Un mes después de enviudar, mi mamá decidió emprender un largo viaje.
Sé que no salió del país para escapar. Me bastó verla en la misa, de pie, con los ojos secos, sonriendo sin dificultad, para saber que había recibido la noticia de la muerte de mi papá con cierto alivio. Diez años de cuidar a un enfermo de Parkinson; de alimentarlo, de desvestirlo y bañarlo, de secarle el cuerpo emaciado; diez años de no ir más allá de la farmacia para comprar medicinas y ensure. Diez años, pues, de vida congelada. Salir del país, viajar como solían hacer cuando eran jóvenes, antes de que la enfermedad marchitara al roble que era su marido, era, para ella, un acto de emancipación. Por fin se independizaría de esa casa y esa cama, del lastre de cuidar a un hombre que era todo cólico y tremores. Me habló por teléfono a la oficina, para darme la noticia.
“Ya compré el boleto, Horacio. Salgo mañana”.
“¿Y a dónde vas a ir, Ma?”
“Uy, a todos lados. A casa de mi hermana en Dallas, a Nueva York, a Madrid con unos amigos”.
“Qué bien”, le dije. ¿Y cuándo vuelves?”
“No sé. En unos meses. Depende de cómo la esté pasando”.
Se fue en agosto y regresó a principios de enero. Durante todo ese tiempo recibí tres correos suyos. Uno pidiéndome que fuera a su casa a visitar a sus perros: dos siberian huskies con temperamento de lobos en celo, por los que jamás he sentido ni un ápice de afecto. Su segundo correo me avisaba que había llegado a Madrid y que, a pesar de ser octubre, hacía un calor infernal. Me preguntaba, también, por Julián, mi hijo. Al final del email me pedía, de nuevo, que visitara a los perros. Le respondí que Julián estaba viviendo en Londres, que hace un año no lo veía, pero que podía pasarle su dirección si quería visitarlo. Y le aseguré que visitaría a sus mascotas esa misma semana. Su tercer correo llegó desde Londres. Había pasado una tarde “maravillosa” con mi hijo. “Me presentó a su novia: una inglesita muy mona que quiere ser actriz”. Le dedicó dos párrafos a detallarme los lugares que habían visitado y a elogiar a Julián, al que “nunca había visto tan contento”. Sin embargo, su email no estaba desprovisto de reparos: “Horacio, tienes que hablar con él para que se quite ese tatuaje horroroso que se puso en el brazo. Esas cosas que se las deje a los traileros”. ¿Cómo explicarle a mi mamá que jamás he sido capaz de convencer a mi hijo de ponerse un sweater, no digamos de dejar ese vicio masoquista de mancharse la piel?
El correo finalizaba con un inusitado desplante de cariño: “Te extrañamos por acá, hijito. Ojalá podamos vernos apenas regrese, por ahí de enero. Muchos besos”. Cerré el email y pensé en escribirle a Cecilia, mi ex esposa, para darle las buenas noticias (Julián estaba bien, Julián tenía novia), pero caí en la cuenta de que no era necesario. El silencio de nuestro hijo siempre había estado reservado para mí y no para ella. Concluí que Cecilia estaba al corriente de Julián: sabía dónde y con quién vivía, con quién andaba y hasta cómo le iba en la escuela: un instituto de artes plásticas que era, en mi opinión, una auténtica pérdida de tiempo.
Mi mamá me habló a la semana de haber llegado de viaje. “Te traje un par de cosas para tu oficina”, me dijo, entusiasmada, justo antes de soltar una perorata en contra de sus sirvientas por no haber cuidado de los perros como debían. Los había encontrado sanos pero polvosos y con los dientes llenos de sarro.
“Pues llévalos al veterinario”, sugerí.
“Ya los mandé hoy con las muchachas en la mañana. Los iba a llevar yo, pero no tienes idea la cantidad de pendientes que traigo”.
“¿Quieres que pase a verte en la noche?”
“Hoy no puedo. Voy a ver a tu tía Martha. ¿El sábado?”
Quedamos, colgué y, con un impulso de mi pie, giré en mi silla. En una sola vuelta observé mi oficina. No necesitaba nada. Tenía lo básico: una foto de mi hijo cuando era niño, un reloj, dos pinturas, libros en un estante, folders nítidamente apilados sobre mi escritorio, una computadora del año, y la mejor vista de Reforma en toda la ciudad.
*-*
Pasé a ver a mi mamá ese sábado por la tarde después de comer y compartir una botella de vino con mi amigo Enrique en el club de golf. La encontré con Sandra, nuestra eterna vecina. Le mostraba, sobre la mesa del comedor, una serie de collares que había comprado durante su viaje. Abrí la puerta, mi mamá me vio, se quitó los lentes y caminó hacia mí con paso vigoroso. Me prensó en un abrazo típico de ella: ligero, sin peso, como si sus brazos fueran plumas.
“Pasa, pasa. Ya estamos acabando”, me dijo, en referencia a la venta.
Durante toda mi vida, hasta antes de que mi papá enfermara, mi mamá se había dedicado a hacer dinero trayendo ropa y joyas de los numerosos viajes que hacía con su marido, para después revender los productos en México a mujeres de su círculo social. Por lo tanto, viajar no sólo era un divertimento. Viajar era trabajo y, sobre todo en los setenta y ochenta, le dejaba buen dinero. La veía regresar, con dos maletas nuevas, repletas de sacos, faldas y collares, lista para abrirle las puertas de su casa a señoras que, a diferencia de ella, no tenían el lujo de tener un matrimonio armónico y un marido suficientemente generoso como para volar tres veces al año a diferentes partes del mundo.
“¿Ya viste este?, ¿no está divino?”, preguntó mi mamá mientras levantaba un collar de perlas y lo extendía cuidadosamente con ambas manos. Yo me mantuve del otro lado de la mesa, con las manos quietas adentro de las bolsas de mi pantalón. Sandra observó el collar y soltó un escueto soplido en señal de admiración. Mi mamá me volteó a ver.
“¿No te gusta, hijo?”
“Está… divino”, le dije, y sonreí sin enseñar los dientes.
Sandra le aseguró a mi mamá que regresaría el domingo o el lunes para comprarle el collar, se despidió de mí y salió por la puerta. Mi mamá trotó hacia la cocina de inmediato y le pidió a una de sus muchachas que acompañara a “la señora” a la salida. Después regresó a la sala, arreglándose el cabello con la mano.
“¿Quieres algo, Horacio?, ¿un café?”
“No, Ma. Estoy llenísimo”.
“¿Unas galletas? Traje unas galletas inglesas deliciosas”.
“No. De veras. Estoy bien”.
“También traje un té negro buenísimo. No como las porquerías que venden aquí en el súper. Un auténtico english breakfast tea”, me dijo, en tono de broma, haciendo lo posible por imitar el acento británico.
“Órale, pues. Te acepto un té”.
Nos sentamos en la sala a platicar. Yo apenas si sorbí de mi té. El vino de la comida me había dado sueño y me costaba trabajo mantener los ojos abiertos. Mi mamá me platicó su viaje con todo detalle: los locales que recordaba en Madrid, los muchos museos que había visitado, los viejos negocios que habían cerrado, de cómo había sido una pena que ni ella ni mi papá hubieran vivido afuera de la ciudad de México. Qué limpia se veía la casa. Sé, porque a eso huele mi hogar, que las casas que no se habitan, que no se viven, huelen a vacío, a aire quieto, a centenares de objetos que no han pasado por nuestras manos, que sólo han servido como ofrendas para el polvo. También sé a lo que huele el hogar en el que habita un enfermo. Sin embargo, la casa de mi mamá no olía a oquedad, ni guardaba vestigio alguno del hombre al que guardó, como en una caja, por una década entera. Todo lo contrario. Olía fresca y abierta, a productos de limpieza recién comprados, a comida calentándose en el horno. Prueba, supuse, de la vitalidad de la mujer que tenía frente a mí, con sus labios estrictos y esa postura que, a pesar de su menudo tamaño, daba la impresión de solidez. En sus últimos días, mi papá parecía etéreo; a punto de evanescer, como si su piel estuviera compuesta de humo. A diferencia de otros viejos, mi mamá jamás me daba esa impresión. Siempre, desde que era niño, la presencia de mi mamá se sentía al entrar a un cuarto.
Advertí que había comprado un nuevo antecomedor y que uno de los dos ventanales que daban al jardín (y a los adustos perros que dormitaban recargados sobre el cristal) no tenía cortinas.
“Voy a comprar unas nuevas, me dijo, poniendo su taza de té sobre un platito en la mesa contigua. “Las otras ya estaban horribles. Y el amarillo no combina con la nueva mesa”.
Tomé una galleta y, rehuyendo su mirada, le pregunté si no estaba dilapidando el dinero que mi papá le había dejado.
“No te preocupes. Esto lo estoy pagando yo. El viaje me lo pagó tu papá, pero nada más”.
“¿Y qué piensas hacer?, ¿arreglar toda la casa?”
“No toda. Algunas partes, sí. Nadie le ha metido un quinto a la casa desde hace diez años. Hay que cambiarle el piso a los cuartos, quitar la alfombra de la recámara principal…”.
“¿Ya tienes un presupuesto?”
“¡Qué bueno que me acordé! Tengo que llamar al jardinero el lunes para que le eche un ojo al maple. Creo que hay plaga”.
