La fotografía no conoce la prisa. Puede sugerir movimiento, a veces podemos inferirlo de una imagen, pero la fotografía, como la pintura, no existe sin la contemplación. En ese sentido es enemiga del cine. La fotografía no cuenta una historia: la corta, la detiene, a veces la contrae. En el ojo del fotógrafo, todos somos instantes. El pasado importa porque a través de él llegamos a su lente, pero una vez atrapados nos volvemos presente. Un presente que discurre, inmóvil; el ámbar de las artes.
La fotografía es intrusiva como el botón de pausa en una videocasetera. Sostiene una imagen aleatoria. Por lo tanto, la fotografía prescinde de tomas. Es irrepetible porque depende de la circunstancia, porque el control la sofoca, porque la luz del día la transforma, porque el gesto que capta –ese que está ahí, en este instante- se va y no regresa. La fotografía, cuando de verdad nos habla, detesta al histrión y a la pose.
La fotografía reinterpreta y archiva, pero una vez ejecutada no admite modificaciones. Es, por lo tanto, ajena a la pintura. Photoshop puede cambiar la luz dentro de un encuadre, Lightroom puede modificar el tinte de una foto, pero los sujetos de estudio –el brinco, el beso, el balazo, el subibaja abandonado- no pueden alterarse. Las fotografías son como recuerdos, anclados muy adentro: parpadeos ambulantes que nos llaman cuando se cansan de esperar. La fotografía es verdadera porque sabe mentir: porque captura un gesto de tristeza en un silencio de la risa y convierte ese momento en un momento de miseria. La cámara recuerda como nosotros recordamos, con el mismo ánimo azaroso, el mismo deseo de que el mundo encaje en el molde que le hemos preparado.
La fotografía obliga a elucubrar, pero nunca a concluir. ¿Quiénes son esos hombres en la fotografía de Robert Frank?, ¿por qué esa mano roza ese rostro?, ¿denota pereza, hastío o dolor?, ¿son esos hombres familiares del muerto o los encargados de manejar la carroza fúnebre? Las posibilidades son infinitas: y ahí está la magia de la fotografía. La cámara entiende cómo funciona nuestro ojo: entiende cómo vemos rostros en la calle, cómo les asignamos vidas a partir de la nimia información que extraemos de su forma de caminar y su vestimenta. Al final, sin embargo, el lente sabe más que nosotros. Sabe que nos equivocamos, que siempre nos equivocamos. Hay algo más adentro… basta con acercarte para verlo, nos dice, guardada entre el plástico de los álbumes, entre los cables de nuestro disco duro, colgando de la pared de algún museo. No quiere que sintamos: no manipula como el cine, no conmueve como la música. Quiere que veamos. Que nos veamos a nosotros y lo que nos rodea; que nos veamos en el tiempo, en un lugar que nunca conoceremos; que veamos qué tan similares somos, qué tan diferentes somos.










