mañana del día siguiente, justo cuando un camión de mi oficina recogía las mesas y las sillas que habíamos alquilado. A pesar de que el día anterior no habían venido más de veinte personas, el césped del jardín se veía deshecho. De camino hacia la puerta encontré varias colillas de cigarro entre las hojas del pasto. Las levanté y las guardé en la bolsa de mi pantalón.

            Entré a la casa sacudiéndome el olor a tierra y tabaco de las manos. Mi mamá me esperaba sentada en el sillón de la sala, con un plato de galletas y un té frente a ella, como si estuviera sosteniendo una conversación con alguien invisible.

            “Hola, Ma”, le dije, casi en un susurro, queriendo no asustarla. Mi mamá me saludó de vuelta e inmediatamente después me ofreció un té y una de sus galletas. “Las compré en el viaje”, me recordó. “Hay que comérnoslas antes de que se echen a perder”.

            “Ahorita, Ma. Tengo que pasar al baño”.

            Entré al baño, tiré las colillas en el escusado y me lavé las manos. Salí y ya me esperaba un té caliente del lado opuesto de la mesa. Mi mamá me pidió que tomara asiento.

            “¿Estás bien? Te ves cansada”, le dije, soplándole a mi taza.

            “La fiesta, Horacio. Me dejó agotada”.

            “Por fin, ¿qué hiciste con la comida que sobró?”

            “Le di un poquito a los perros. Lo demás lo tiramos a la basura”.

            Hacía frío adentro de la casa -y yo no había traído ni un sweater ni una chamarra- así que puse mis manos alrededor de la taza de té para entrar en calor. Mi mamá contuvo un bostezo y después guardó silencio. Se veía arreglada, con el pelo recogido y los labios discretamente pintados de rosa, pero por algún motivo lucía abatida, como si fueran las once de la noche en vez de las doce del día.

            “Ya viene mi cumpleaños”, le dije. “En una de esas podemos hacer otra fiesta. Pero sin mariachi”.

            Acompañé mi intento de broma con una sonrisa, pero mi mamá se aferró a su gesto arisco.

            “¿Por qué lo dices?, ¿crees que el mariachi no estuvo bien?”

            “No, para nada. Para nada. Digo para variarle”.

            “Ajá”, me respondió, incrédula.

            A diferencia de otros días, esta vez la casa no olía a comida calentándose en la estufa o hirviendo sobre el sartén. De camino al baño había lanzado un vistazo a la cocina. Ahí, las muchachas esperaban órdenes, sentadas frente a su diminuto televisor de antenas de conejo.

            “¿Por qué no habrá venido tu tía Elena y el resto de tus primas?”

            “No sé, Ma. Creo que algunas tenían compromisos. Otras estaban enfermas”.

            Mi mamá se recargó en el respaldo del sillón y dirigió su mirada hacia el jardín.

            “Me acordé de tu papá hoy en la mañana”.

            “¿Soñaste con él?”

            “No. Nada más me acordé de él. De qué bonita voz tenía, de cuando íbamos a desayunar al centro. Tonterías”.

            Ahora fui yo el que esquivó su mirada. Algo en el ambiente me pesaba. Me incliné hacia ella y tomé un puñado de galletas.

            “A veces me aburro”, me confesó, llevándose la mano a la boca, como si acabara de decir algo impertinente o vulgar.

            “¿Y tus clases de pintura cómo van?”.

            “Soy la única de mi edad en toda la clase, no hablo con ninguno de mis compañeros y mi pulso no me deja pintar ni una sola línea recta. Así que no, no van muy bien”.

            Pensé en soluciones rápidas para animarla. Estaba entrando en un terreno desconocido: mi mamá jamás había necesitado de mi ayuda, así como yo tampoco había necesitado de la suya. Crecí lejos de ella y de mi papá, solo, primero esperando a que regresaran de sus múltiples viajes y después disfrutando la libertad que su ausencia me brindaba. Intenté acordarme de una sola vez, previo a este momento, en el que hubiera sentido el impulso de ayudarla, y, más allá de un breve instante en el que, en una comida, quise acercarme a ella para partirle su carne, no pude recordar uno solo. Ni un favor, ni una petición, ni una súplica.

            “Vámonos de viaje, si quieres. Podemos ir a algún lugar que no conozcas”, le ofrecí.

            Mi mamá asintió, apesadumbrada.

            “Sí. Gracias”.