“¿Y ya sabes cuánto va a costar?”, pregunté de nuevo, a sabiendas de que no me había escuchado la primera vez.
“¿Cuánto puede costar, Horacio? Espérame un momentito”.
Se levantó y caminó hacia la cocina para pedirle a las muchachas que le recordaran que había que hablarle al jardinero. Me fui cinco minutos después, cargando una pequeña bolsa llena de souvenirs que mi mamá me había comprado en su viaje, listo para arrojarme en mi sillón a leer un libro.
*-*
Nunca he sido un hombre melancólico. Siempre he visto al pasado como un pasillo largo y ruidoso, lleno de ecos y voces que no logro distinguir. Sin embargo, desde que murió mi papá he comenzado a revisar mi vida de manera involuntaria. Algo en ese coro de instantes lejanos y de ceniza me atrae. Al final de una comida de negocios, en una conversación que me aburre, segundos después de apagar a mi reloj despertador, viajo hacia adentro, hacia mi infancia; al pequeño departamento en la Condesa en el que nací y la primaria de aulas angostas donde estudiaba; a mis papás jóvenes, sin arrugas en el rostro. Viajo a instantes que son tan anodinos que no puedo justificar por qué los habré guardado por tantos años: una moneda, prácticamente oxidada, que encontré en el pavimento de la banqueta afuera de mi casa; los zapatos de mi papá, separados por color, simétricamente arreglados debajo de sus trajes; yo, sentado en el escusado azul claro del baño de mi mamá, solo y desnudo, con fiebre, enfermo del estómago. Qué pocos momentos cruciales guardo en el baúl de la memoria. La vida entera reducida a momentos incómodos, observaciones mundanas, descubrimientos inconsecuentes. ¿Será que mi naturaleza, tan alejada de la nostalgia, no supo cultivar y procurar los días y los instantes valiosos?, ¿será que los recuerdos castigan mi negligencia? Lo vital desaparece y lo único que queda es la espuma de mis viejas rutinas. No sé cómo recordar a mi infancia porque me faltan elementos para etiquetarla, para decir que fue una infancia feliz o miserable.
Lo cierto es que rara vez pienso en mi papá. Los recuerdos de mi niñez le pertenecen a otra figura. No puedo verle el rostro, ni puedo oír su voz de forma nítida, pero sé que es mi mamá la que le cambia a la estación de radio, la que me platica de cómo se ahogó su primo en la alberca de aquel rancho que apenas si conocí de niño, la que me besa en la frente con labios húmedos mientras desayuno un huevo revuelto que no quiero tragar, la que se despide de mí antes de partir rumbo al aeropuerto y la que me dice, al ver la foto de mi novia de secundaria, que me tengo que conseguir a una niña que “no esté tan feita”. Pienso que mi mamá me quería, pero pensar no es lo mismo que recordar. Pensar es un acto apegado a la lógica: sé que soy su hijo y, por lo tanto, sé que me quiso. Recordar es otra cosa. Es encontrar, quizás. Y a través del pasillo de mi infancia no encuentro amor. Tampoco encuentro encono, ni olvido. Para aferrarme a algo abro la puerta que lleva a otro camino, sin imágenes, sin voces, sin escenas ni pedazos amputados de mi vida. Soy yo: una unidad que reúne todos mis 48 años. Y yo me respondo, sin demoras o dudas, que siempre quise a mis papás, independientemente de cómo los recuerdo.
No es poca cosa, este hallazgo. Me sirve como freno, me expulsa del túnel del recuerdo, y vuelvo al presente, donde todo parece palpable y certero.
*-*
El sábado siguiente volví para comer a casa de mi mamá. Las cortinas nuevas estaban puestas en el ventanal y el orden de los sillones había cambiado: ahora, el más grande daba la espalda al jardín. Me pareció un reacomodo innecesario y quizás por eso me llamó la atención. La muchacha cerró la puerta detrás de mí y caminó, a pasos apurados, rumbo a la cocina. Nunca antes la había visto.
Mi mamá apareció del otro lado del pasillo. Me llamó por mi nombre mientras arrojaba un vistazo furtivo a su sala, como una maestra voltea a ver a sus alumnos mientras presentan un examen, como si quisiera cerciorarse que los muebles no estuvieran haciendo alguna travesura. “¿Nueva muchacha?”, le pregunté, en un susurro.
“Sí”, me respondió, en voz alta, sin miramientos. “Lucy me estaba dando una lata terrible. Ya estaba grande, no oía bien. El día que viniste a visitar me rompió dos tazas nuevas que traje de España”.
Nos sentamos en el comedor. Yo jugueteaba con las esquinas del mantel frente a mí, mientras mi mamá seguía hablando de la nueva muchacha, de dónde había venido, cómo la había contratado, cómo se llevaba con Claudia (la otra muchacha), cómo trataba a los perros.
“Hasta ahorita no me ha dado ninguna lata. Pero uno nunca sabe. No me gusta que sea tan jovencita”, culminó.
Tuve miedo de que el resto de la comida estuviera dedicado a los pormenores del servicio. Había cancelado un juego de golf y una comida con un par de amigos para venir, y no se me antojaba pasar dos horas platicando de problemas cotidianos.
“¿Tú cómo estás?”, me preguntó mientras nos retiraban los platos vacíos de la mesa.
“Yo muy bien, ma. Mucho trabajo, ya sabes”.
Mucho trabajo, ya sabes, parecía la respuesta de un hijo cortante, no la de un hombre queriendo virar el tema de conversación hacia algo más sustancioso. Mi mamá me escuchó y se mantuvo impávida por unos segundos. Después apretó los labios y asintió, como si acabara de escuchar una mentira flagrante o una verdad a medias. Era un gesto maternal, que yo conocía bien: durante todo el largo y doloroso proceso de mi divorcio lo recibí decenas de veces.
“¿Estás bien, Horacio?”, solía preguntarme mi mamá, al verme comer con la vista clavada en el plato, con ojeras, con los labios morados de tanto mordérmelos, con las uñas masticadas: diez pequeñas sonrisas macabras observándome desde mis manos.
“Muy bien, Ma. Todo va muy bien”, le respondía, reacio a hablar de una separación que yo había propiciado; una separación que estaba a punto de apartarme para siempre de mi hijo de diez años.
Respondía así porque no tenía palabras para articular la verdad. No volví a responder honestamente a esa pregunta hasta que el divorcio dejó de lastimarme.
“¿Has sabido algo de Julián?”, le pregunté.
“¿Yo? Es tu hijo, Horacio”.
“¿No te ha escrito desde que lo viste?”
“No. No me ha escrito. ¿Por qué no le escribes tú?”
Ahora fui yo el que asintió, pero, a diferencia de ella, procuré hacerlo sin un dejo de ironía o significado oculto. Quería decir: sí, tienes razón, debería escribirle; pero no sé si logré transmitir con claridad ese mensaje. Mi mamá se dedicó a partir su carne, intentando darle un uso al silencio. Qué delgada se ve la piel de sus manos, pensé al verla sujetar los cubiertos y apretar sus puntas contra la superficie marrón del platillo. Los troncos crecen y se ensanchan, los seres humanos envejecen y se marchitan. El ímpetu en esas manos era el mismo de siempre –la intención, pues- pero los huesos ya no obedecían como antes. Un impulso, extrañamente protector, me tomó por sorpresa: quería arrastrar mi silla, sentarme a su lado y ayudarle a partir la carne. Me limité a preguntarle si necesitaba ayuda.
“¿De qué hablas, Horacio? Tengo 78 años, no tengo 105”, me respondió, enfática. Luego devolvió la mirada a su plato de comida y yo sonreí, sin que me viera.
*-*
Llegué a mi casa una hora después. Podría haberme quedado más tiempo en casa de mi mamá, pero ella tenía una cena en casa de sus amigas y debía alistarse. Daban, apenas, las cinco de la tarde y su compromiso era a las ocho. Nunca he entendido los tiempos de las mujeres –lo que se tardan en bañarse, vestirse, hasta en lavarse los dientes- así que preferí no preguntar en qué usaría esas tres horas. Me levanté del sillón cuando ella se puso de pie, nos despedimos y caminé hacia afuera, seguido por la nueva muchacha, que daba pasos cortos detrás de mí, con las llaves en la mano, lista para abrirme la puerta.
Mi mamá me había sugerido escribirle a mi hijo, pero ni siquiera prendí la computadora para mandarle un correo. Julián me había odiado por casi quince años, desde el día en que se fue a vivir con Cecilia y mi contacto con él quedó limitado a un par de fines de semana al mes. El cambio en su actitud no fue paulatino: no lo vi alejarse de mí lentamente, como un objeto que flota sobre la superficie del mar. De un día para otro dejó de ser ese niño serio e inquisitivo que se sentaba junto a mí a la mesa para preguntarme sobre mis películas, mis libros y mis animales favoritos. Nunca fue sonriente. Recuerdo su primera gran fiesta de cumpleaños y cómo pasó todo el tiempo sentado en el sillón, sin entender el alboroto a su alrededor. Cuando llegó la hora de cortar el pastel, Julián lo volteó a ver con una mirada aprehensiva, como si fuera un objeto de tortura más que un ancho cilindro de pan y merengue. Cecilia lo tomó de los hombros, aplaudió; quiso convencerlo de apagar las velas y cortar un par de rebanadas. Pero Julián no dio el brazo a torcer. No hizo berrinche ni tiró el pastel al piso. Se levantó de su silla, caminó de vuelta a la sala y no hubo poder humano que lo trajera de vuelta. Yo tomé asiento a su lado. No nos dijimos una sola palabra, porque no las necesitamos. Ahí, más que en ningún otro momento, entendí que yo era su papá: que él, como yo, era un animal solitario al que le costaba trabajo tolerar a las multitudes, las porras y los gritos de emoción falsa. Es de los pocos recuerdos sustanciosos que tengo de su infancia, y doy gracias a Dios de tenerlo. Sin él me sería imposible saber que hubo un momento en el que mi hijo no me detestaba. Sin él, sólo quedaría el rosario de instantes incómodos que me brotan en la mente y me disuaden de escribirle o acercarme a él.
Durante toda su adolescencia pensé que el rostro de disgusto con el que me daba la bienvenida cuando pasaba por él, sería suplantado alguna vez por un gesto de ternura o de resignación, al menos. Lo he hablado con mis amigos del club y con algunos colegas: los papás soportamos la tormenta de la adolescencia de nuestros hijos porque sabemos que es transitoria; que un día, no muy lejano, nos saludará un hombre que reemplace a ese individuo sulfuroso que no tiene espacio en su cuerpo para algo distinto al acné, la hormona y el resentimiento. Escuché como cada uno de mis amigos le dio la vuelta a la página y estableció una relación relativamente armónica con sus hijos. Zanjaron los agravios, ocultaron las molestias, llegaron a un pacto tácito: ondearon una bandera blanca (deshilachada y jodida, pero blanca al fin y al cabo). Yo no tuve tanta suerte. Julián nunca dejó de ser un adolescente en mis ojos: su displicencia jamás dio paso a la cordialidad con la que yo trataba a mi papá, jamás me absolvió de culpas, jamás dejó de desafiarme. Ni siquiera bajó las armas cuando se dio cuenta que yo había abandonado el terreno de batalla. Durante años fuimos protagonistas de las más épicas peleas, de la más sofisticada esgrima verbal. Nos gritamos en restaurantes, nos azotamos contra las paredes de mi departamento, nos dejamos abandonados en más de una plaza y un parque. Y la historia se escribió de esta manera: después de que lo invité a jugar golf conmigo por primera vez, se negó a volver a pisar el club; al notar que me había molestado su primer tatuaje (un pequeño avión negro en la espalda), Julián se dio la vuelta y la siguiente semana me recibió con un tres romano en la muñeca; tras escuchar mi consejo de estudiar economía como yo, regresó a casa de su mamá y aplicó para un instituto de artes plásticas. Finalmente, porque soy testarudo pero no masoquista, tiré la toalla. Guardé la esperanza de que recapacitara, pero entendí que no puedo ser su guía, ni por oposición ni por fuerza. Me di cuenta, también, que mi presencia lo lastimaba. Mis peticiones y quejas lo empujaban a tomar, siempre, el camino opuesto. De una extrañísima manera, yo, su Némesis, estaba detrás de todas sus decisiones.
Así que me limité a escribirle en su cumpleaños y a mandarle dinero cada mes, siempre pidiéndole el depósito a mi contador con una punzada de molestia, con el impulso soterrado de despojarlo de la comodidad que yo le proveía y que él tan abiertamente menospreciaba. Nunca hablé de esto con Cecilia. Supe –siempre he sabido- que hubiera tomado la noticia con gusto en vez de tristeza. Después de todo, fue ella la despechada, la que decidió sentarse con su hijo de once años y decirle, como si el escuincle fuera su psicoanalista, que su marido se había acostado con una de sus mejores amigas después de una reunión de sábado. El acostón más caro de toda la historia: perdí a mi mujer y a mi hijo en una sola eyaculación mediocre.
Por eso no le escribí. No creo en la redención inmediata, ni en el súbito cambio de parecer. Un correo electrónico no cambiaría mi relación con ese paria de piel entintada que caminaba por Londres despilfarrando mi dinero.
*-*
El miércoles de la siguiente semana mi mamá me marcó a la oficina, a las once de la mañana, “para platicar”.
“¿Qué pasa?, ¿te canceló el desayuno Sandra?”
“El desayuno es mañana, Horacio. Nada más quiero platicar un rato, saber cómo estás”.
Apenas si podía entender lo que mi mamá me decía. El ruido de un taladro contrapunteado con los estentóreos ladridos de sus perros opacaban su voz, suave y un tanto aguda. Separé el auricular del oído y esperé a que se alejara de ahí para poder hablar con ella. Qué poco estaba acostumbrado al ruido. Mi oficina y mi departamento, ambos arriba del vigésimo piso, me aislaban del bullicio de la ciudad. Podía pasar el día entero sin pisar una banqueta y someterme a la agresión auditiva de las calles. De mi escritorio al elevador y de ahí al estacionamiento; del automóvil al estacionamiento de mi casa; del elevador a mi sala y de ahí a mi cama: para todos efectos prácticos, mi vida se desplegaba en una serie de cápsulas compactas.
Me percaté de que mi mamá llevaba hablándome más de un minuto sin que yo le pusiera atención. Le sugerí que se alejara de los ladridos y el taladro porque no podía escucharla. Ella me pidió una disculpa e, imagino, caminó rumbo a su recámara. Por fin pude entender lo que me decía sin problemas.
“¿Ya me escuchas?”
“¿Qué es todo ese ruido?”
“Estoy cambiando las chapas de las puertas y quitando el tapiz de la pared del antecomedor”.
Quise preguntarle de dónde venía la obstinada necesidad de transformar, en un transcurso de dos semanas, la casa en la que había vivido por más de treinta años. Pero una voz interna y desconocida me aconsejó que guardara silencio. Sentí que preguntarle sería el equivalente a apagarle la televisión a una persona que descansa, convaleciente, en la cama de un hospital.
“Qué bien, Ma. Ya era hora. Esas chapas estaban horribles”.
“¿Verdad que sí?”, replicó entusiasmada. “Oxidadísimas”.
Mi mamá soltó una bocanada de aire en el teléfono. A través de los cables y los aparatos, el sonido se escuchó robótico y pesado: como la idea que una computadora tendría del bramido de un toro.
“¿Y qué vas a hacer hoy, Ma?”
“¿Hoy?”
Mi mamá guardó silencio y chasqueó la lengua en su paladar. Mientras esperaba una respuesta, me puse de pie y caminé rumbo al ventanal de mi oficina. La nata de contaminación chilanga no me permitía ver el horizonte.
Una cápsula, dentro de una cápsula, dentro de otra cápsula…
Finalmente, mi mamá habló.
“Voy a comer aquí, esperar a que se vayan los trabajadores y hablarle a tu tía Martha”.
“¿La vas a ir a ver o para qué le vas a hablar?”
“No, no. Quiero platicar con ella”.
“¿Vienes el sábado a comer?”, me preguntó antes de colgar, y yo caí en la cuenta de que era la primera vez en mi vida adulta que ella me invitaba a su casa. Siempre era yo el que procuraba visitar a mis papás por lo menos una vez por semana. Después de ir al club, de jugar golf y beber unas copas de vino tinto, recién bañado, con mi ropa de domingo, pasaba a la vieja casona. Mi mamá me daba la bienvenida. Siempre habían invitados en la sala: tías, primas, amigas, viejos conocidos. Mi papá, mientras tanto, dormitaba, siempre enfermo, en su cama. Yo saludaba cortésmente a quien fuera que estuviera ahí, platicaba de nimiedades por cinco minutos y después me dirigía a la recámara principal. Ahí, mi papá, apenas consciente, me veía y entreabría la boca. No buscaba decirme algo. Era, simplemente, su única manera de decirme que sabía que yo, su único hijo, había llegado a visitarlo. Me sentaba junto a él, sin tocarlo, y le preguntaba estupideces.
“¿Cómo estás, Pa?”
“¿Cómo te sientes, Pa?”
“¿Qué comiste, Pa?”
Estupideces no sólo porque no tenía manera de responderme. Estupideces porque cada cosa que le preguntaba partía de esa necesidad tan cobarde y tan humana de no llamarle a las cosas por su nombre: de maquillar de normalidad lo que nos aterra, de pretender que entendemos lo inefable. Cómo hubiera querido sentarme a su lado y decirle, viejo, qué puta desgracia lo que te ha pasado. Nunca lloré con él, nunca lo tomé de la mano y le dije cuánto me encabronaba que la fortuna hubiera decidido encarcelar detrás de su propia piel a un hombre tan vigoroso.
De cualquier manera, dudo que en esos últimos meses haya entendido una sola palabra de lo que le decía. La vejez lo había convertido en un autómata. Su superficie –su cuerpo y su rostro- era un pozo de agua estancada. No se podía dilucidar qué había en el fondo porque el exterior no daba clave alguna. ¿Cómo saber qué siente y qué piensa un hombre inmóvil? Sólo sus ojos, antes inmensos, redondos y oscuros, me murmuraban secretos en silencio.
Me decían, siempre: me quiero ir. De esta cama. De esta casa. De esta ciudad. De esta cápsula de la que no puedo escaparme.
Aquellas tardes salía de casa chiflando, como una manera de desafiar la miseria que me confrontaba semana con semana allá adentro. “¿Cómo viste a tu papá?”, era lo único que me preguntaba mi mamá.
“Lo vi bien. Lo vi entero”, le respondía, antes de dirigirme hacia la puerta, chiflando una tonadita improvisada.