            Me quedé con ella largo rato. Les dimos el día libre a las muchachas y, ya con la casa vacía, la obligué a que me acompañara a una deli para comprar pan y queso. Después pasamos a comprar una carne que yo cociné para ambos. Le pedí que me platicara de sus pendientes de la semana: las cortinas que debía mandar a arreglar, la infección que uno de sus perros tenía en el oído y la visita al dentista que durante meses había postergado. Acabamos de comer, sentados en la sala, frente a la televisión, sin sirvientas vestidas de azul y blanco, sin rituales burgueses, sin vajillas de porcelana. Después le platiqué un poco de mi trabajo y ella comenzó a quedarse dormida. La dejé ahí, en el único sillón viejo de su casa, roncando. Antes de dejarla, fui a la recámara principal, tomé el cobertor que le había pertenecido a mi papá –y que lo había tapado, como una prematura mortaja, por casi diez años- y la cubrí para protegerla del frío.

            Por primera vez desde mi infancia, me acerqué a mi mamá y le besé la frente.

            *-*

            Llegué a mi departamento a las seis de la tarde. Abrí la puerta y el más maravilloso atardecer me dio la bienvenida. Rojos y púrpuras feroces se mezclaban en el cielo. Una larga nube negra, tan exacta que parecía dibujada con compás, dividía el horizonte. A lo lejos, el sol resplandecía como un halo arriba de una montaña. Desde la entrada, parecía como si alguien hubiera colgado un magnífico tríptico en mis ventanas. Me sentí suspendido en el tiempo, sobrecogido por un vértigo súbito, a kilómetros del suelo, caminando en una suerte de cápsula flotante.

            Puse las llaves en un pequeño canasto sobre la mesa del comedor y fui hacia la sala. Me senté en el sillón en el que unos días antes me había bebido una botella y media de vino, recordando esa mañana en la que jugué con Julián. La luz del atardecer me daba de frente, como si el cielo mismo me estuviera tomando una fotografía. Y, sin pensarlo dos veces, levanté el auricular y marqué.

            La llamada tardó en entrar. Finalmente escuché el tono disponible: un lento y agudo metrónomo.

            “Hello?”

            “¿Bueno?, ¿Julián?”

            Cerré los ojos, esperando una respuesta. Mi corazón latía agitado, turbulento. Aún podía sentir la refulgencia agresiva del sol sobre mis párpados. Apreté el teléfono y lo acerqué a mi oído, en un intento por escuchar la respiración de mi único hijo.

            “¿Julián?”

            Silencio. Tomé aire y contuve el aliento.

            “Aquí estoy”, me dijo.

            Abrí los ojos.

Aún no anochecía.

            “Aquí estoy”.

 

Llevo más de cinco años apuntando mis sueños. Hoy, por ocio, decidí leerlos y copipeistear algunas de las frases en un documento de guerd. No tienen conexión entre ellas y todas son de sueños distintos. Estan copiadas tal y como las escribí en su momento. Ahí van:

*-*

Ya había soñado con ese lugar, con ese bar, a la orilla del east river, debajo de la catorce (el east river es un riachuelo; el bar tiene una cama al final).

La fiesta se acaba y, cuando me doy cuenta, todas ya se fueron. Estoy solo.

Caminamos rumbo a un cine/universidad pública en donde hay arcades que muestran escenas pornográficas.

La ventana que da hacia el mar, con la punta del edificio como el único lugar afuera del océano (millas y millas de mar). Pasan avionetas debajo de mí, en vez de tiburones, sumergidas. Siento libertad.

No parece ser ella: es una amalgama de muchas cosas que no comprendo. La veo llorar por mí.

Pienso lo siguiente: en esta zona todos son ricos.

Siento asco, me doy la vuelta y regreso, mientras el reportero me pide tomarme una foto.

En una planicie de un rancho, caminando, como indocumentados, a través de cactus, hacia una pirámide o un monte.

Aparece esa ciudad, ese invento de Nueva York que no es Nueva York, cerca del mar, con una península gigantesca del otro lado del río, en la que hay edificios enormes.

Ella se sienta en mis piernas, yo tomo una cámara y nos tomo una foto.

Sentía su cuerpo, angosto, entre mis brazos.

Me hago amigo de una tarántula del tamaño de un perro pequeño a la que le gusta comer hamburguesas y darme consejos.

La carretera de Cuernavaca se ha vuelto un río caudaloso y, alrededor de él, una serie de edificios rodean el paisaje, seguidos por edificios que flotan arriba del río.

El monje que encontré afuera me da un silbato de barro.

Algo, ahí adentro, en mi sueño, conspiraba contra nosotros.

Yo me rezago inexplicablemente y tengo que salir a comprar hot dogs a una tienda.

Nunca veo al niño. Veo lodo, una casita, un riachuelo, una llanta sin uso, destrozada.

Yo empiezo a correr… doy vueltas y vueltas alrededor del jardín, viéndola, mientras ella habla por lo que ahora es un teléfono público.

Quizás son mujeres ambos: mujeres calvas.

Buscando un lugar para coger con ella, que nunca encuentro porque nos interrumpen.

La pareja grita detrás de mí. La calle está vacía. No sé si siguen ahí los policías.

Me quedo varado en la punta de un rascacielos, en una recámara sin techo, en una metrópolis destruida.

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