Quise volver a levantar el teléfono y marcarle a mi mamá. Quise hablar de su marido, preguntarle cómo habían sido todas esas noches en las que, sin mí en la casa y sin invitados para esconder la muerte que se dilataba en la cama de mi papá, se quedaba sola con él. Quise preguntarle si ella, también, le preguntaba estupideces porque no aguantaba el silencio inapelable que envuelve a quien acompaña a un enfermo terminal. ¿Lo besabas en las noches, Ma?, ¿lo tomabas de la mano?, ¿intentabas recordar con él aquellos viajes por Europa, por Asia, por Sudamérica?, ¿querías traerlo de vuelta?, ¿o tú también leías esa petición que deambulaba en sus pupilas?
Me quiero ir.
Llegué a mi departamento temprano y caí dormido antes de las diez. Se me cayeron los párpados antes de que pudiera leer más de tres páginas del bestseller que había comprado.
*-*
Desperté a las seis de la mañana, agitado y con mal sabor de boca. Soñé con Cecilia, mi ex esposa, por primera vez en muchos años. Caminábamos por una calle que yo reconocía como aquella en la que crecí a pesar de que no era la misma. Después nos subíamos a un coche que yo reconocía como el viejo coche de mi papá, a pesar de que eran modelos distintos. Lo único que advertí de inmediato, idénticos a su contraparte real, fueron los labios y el cuerpo de Cecilia. Me besaba, inclinando el cuerpo desde el asiento del copiloto, como si no hubiera habido divorcio, como si jamás hubiéramos tenido un hijo, como si nunca nos hubiéramos casado. Era ella, la chica que conocí en una fiesta de la universidad, la que me visitaba cuando mis papás estaban de viaje, la que escuchaba a Bob Dylan en el anticuado estéreo de su sala; mi compañera. ¿Cómo pude recordar en sueños lo que jamás me pasaba por la mente cuando estaba despierto? Ahí estaba el olor de su cuello, esperándome detrás de los perfumes que usó por más de quince años. Fluía desde adentro y, por tanto, se fue agriando con el paso del tiempo. En el sueño, sin embargo, el aroma seguía fresco. Cecilia me llamaba por mi nombre, que yo solía detestar en voz de cualquier persona menos ella. La besaba y escabullía mis manos entre sus piernas, por arriba de su falda holgada y púrpura (que creía haber olvidado). Sentía su clítoris despertar debajo de mis dedos. Veía sus muslos separarse, uno tocando la palanca de velocidades, otro la manija de la puerta. El rostro de Cecilia quedaba escondido detrás de su fleco negro; sólo veía sus labios, tan escuetos, tensarse.
¿A dónde vamos?, me preguntó, con mis manos aún jugueteando en su entrepierna.
¿A dónde vamos?
Me desperté. Sólo quedaba una erección, dolorosa y palpitante, como testimonio de mi fantasía. Tenía la respuesta a su pregunta en la punta de la lengua. No la dije en voz alta por miedo a que el recuerdo idílico de Cecilia –de una Cecilia que no existe- perforara la burbuja onírica. Quise decírmelo en voz baja para decírselo al que la había soñado; para que el hombre que en unas horas saldría rumbo al trabajo supiera que la pregunta formaba parte de una vida que no vale revisitar, una vida que no es suya.
Vamos a casarnos, Cecilia, le dije, con los ojos cerrados, queriendo no despertar. Te voy a pedir matrimonio afuera de tu casa, frente al portón de madera. Nos vamos a casar en una pequeña ceremonia en la iglesia donde hiciste tu primera comunión. Vamos a vivir tres años en la Colonia del Valle, en un departamento pequeño dentro de un edificio más bien adocenado. Verás: aunque tengo dinero prefiero que mi papá no nos ayude. Tú estarás de acuerdo. En nuestro último año ahí, recibiremos dos noticias. Me contratará una consultoría con oficinas en Reforma y, después de una noche en la que te llevaré a festejar con todos nuestros amigos, quedarás embarazada. Nos cambiaremos a vivir a San Ángel, donde siempre has querido tener una casa tan grande como la de tu abuela. Julián, nuestro primer hijo, nacerá en marzo: un bebé pesado y vivaracho y alegre. Desde los primeros meses será obvio que el niño se parece más a ti que a mí: tendrá tu pelo y tus ojos, tu piel y tus labios. Me dirás que quieres tener más hijos y yo te diré que sí. Dos años después vendrá nuestra primera hija, que se llamará como tú. Creceremos juntos, los cuatro, en esa casa que tanto te gusta. Viajaremos como viajaban mis papás, pero yo nunca enfermaré como él, te lo prometo. Julián y Cecilia vivirán un tiempo en el extranjero, estudiando lo que quieran estudiar, y después regresarán a vivir cerca de nosotros, a darnos una familia, a darnos nietos. No habrá divorcios, ni noches de llanto insomne, te prometo. No me esperarás de pie junto a la puerta, con tu reloj dando las dos de la mañana, tu mirada fija en el garage de la entrada. Tendremos una vida que no será excepcional, pero será alegre y llevadera. Te prometo, Cecilia. Te prometo que hacia allá vamos.
*-*
Mi mamá me invitó a comer a su casa el viernes por la tarde. Rara vez la visitaba entre semana: trabajaba lejos de donde vivía y no tenía más de dos horas para salir a comer. De lunes a viernes entraba puntual a las nueve y media, pero mi horario de salida variaba. Podía estar de vuelta en mi departamento a las siete o, bien, regresar a las once de la noche. Sin embargo, prefería –siempre había preferido- trabajar hasta tarde, después de que anochecía, que salir de la oficina antes del atardecer.
Arreglé cuanto pendiente pude durante la mañana, le pedí a mi secretaria que pospusiera mis juntas y llamadas, y me dirigí a su casa.
Esta vez fue ella la que me abrió la puerta principal. Traía el cabello recogido en una cola de caballo. Su rostro, sin maquillar, parecía prácticamente libre de arrugas hasta que esbozó una sonrisa de bienvenida y la piel en sus sienes se contrajo, carente de elasticidad, para formar una decena de grietas que confluían, como la delta de un río, en una última y marcada arruga que llegaba a la cuenca de sus ojos. Qué raro, pensé, que el rostro de mi mamá pareciera joven en reposo y que sólo un gesto –alegre, en este caso- delatara su edad, como si sólo su sonrisa hubiera envejecido.
La mesa estaba lista. De la cocina emanaba el aroma caliente de sopa de cebolla, de pescado, de jitomate refrito sobre un sartén. Mi mamá se detuvo a la mitad del pasillo, entre el comedor y la puerta que daba a la cocina. Reposó la barbilla sobre su mano tiesa, como si intentara recordar algo importante. Finalmente, volteó a verme.
“¿Quieres un vaso de agua, un café o un té, hijito?”
“¿Un café antes de comer? No, ma. Estoy bien”. Acompañé mi replica con una risita socarrona. Pensé que le caería en gracia, que serviría para que viera lo inherentemente absurdo en su oferta, pero no pareció tomarlo con sentido del humor.
“Siéntate a la mesa, entonces”, me dijo, con una inflexión de hartazgo. Obedecí como si tuviera doce años.
El servicio comenzó su usual rutina: las dos chicas trajeron una jarra de agua, una botella de vino (que nunca abrimos), el plato de quesos y una baguette. Finalmente, dieron la vuelta alrededor de la amplísima mesa del comedor, sirviéndonos dos cucharones de sopa. Cómo quise pedirle a mi mamá que nos paráramos de este comedor, que nos olvidáramos de las buenas costumbres y los buenos modales, y comiéramos, como dos adultos, de manera casual, frente a la televisión de la sala de estar, mojando el pan dentro de nuestra sopa. No podía sentirme cómodo si cada almuerzo y cena con ella venía acompañado de este ritual burgués de sirvientas vestidas de azul y blanco, de cubiertos perfectamente ordenados sobre el mantel, de sillas en las que no quería recargarme por miedo a que se partieran en dos. Me molestaba, sobre todo, porque la rutina servía para hacerme sentir como un invitado dentro de mi propia casa. Un extraño.
Las muchachas regresaron a sus puestos y mi mamá les pidió que cerraran la puerta de la cocina. “Empieza”, me ordenó, como si necesitara pedirle permiso. Y después comenzó a hablar. No hubo espacio alguno en su discurso para interpelarla: habló tanto y tan rápido que a duras penas pude emitir sonidos de afirmación o desacuerdo. Me dijo que pensaba tirar la casa por la ventana en una fiesta para celebrar sus 79 años. “Hace mucho tiempo que no hago una fiesta. Yo creo que desde que Julián cumplió doce no hacemos algo en grande. Necesito invitar a todo mundo: a tus primos y primas, a tus tíos y a tus tías, a mis amigas, a los amigos de tu papá, a todos los que todavía están vivos”.
Finalmente, con el pescado y el arroz sobre mi plato, pude opinar. Quise pedirle que dejara de gastar dinero. Un impulso avaro me recordó que esa también era mi herencia. Pero no dije nada al respecto. Había trabajado desde los veinte años para tener una vida tan cómoda o más que la de mis padres, y era lo suficientemente exitoso como para no requerir un quinto de ellos. No había mejor prueba que esta: después de seis meses de la muerte de mi papá, aún no tocaba un solo centavo de lo que me había dejado. Sin embargo, pensé que mi mamá cometía un acto irresponsable al no ver por su propio futuro y bienestar económico. Quise aleccionarla, como sé que su marido nunca hizo, sobre el valor del dinero.
“Me parece muy bien, Ma. ¿Ya sabes cuánto te quieres gastar?”
“No sé, no sé. Pero necesito que haya de todo. Que venga un trío, que haya canapés. A ti que tanto te gusta, ¿por qué no me echas la mano escogiendo unas buenas botellas de vino, Horacio?”
“¿Qué tan caras?”
“¿Cómo que qué tan caras?”
“Sí. ¿Cuánto me puedo gastar?”
“Ay, no sé, Horacio. Tú escoge unas buenas botellas y ya después vemos cuánto cuestan…”.
Mi mamá estaba comiendo más lento que de costumbre. Habían pasado diez minutos desde mi último bocado de huachinango y ella aún no tocaba el suyo. Su tenedor y cuchillo descansaban sobre su plato de manera perpendicular, como las manecillas de un reloj averiado. Revisé la hora en mi muñeca con discreción: había pasado solo treinta minutos dentro de la casa, pero se sentía como una eternidad. Me molestó mi aburrimiento persistente, mi incapacidad de disfrutar a mi mamá, sana y activa: el opuesto del hombre que unos meses antes había muerto a dos recámaras de distancia, tras una década de lentísima erosión. Mientras mi mamá seguía hablando, deduje que quizás mi aburrimiento enmascaraba una alerta: que había, pues, algo disfuncional en su deseo de gastar un dineral para festejar su vejez. Quizás no me molestaba el hecho de no poder gozar la compañía de mi mamá. Me incomodaba no saber cómo tendría que comportarse para que no me molestara pasar una comida entera junto a ella. ¿Prefería verla viajando, llena de planes pero lejos? No. Claro que no. Lo que me irritaba era la compulsión detrás de sus necesidades. El problema central era esa palabra: necesidad. Mi mamá necesitaba una fiesta. Necesitaba que fuera grande, que hubiera decenas de invitados. ¿Por qué?
“Voy a meterme a clases de pintura. No he dibujado desde que eras niño y me gustaría retomarlo ahora que tengo algo de tiempo libre”.
“¿Tú pintabas?”
“Mucho. En óleo y acuarela, sobre todo. Estudié historia del arte, Horacio”, me dijo, como si fuéramos desconocidos que apenas empiezan a intercambiar los datos más básicos de su persona.
“Claro. Perdóname. Se me fue. ¿Y ya sabes dónde vas a tomar clases?”
“Tu prima Laura va a una academia que está por Las Lomas. Hablé con ella el otro día y me invitó. Dice que tienen un maestro buenísimo”.
“Y pensaba que con un artista en la familia teníamos suficiente”, le dije y aparté el plato vacío, empujándolo hacia adelante. Al verme, mi mamá también empujó su plato. Esperé otro ademán infantil de su parte: que se cruzara de brazos, se parara de la mesa o que su boca se ciñera en un puchero. Pero, al parecer, con imitarme había tenido suficiente.
“¿Ya le escribiste a tu nieto para contarle? Seguro le va a fascinar saber que su abuelita hace lo mismo que él”.
Pintar. Dibujar. Sentarse frente a un lienzo. Qué pérdida de tiempo: los sentimientos y las intenciones reducidas a una paleta de colores, a simbolismos vagos, donde las pinceladas reemplazan las palabras. Si todos dejáramos de escribir y hablar, ¿de qué nos serviría dibujar?, ¿podríamos comunicarnos pintando un cuadro? En la historia de la humanidad nunca ha existido herramienta de expresión más idiota que un pincel.
“Ni siquiera había pensado en Julián. Pero, ahora que me lo recuerdas, hace rato que no le escribo…”.
Las sirvientas volvieron a entrar, ambas con rostros rígidos, más máquinas que personas. Traían el postre. Antes de que regresaran a la cocina, mi mamá se inclinó hacia mí y me susurró, en un tono lo suficientemente alto como para que la pudieran escuchar antes de irse:
“No tienes idea la lata que me ha dado la nueva niña. El otro día la sorprendí revolviendo la sopa con la mano”.
Antes de irme, mi mamá me hizo prometerle que compraría esas botellas de vino. Me aseguró que me las pagaría.
“Ve por ellas esta semana”, me pidió.
“Pero tu cumpleaños es en un mes, Ma”.
“Ya sé. Pero hay que ir organizando la fiesta desde ahorita”.
*-*
Lo primero que hice al día siguiente fue salir a comprar las botellas de vino. Me desperté a las nueve de la mañana y una hora después ya estaba listo para salir. ¿De dónde venía la prisa? Pensaba que llegando a la vinatería escogería la primera botella que me convenciera, pero no fue así. Me tardé más de una hora en decidir qué comprar. Pedí que me dejaran entrar a la cava donde guardaban los mejores vinos y pensé en la uva adecuada y en la región correcta, como si se tratara del último vino que probaría en toda mi vida. Inclusive convencí al encargado que me atendió de abrir un par de botellas –que pagué, por supuesto- para probar los contenidos. Al final escogí una caja de Chateau Figeac y cinco botellas de Sassicacia, un vino celestial. Intentando descifrar de dónde provenía este entusiasmo, pensé que las botellas eran en realidad un regalo –un lujo- para mí.
No era cierto. Mientras pagaba y observaba cómo guardaban más de una docena de botellas francesas en una caja de madera, llegué a una conclusión que me tomó por sorpresa: quería impresionarla. Era la primera vez que mi mamá me hacía una encomienda para sus reuniones, sus fiestas. Años de comer lo que ella y mi papá escogían, de beber las botellas que habían traído de sus viajes, culminaban aquí. Ahora era yo el responsable.
Qué tontería, pensé, aún con la sonrisa en los labios, mientras firmaba el recibo.
Le hablé a mi mamá apenas llegué a mi departamento. Le dije que ya había comprado todo y que no tenía que pagarme. Me dio las gracias de manera efusiva y luego, con el mismo fervor, se quejó de sus nuevas cortinas. “Quedaron largas. Están tocando el piso”, me explicó.
Pensé que me preguntaría cuáles botellas había comprado y que, al escuchar mi respuesta, recordaría su visita a la campiña francesa, su viaje en coche por el norte de Italia o uno de sus cruceros por las islas griegas. Eso hubiera hecho antes, cuando salpicaba su conversación con anécdotas de lugares que nadie conocía, cuando hablaba de los museos que visitaba y las exposiciones que había visto, cuando recordaba las mejores comidas de sus viajes como si tuviera los platillos frente a ella.
“Y la puerta del garage no funciona, Horacio. Necesito que consigas a alguien que venga a arreglarla”.
Recibí esta segunda petición con mucho menor entusiasmo.
Colgamos. Arrojé el teléfono sobre la mesa del comedor. Caminé a la cocina. Y abrí una botella de Sassicaia.
Me la acabé en poco más de una hora, yo solo, a la una de la tarde, sentado en el sillón gris de la sala, viendo mi ventana. No veía edificios, ni antenas parabólicas. Mi piso estaba tan arriba que, a menos de que me acercara al cristal, no podía ver nada más que cielo. De vez en cuando un avión cruzaba en la lejanía y yo jugaba a imaginar que en realidad eran hormigas caminando sobre mi ventana de manera horizontal. Comenzaba a embriagarme. Estaba acostumbrado a tener amigos acompañándome en la borrachera y ahora, en su ausencia, me vi obligado a encontrar nuevos interlocutores. Platiqué con mis recuerdos, esos nuevos amigos que comenzaban a visitarme con frecuencia. ¿Cómo recuerdan a mi mamá?, les pregunté. ¿Cómo recuerdan a Cecilia y a Julián?, ¿cómo me recuerdan a mí?
Abrí otra botella para que la conversación fluyera sin mayor problema. El vino perdió su distintivo sabor: se convirtió en una especie de líquido astringente y amargo.
Acuérdate, Horacio, de ese domingo cuando jugaste con tu hijo.
Julián y yo estábamos enfermos. Cecilia había salido, quién sabe a dónde.
Se sentaron a ver la tele. Viste caricaturas con él. Cómo odiabas esos programas que veía: las voces agudas, los colores chillantes, las tramas insulsas. Pero esa vez, acuérdate, viste la tele con él durante toda la mañana.
¿Los Picapiedra?, ¿esos hombrecitos azules con gorro blanco?, ¿qué veíamos?
Acabaron de ver la tele y lo ayudaste a hacer una casa con los cojines del sillón.
Qué adusto era Julián. Cómo se tomaba todo tan en serio. “Ese es el techo, papá. Ese ponlo allá. Pon esa manta aquí para que sea la puerta”.
Te metiste con él, pero a duras penas cabías en el angosto espacio entre el sillón y los cojines. Estabas gordo en ese entonces, antes de que el divorcio se llevara la mitad de tus kilos y la mitad de tus ahorros.
Salimos y Julián desconectó el teléfono. Tenía cuatro o cinco años.
Se sentó junto a ti en el sillón y puso el aparato sobre su regazo. El teléfono medía más que sus dos muslos juntos. Descolgó, puso su manita sobre el teclado y, con el dedo índice, marcó una combinación de dígitos escogidos al azar.
“¿A quién le hablas, gordo?”
“A ti, papá”.
“¿A mí? Si yo aquí estoy”, le dije, tocándome el pecho con la palma de la mano.
Volvió a marcar y a preguntar por ti.
“¿Papá?”
“Aquí estoy”.
“¿Papá?, ¿papá?”
“Aquí estoy”.
“Aquí estoy”.
*-*
Durante las siguientes semanas me mantuve en constante contacto con mi mamá. Me hablaba para pedirme favores grandes y pequeños: consígueme a alguien que conozca buenos músicos, ayúdame a encontrar un buen servicio de canapés, comunícate con alguien que pueda conseguir suficientes mesas para cincuenta invitados. Poco a poco los preparativos para su fiesta opacaron sus quejas anodinas. Dejó de hablar de las cortinas de su casa, de los perros, del servicio, de las nuevas y viejas alfombras, de los escusados descompuestos, del tinaco sin lavar, del ruido infernal que hacía el refrigerador por las noches, de la alarma que había mandado instalar para defenderse de un posible robo, de la plaga que amenazaba con azotar el maple del jardín, de las ardillas que insistían en comerse sus duraznos, de las hormigas que invadían su alacena; de todos y cada uno de esos problemas cotidianos que desde que había regresado de viaje se habían convertido en su tema predilecto. Y honestamente prefería verla atareada con el frenesí de su festejo y los pormenores del banquete, la logística de las invitaciones y la selección de invitados.
También me platicaba, con emoción, de sus clases de pintura. Me dijo que era por mucho la más grande del salón; que la mayoría de sus compañeros tenían entre veinte y treinta y tantos. Por el momento, el profesor la ponía a trazar cuerpos desnudos, fruta y vasijas con carbón.
“Ahora, cuando no hay nada qué hacer, me siento en la sala, viendo hacia el jardín, y me pongo a pintar”.
Pasé a su casa a dejar las botellas de vino un sábado por la tarde. Me recibió la muchacha: mi mamá había salido a comprar flores. Entré a la sala cargando la caja de madera y vi que, a pesar de que faltaba una semana para su fiesta, había movido los muebles para abrirle espacio a diez mesas blancas y redondas, y a una veintena de sillas plegables de metal.
“Me cuidan esas botellas”, le dije a la muchacha, y salí por la puerta. A lo lejos, los dos siberian huskies me despedían con sonoros ladridos.
Alcancé a Enrique y Alberto en un restaurante en Palmas. Los encontré con la vista clavada en la carta de postres. Dos whiskies, recién servidos, con los hielos enteros, decoraban el centro de la mesa. Los saludé y ambos me regalaron la misma sonrisa idiota y ebria, como si la hubieran ensayado de antemano.
“Siéntese, siéntese, licenciado”, me dijo Alberto, golpeteando el antebrazo de la silla de madera, vacía, entre él y Enrique. Me senté. Ambos levantaron el brazo y chasquearon los dedos para llamar al mesero.
“¿Qué quieres?”, preguntó Enrique.
“Una copa de vino. Del que hayan tomado en la comida”.
“¿Cuál de todos?”, preguntó Alberto, encogiéndose de hombros, con los ojos entrecerrados.
“Pídete un whisky para que nos alcances, Horacio”.
“Creo que me tendrían que inyectar la cava entera para alcanzarlos”.
Enrique pidió un whisky para mí y otros dos para ellos, a pesar de que apenas si habían tocado el que les acababan de servir. Me lo bebí rápido, en tres tragos, no tanto por camaradería o porque realmente quisiera emborracharme sino para no sentirme excluido.
“¿Qué planes tienen para hoy?”, pregunté. Alberto se había divorciado de su segunda esposa recientemente, mientras que Enrique llevaba más de veinte años en un matrimonio miserable. Los conocí en la universidad, en el primer día de clases, y desde entonces no pasaba un mes en el que no comiéramos o cenáramos juntos el fin de semana, muchas veces después de dieciocho hoyos de golf. Fernanda, la esposa de Enrique, se había ido a Houston con sus dos hijos, así que no tenía hora de llegada.
“Dile”, pidió Alberto, llevándose el whisky a la boca.
Enrique prendió un cigarrillo, puso los codos sobre la mesa y se inclinó hacia mí.
“Vámonos de locos, Horacio”.
“¿A dónde?”
“A tu casa, cabrón”.
“Ni madre. Me acabo de mudar. No vas a meter putas a mi departamento”.
“Vamos al de Alberto, entonces”.
Cuántas veces no lo habíamos hecho, solteros y casados. Cuántas veces no habíamos regresado arrastrándonos a nuestras respectivas casas, oliendo a alcohol y a ese perfume barato y dulzón con el que todas las putas de México parecen embadurnarse el cuerpo entero. Había pasado casi un año desde nuestra última escapada. Me hacía falta coger, de eso no cabía duda. No tenía la energía ni el ímpetu necesario para cortejar a una mujer sin dinero de por medio. Pero esta vez no tenía ganas. Quería que mis amigos no estuvieran borrachos, que estuvieran en ánimo de escucharme. Llevaba casi medio año sin coger, pero llevaba aún más tiempo sin hablar, verdaderamente hablar, con nadie.
“Estoy cansado, mano. Yo creo que me echo unos whiskies y los dejo”.
Alberto me soltó una trompetilla con los labios, como un niño desilusionado. Nos quedamos en silencio, cada quien con la vista fija en su trago, hasta que Enrique tomó la palabra.
“Entonces, ¿qué?, ¿nos vamos?”
*-*
Llegó el día de la fiesta.
Mi mamá había citado a todos sus invitados a la una. Los meseros empezarían a servir canapés a las dos y a las tres traerían la comida: un buffet de platillos franceses que le había conseguido a través de un socio del club, dueño de un muy buen restaurante en Polanco. El DJ llegaría a las doce para instalar las bocinas y se iría a las cinco. Mi mamá me había dado una selección preliminar de la música que quería que tocara. A las cinco y media llegaría un mariachi. La fiesta, calculamos, acabaría antes de las ocho de la noche.
Me pidió, por supuesto, que llegara antes que todos. Obediente, llegué a las once de la mañana para supervisar que los perros estuvieran seguros en la azotea, que el DJ y la comida estuvieran en camino y para abrir las primeras botellas de vino (“que respiren, Horacio, que respiren”). Fuera de eso, realmente no había mucho qué hacer ahí. Mi mamá ni siquiera me hizo compañía. Se encerró en su baño para arreglarse y peinarse, y no tuve más remedio que servirme la primera copa del día, sentado en la última mesa, rodeado de sillas negras y manteles blancos. Imaginé que lo que veía no era el inicio de una fiesta sino el final. Lástima que los perros ladraran, desquiciados, desde la azotea. Era una pena, también, que pudiera escuchar el zumbido de los coches en la calle. El momento –yo, solo, sentado en un jardín vacío, rodeado de sillas sin ocupar- merecía silencio absoluto, como una elocuente fotografía de mi vida.
Me deprimió mi fantasía, así que le di un buen trago a mi vino tinto. Regresé la copa sobre el mantel y me puse de pie, pero, en el proceso, golpeé la mesa con la rodilla. De inmediato, el blanco se tiñó de rojo.
“Mierda”, fue lo único que alcancé a musitar, justo antes de que mi mamá saliera al jardín, perfectamente arreglada con un vestido amarillo y primaveral.
“Pero, ¿qué hiciste, Horacio?”, me increpó, caminando a pasos apresurados hacia mí. Después levantó la copa y me pidió que llamara a las muchachas.
“¿Y ellas de qué van a servir, Ma?”
“Diles que traigan agua mineral”.
“¿No sería mejor cambiar el mantel y punto?”
“Háblales”.
De nuevo obedecí. Fui por las muchachas y las llevé hasta el jardín.
“¡Niñas, niñas!, ¡rápido! Tráiganse agua mineral y un trapo. Apúrenle”, les pidió mi mamá.
“No es una bomba de tiempo, Ma. Es una mancha de vino”.
No me hizo caso. Se quedó observando el mantel, inquieta, dando pequeños pasitos alrededor de la mesa. Las muchachas regresaron con una botella de agua mineral, un paquete de sal y una toalla verde.
“¿Quién les dijo que se trajeran una de mis toallas? ¡Un trapo, niñas!”
Y regresaron de vuelta a la cocina, las dos, como si la tarea de traer una jerga requiriera más de una persona.
“¿No tienes otro mantel?”, le pregunté.
“¿Qué dices?”
“Otro mantel”.
Las muchachas volvieron a aparecer, cada una con un trapo en la mano. Mi mamá volteó a verme y esbozó una sonrisa.
“Vayan por otro mantel, por favor”, les dijo, resignada.
Me acerqué a ella. Recogí la copa vacía y puse mi mano sobre su hombro.
“Tranquila”, le dije, a manera de petición. Sirvió de poco. Dio la una y media y aún no llegaba nadie. Intenté explicarle que era normal que los invitados llegaran después de la hora en la que habían sido citados, pero no logré calmarla. Seguía dando vueltas entre el jardín y la cocina, dándole instrucciones a los meseros que acababan de llegar e implorándole al DJ que no improvisara con música que no estuviera dentro de la selección que le habíamos mandado antes del festejo. Ahora era su voz la que se escuchaba por encima de los coches y los ladridos de los perros. De tanto escucharla me empezó a dar dolor de cabeza.
Tomé mi tercera copa de vino y caminé a la recámara principal, en busca de unas aspirinas. Ahí, en una mesa rectangular al lado de la segunda cama, seguía el inhalador de mi papá junto a un viejo tanque de oxígeno y un suero. Estaba, también, su jarra de cristal, aún con agua dentro. La recámara no había cambiado desde su muerte, salvo por el hecho de que él ya no estaba ahí. Fui al baño y abrí el baúl en el que guardaban sus medicamentos. Encontré toneladas de antibióticos, cápsulas y pomadas (la imagen me remitió a una alberca de pelotas de plástico en la que Julián jugaba cuando era niño). Tomé un trago de mi copa y comencé a hurgar entre los contenidos del baúl, en busca de una medicina que no estuviera caduca. Di con un ungüento para las hemorroides cuya fecha de vencimiento era el 2001, un vasodilatador que había caducado en los noventa y un frasco de pepto bismol tan viejo que no pude abrirlo. Mi papá me había dejado algo de dinero en el banco, un par de sweaters de lana que siempre me habían gustado y su colección de libros. No obstante, frente a mí tenía el rastrojo de todo aquello que había dejado sin destinatario: la prueba de su paulatina descomposición, de las decenas de químicos que necesitó para mantenerse apenas vivo en esa cama. Y mi mamá había decidido conservar todo esto.
Encontré unas aspirinas, me las pasé con ayuda de mi Sassicaia y caminé de vuelta al jardín.
La fiesta había empezado. Primero llegaron las dos hermanas de mi papá, ambas viudas, caminando del brazo de mis primas y sus hijos. Después le abrí la puerta al grupo de amigas de mi mamá: Sandra, nuestra vecina, y otras cinco señoras, todas de más de setenta años. Llegaron, también, los socios de mi papá: dos viejos a los que el tiempo había tratado con muchísima amabilidad. Caminaban sin ayuda de bastón, fumaban como chimeneas y hablaban con absoluta lucidez.
“¿Sigues en la consultoría, Horacio?”, me preguntó Ismael, el más antiguo amigo y socio de mi papá.
“Ahí sigo, sí”, le respondí. Charlábamos en una esquina del jardín, lejos del bullicio de mi mamá y sus sobrinas, que al parecer eran incapaces de hablar sin gritar.
“¿Te acuerdas cuando te acababan de contratar que nos invitabas a tu papá y a mí a comer a la Zona Rosa?”
“Al Bellinghausen”.
“Qué orgulloso estaba tu jefe. Lo hubieras visto entrar al restaurante, como pavorreal, preguntando por una reservación que habías hecho a tu nombre”.
“¿De veras?”
“De veras, Horacio”.
“Gracias”, le dije, antes de disculparme y caminar a la cocina para servirme otra copa de mi vino. Me dio gusto saber que mi papá se había quedado con esa imagen mía. Regresé a la fiesta y, durante las siguientes horas, deambulé de mesa en mesa, con una servilleta llena de canapés en una mano y una copa vacía en la otra. De vez en cuando mi mamá se acercaba a mí para quejarse de que aún no llegaba una prima o una amiga suya. Entendí su preocupación: a las tres de la tarde, todos los invitados se sentaron a comer y a duras penas ocuparon la mitad de las mesas. Me acerqué a Martha, mi tía, y le pregunté por el resto de la familia.
“La tía Elisa está muy enferma. Carmen vive en Puebla y ya no sale de ahí por nada del mundo. Mis hijas le mandaron regalos a tu mamá, pero no pudieron venir”.
“¿Por qué?”
“Olga tiene el cumpleaños de su suegra y Diana está en cama. Migraña, otra vez”.
Me serví un plato de carne y tomé asiento al lado de Ismael. El viejo fumaba un cigarrillo light. Su mano izquierda descansaba sobre el mantel, acariciando el borde de su vaso de whisky.
“Qué bien conservada está tu mamá, ¿verdad?”
“¿Te parece?”
“Cómo no. Ya quisiera que mi mujer se viera así”.
Partí mi carne; seguí comiendo.
“Es un milagro, Horacio. Después de haber cuidado a tu jefe por quién sabe cuántos años, que se vea así de entera…”.
Mientras tanto, mi mamá daba vueltas en torno a la mesa de sus amigas. Hasta acá podía escuchar su voz, preguntándole a las señoras si la carne estaba bien cocida, si necesitaban algo más de beber, si ya habían probado el queso de cabra.
“Siempre fue la más guapa de todas. Yo, tu papá, Héctor Larios, los Magaña, todos queríamos con ella. Íbamos al club a verla nadar, ¿sabías?”.
Le dije que no con la cabeza. Mi vista aún estaba fija en mi mamá. Intenté imaginarla de joven, rodeada, no de un grupo de mujeres rozando los ochenta sino de una pandilla de jovencitas de facciones finas y peinados anticuados.
“Ni tu papá ni yo teníamos mucho dinero. Tu mamá, en cambio, venía de una familia muy rica. Todavía me acuerdo de cuando se fue a pasar un verano a Europa y dizque regresó hablando francés. Claro que no hablaba ni una palabra, pero ahí estábamos todos embobados, escuchándola…”.
Me reí. El DJ puso un danzón y mi mamá volteó para aplaudirle. “Tu canción favorita, Sandra”, le gritó a nuestra vecina, quien asintió de manera enérgica, incapaz de hablar porque tenía la boca llena.
“¿Y tú, Ismael?, ¿qué estás haciendo ahora?”
“Pues Juan Carlos y yo vendimos la agencia hace unos años, como sabes. Se estaba volviendo muy pesado todo el proceso administrativo y creativo. Ya la cabeza no funciona como antes. Y, bueno, desde entonces he estado jugando golf, leyendo, cuidando a mi mujer. Intento mantenerme ocupado, que es lo importante”.
Ismael apagó su cigarrillo en la suela de sus mocasines negros y arrojó la colilla a un arbusto del jardín.
“Sobre todo estoy viendo mucho más a mis hijos. Nos vamos a cenar los jueves, pasan por mí para desayunar algunos domingos. Hace un año nos escapamos a Los Cabos para jugar golf un fin de semana. Padrísimo”.
“Me da gusto. Son buenas personas”, le dije.
“Sí. Sí, son. ¿Y tú?, ¿estás viendo más a tu mamá desde que se murió el socio?”
A lo lejos, mi mamá platicaba con una de mis tías frente al buffet. Qué delgada y pequeña se veía a la distancia; más como una chiquilla rubia que una vieja.
“Fíjate que sí, Ismael. Hasta le eché la mano para organizar todo esto. Le conseguí el catering, el vino, la música…”.
“Pero, más allá de eso, ¿la visitas seguido?”
Tragué el último bocado de carne y volteé a ver a Ismael, quien me observaba de vuelta con los ojos bien abiertos. Sopló una ventisca y el aire alborotó el poco cabello que le quedaba sobre el cráneo. Ismael no se dejó perturbar por el incidente: inclinó la cabeza y, con un movimiento sereno, volvió a peinarse con las manos.
“Sí. Nos vemos mucho más ahora que antes”.
“Cuídala, Horacio. Después de cierta edad, te juro que cada año que cumples se siente como una década”.
Los meseros trajeron el pastel y yo los ayudé a prender las velas. Mientras le cantábamos feliz cumpleaños, mi mamá volteó a ver a la concurrencia, dándoles las gracias en voz baja, con las manos juntas a la altura del pecho, como en una plegaria. Después llegaron los mariachis y ella insistió en acompañarlos en algunas canciones. Sólo Martha le hizo la segunda, mientras los demás invitados se mantenían impávidos en sus asientos. Mi mamá le pidió a sus cuñadas que se levantaran de su silla y cantaran con ella, pero no hubo poder humano que las moviera. Después me pidió a mí que me acercara para cantar “Cien años”. Le hice compañía, pero no abrí la boca; me quedé ahí, a su lado, con una mano en su cintura y la mirada fija en mis zapatos.
“Ándale, Horacio. ¡Canta!”
Acabó la canción y liberé mi brazo con el pretexto de aplaudirle a los músicos. Di un par de pasos hacia atrás, alejándome de mi mamá.
“No te vayas”, me imploró.
“¿Qué otra canción quiere que toquemos?”, preguntó uno de los mariachis, el más delgado del grupo. Mi mamá le pidió recomendaciones a sus vecinos y su familia. Nadie dijo nada. Yo señalé a Ismael, inútilmente, como si el viejo fuera a saber de música por el simple hecho de tener ochenta años.
“¿Cuál quieren?”, volvió a preguntar mi mamá, esta vez dirigiéndose a sus amigas. Todas se encogieron de hombros al unísono. Yo me mantuve de pie entre el mariachi y las mesas, ligeramente avergonzado, como un payaso al que se le olvidó el maquillaje y el disfraz. Noté que mi mamá comenzaba a desesperarse, así que caminé de vuelta hacia ella y tomé la palabra. Le sugerí un par de canciones trilladas a los mariachis. Y volvieron a tocar.
Dieron las cinco y los músicos se fueron. El resto de los invitados tomó la partida del mariachi como el punto final de la fiesta. Se levantaron de sus asientos y caminaron, uno por uno, para despedirse de la festejada. Eran de esas tardes blancas en la ciudad de México, apenas cálidas, sin nubes, en las que el sol ilumina con desgano a través del domo de contaminación. Hubiera querido que el cielo se encapotara, que los invitados tuvieran el pretexto de la lluvia para irse tan temprano. Ismael llegó a despedirse de mí.
“No te vayas, Ismael. Ahorita abro otro vinito”.
“No quiero manejar de noche, Horacio. Mis reflejos andan mal”.
“¿Seguro?”
“Sí, seguro. Gracias por la plática. La carne estaba buenísima”.
Caminé hacia mi mamá y me puse a su lado, despidiendo a los invitados como si la fiesta hubiera sido de ambos. Le dije adiós a mis primas, mis tías, a los vecinos y a los viejos amigos cuyos nombres no recordaba. Mi mamá besó sus mejillas, siempre repitiendo las mismas preguntas:
“¿No se quieren quedar un ratito más?, ¿no quieren llevarse algo de comida?”
Finalmente acompañé a la puerta a Sandra, la última en irse. Regresé y encontré a mi mamá sentada cerca de la primera mesa. El jardín estaba salpicado de sillas vacías, algunas acostadas sobre el césped, todas viendo hacia un punto distinto, como si acabara de llevarse a cabo un simulacro en una escuela y todos los alumnos hubiesen salido corriendo del salón. Tomé asiento a su lado.
“¿Qué voy a hacer con tanta carne y ensalada?”, me preguntó, mordiéndose las uñas; un gesto inédito en ella.
“Tus perros van a estar felices”.
“¿De qué hablas, Horacio? Los perros no comen verduras. Les hacen daño”.
Mi mamá miraba mis zapatos, sin parpadear, envuelta en una especie de trance hipnótico. Detrás de ella, los meseros recogían las sillas del suelo y levantaban los manteles de las mesas.
“¿Estuvo bien la fiesta, verdad?”, me preguntó, sacudiendo la cabeza como quien acaba de recordar algo espantoso.
“Claro que estuvo bien, Ma”.
“¿Viste contentas a tus tías y a tus primas?”
“Muy. Muy contentas, Ma”.
“¿Y a Ismael y Juan Carlos y ellos?”
“Todos estaban felices”.
“Qué bueno. Qué bueno”.
Las sirvientas prendieron la luz de la sala, bañando el jardín con la luz ámbar y mortecina de sus focos. La mitad del rostro de mi mamá estaba escondido entre sombras, como si solo fuera media mujer la que me hablaba. Me acerqué a ella y le di un par de palmadas a su rodilla.
“¿Quieres que me quede para ayudarte a recoger?”
“No, no. No te preocupes”.
Antes de irme me pidió que pasara a visitarla al día siguiente.
“¿Para qué, Ma?”
“Para verte, hijito”.
*-*
Regresé a casa de mi mamá en la mañana del día siguiente, justo cuando un camión de mi oficina recogía las mesas y las sillas que habíamos alquilado. A pesar de que el día anterior no habían venido más de veinte personas, el césped del jardín se veía deshecho. De camino hacia la puerta encontré varias colillas de cigarro entre las hojas del pasto. Las levanté y las guardé en la bolsa de mi pantalón.
Entré a la casa sacudiéndome el olor a tierra y tabaco de las manos. Mi mamá me esperaba sentada en el sillón de la sala, con un plato de galletas y un té frente a ella, como si estuviera sosteniendo una conversación con alguien invisible.
“Hola, Ma”, le dije, casi en un susurro, queriendo no asustarla. Mi mamá me saludó de vuelta e inmediatamente después me ofreció un té y una de sus galletas. “Las compré en el viaje”, me recordó. “Hay que comérnoslas antes de que se echen a perder”.
“Ahorita, Ma. Tengo que pasar al baño”.
Entré al baño, tiré las colillas en el escusado y me lavé las manos. Salí y ya me esperaba un té caliente del lado opuesto de la mesa. Mi mamá me pidió que tomara asiento.
“¿Estás bien? Te ves cansada”, le dije, soplándole a mi taza.
“La fiesta, Horacio. Me dejó agotada”.
“Por fin, ¿qué hiciste con la comida que sobró?”
“Le di un poquito a los perros. Lo demás lo tiramos a la basura”.
Hacía frío adentro de la casa -y yo no había traído ni un sweater ni una chamarra- así que puse mis manos alrededor de la taza de té para entrar en calor. Mi mamá contuvo un bostezo y después guardó silencio. Se veía arreglada, con el pelo recogido y los labios discretamente pintados de rosa, pero por algún motivo lucía abatida, como si fueran las once de la noche en vez de las doce del día.
“Ya viene mi cumpleaños”, le dije. “En una de esas podemos hacer otra fiesta. Pero sin mariachi”.
Acompañé mi intento de broma con una sonrisa, pero mi mamá se aferró a su gesto arisco.
“¿Por qué lo dices?, ¿crees que el mariachi no estuvo bien?”
“No, para nada. Para nada. Digo para variarle”.
“Ajá”, me respondió, incrédula.
A diferencia de otros días, esta vez la casa no olía a comida calentándose en la estufa o hirviendo sobre el sartén. De camino al baño había lanzado un vistazo a la cocina. Ahí, las muchachas esperaban órdenes, sentadas frente a su diminuto televisor de antenas de conejo.
“¿Por qué no habrá venido tu tía Elena y el resto de tus primas?”
“No sé, Ma. Creo que algunas tenían compromisos. Otras estaban enfermas”.
Mi mamá se recargó en el respaldo del sillón y dirigió su mirada hacia el jardín.
“Me acordé de tu papá hoy en la mañana”.
“¿Soñaste con él?”
“No. Nada más me acordé de él. De qué bonita voz tenía, de cuando íbamos a desayunar al centro. Tonterías”.
Ahora fui yo el que esquivó su mirada. Algo en el ambiente me pesaba. Me incliné hacia ella y tomé un puñado de galletas.
“A veces me aburro”, me confesó, llevándose la mano a la boca, como si acabara de decir algo impertinente o vulgar.
“¿Y tus clases de pintura cómo van?”.
“Soy la única de mi edad en toda la clase, no hablo con ninguno de mis compañeros y mi pulso no me deja pintar ni una sola línea recta. Así que no, no van muy bien”.
Pensé en soluciones rápidas para animarla. Estaba entrando en un terreno desconocido: mi mamá jamás había necesitado de mi ayuda, así como yo tampoco había necesitado de la suya. Crecí lejos de ella y de mi papá, solo, primero esperando a que regresaran de sus múltiples viajes y después disfrutando la libertad que su ausencia me brindaba. Intenté acordarme de una sola vez, previo a este momento, en el que hubiera sentido el impulso de ayudarla, y, más allá de un breve instante en el que, en una comida, quise acercarme a ella para partirle su carne, no pude recordar uno solo. Ni un favor, ni una petición, ni una súplica.
“Vámonos de viaje, si quieres. Podemos ir a algún lugar que no conozcas”, le ofrecí.
Mi mamá asintió, apesadumbrada.
“Sí. Gracias”.
Me quedé con ella largo rato. Les dimos el día libre a las muchachas y, ya con la casa vacía, la obligué a que me acompañara a una deli para comprar pan y queso. Después pasamos a comprar una carne que yo cociné para ambos. Le pedí que me platicara de sus pendientes de la semana: las cortinas que debía mandar a arreglar, la infección que uno de sus perros tenía en el oído y la visita al dentista que durante meses había postergado. Acabamos de comer, sentados en la sala, frente a la televisión, sin sirvientas vestidas de azul y blanco, sin rituales burgueses, sin vajillas de porcelana. Después le platiqué un poco de mi trabajo y ella comenzó a quedarse dormida. La dejé ahí, en el único sillón viejo de su casa, roncando. Antes de dejarla, fui a la recámara principal, tomé el cobertor que le había pertenecido a mi papá –y que lo había tapado, como una prematura mortaja, por casi diez años- y la cubrí para protegerla del frío.
Por primera vez desde mi infancia, me acerqué a mi mamá y le besé la frente.
*-*
Llegué a mi departamento a las seis de la tarde. Abrí la puerta y el más maravilloso atardecer me dio la bienvenida. Rojos y púrpuras feroces se mezclaban en el cielo. Una larga nube negra, tan exacta que parecía dibujada con compás, dividía el horizonte. A lo lejos, el sol resplandecía como un halo arriba de una montaña. Desde la entrada, parecía como si alguien hubiera colgado un magnífico tríptico en mis ventanas. Me sentí suspendido en el tiempo, sobrecogido por un vértigo súbito, a kilómetros del suelo, caminando en una suerte de cápsula flotante.
Puse las llaves en un pequeño canasto sobre la mesa del comedor y fui hacia la sala. Me senté en el sillón en el que unos días antes me había bebido una botella y media de vino, recordando esa mañana en la que jugué con Julián. La luz del atardecer me daba de frente, como si el cielo mismo me estuviera tomando una fotografía. Y, sin pensarlo dos veces, levanté el auricular y marqué.
La llamada tardó en entrar. Finalmente escuché el tono disponible: un lento y agudo metrónomo.
“Hello?”
“¿Bueno?, ¿Julián?”
Cerré los ojos, esperando una respuesta. Mi corazón latía agitado, turbulento. Aún podía sentir la refulgencia agresiva del sol sobre mis párpados. Apreté el teléfono y lo acerqué a mi oído, en un intento por escuchar la respiración de mi único hijo.
“¿Julián?”
Silencio. Tomé aire y contuve el aliento.
“Aquí estoy”, me dijo.
Abrí los ojos.
Aún no anochecía.
“Aquí estoy”.
